jueves, 14 de enero de 2016
RUMBO AL SUR
RUMBO AL SUR
Rumbo al Sur
Adán López
REFERENCIA
Autor:
Adán López
He hecho en computador
En Manizales
Correo electrónico: Adán.López3@yahoo.com
Año de creación: 2013
Derechos reservados conforme a la ley
Del testigo falso nos libre el Poderoso
Pues, es más peligroso que una aguja en la sopa
O la posible gota de un líquido letal.
No crea quien camina que llega antes de tiempo a la celebración.
La fiesta o el sepelio no son tan diferentes, importa estar presente, sentir y responder.
Julián el de mi historia, aunque le tenía miedo a las alturas, amaba los farallones. Amaba la luz del día y prefería la negrura de las noches más espesas. Era un hombre joven, inquieto y dinámico, que tenía la costumbre de buscar todos los días algo que aún no había encontrado. Buscaba con ahínco, a veces con desasosiego, y aunque no encontrara algo que le trajera un nuevo aporte a su vida, continuaba en la búsqueda, así no supiera con certeza qué era lo que en realidad perseguía. Todos los días salía a la calle alumbrara el sol o lloviera. Caminaba largos trechos; luego entraba en un bar, café o negocio similar, observaba con mucha discreción a todos los concurrentes. Leía el periódico y escuchaba las noticias de la radio, y a medio día, el noticiero televisado en unos de los canales más populares. Le preocupaba la situación política del país, así como la económica que veía agravarse día a día. En resumidas cuentas, era un ciudadano normal. Sólo que hubo veces que vagó sin rumbo por las calles de las ciudades y por la extensión de los campos, y supo lo que es la vida del hombre solitario en toda su dimensión.
No tenía muchos amigos, ni le agradaban las personas habladoras, prefería las de trato amable y calmado; conversaciones interesantes con personas cultas. Era aficionado a la literatura, la fotografía; al Arte en general: la pintura, la escultura y en especial a todo lo que tuviera que ver con temas intelectuales. Compraba revistas ilustradas, libros y folletos de excelente presentación.
Tenía una cámara fotográfica y con ella logró plasmar bellos paisajes, algunos estelares; además de hermosos rostros de mujeres, ancianos, niños, jóvenes atletas, y de otros que expresan con claridad el estado de sus almas. ¿Almas? Quizás sea esto lo que perseguía todas las veces que tomaba una foto. Esta es una de las ocupaciones más cercanas a la de un artista consagrado.
No era una persona salida de lo común, eso de buscar lo hacen todos los humanos. Busca el presidente, busca el Sumo Pontífice de Roma. Busca el filósofo, el poeta, el perdulario y ninguno ha sabido a ciencia cierta qué es lo que buscan con tanto afán y constancia. Creen unos que buscan la verdad; ésta huidiza, a veces da la cara y se deja acariciar por un momento. Luego se desvanece. Sería mucho decir esto, más bien se oscurece y se convierte en un enigma. Julián sabía un poco de todas esas cosas, no se complicaba, pero seguía buscando. Nunca dejaba sin mirar una puerta que se entreabriera, ni de observar con atención la que se cerraba.
Julián como los demás tenía sus penas, sus pequeñas glorias, sus amores, sus secretos ocultos y también sus fantasías. Perdió a su adorable madre, en un febrero. Su hermana que más apreciaba falleció cuando menos se esperaba. Cuando quiso compartir sus sufrimientos le cerraron las puertas los supuestos amigos y allegados. Los que creía que eran amistades verdaderas, eran invenciones de su imaginación. Perdió un grueso capital en un negocio, quedando así sin el amigo con quien había cerrado un trato respecto a un proyecto financiero. Su amiga, la preferida lo abandonó por falta de medios recursivos. Perdiendo así la imagen de hombre jovial que hasta entonces le había servido de tanto.
¿Qué tiene de extraordinario esta persona para que yo esté escribiendo su historia en estas líneas? Nada en particular, era un señor como cualquiera, con la diferencia de que es el alma de mi relato, y por lo tanto no lo puedo dejar escapar, así tenga que perseguir su sombra por todos los lugares de la Tierra, resulten éstos rodeados de placidez, o de sórdidas oscuridades.
Una tarde, el personaje de mi historia, salió a la calle a la hora de costumbre. Se encaminó al café donde se llevaban a efecto las reuniones con sus amigos y asociados; por lo general amigos de barra, amigos de los amigos, siempre y cuando tuvieran dinero qué gastar y fueran solidarios. Esta es la ley que rige en los ámbitos conocidos, no es la excepción, es lo común y por lo tanto pasa desapercibida. Una cosa en particular preocupaba a Julián; temía que llegara el día en que se viera sin con qué comprar el pan diario y verse sin amigos. Para tener amistades hay que tener dinero y gastarlo si es posible a manos llenas. Cuando llega la soledad, como en los viejos cuentos, el hombre ya no tiene sino su propia alma. Tenerla es importante, mas se requiere de algo: tener buenos recuerdos, y aquellos se consiguen teniendo amor, y en donde se viva con placidez y buen confort. Este hombre no tenía más que la energía vital de su edad en flor,(19 años), pero también sabía que la estación ardiente del verano pasa, y llegan las tardes otoñales; cuando todavía las ilusiones fluyen y las estrellas tienen fulgores opalinos. Es ahí en donde el dinero llega a ser de suma importancia. Las verdaderas calamidades comienzan en donde se acaba éste. Esa era la verdadera causa de su preocupación constante: que lo sorprendiera la tarde sin plata y sin amor.
Mientras caminaba al encuentro de sus amigos, resonaba en su memoria un poema oriental que dice:
“Porque usted es viejo y parte, he mojado mi pañuelo, / Usted que no tiene hogar a los setenta, pertenece al descampado. / Ansiosamente miro el viento que se levanta cuando el barco parte navegando; / un hombre de cabeza blanca entre olas de cabezas blancas”.
Visión impresionante aquélla: las olas blanquecinas, el barco que se aleja sobre las aguas densas de un mar color marfil.
Cuando se tiene el cabello negro y se está en plena juventud, todo se ve color de rosa. Es difícil pensar en la edad en la cual huyen todas las alegrías, cual bandadas de aves que emigran buscando los lugares en donde brille el sol. ¿En dónde está nuestro sol? Se ha quedado o ha partido. Lo único que es cierto es que ya no nos alumbra, o acaso nuestros ojos no lo puedan encontrar.
Cuando Julián se reunió con sus amigos, uno de ellos exclamó:
- Como de costumbre, hoy haremos la reunión de la junta. Está invitado; debe llevar una, o varias chicas para pasar una velada divertida.
-Vale, dijo el aludido. Me sobran chicas y bonitas para cualquier eventualidad que se presente.
-Que sea ésta la más especial de cuantas haya participado;
acotó otro de los amigos. El motivo principal es hacer del disfrute de la vida algo extraordinario. No hay que ahorrar ni tiempo ni dinero. Los que así lo hacen, trabajan y no comprenden, que quien rehúye gozar de la vida, está dejando el espacio abierto para que otros lo hagan, cuando el metódico y retraído ciudadano vaya al hoyo. Nosotros no somos de esa clase, somos gente que sabemos medir las consecuencias, y tenemos presente lo detestable y cruel que es ser mediocre.
-Listo. No hay nada que agregar al morral. Dijo Mauricio, y mirando a Julián hizo una mueca que daba a entender, que así confiara en sus ardides, no era de total aceptación en esa barra.
Muchas personas son utilizadas de alguna forma. O se está en la crema o se sirve de cuchara.
Llegó la noche. A la hora convenida, Julián hizo presencia en el recinto con tres muchachas despampanantes, flexibles y delgadas; unas delicias que lo seguían como mascotas amaestradas. No había más qué pedirle a la buenaventura y al destino complaciente. La dicha es aliada de aquellos que desprecian a los no ambiciosos, y persiguen lo apetecible, porque según ellos, detrás de las apariencias está la felicidad.
Nada le importaba a Julián esa noche, que un poeta se sintiera piedra, lluvia, río, volcán, o cosa parecida. Que llegara incluso a sentir la proximidad de los dioses, que se sintiera uno de ellos. No le importaba, eso estaba fuera de su programación, él estaba dispuesto al goce sensual, al placer, al hedonismo. Lo demás era una cortina en el tiempo, un paisaje que se desvanece con su transcurso. Una voz que se pierde en la inmensidad sin que deje eco ni consecuencia alguna.
El lugar era espacioso, bastante alegre, acogedor. En el centro del salón estaba una mesa rodeada de seis sillas, y un magnifico equipo de sonido hacía gala del confort. Cerveza, ron y ginebra, tequila y aguardiente; cigarrillos de marcas extranjeras; pollo a la parrilla, pastelitos, ensaladas, todo bien expuesto en bandejas de cristal. Eso sí era una verdadera fiesta; Allí sí había calidad.
La reunión, supuestamente una “junta”, empezó con el consabido abrazo de amistad. Después las palmas batientes; el baile y el besuqueo, que no pueden faltar, porque si el hombre no lo inicia, la mujer dice, o piensa que el hombre es un volteado, que es gay, o maricón. El preludio de una noche de amor estaba patentado, no faltaba sino que se empezara lo mejor.
Transcurría la noche, el reloj marcaba las horas, pero nadie lo miraba, cada cual estaba embebido, o entregado a la función de complacer sus instintos primitivos, los mismos que practicaban los salvajes en las selvas y que después pasaron a ser el plato predilecto de toda la humanidad.
Esto sí es vivir, dijo uno y los otros agregaron; no se sabe qué es mejor, si el licor o la comida, el baile o el placer que da el amor.
Así la noche pasó, porque lo bueno se acaba y lo que empieza es aquello que el hombre sabe y no lo cree.
Caminando entre las sombras un fantasma hace presencia por las rutas escondidas de la infamia y el dolor. Primero llega el hastío, la amargura a continuación, y en medio de tal estado el alma quiere soñar en que es factible un nuevo encuentro con aquello que ha sido placentero, que el gozar es de los que saben que en medio de los placeres la vida se ha de pasar. Más ocurre algo fortuito, para gozar de ciertos privilegios se necesita dinero, y para conseguirlo de prisa, basta con ser hombre listo y acudir a donde lo hay.
No es compatible la buena vida, con el dinero mermado. Éste, como alguien lo argumenta, es la sangre de la sociedad; el dios que todo lo puede, o al menos así se cree. Cuando el capital ya no existe, los proyectos quedan truncos; se rompen los compromisos, los amigos se ausentan; las amigas vuelan lejos como aves asustadas; el diablo junto a su séquito desaparece de escena y si acaso hace visitas, las hace como de incógnito, porque a pesar de su mala fama, es recatado también.
Amaneció un día frío. Había nubarrones en el cielo y el horizonte mostraba un aspecto perturbador. Julián salió de su residencia, estaba muy abatido; hacía dos días que no probaba bocado alguno, ni de dulce ni de sal. Eso es grave, el estómago hace ruido, la saliva está pegada al paladar y sabe mal; la boca se encuentra seca y se enturbia la visión. Algo más y más amargo, se agotan las reservas y la energía vital. El pensamiento se embota, y el instinto de conservación aguijonea desde el centro del cerebro; parece una fragua ardiendo, el hígado, el corazón, el gaznate comprimido reclama que le echen líquido; el bazo pide a voz viva que le tengan compasión. El mundo sigue girando, las horas pasan como si el tiempo no avanzara, de él se pierde la noción. Julián busca a un amigo, no encuentra a ninguno, y menos las chicas melosas que él había perseguido días antes. Todos cual si no hubieran existido nunca, son apenas un recuerdo, una imagen que se funde y se confunde sin ninguna consecuencia, inerme como el metal.
Todos en alguna ocasión, hemos escuchado una risa burlona que parece que viniera desde el fondo de la noche. Nos engañamos, viene desde dentro, muy dentro de quien la escucha. La risa más irónica es aquella que se burla de un pasado que se creía ya muerto. Tiene como asiento al mismo que lo ha vivido. A veces la escuchamos en medio de un desierto, pasando por un puente, o cuando nos encontramos muy cerquita de la mar.
¿De quién es esa risa tan nítida y tan sonora? Nos preguntamos ansiosos. ¿De quién, de quién? Nadie nos responde. Creemos que es misteriosa, de origen desconocido, o que un ángel quiere hablarnos, y principia por reír. La risa se hace inaudible, se aleja como de prisa, así como cuando una hoja cae a un río. Pasados unos días la volvemos a escuchar; parece ya más lejana, entonces nos olvidamos de ella. No hay otra solución, porque el olvido es lo último al que la mente recurre. No fue esa risa la consecuencia de los desmanes de Julián, algo más angustioso todavía se le presentó de manera real.
Generalmente cuando una persona se encuentra en una situación estresante, recurre a sus familiares; a sus padres, y por regla general, a su madre. En el caso de Julián aquella maravillosa mujer ya había cruzado su senda. Una mañana lluviosa la había visto entregar su alma al creador. Doloroso momento que no había de olvidar nunca. En medio de esa situación tan desgarradora, vio que un extranjero lo miraba con detenimiento. De manera evidente se podía notar que se había percatado de la tragedia que se cernía sobre el panorama de la vida del transeúnte solitario. ¿Pero, después de todo, qué le podía importar la situación precaria de éste? Nada, y mucho. El extranjero era un hombre de negocios, en apariencia comercializaba con mercancías traídas de tierras lejanas. Nada más ni nada menos que con armas de fuego; pistolas y revólveres. ¿Cómo las ingresaba al país? Difícil es saberlo, lo cierto era que las vendía a precios tentadores como para que una persona de medianos recursos, las comprase.
El extranjero acercándose a Julián, le dijo:
-Buen hombre. ¿Quiere que andemos juntos?
Julián tomándolo por sorpresa, no replicó nada. Siguió caminando, y al cabo de un rato dijo para sí: dicen que quien te llama no te engaña. Probaré suerte esta vez. Desanduvo el recorrido, llegó hasta donde el foráneo lo había abordado. Ya no estaba allí, era probable que no anduviese lejos, puesto que no hacía más de cinco minutos que lo había encontrado. Miró por todos los lados y después de haberlo hecho por unos minutos, vio que el desconocido estaba tomando tinto en un negocio cercano. Se acercó, entró a la cafetería, se sentó frente al individuo, e hizo un leve gesto, que en el lenguaje extra verbal, puede significar un saludo. El hombre le llamó la atención, diciéndole:
-¿Desea tomar café?
-Sí, gracias. En este momento Julián sintió una sensación de vacío muy dentro de su pecho. El corazón latía con fuerza, lo embargaba el descontento que trae la soledad. Todo esto producido por el inicio de una amistad sin saber de quién se trataba.
Cuando conversaron un poco, como desorientando a los concurrentes, salieron los dos hombres de la cafetería y se encaminaron a un hotel que estaba ubicado en la cercanía. Ya dentro de una habitación, el extranjero se le presentó como un ciudadano puertorriqueño, de nombre Miguel Ángel Triviño. Luego el desconocido le enseñó un paquete diciéndole:
-Esta mercancía es de manejo delicado. Se la entrego bajo una estricta condición: tiene que entregarla a las personas, cuya dirección yo le indique. Si lo hace a satisfacción, se hace merecedor al diez por ciento del valor asignado a cada artículo. El negocio no era confiable en absoluto; ¿pero qué iba a hacer un fracasado en un caso como el presente? Aceptar el negocio, aunque a regañadientes.
Después de una última recomendación, salió Julián del hotel en busca de las direcciones que el foráneo le entregó. No fue fácil encontrarlas, algunas estaban disfrazadas de fachadas semejantes a establecimientos educativos; otras no eran reales, pero la pericia de Julián suplió todo artificio.
Pasados ocho días, Julián volvió a recibir nuevas instrucciones; esta vez encaminadas a otras actividades. Así transcurrieron seis meses, en cuyo final Julián se dio perfecta cuenta de que estaba involucrado en un negocio oscuro, cuanto más oscuro, más productivo.
Un año después, y por orden del Miguel Ángel Triviño, viajó a Guayaquil, Ecuador, también en la misma tónica, aunque no con el mismo volumen de mercancía. Luego a Argentina y por todo el sur del continente. Guayaquil, fue para él, una ciudad acogedora; el clima estupendo. No obstante de ser un puerto, le encontró mucha similitud con la ciudad de la eterna primavera, Medellín, carrusel de regia estampa, de veladas estupendas y noches de ansiedad, aunque voluptuosas. Buenos Aires, no es una chica inexperta, ni señorita novata, es una dama poseedora de los más exquisitos atractivos con que se pueda soñar. Algo desdeñosa, a veces fría, pero a pesar de ello, es un manjar que da gusto saborearlo con el apetito del aventurero que persigue en sus laberintos, buscar lo que a bien encuentre.
Un día, cuando ya había cumplido su misión, cogió un taxi y pidió que lo llevaran hasta la “Calle corriente” en donde debía haber un salón especial, acorde con la descripción que hace en un tango, Mercedes Simone, cantante de fama internacional. “Corriente tres, cuatro, ocho segundo piso ascensor; no hay portero ni vecinos (…). Adentro cote y amor (…). Hay de todo en la casita, (…). Qué casita tan completa, qué delicia, y saber que a él lo dejaron frente a un garaje en donde muchos automóviles hacían una siesta permanente. Con el vacío que le produjo ese fiasco, recordaba que había leído en un corto texto de Borges:
“No esperes nada/ ni siquiera/ en el negro crepúsculo la fiera”. También este otro; “Estoy solo y no hay nadie en el espejo”. ¿Alusión a la ceguera?
Le llegó en alas del recuerdo un cuento de Julio Cortázar, quien describía la personalidad de un exótico personaje a quien llamaban, el “suramericano”. Recitaba más o menos así:
(…) “Da gusto fumar unas pipas en el café, a esa hora en que la fatiga del trabajo empieza a borrarse con el alcohol y el tabaco, y las mujeres compran sus sombreros y sus botas y se ríen de nada; da gusto besar en la boca a Josiane que pensativa se ha puesto a mirar el hombre casi un muchacho que nos da la espalda y bebe su ajenjo a pequeños sorbos, apoyando un codo en el mostrador. Es curioso, ahora que lo pienso, a la primera imagen que se me ocurre de Josiane y es que es siempre ella en la banqueta del café, una noche de nevada, y Laurent se agrega inevitablemente a aquel que ella llamaba el suramericano, bebiendo su ajenjo y dándonos la espalda. También yo lo llamo el suramericano porque Josiane me aseguró, que lo era, y que lo sabía por la Rousse que se había acostado con él o poco menos, y todo eso había sucedido antes de que Josiane y la Rousse se pelearan por una cuestión de esquinas o de horarios y lo lamentaban ahora con medias palabras porque habían sido muy buenas amigas. Según la Rousse él había dicho que era suramericano aunque hablara sin el menor acento; se lo había dicho al ir a acostarse con ella, quizá para conversar de alguna cosa mientras acababa de soltarse las cintas de los zapatos.
Ahí donde lo ves, parece un chico. ¿Verdad que parece un colegial que ha crecido de golpe? Bueno, tendría que oír lo que cuenta la Rousse”.
Bonito y misterioso cuento, se dijo Julián; eso ocurrió en París, según el relato de Cortázar. Pero él estaba en Buenos Aires y la soledad lo aguijoneaba con crueldad infinita. Se le vino también a la memoria los comentarios que había escuchado hacía ya varios años, respecto a un agregado de la Embajada de Colombia, quien se extravió en el puerto como una bola que rueda y rueda sin dirección.“Poetas, morfinómanos, muchachas milongueras”. Como si fuese poco, seguir por los muelles tras de la sombra dudosa de alguien que al final, no supo ni quién era, y si lo supo de nada le sirvió. Eso, ni por el diablo, pensó Julián. Aunque la soledad lo hiriese, y el tedio lo envolviera, jamás se embebería con una visión así.
El hombre cuando se encuentra solo, empieza a revivir recuerdos que subyacen en alma. Los de la infancia son los que primero irrumpen, llegan a la memoria cual si viniesen desde una isla neblinosa. Julián recordaba que en su niñez, había departido con una niña de siete años, los mismos que entonces él tenía. Recordaba que cuando llovía, la niña sacaba una alfombra, la extendía en el patio para que se llenara de granizo, entonces, cuando amainaba la lluvia, ella salía de la casa, y ya en el patio degustaba con voracidad aquel manjar blanco e insípido. A veces él la acompañaba, aunque sin el entusiasmo con que ella lo hacía. Él tuvo que alejarse de aquellas breñas y seguir hacía otras, que no fueran tan frías como aquéllas. Pasados varios años tuvo la noticia de que la niña, su amiga, había muerto de un infarto. Se imaginó el porqué. A veces en medio de una tristeza sin límites, se le venían a la mente dichos poéticos salidos de no recordaba dónde:
“Quien a los quince no tuvo un amigo verdadero, ni a los veinte una pasión, ni a los treinta un usurero, ni a los cuarenta poder, ni a los cincuenta dinero. O ha sido muy haragán, o ha sido muy majadero”. ¿Tendría, dinero cuando llegara a los cincuenta? Todo dependía de la suerte, decía, pero tenía presente que había sido poco afortunado, porque su primer amor, el de la infancia ya no vivía. Un amigo que tuvo a los diez años, había muerto también de una enfermedad desconocida. La vida parecía marcada por un Sino trágico. La muerte había rozado su humanidad en muchas veces, de todas salió ileso, pero tenía bien presente que no seguiría con esa misma suerte de continuo. Cuando bebía unas copas de licor, lo hacía escuchando tangos, su música preferida. Aquel ritmo de sones compulsivos y de marcados compases, le llamaba tanto la atención que a veces le daba por tararear uno de dolorosa trascendencia:
“Vengo vencido de la trágica Siberia /. Solo voy por las calles de Moscú, triste y vencido; no puedo ver porque la nieve me ha cegado “. Ir caminando ciego por las calles era su secreto temor. ¡Oh!, y ese ensayo de José Saramago sobre la Ceguera, en el cual, las gentes se vuelven ciegas de un momento a otro, lo volvía cauteloso, por no decir paranoico.
Julián tenía conocimiento por tradición familiar de la vida y su forma singular de cantar de Carlos Gardel. Cuando estuvo en Buenos Aires, de pie por unos momentos frente a la estatua del artista, hizo esta reflexión: Carlos Gardel, qué viejo estás. No, los muertos no envejecen, conservan el aspecto que tenían cuando partieron. Todo cuanto fueron es olvidado; voz, gestos, gustos y hasta su carisma, en caso de haberlo tenido. En el caso de Carlos Gardel ocurre lo contrario, todo aquello se evidencia, hasta en su manera de mirar, su arrogancia y su lascivia desbordada.
Buenos Aires premió al mundo con tres glorias; Carlos Gardel, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. El primero dio su voz desgarradora unida a sus quebrantos y requiebros; voz que llegó a ser con el tiempo Patrimonio universal. El segundo, el Arte maravilloso de la fabulación, unido a la fantástica gracia de sus ficciones. El tercero la forma sutil de plasmar lo más vibrante que guarda el alma en el cofre en el que duermen los ensueños en espera de una voz que los reavive. Los tres, hoy son sombras que se mueven todavía en el panorama actual, con el mismo brillo de antes.
No es el silencio lo que duele, es el dolor que se propaga cuando la noche avanza. Se van los grandes y quedan los pequeños, los insignificantes con ansias de surgir a la sombra de esos gigantes.
Mar verde, cielo azul, noche tras noche soledad y frío. Levanto la cabeza, veo la luna, la bajo y pienso en el hogar lejano. Así rememoraba Julián, metido entre las mantas en la cama de un hotel de Buenos Aires. Cuando estuvo bien despierto, recapacitó: cuál hogar, si todo lo he perdido; me acompaña una sombra quimérica. Camino solo y voy hacia el olvido.
Ese mismo día, empacó sus maletas y en el vuelo inmediato tomó rumbo a la tierra colombiana, trayendo en el recuerdo las imágenes más sofisticadas de aquella ciudad cosmopolita, pero también el de las horas más sombrías.
Llegó a Bogotá a las cinco de la tarde de un día lluvioso. La ciudad no muestra el atractivo que tiene Buenos Aires; las calles son más estrechas y sus avenidas, aunque muy extensas no alcanzan la longitud de aquéllas. Sin embargo, cuando permanecemos en Bogotá, durante varios días, vamos sintiendo que el viento helado y permanente que circula por todos sus lugares, nos va atrayendo, y a medida que le tomamos cariño, nos resulta familiar. El ser humano es susceptible de enamorarse hasta de la sombra que dejaron aquellos que cayeron al olvido. ¿Por qué no, de lo que aún palpita y muestra el flujo de la vida esparciendo su traspiración en todos los sitios?
Caminaba Julián por la avenida Caracas, eje irrefutable de la ciudad. La tarde estaba gris, brumosa la distancia; el tráfico, congestionado como suele ocurrir, hacía que no pudiera caminar con la rapidez con que solía hacerlo. En el lugar en que se cruza la Calle trece con la avenida Caracas, se encontró con un conocido, quien no hacía mucho tiempo, había tenido una conversación informal, en Manizales. El hombre, después de saludarlo con cortesía le dijo viendo la frialdad de Julián:
-Hombre, ¿es que ya no se acuerda de mí?
-Cómo no. Es usted Roberto Aguirre, el mismo con el que charlaba en Manizales.
-¿Qué hace por acá? Preguntó Aguirre.
- Lo mismo que está haciendo usted, recorriendo calles y enmugrando ropa.
-Usted con las que sale, replicó Aguirre. Cuénteme una cosa, continuó aquél. De pronto en sus andanzas, no ha encontrado un oficio permanente, para ver si puede ayudarme; estoy en la inmunda. Me vine para acá hace ya diez días, y en todos estos, sólo he desayunado cinco de ellos.
La cosa está seria, se dijo Julián, quien sabía cómo es de insistente un caldense cuando se ve “varado” en otra parte.
-Bueno, digamos que tengo una ocupación estable no, pero voy a ver qué puedo hacer al respecto.
-Gracias por tener tan buena voluntad. Yo, hablándole con toda franqueza, lo que necesito es que me colabore con el pasaje para regresar a Manizales. Si es tan amable. También le cuento que tengo una “gurbia”, que me está matando.
-Gurbia, es hambre, eso lo sabía perfectamente Julián, conocedor del argot popular de sus paisanos.
_ Ya que me encontró en tan buen momento, lo invito a desayunar.
-Gracias, amigo.
Se encaminaron a un restaurante próximo, como a dos cuadras por la trece. Cumplieron el propósito, y luego Julián quiso sacar aquel hombre de su presencia. Le dio lo suficiente para que regresara a Manizales, vía terrestre. Aguirre se obstinaba en seguir con él.
Vaya, no me faltabas más. Tengo necesidad de estar a solas para poder hacer mis diligencias sin nadie quien se dé cuenta de cuál es mi ocupación, y ahora viene este bellaco a seguir mis pasos como si yo le cargara algo. Esto no lo voy a tolerar.
-Hombre, le pido el favor de que me deje solo, yo no lo necesito. Tengo que hacer unas diligencias, y me urge estar solo.
-Bueno, ya que desatiende mi amistad y compañía, que tan buenamente le ofrezco, lo dejo. Y diciendo estas palabras, como reza un viejo dicho: desapareció el espanto.
Cuando Julián hubo llevado a cabo lo que tenía que hacer, se fue a la Terminal de Trasportes, y cuando estaba comprando su pasaje, observó que Aguirre estaba en la misma fila esperando turno… Aquel no compró el tiquete, se acercó a él y le dijo:
-Hermano, perdone que lo vuelva a molestar, pero es que tuve que pagar el hospedaje en el hotel y me quedé sin dinero para viajar. Espero que me haga el bien de colaborarme con el pasaje.
-A usted qué le pasa. ¿Soy acaso su papá para que crea que lo tengo que mantener? Busque a otro que sea más menso. Yo ya le colaboré.
-No sea tan insensible, mire que me le estoy humillando, y eso es cosa que no nos lo enseñaron nuestros padres, quienes eran bondadosos, practicantes de las buenas obras como buenos seres humanos.
Julián, aunque con el fastidio que la actitud de Aguirre le producía, compró el boleto y se lo pasó.
De ahí en adelante, el tal Aguirre se convirtió en una pesadilla para Julián; cada que se encontraba con él, en Manizales, en Pereira o en donde fuera, allí estaba el granuja pidiéndole algo en particular. Es ley natural aquella que dice: Toda águila tiene su cirirí, que a su vez tiene su golondrina a la que despluma cuantas veces quiera. A pesar de eso, Aguirre le resultó de alguna utilidad a Julián, en tiempos posteriores.
Quien da pan a perro ajeno, pierde el pan y pierde el perro. A veces el perro, por interés de otra porción vuelve e implora; allí está la mano dadivosa dispuesta a abrirse. ¿Pero a cambio de qué? El can aúlla, con sus latidos puede espantar a un bicho que merodee por el lugar. Todo no es fingimiento, la recompensa puede llegar cuando menos se espere.
Cuando Julián regresó a Colombia, el mencionado señor de los prodigios, le impartió órdenes para que viajara al Norte. No había pasado de Panamá cuando el norte lo dejó frío; no sabía con certeza porqué, pero sentía pánico. Le avisó a su patrón que no iba a continuar en ese derrotero. Éste lo amenazó diciéndole que si desistía de su cometido, se atuviera a las consecuencias. Así que tuvo que seguir viajando sin interrumpir su itinerario. Llegó a Nueva York, en una mañana de primavera, una estación que él no disfrutaba, porque aunque el sol alumbrara, el frío era implacable. “Nueva York de alambres y de muerte, ¿qué ángel llevas oculto en tu mejilla? Había leído hacía ya tiempos, en un poema escrito por un poeta tan loco como él. A pesar de no ser las circunstancias favorables, cumplió las recomendaciones del señor Triviño, quien a su vez le mandó que recibiera una mercancía enviada desde Colombia y que la entregara a ciertos individuos, quienes harían el resto de la vuelta. No demoró en ser entregada, y en el momento en que estaba en su poder la mercancía, lo abordaron unos individuos, diciéndole que obraban de parte del señor Triviño, y cuando tenían el valioso paquete en sus manos, le ordenaron que viajara a su país y que no volviera a dar la cara nunca.
Desconcertado Julián, regresó a Colombia. Cuando se presentó ante el capo, tuvo el dolor de cabeza más atroz de su vida: la mercancía en cuestión la había entregado a personas ajenas. ¿Cómo se habían enterado de lo que él portaba en un maletín de mediocre apariencia?
El famoso Triviño tenía personal a su cargo en Nueva York, éstos a su vez tenían compinches que hacían el trabajo sucio, como el de apoderarse de las mercancías antes de que llegaran a sus manos, y así resultaba que eran ellos los dueños del producto.
El viacrucis del personaje de mi historia había comenzado: tenía dinero y no tenía libertad. Los amigos ya no estaban en sus planes; los que había tenido le habían dado la espalda. Los amores de ayer eran simples recuerdos, y dolorosos. Era un don nadie, sin familiares, sin padres y sin hogar. ¿Consecuencias de un destino equivocado? Vaya, el rumbo de la vida no lo traza nadie en especial, se presenta, es casual y no causal. Hombres honorables hay con desgracia, así como granujas con las fortunas que los nobles hubieran deseado para sí.
Julián se encontraba ante una disyuntiva bastante comprometedora: pagar con su vida, o someterse a las exigencias y caprichos perversos de su jefe, quien le ordenó rotundamente, que le subsanara dicha cuantía, que no era poca, o que le consiguiera muchachas bonitas para él tenerlas a su disposición. Así que su subalterno tuvo que arreglárselas y conseguir muchachas que él cortejaba algún tiempo atrás. Por intermedio de Aguirre se había contactado con ellas, en diferentes partes de la ciudad. Por regla general, aquellos personajes que se mantienen sin ocupación conocida, están envueltos en negocios turbios, o por lo menos en hechos clandestinos, que bien pueden ser castigados por la ley. El capo tomó las muchachas para sí, pero después de unos días le recomendó de manera imperiosa, que le consiguiera otras de mejor calidad, porque de lo contrario la deuda seguiría completa; que se acordara de lo que podía sucederle. Así que al desventurado Julián se le vio conquistando en compañía de Aguirre a varias jovencitas que luego iban a dar a manos del bandido aquel. Ello desde luego configuraba el delito de proxenetismo, sin embargo, ¿qué opción le quedaba a quien así tenía que hacerlo para salvar su vida? La senda que recorren los delincuentes es tortuosa. No es placentera como se ha creído. Una gota de néctar a cambio de una gran cantidad de ajenjo, es lo que tienen que beber, por desgracia cuando menos lo esperan.
Julián y Aguirre, frecuentaban los lugares en los que la juventud, y de manera especial la femenina, se reunía los fines de semana para pasar un rato, que a veces era toda la noche de plena diversión. Los años entre el 75 y el 85 del siglo pasado, fueron una época maravillosa para los amantes de placeres y de negocios ilícitos. Hacer sus conquistas resultaba demasiado fácil, no era sino saber en donde quedaban aquellos sitios, asistir a éstos bien presentado, con unos pesos en el bolsillo y no ser un “Chichipato”, gastar acorde con la calidad del negocio, ser reservado, eran y siguen siendo, requisitos no objetables.
Una noche de esas tantas que trascurren en medio de una calma aparente, paz que no es real, porque dentro de las residencias ocurren los hechos más insólitos; estaba Julián entregando, a dos muchachas de diez y seis años, al capo, en su habitación. De pronto, como salidos de una película de ficción, salieron dos agentes de la fuerza pública, y después de identificar a Julián, lo esposaron y se lo llevaron. Cosa rara, al capo no lo tuvieron en cuenta, era como si no se hubieran percatado de su presencia, aún más, como si su sola indumentaria les hubiera infundido un respeto irracional. ¿Sería que el león aterraba nada más que con su melena y su mirada fría? El compinche de Julián, Aguirre no estaba presente en el lugar, por eso no cayó prisionero esa noche. Pasaron varios meses y él, Aguirre, aún hacía de las suyas por negocios y bares de la ciudad, que en ese entonces era una llaga oculta que a medida que el tiempo transcurría, se puso al descubierto. Entonces, como el interior de una fruta que queda expuesta al aire por mucho tiempo, dejó ver su putrefacción.
Dos años, cuatro meses, cinco días estuvo recluido Julián en una cárcel. Salió de allí porque pagó un abogado, que logró ponerlo en libertad, por medio de una fianza. La pena que iría a recibir por ese delito, sobrepasaba los diez años. Por fortuna, el famoso hombre extranjero delincuente, fue apresado en Río de Janeiro, Brasil por los agentes de la Interpol. Se cree que fue extraditado al país de los gringos, que son los que tienen la sartén cogida por el mango en cuestiones de esa naturaleza y en otras de más trascendencia todavía. Cuánto pesar sienten cuando los dólares se escapan hacia tierras extranjeras, esa es la única causa por la que éstos se alteran. Lo demás son cosas vanas, carentes de interés: que se maten si así lo quieren, esa es su posición innegable.
Cuando el personaje de mi historia fue puesto en libertad y volvió a recorrer las misma calles que en otros tiempo transitaba, percibió con inmensa tristeza que ya era un desconocido más entre la turba. Todos pasaban a su lado sin darle siquiera el remedo de un saludo, nadie lo determinaba; era como si él fuera una sombra, o hubiera adquirido con su ausencia la propiedad de la trasparencia total. Dichos estados psicológicos resultan traumatizantes. Nadie toma el asunto con calma; pasar entre el gentío, como si fuera un alma sin cuerpo, un espíritu sin forma, un viento sin rumbo; agua derramada de un cántaro roto que no le prestan atención, porque ni ofrece riesgo ni beneficio. Eso lo experimentó Julián, hombre de reflexivo pensamiento, quien por su propia iniciativa tomó la determinación de estar solo, e ir acompañado por el poder poderoso de su mente siempre activa, puesta en acción, disfrutando así de una calma infinita, un desprendimiento total de las cosas materiales; teniendo como única posesión su ser interno con sus muchas posibilidades, unidas a la certeza absoluta de saber que el hombre no cuenta en realidad más que con sus propias facultades. Ello no es atributo que todo ser humano posea, es patrimonio de las almas grandes, de quienes trascienden y buscan las azules colinas del silencio y la meditación. Julián se convirtió en uno de esos hombres, su vida había sido de abstención, desde que había pasado por la racha que lo tuvo al borde de la desesperación completa. En el pasado no había aceptado otra cosa que no fuera la búsqueda del placer y la comodidad, pero la vida le había cambiado. Por eso tomó la determinación de cambiar de ciudad; buscar nuevos rumbos, encontrar otras oportunidades, nuevas amistades y quizás, nuevos amores. Así fue que viajó a la ciudad de Medellín, la que en sus entornos recibe al que llega de otra parte, y si llega con dinero, es seguro que sea acogido en un círculo social, ya sea en el alto, en la intermedio, o en el bajo. Todos al final tienen su encanto sin que se crea que la dicha sea igual para todas las personas.
Medellín, bien sabemos, es una ciudad de aspecto atractivo; nadie puede negar el esplendor que muestra su panorama; un río la atraviesa de sur a norte, y en las tardes, algo especial se adivina en los entornos. Ese algo, es su incógnita, cada cual sabrá interpretarla a su manera.
En el esplendoroso atardecer de una tarde de verano, cuando aún quedaban en las calles las últimas luces iluminando el pavimento, llegó Julián a Medellín. El ajetreo, y movimiento de vehículos, motocicletas y gentes de todas las edades, era la carta de presentación que la ciudad le ofrecía a su llegada. No tenía amigos ni conocidos. Tomó un taxi y le dio al conductor una dirección que guardaba desde hacía algún tiempo, de un hotel ubicado cerca a la Plaza Bolívar. Ya encerrado, esa noche durmió de manera estupenda. Cuando ya el sol había hecho la tercera parte de su recorrido por el cielo límpido que cobija a la ciudad de la eterna primavera, salió a la calle y empezó a recorrer parte de las avenidas que se extienden como una cinta. Llegó en su andanza hasta la parte en la cual termina el terreno plano y empiezan las lomas, en cuyas pendientes se asientan las Comunas. No quiso pasar de ese lugar; observó con atención sus alrededores, vio un letrero burdo en una puerta que decía: “Se alquila”. Y a continuación en letras más pequeñas, estaba la dirección a la que debía de ir, si la habitación le interesaba. Así lo hizo, y ya en las horas de la tarde estaba instalado en esa residencia.
La habitación estaba ubicada precisamente al lado oriente de la calle; era una casa de una sola planta. Constaba de dos alcobas, sala, cocina y patio pequeño para secado de ropas. Pintada de color azul celeste; una ventana en cada alcoba, con vista al exterior. En realidad era una casa de apariencia agradable como las que Julián siempre había soñado.
Vagar por las calles de la vida. Sí, porque ésta también tiene sus calles, sus pasajes, sus avenidas, sus templos; la casa en donde se aplica la justicia y el panóptico en donde se purgan las contravenciones que afectan el resto de la ciudad. Los sueños, aún siendo visiones creadas por la imaginación, tienen la propiedad de trasportar al soñador hasta lugares distantes, hasta sitios escondidos más allá de los muros que cercan la razón. Julián conocía esa casa desde antes de entrar en ella. ¿Cómo? Lo ignoraba, para él era como estar en la vivienda de algún familiar que hubiera visitado cuando era todavía un niño; más que niño, infante.
No es necesario hacer muchos comentarios describiendo las atracciones que Medellín ofrece a los que llegan de otras ciudades. El Cerro Nutibara con el Pueblito paisa, y su estupenda vista que abarca a casi toda la población. El Jardín Botánico, con sus muchas especies de árboles, y sobre todo, el lago de los nenúfares, al que van a pasar en absorta meditación los pensadores. La ciudad en todos los aspectos es preciosa, interesante como pocas. En las noches, en su apoteosis de luces se ve diamantina, irradiando destellos tornasolados por todas sus aristas. Hay esplendor, hay alegría. El alma romántica hace presencia por todos los entornos. No me refiero al alma humana, es a la que el ambiente de un lugar crea con su magia. Describir el aspecto arrobador de un sitio resulta difícil, pues como bien es sabido, toda percepción de los sentidos es meramente subjetiva. De ahí que lo que es bien llamativo para unos, otros ni siquiera lo perciban.
Una de esas tardes en que flotan sobre las cumbres, lenguas de fuego reverberantes; con los reflejos de esa lumbre se iluminan las almas, así estén encogidas por la pérdida de un bien querido, o deseado y no alcanzado. En medio de una de éstas, se cruzaba Julián por el Pasaje Junín, cuando vio que venía una muchacha rubia de cabello corto, vestida de bluyín índigo y una blusa a cuadros color malva; botas a media pierna, y su rostro un poco triste, como si hubiera llorado no hacía mucho. Aparición fugitiva de estrella que se esconde tras de una nube gris. Las visiones fugaces tienen la particularidad de impactar el campo visual con su momentánea presencia. El hombre se sintió perplejo ante esa persona tan estupenda. Era justo el prototipo de la mujer que él deseaba tener por compañera. No hubo mucho tiempo para seguir contemplando esa hermosura, pues se perdió entre el gentío con la rapidez de sus pasos ágiles. ¿Quién será? ¿Qué rumbo habría tomado? ¿Cuál sería su nombre? Estas interrogaciones repercutían en la mente de Julián con la insistencia del rumor de una fuente que salta por una cascada. ¿Cuándo volveré a mirarla? Se decía, y una voz interior le murmuraba muy adentro: búscala, conquístala, cautívala. Sí, pero cómo seguir sus pistas, cómo encontrarla. Eso todavía pertenecía a lo desconocido. Lo que se desconoce tiene un algo que atrae a quien lo persigue. ¿A dónde lo llevan sus andares, sus pasos que buscan sus anhelos?
La vida es un juego tan variado y divertido que parece que estuviera diseñado desde antes de todo acontecer que se presenta. Ocho días habían pasado desde que Julián vio a la mujer, a quien por esas leyes ocultas del destino se iría a unir a él por lazos afectivos. Una mañana salió de su residencia, y como no tenía quien hiciera oficios de ninguna naturaleza en el hogar, sin tomar tinto anduvo por una calle medio empinada y agradable, o así le parecía al vagabundo solitario. Al dar vuelta a una esquina sintió el estupendo aroma de café recién hervido que se desprendía de una cafetería. Entró a ésta y cuando se acercó una empleada a atenderlo, con sorpresa se percató de que quien lo hacía no era otra que la muchacha que tenía entre ceja y ceja desde que por primera vez la había visto cruzar el Pasaje Junín, en medio de las luces vespertinas de una tarde inolvidable.
-Hola. Dijo la chica, con una sonrisa genial. -Hola, qué tal dijo Julián, y dos arreboles aparecieron en sus mejillas. La muchacha se sorprendió con ello, pensando en que todavía quedaban jóvenes que se ruborizaran ante una dama, así ésta no fuera de la alta sociedad ni fuera la más bella entre todo el abanico. Eso le agradó mucho, porque aquel gesto es la manifestación de un candor yaciente en el fondo de una vida, vida que no ha sido del todo realizada, porque algo le ha faltado, y ese algo, es por regla general un amor correspondido. Una mirada bastó para que la muchacha comprendiera que su presencia era de total aceptación al desconocido, que la miraba turbado como un niño que ve por vez primera a una niña que le gusta. Eso era nada más en la parte externa, porque en el fondo era como si la hubiera conocido desde mucho tiempo atrás. Sus ojos de un verde esmeraldino, su boca sensual, su andar resuelto, y esas cualidades que apenas se adivinan y que son la esencia misma de la persona, toda ella lo fascinaba. No hubo muchas palabras, apenas las suficientes como para entablar un diálogo que duró cinco minutos. Los ojos hablan mejor que los labios cuando de admiración se trata, y el lenguaje extraverbal es más elocuente que todo lo que la boca exponga con palabras.
Julián tomó la costumbre de ir a tomar el tinto de la mañana al negocio de Valentina, la muchacha de sus sueños. Conversaban poco, no había extremada melosidad en sus palabras; apenas como para dar a entender que ella le interesaba de manera especial. Eso no era necesario, la muchacha risueña, amable y despejada, lo había descubierto desde el momento en que Julián la había tenido cerca del alcance de su visión, que era bien nítida.
Esta mujer, pensaba aquel hombre en sus horas de soledad, es la que yo he deseado tener en mi vida. Tiene ese aspecto juvenil, despampanante, lleno de esa fuerza imperiosa que emana desde el fondo de la existencia. ¿Será mía? Claro que sí, desde luego con un poco de paciencia y dulzura, que era la virtud que Julián había perdido en la lucha empecinada de la vida que llevaba en el pasado. Estaba marcado por el fuego candente de una pena ya purgada, que sin embargo dejaba entrever la cicatriz que le dejó por el resto de su vida.
Valentina, mujer de armas tomar, personalidad obtenida como el resultado de una vida de lucha por sobrevivir a muchos contratiempos. Huérfana a la edad de ocho años. Su padre alcohólico apenas la visitaba cuando tenía necesidad de unas monedas. Ella había acabado de criar a dos hermanos, quienes por esos azares del destino y por la influencia del ambiente en que se criaban, siguieron la senda delictiva. Formaban parte de una de las pandillas más temidas que operaba en los entornos aledaños. A pesar de que contaban con pocos años, eran respetados por la fiereza en sus acometidas. Ramón tenía entonces trece años y Ariel catorce bien cumplidos. Ellos no habitaban en la casa de la hermana, la visitaban en algunas ocasiones. Cuando lo hacían, el trato que le daban era de camarería, parecían niños normales, es decir, sin aquellas tendencias homicidas, característica de los delincuentes endurecidos. Cuando oscurecía y las sombras de la noche luchaban por vencer la luz artificial del alumbrado público; los dos muchachos cubrían con sendas pasamontañas, parte de su rostro y su cabeza. Por medio de esa patraña, ya no eran los mismos: metían bajo sus chaquetas de material impermeable, unos artefactos que ellos denominaran como guardianes de sus vidas, y a la vez como símbolos de poder. Y sí que lo eran, cuando los desenfundaban, todo mundo se echaba al suelo, permitiendo que los delincuentes juveniles impusieran su voluntad como quisieran. La astucia en sí, es el arma que favorece al crimen, la apariencia de lo fuerte intimida, y al no poder ser identificado el atacante, la fuerza que haya para neutralizar su acometida, queda nula.
Julián y Valentina llegaron a ser buenos amigos. Después de un corto tiempo resolvieron unirse en una sociedad de carácter sentimental. Buena pareja, parecían nacidos y hechos el uno para el otro. Qué más podía desear Julián, hombre curtido, sabedor por experiencia del alto grado de traición que existe en las aventuras callejeras. Después de sufrir por tanto tiempo las consecuencias de una y otra naturaleza; haber sido delincuente y exconvicto. Haber vagado por las calles de varias ciudades, pasando noches sin en donde hallar descanso, ni encontrado un pecho en el cual tener el refugio que requiere el hombre cuando cansado del rudo trajín quiere hallar la calma. Esa calma que sólo el calor humano puede proporcionar a otro humano. Es este hecho elemental el fin más noble, el único y verdadero por el que debe luchar quien se apresura tras de una compensación que retribuya parte de la energía consumida, como lo tiene que hacer el que se rompe el corazón y el alma en la batalla absurda que lleva a efecto cada día.
Una vida nueva hacía la pareja, que parecía descansar de un largo viaje. Desafortunadamente, en todo espacio existe una parte oscura, en este caso promovida por el par de jovencitos pandilleros. Julián no estaba al tanto desde el principio, se vino a dar cuenta una noche cuando llegaron ambos muchachos a la casa, todos manchados de sangre, trayendo un botín de artículos preciosos: cadenas de oro, anillos, relojes, collares y otras joyas.
¡Qué es esto! -Exclamó Julián con voz llena de asombro. Cómo que qué, gruñó el más joven de los chicos. No comprende usted que a nosotros nos toca trabajar lo mismo que todo h. p. que se conozca. No diga nada gonorrea, replicó el mancebo en forma airada, poniendo énfasis en la palabra desastrosa, impuesta por una sociedad en crisis de valores y en decadencia. Si se quiere saber qué rumbo sigue una civilización, escuchemos la forma en que se expresan sus integrantes.
En un extremo del salón, Valentina hacía gestos de desaprobación a Julián, tratando de hacerle comprender que se calmara, pues no sabía en el problema que se estaba metiendo: Ramón era una espada en la pelea, y en cuanto a hacer uso del gatillo era una fiera. El compañero de Valentina entendió el mensaje con claridad y a tiempo. Él sabía cómo puede reaccionar un delincuente cuando se siente agredido, así no sea nada más que de palabra. A pesar de la calma que Julián asumió, el muchacho lo amenazó en repetidas veces. Pero éste no se dio por aludido, y no obstante, las piernas le temblaban. El miedo es para todo el que lo siente, una defensa formidable. Los asuntos esa noche se quedaron en calma aparente, porque el muchacho seguía tramando contra Julián una venganza. No la llevó a efecto porque Valentina convenció al muchacho de que no le hiciera nada al compañero de ella, porque él sí la trataba con delicadeza, recordándole la calidad de vida que les había tocado afrontar cuando todavía eran unos niños desvalidos. El muchacho al fin accedió a las peticiones de su hermana, y cesó en el afán de llevar a efecto su venganza.
Una noche en la cual la pareja había estado en una fiesta, Valentina soltó la lengua y le contó a su compañero las penalidades, tormentos y asperezas que soportó ella y su familia en el pasado. Empezó diciendo:
“Mi padre se mantenía embriagado todos los días; mi madre estaba enferma de un penoso mal llamado, “depresión severa”. Ella trabajaba toda la semana, incluso hasta los días festivos en una fábrica de helados. Ganaba poco, apenas subsistíamos los cinco con lo que se ganaba, porque mi padre sólo servía para comer y amargarle la vida.
Un día de fin de semana, mi madre se agravó de tal manera que apenas podía ponerse en pie, y así fue a pedir una cita médica en el hospital, J. G. Allí demoraron 10 días hábiles para atenderla, y cuando llegó la fecha convenida, mi madre había entregado su alma a Dios. Fue horrible, el entierro fue el más triste conocido, apenas asistieron unos deudos. Los que se habían lucrado del producto de su trabajo, cerraron las puertas y nos desconocieron. Quedamos en la miseria; mi padre bebía, no aguardiente, sino alcohol revuelto con agua. El hambre nos torturaba noche y día. Entonces una mañana, yo, la mayor, salí de la casa acompañada del mayor de mis hermanos, con la intención de implorar la caridad de los vecinos. Ellos nos suplieron parte de las necesidades, no obstante la calamidad nos perseguía. Una vez salí con el fin de recaudar unos pesos para pagar los servicios públicos, y cuando se dieron cuenta de que era la hija de un borracho empedernido, denegaron mi solicitud y me insultaron. Entonces yo no quise volver a salir a implorar misericordia, pero mi hermano sí lo siguió haciendo. Traía a casa cuanto le daban. Una vez no apareció a la hora que siempre llegaba, lo hizo ya por la noche, y no traía la acostumbrada cantidad de siempre, traía una suma para él, exorbitante. ¿Cómo la obtuvo? Imagínese, de dónde iba a sacar un muchacho, doscientos mil pesos de un momento a otro sino de un robo o un atraco. Esa vez no lo presioné para que me contara la verdad; él mismo lo confesó después de un corto tiempo. Sí, efectivamente, participó en un atraco en la avenida cercana al cementerio. Fue jugosa y exitosa esa vivencia, mas, desgraciadamente mi hermano, desde allí siguió delinquiendo de manera permanente. Hay que reconocer que por este medio, aunque sucio, ya no teníamos que pasar hambre, y además arreglamos la casa, que estaba convertida en una pocilga, y pusimos este negocio que nos ha servido para cuando la situación se les vuelve improductiva a los muchachos, los dos ya, porque el menor al ver al mayor trayendo dinero regularmente a la casa, le dio por seguir la misma senda. Y ahí va. Ya dizque ha mandado a descansar a varios, y le aseguro que no se para en pelos cuando le toca proceder”.
Julián se mostró perturbado con lo que escuchó. Valentina, con su intuición lo notó enseguida, y le dijo:
-No se me haga el santo, usted también es delincuente, o por lo menos lo ha sido en el pasado.
-¿Por qué lo dice? Alcanzó a balbucir Julián, entre un murmullo.
-Hombre, las mujeres no nos engañamos. Sabemos desde el mismo momento en que entablamos una conversación con un hombre, con quien nos relacionamos, qué hay tras de la máscara que lleva. No ha sido la excepción. Esa perturbación que ha demostrado cuando lo miré de manera detenida es la sencilla, pero contundente evidencia de que tenía algo qué ocultar, y no me equivoco, aunque todavía no me lo haya comunicado, sé que es cierto. Ha sido un timador, un bandolero, o al menos alguien que ha vivido de un negocio sucio y no de uno trasparente.
-¿Estoy enfrentado a la ley, o me chantajea?
-Ni lo uno ni lo otro, replicó Valentina, indiferente.
-No está equivocada. Soy un hombre que, como usted piensa, tuve que enfrentarme a la vida, delinquiendo. No obstante, le advierto: estoy completamente regenerado. No volveré a delinquir, ni de acosado.
-Le creo, pero no diga que no lo volvería a hacer. La vida tiene curvas y en una de éstas puede fallar la dirección e ir a dar al abismo, sin que se hubiera programado desde antes.
-¿Eso es lo que me desea? Si es así me marcho lejos.
-No es así, yo sólo especulo. Sé por experiencia, que aquello que no deseamos hacer es lo que de manera inexorable tenemos qué hacer, y no por placer, sino porque nos vemos obligados. Yo no quería por mi propia voluntad ser lo que soy; una mujer con un pasado tormentoso. ¿Pero me iba a dejar morir de física hambre, necesidad tras necesidad sin siquiera haber tomado la sorprendente decisión de hacer lo que hice? Si no me quiere así, ve hacia adelante. Continúa recorriendo los mismos caminos que ya conoce de memoria. Tal vez en otra parte encuentre lo que busca; la fortuna, la dicha y hasta la gloria, si eso es posible.
-“Tal vez tras de otro cielo la vida me sonría”. Se dijo Julián.
-No tenía que decir lo que dijo. Si hoy nuestro pacto se rompe y se termina, recuerde que fui yo quien se equivocó. Siempre he sido un equivocado. Una vez más tengo que continuar mi viaje solitario, hasta llegar a la región desierta en que empiezan a aparecer nuevas fronteras.
-Un romántico de tiempo completo. Esas son las ideas predominantes de aquellos que como usted, las sacan a relucir en el momento en que la suerte parece rehuiros. Para su consuelo o desconsuelo, le comunico que yo soy también igual de melindrosa. Se me ha presentado la tendencia encaminada, nada menos que al suicidio. Acabar de una vez con la existencia, lanzándome de un puente, y una vez casi que lo consigo. Si no ha sido por mi hermano menor, que es una avispa. Él presintió mis intenciones; cuando estuvimos en la mitad de un puente me dio la corazonada, y cogí impulso para llevar a término mi proyecto. En este preciso momento, el buen Ramón se abalanzo sobre mí, y con su fuerza potente, debido a tantos ejercicios que hace, me contuvo y no dejó que me suicidara. Sabe, la vida es bella, el bellaco es uno. Al otro día apareció usted en mi camino. Yo lo vi cuando andaba por el Pasaje Junín, no quise que se diera cuenta de que lo había visto cuando fijaba sus ojos negros y penetrantes sobre esta figura que admiraba, sin saber que dentro, muy dentro de mi espíritu, una tempestad se cernía, y a medida que la desesperación me iba llenando, tenía que acelerar el paso, con la insensata pretensión de dejarla atrás. Como es lógico, esto no fue posible. Vi pasar muchas noches en espera de que alguien me rescatara, que diera un nuevo aliciente a mis esperanzas, que de tanto naufragar ya no prosperan. Fue un estado de depresión agudo que me embargó durante algunos días. Hoy ya ve, vas de prisa hacia a la ausencia, mientras que yo iré con premura hacia la muerte.
Julián estaba confundido. No sabía si aquella mujer lo estaba manipulando, o si era aquel un clamor pidiendo protección, como suele acontecer en los casos en que una persona está verdaderamente angustiada y trata de aferrarse a lo que primero encuentra, recurriendo a la estrategia de amenazar su propia vida y de arrasar, como el que se ahoga, todo lo que encuentre a su paso. Fuera como fuere, él desistió de sus proyectos, tomó asiento en una silla, y empezó a canturriar como un enajenado, el tango de Gardel: “Ya adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno, son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos hondas horas de dolor, pero el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar”. Retornar, ¿a cuál lugar, a qué sitio en concreto? El hogar, cuánto hacía que lo había perdido. Entonces era mejor seguir la corriente del viejo tango, deteniendo su andar y anclándose en el mismo lugar que se encontraba.
Pasó un tiempo, el suficiente como para que amainara la tempestad. “Deja el agua del pozo quieta y verá que ella sola se trasparenta”.
Ya reposados los dos, principiaron un diálogo interesante. Valentina empezó la conversación, como retomando el hilo del discurso anterior:
-Los hombres tienen en la mente, siempre la idea de que se tienen que alejar de las personas con las que conviven, para poder romper una relación como ésta. Mire nada más, cómo decía ahora, que si nos separamos, iría hacia otras tierras, miraría un nuevo cielo y percibiría otras fronteras.
¿Cuáles fronteras?, -resonaba esta frase, como un eco
sordo en los laberintos de la mente de Julián-, si por mucho que los pies caminaran, sólo el alma le habría de acompañar. Con ella, el cansancio, los dolores y las penas, esa inmensa tristeza que en las tardes, el espíritu afligido suele desplegar.”Las olas neblinosas del río, traen penas al hombre”.
Completamente cierto. Si mi madre viviera, iría a su lado; pasaría con ella una temporada, y después continuaría mi camino.
-¿Sí lo oyen? No deja de hablar, de continuar un camino. Por una parte, si tuviera la mamá viva, de seguro la visitaría. La consolaría al principio, después la haría sufrir con su actitud indiferente, y ella en silencio perdonaría las ofensas, sus impertinentes arrebatos de cólera, e impasible continuaría siendo siempre ella, buena, bondadosa y sufrida, y usted continuaría siendo el mismo. No hay enmienda para una persona como es usted, inestable, cambiante y ambivalente.
Esas palabras hicieron eco en el alma de Julián. En menos de un segundo escuchó que lo tildaban con epítetos tales, como indiferente, inestable, cambiante, ambivalente. Guardó silencio por unos minutos y luego se puso a reflexionar:
Indiferente. Él no era así cuando niño, ni aún de adolescente; en cuanto a inestable, el vaivén de la vida lo había tornado así. Cambiante, sí, quién no cambia. Ambivalente: esa palabra quería decir, oscilante, si no se equivocaba, que va y viene. ¿Por qué no? Todo mundo va y viene, así no sea más que en la imaginación. En conclusión: ya no era el mismo que había sido. Cómo lo iba a ser, si los años pasados le dejaron las huellas que se traslucen en una permanente tristeza, unida a una cólera soterrada; la más notable es la que deja el desamor. Y la relación que tenía con valentina, ¿no era amor? Hay amores románticos, amores sensuales, amores convencionales nacidos de la ocasión y todavía otros más, los meramente pasionales. El que lo unía a Valentina, no sabía cómo definirlo: una unión clandestina no, porque en realidad la quería, y el amor exige una realización y una unión. Una duda lo asaltaba y lo atediaba con dura crueldad; ¿Valentina lo amaría en realidad? ¿O sería que ella por no estar sola lo había admitido en su vida con el objeto de llenar un vacío que compensara su soledad? Si era así, él también en parte, la buscó con un fin semejante, pues habiendo comprendido por medio de sus andanzas, que lo único que vale la pena, es que cuando el hombre termine su andar por caminos o calles, senderos; ocupaciones, altibajos, sorpresas y sobresaltos, encuentre al final del recorrido un hogar al cual llegar, y por supuesto, una cara amiga, una voz a la cual escuchar, y unos brazos esperando, así sean suaves o mustios, no importa. Cuando al hombre le faltan estas cosas elementales, pero necesarias, las rutas que recorre en el día, en la noche, en sus sueños son caminos de olvido, cuyo final desemboca en un lago profundo y oscuro, la muerte quizás. Mientras tanto, se hace necesario el tener un poquito de todo; amigos, diversiones, agregándole a ello un poquito de encanto y de paz.
Valentina descansaba en su lecho. Julián se le acercó mirándola como miran los niños a la madre, después de que les han jabonado sus ropas.
¿-Me permite?
-¿Qué?
-Que me acueste a su lado.
-¿Luego, no dijo que estaba muy enojado?
-Sí, pero eso ya me pasó.
-¿Sí ve que todo pasa, incluso lo más doloroso?
-Sí, lo comprendo; necesito de su afecto.
-Para relajarse nada más.
-No, para sentir que tengo alguien en mi vida. Que ésta no es un fracaso total; una lucha en balde, un ir y venir de acá para allá, sin encontrar en donde asir mis ansias, y llegar como el viajero cansado al oasis del desierto interminable de una existencia que se rompe en mil fragmentos sin posibilidad de unión alguna.
¿-Después te irás?
-No, me quedaré a su lado hasta que la muerte ponga fin a mi vida.
-O a la mía. Dijo Valentina, como si tuviera una idea fija en su pensamiento.
La conversación se hacía cada momento más trascendental. Ya metidos en el lecho, las palabras, los gestos y las miradas fueron despertando entre ambos un aire de romanticismo. Se besaron, se amaron y recorrieron los mundos reservados a los amantes verdaderos. Sí, porque hay amantes que en realidad no lo son, esos que después de terminar el acto amoroso se alejan, cual si lo que hubieran hecho fuese una ofensa imperdonable. Un crimen sin nombre.
La vida de pareja marchó de ahí en adelante en forma armoniosa. Los muchachos hermanos de Valentina, venían a la casa de vez en cuando; traían la frente quemada por el sol y erosionada por el aire de las montañas. Habían dejado de delinquir en la ciudad, y retirado a hacer sus fechorías en los alrededores¸ sin que una que otra vez operasen en el perímetro urbano.
Pasados dos meses después del la práctica amorosa de aquella memorable vez, Valentina empezó a mostrar síntomas de embarazo; tuvo una consulta con un médico, quien lo confirmó de manera perentoria. Qué alegría sentía la pareja. La expectativa de tener un hijo es motivo de regocijo hasta en aquellos casos en que los padres han pasado por experiencias dolorosas y traumáticas en la juventud, lo cual puede en determinados casos influir en que uno de los dos, no desee tener un hijo, porque piensa que éste pueda sufrir las mismas calamidades que él pasó de niño. No fue así en el caso presente. Los dos, marido y mujer estaban optimistas; pensaban que con la llegada de un hijo al hogar, las adversidades que pudieran presentarse se sobrellevarían con la entereza que lo hicieron los abuelos, porque de ellos conservaban recuerdos de vivencias agradables, allá en la curva lejana de sus primeros años, cuando todavía en sus almas existía la cualidad insustituible de no determinar las pequeñas ofensas y perdonar las más duras y sangrantes. Qué lejana contemplaba, en especial Julián, la calma de aquellos días. La niñez sólo se vive una vez. Cuando ésta pasa, empiezan a presentarse en el camino, curvas cerradas que hacen cambiar de rumbo la mirada; en horizontes lejanos y confusos, aparecen otras fronteras, otros sitios, que ni siquiera los imaginamos, a los que vamos sin más razón que el peso del destino. Así no creamos en él, algo nos guía.
En un momento de profunda reflexión, a Julián, quien ya empezaba a ser un hombre maduro, se le presentaron estos pensamientos:
“Para reconocer el verdadero valor de los bienes que la vida nos regala, tenemos que perderlos”. Hacía mucho tiempo que lo sabía, sin que hubiera dado al asunto la importancia que entonces le estaba dando. Sí, se repetía; hoy que ya no tengo el cariño de mi madre, ni escucho su voz, ni veo su mirada. Cómo la extraño, quisiera tenerla cerca, decirle que me hace falta su presencia; tenderme a sus pies y pronunciar su nombre, ello me serviría de consuelo. Su nombre, hoy diluido por el paso del tiempo, pero ahondándose más en la memoria. Y esa imagen llena de candor que ya no es sino un recuerdo en las encrucijadas del silencio definitivo. Y saber que cuando ella vivía, yo andaba sin rumbo por un mundo poblado de atracciones; chucherías que al final nada valían, así eclipsaran con su falso brillo el fulgor genuino de las joyas verdaderas. Y para colmo, tenía que ser una mujer quien se lo recordara. ¿Sabía ésta de las falencias suyas, de esa cantidad de acciones equivocadas que él, en medio de su ceguera, acometiera, atraído por sugestivas fantasías?
Cómo es de frágil la ilusión y qué tajante es el filo del destino. Qué van a saber de esto, aquellos que todo lo han tenido, y lo tienen todavía. Los que al despertar en las mañanas, escuchan una palabra de esperanza: “Buenos días hijo, ¿qué tal noche?” Con el paso del tiempo, aquellas palabras llenas de profundo contenido, aunque sencillas, llegan a ser la más dulce melodía que acaricia con sus notas, nuestros oídos cansados de escuchar banalidades; son como esas brisas refrescantes que en medio de un sol abrasador salpican nuestro rostro ya deslustrado de tanto ver pasar sobre el combo firmamento, las noches y los días. ¡Ay! Esas expresiones son el indicio del peor de los cansancios: el de sí mismo. Cuando el peregrino, después de beber en las fuentes del placer, haber probado la copa acibarada del desengaño, siente que su ánimo decae, se puede asegurar que su fin está cercano, o por lo menos que se opera en su interior una trasformación definitiva.
No puede ser que vaya a entrar a fallar cuando el destino es más prometedor, pensaba Julián. Él tenía que conocer al hijo que esperaba con tanta expectación; tenía que acompañar a Valentina, infundirle valor para que se sintiera protegida. Y entonces… Otras auroras mirarían sus ojos. ¿En dónde, en qué lugar? ¿Por qué presentía que todo iría a cambiar de manera repentina? No lo sabía a ciencia cierta, pero un presentimiento invadía el espacio en el cual la luz de la esperanza brillaba hasta el presente. ¿Ahora qué pasaba? Si el hombre comprendiera con certeza, qué le depara la suerte en el futuro, se precipitaría con valentía a aquel encuentro, o se sumiría en el silencio el resto de su vida.
Nos preguntamos por qué todos estamos en cierta medida predispuestos a la violencia. Bien: desde antes del nacimiento empieza la guerra, desde el mismo momento de la fecundación. ¿Por qué motivo? Por invasión de espacio, los hombres han peleado desde que existen. Sólo los más violentos llegaron a vencer. Los habitantes de Colombia no han sido la excepción. Pelearon por posesión de tierras, por colores simbólicos y hasta por bagatelas de poca monta. En el pasado lejano no había sicarios, asesinos a sueldo, o por lo menos las cosas no se hacían evidentes como sucede hoy. Las gentes más humildes bajaban la cabeza, hasta que llegó el día en que despertaron del letargo en que estaban sumergidas; con ello vino un cambio de grande dimensión. Cada uno a defenderse, a luchar por sobrevivir. Aquí lo más terrible fue que algunos determinaron, movidos por la astucia, cómo buscar la forma de satisfacer sus necesidades, sus gustos y caprichos a expensas de los demás. Ahí cambió de rumbo el curso de la historia, los más sagaces viven con más comodidad, mientras los demás luchan por el sustento cotidiano.
Todas las guerras han tenido motivos oscuros, como decir que un pueblo se alza contra otro, porque ya no soporta la fuerza que lo oprime. Qué buscan sus dirigentes, sino expandir sus límites, al invadir las tierras que quieren poseer. Sus secuaces los apoyan creyendo que por medio de hacerlo, obtienen más poder. El caso concreto, es que el hombre ha perdido, o no ha adquirido su propia identidad. Y, ¿cómo la ha se conseguir, si para esto tiene que liberarse del peso que lo agobia? La Libertad no consiste en que se tenga todo; riqueza, poder, esplendor; radica en que se tenga respeto por el otro. El amigo no es aquel que nos saluda a diario, es el que aún estando lejos respeta nuestras ideas y la forma de pensar de cada cual.
Una tarde de abril, Julián y Valentina, fueron de compras a un supermermercado del centro. De ida no vieron nada extraño; todo normal, las calles atestadas por el tráfico. El vocerío ensordecedor de quienes pregonaban sus mercancías. Las gentes elegantes: damas encopetadas, caballeros bien vestidos, y en medio de los automóviles, las motos enervantes, con su ruido insoportable y en cada una de éstas un hombre, por lo regular joven, dirigiéndola; y atrás un parrillero. En una bocacalle, en donde se cruzaba una calle sencilla con una avenida, vieron un corrillo de gentes que miraban con suma atención hacia un punto determinado. Ellos miraron también, para ver qué era lo que los otros veían asombrados. Vieron a una mujer que estaba bañada de sangre desde la cabeza hasta su falda, clamaba ella:
“Cójalos. Ellos son los que me robaron”. Valentina, con la intuición característica que tienen las mujeres, presintió en su fuero interno, que este robo lo habían perpetrado sus hermanos, y no erraba, efectivamente los vio huir y perderse entre la multitud. De la mujer en cuestión no se dieron más cuenta. Las víctimas tienen protagonismo mientras están presentes, después nadie quiere saber de ellas. Los hermanos, Ariel y Ramón cogieron el Metro en la estación cercana, rumbo al sur. No aparecieron por la casa durante varios días, y cuando lo hicieron trajeron la desgracia.
Una mañana, como todas las otras, Valentina abrió el negocio, y llegaron sus hermanos. Los notó más altos y fornidos. No hizo alusión a lo acontecido aquella tarde. Les brindó Coca-Cola con pandequeso y no quiso invitarlos a seguir al interior de la residencia, previniendo que los capturasen en esos momentos. Ellos se demoraron un rato charlando con otros amigos. Después entró al negocio un chico que tenía la misión de señalar a quienes la pandilla de “arriba”, de las últimas asentadas en las lomas, tenía entre ceja y ceja para darle el merecido, según ellos. Lo hacía saludando de la mano y muy cortés a quienes iban atacar próximamente. El muchacho saludó a Ramón y a Ariel de esa manera, y entonces, Valentina que sabía de que se trataba, les advirtió a sus hermanos de la amenaza, pero éstos, en vez de hacerle caso a ella, sacaron al muchacho del establecimiento, después de caminar con él dos cuadras, le hicieron cantar cuanto sabía. No contentos con esto, le asestaron dos tiros en la frente y otro en el pecho. Llegaron al instante los del otro bando, con revólveres, pistolas y armas blancas. Allí hubo las de Troya, como dicen. Los unos atacaban, se defendían los otros. Los atacantes eran varios, Ramón y Ariel estaban solos. Así que tuvieron que emprender la retirada, porque se sintieron en desigualdad. Entraron en la casa de Julián y Valentina, quien cerró con doble cerrojo la puerta del negocio. Los atacantes estaban tan airados que treparon un muro, se pasaron sobre los techos de las viviendas inmediatas. Al fin con la furia de un huracán irrumpieron en la residencia. Ahí fue las de San Patricio, Valentina intervino tratando de ocultar a sus hermanos en un armario, se puso entre ellos y los invasores; cuando el más indignado de la banda, disparó la bala de un revólver, que impactó en Valentina, que yació en un charco de sangre, e inconsciente. Julián había salido a hacer unas compras al centro. Cuando llegó, encontró la residencia convertida en un desastre. Los dos delincuentes jóvenes, se marcharon saltando el patio vecino; tomaron la calle más empinada que conduce hasta un cerro, desde el cual podían mirar si los seguían. Por la noche cuentan que hubo plomo en las comunas altas, y que varios muertos quedaron en el piso. No se supo si los atacantes fueron los hermanos de Valentina, o otros que odiaban a los de ese combo, porque según informes, eran despiadados acaparadores del negocio del micro narcotráfico. Eso era más que suficiente para odiarlos. Se daba muerte por oficio, o conveniencia, por necesidad y hasta por el placer de ver caer al suelo a quien se hiciera presente. Así fue como vinieron a existir las fronteras invisibles que han servido de obstáculo para la libre locomoción del vecindario.
Lo que pasó a continuación después del acto sangriento del que fue víctima Valentina, puede ser imaginado por cualquiera: el concurrir de las gentes vecinas; los comentarios de una y otra índole, el registro de la residencia por los agentes de la ley; el levantamiento del cadáver, el sepelio; las estrategias de quienes tenían la función de hacer la investigación correspondiente, para poder decir; “Que el caso presente sería investigado hasta que se aclarasen las causas y descubrieran quiénes fueron los asesinos”. Todos esos detalles no pasaron de ser simple protocolo. Lo que si era una realidad innegable, era que Valentina había muerto por defender a sus hermanos, que aun siendo lo que eran, no dejaban de ser su sangre. Esa mañana, todos sus pesares, penas y sufrimientos llegaron a ser cosas del pasado. Joven y hermosa, llena de vida y atractivo, la arrebató la parca. Después el silencio se levantó como un muro sobre su tumba, y tras éste las sombras del olvido se empezaron a cernirse. ¿Qué más se había de esperar?
La noche siguiente al entierro de Valentina, Julián se hallaba en absoluta postración. Abandonó la residencia intempestivamente, tomando en sus manos el dinero que encontró en la caja; (no fue un robo, porque era producto de su trabajo e inversión), sus pertenencias y una fotografía de quien fuera su felicidad, amén, del inmenso bagaje de vivencias agradables unas, como dolorosas otras; todas atadas a su corazón como un ramo de magnolias y de mirtos. Tomó la vía del norte, cuando la noche principiaba a caer sobre el llano Del Aburrá, con su infinita constelación de luces diseminadas. Había llegado a la ciudad de Medellín cuando el sol todavía no se ocultaba y se marchó cuando la luna iluminaba las cumbres con tristeza. En dos días llegó a una población poblada por gentes variopintas que servía de asentamiento a mineros y a hombres de negocios. ¿Limpios?, saberlo era imposible, como improcedente intentar averiguarlo. La primera noche se hospedó en un hostal de mediana categoría. Salió al centro de la población, buscó con ansiedad un bar para tomarse unas buenas dosis de licor que apaciguaran un poco toda esa multitud de pesares que se aglutinaban en su pecho, cual se arremolinan en un bosque las aves migratorias. Solo, solo como el último rezagado de la caravana que traspasa la extensión de una llanura buscando más allá la fe que había perdido. ¿Qué sería de su vida en adelante? “Esta noche quiero brandi”, cantaba Dyango; “Ella ya me olvidó”, Leonardo Fabio. “En busca de tus besos”, Bordon 4. “No vengo ni voy”, Julio Iglesias. “Natacha ya no está”, Juan Bau; “Háblame del mar marinero”, cantaba Raphael. Todas, canciones de una época que se fue con sus alegrías y sus penas. “El final de un amor”, ¿quién lo cantaba? Tal vez el eco conmovedor de aquellas voces en consonancia con su estado de ánimo. El alma también tiene su canción y la entona en las horas en que su sufrir toca el extremo. Una noche de vanas añoranzas poblada de nostalgia, fue aquella. El licor trasforma al que lo bebe y convierte en recordación todo suceso.
Llega la calma tras de las grandes tormentas. Al siguiente día, Julián se encontraba completamente relajado. Anduvo por las calles de la población hasta que la noche tiznó el entorno con su sombra lúgubre y silente. Recorrió varios sitios; estuvo en lugares en donde el peligro acecha como los lobos en la oscuridad; los pecados lanzan a los vientos sus carcajadas de hiena que husmea una carroña en la pradera cercana. La bruja del farallón montada en una escoba emprende el vuelo; el búho en la torre abandonada, preludia la salida de la luna sobre el alto pico de la cordillera, que a esa hora, se ha vuelto tenebrosa como la faz de un muerto. Un ovillo de algodón medio enmugrado en la repisa del espacio. De tanto vagar por calles silenciosas y desoladas, Julián comprendió con viva nitidez que la noche era su amante, que en su regazo su soledad hallaba un nido, que de su insomne ir y venir, era la hermana.
En aquella concurrida población estaban viviendo unos holandeses; gentes ricas que buscaban un hombre fuerte que les sirviera de guía para emprender una excursión a las montañas. Cuando Julián se enteró del caso, se hizo presente en la casa de aquellos extranjeros, quienes no dudaron en contratarlo porque vieron en él, al hombre duro y silencioso, a la vez de trato respetuoso. No era difícil para el reconocido personaje realizar una labor elemental como aquella. A pesar de saber que, aquello de “guía”, era una forma de dorar un poco la píldora, en realidad la ocupación era como la de cualquier peón, sólo que en el caso presente, quien cumpliera dicho oficio, era bien remunerado y tenido en buena estima.
Mayo llegó, con él la fecha de la partida hacia las cumbres montañosas. Adelante caminaba Julián. No conocía el camino pero su instinto natural le decía, que caminara al occidente, pues en la distancia azul se adivinaba un magnifico bosque de cedros y de encinas y más lejos, un cerro que a todas luces era tan especial como el mineral que de sus entrañas se extraía. Caminando, avanzando, conversando y canturriando, llegaron hasta donde terminan las verdes praderas iluminadas por los rayos del sol tardío, en cuyo fondo se erguía una colina redondeada, como diseñada para la recreación de los ojos que tuvieran el privilegio de mirarla: exuberante, sugestiva; en ésta reinaba una apacible quietud poco corriente.
Armaron entre todos una carpa de espaciosa capacidad: los excursionistas eran nueve. Como eran gentes exigentes, tenían que quedar holgados; nada de hacinamiento, todo en orden. Cenaron al aire libre, qué delicia y después de retozar en el prado se echaron bocarriba a mirar con detenimiento la aparición de las estrellas en el espacio abierto, inconmensurable y desafiante. Qué espectáculo pudieron mirar sus ojos esa noche, uno como éste no es posible mirar en la ciudad, porque el resplandor de luz artificial no lo permite.
Cantaban los grillos, chirriaban las cigarras; en el bosque ululaba el viento repitiendo el mismo murmurar de siempre, como si con él, se perpetuarse el melancólico gemir de alguien que muere.
A eso de las diez de la noche, escucharon unos pasos siniestros, que ya próximos invadían su espació. ¡De pie todos!, dijo una voz, al mismo tiempo que, quien pronunció esas palabras, los alumbraba con la potente luz de una linterna. Era la guerrilla y quien les hablaba era el comandante. Levanten la carpa y síganos, ordenó de manera imperiosa y contundente. “Incauten sus pertenencias”, ordenó el abusivo comandante. Los secuaces, les quitaron todas las posesiones y después los obligaron a caminar en medio de la noche por una senda poblada de árboles frondosos. Los llevaron hasta el centro de la selva, los ataron con cadenas aperadas de candados. Cuando el sol alumbró el monte y sus entornos, vieron con amarga desolación que el panorama no era en absoluto el mismo que habían mirado la tarde anterior en la pradera. Julián pensaba, si aquello estaba relacionado con los aconteceres de los días anteriores. Llegó a la conclusión más certera que pudo dilucidar en medio de la inquietud que lo embargaba. Este caso es diferente, aquí se trata de gentes que buscan grandes fortunas, amparados en la falacia de que luchaban por una justicia social, por una vida más equitativa. ¿Por estos medios? Vaya, qué “ironía”, se dijo, recordando que hacía ya muchos años, un campesino casi lo mata porque pronunció aquella palabra y le pareció que lo insultaba.
Julián, hombre curtido de tanto trasegar por los caminos en que las sorpresas buenas, o malas se presentaban de un momento a otro, tomó la presente con calma y tino; comía los alimentos como si fueran los mejores, no protestaba por nada, incluso los elogiaba diciendo:
“Comida como esta, cuántos hambrientos la desean en los pueblos y en los campos, sin esperar que un potentado les ofrezca una porción de sus sobrantes”. Con tales expresiones se fue ganando el favor del comandante, quien al cabo de unos meses, permitió que fuera otro más de los de su cuadrilla. Hombre que aparenta sin ser, es un impostor. En el caso de Julián, un estratega. En una ocasión le tocó junto con un guerrillero veterano, cumplir una misión para él, nada agradable; ir a extorsionar a un campesino que tenía unos cultivos de cítricos en la región, exigirle una suma exorbitante, y como si esto fuera poco, llevarse al mayor de sus hijos. No intervino Julián en este hecho, antes de cumplir aquella orden se fugó, no sin antes dejar a su acompañante herido, mas no de muerte. Con esta acción, la vida se le complicó todavía más. Tenía que dormir en el bosque y en las mañanas implorar la caridad de los vecinos. Buscado por la justicia legítima y la arbitraria, perseguido por dos bandos contrarios, llegó a ser el prófugo a quien nadie hubiera deseado dar hospitalidad ni protección alguna. Sin embargo, él había tratado de obrar con justicia, pero nadie lo entendía; si se presentaba ante la ley, lo hubieran juzgado como a un delincuente más entre todos los que caen en sus manos. ¿Qué hacía entonces? ¿Pensar en lo peor, en el suicidio? El suicidio no es recomendado sino cuando éste causa impacto en los que quedan y puedan comentar sobre el motivo que pudo haber tenido el que se suicida. Cuando se está apartado de la sociedad, ¿Qué gracia puede tener? Nadie sufre, nadie hay para que conjeture. Así resulta que tal acción es nula, es decir, no interesa más que al afectado.
La noche era su amiga, el silencio su aliado; la lluvia mojaba su humanidad, el viento la secaba. Todo cuerpo que tenga vida tiene un alma. A un alma sin norte y guía puede serle mejor la muerte. Sí, porque ¿quién puede después de conocer los placeres, vivir frustrado sin el beneficio de la amistad? Si los lugares influyen en el estado mental, también influyen en el proceder del hombre, y más si es un solitario.
Pasado un tiempo se efectuó en la personalidad de Julián, un cambio sorprendente. Todos los días sentía que la naturaleza y el influjo de ella, se apoderaba de su manera de pensar. La mente iba fotocopiando cuanto pasaba frente a sus ojos. Ya no las imágenes citadinas, sino las agrestes que ofrecen la selva y el campo en sí.
Una tarde esplendida llegó hasta cerca de un arrollo; bebió del agua trasparente de su corriente y se tendió sobre la hierba; nubes solitarias pasaban sobre su cabeza y algunas aves trinaban en el monte. Magnífico lugar y momento para la meditación. Contó de nueve hacia abajo y al llegar a uno, entró en un estado de ensoñación, y por medio de ésta, su mente y espíritu se adentraron por otra selva más espesa todavía, llegando a un farallón con forma de cráneo que tenía una puerta similar a las de bronce que dan entrada a un templo budista. Allí, tenían que conciliarse mente y espíritu, o se era el uno, o la otra, nunca los dos. El espíritu tomó la delantera, al fin es el mayor. Tocó la puerta que cedió sin oponer ninguna resistencia, dando paso a un pasadizo que se iba adentrando en declive hasta alcanzar una considerable profundidad. Cuando llegó a la sima encontró un pozo profundo de aguas turbias, densas y saladas como las del mismísimo mar. Atravesó el charco a nado como si fuese una rata de agua, llegó al otro extremo, en el cual empezaba una escalera, en subida; trepó de grada en grada hasta alcanzar su culminación. Entonces sus ojos miraron asombrados una visión llena de singular encanto. Una intricada red de líneas de colores azul, amarillo, violeta, rosado y añil hacía gala de una perfecta simetría, comunicándose entre sí por medio de destellos de sin igual esplendor. ¿Qué es esto? Alcanzó a musitar. Silencio, dijo una voz de mujer, voz desconocida, pero afectiva, con su sonido Julián se serenó y continuó mirando con atención extrema la belleza singular que tenía enfrente. Pasados varios años tuvo conocimiento por medio de profundas lecturas que, lo que había visto entonces eran las neuronas de su cerebro en plena actividad. Aquella vez quedó estupefacto ante tan hermoso espectáculo, estaba tan embebido en ello que, bien pudieron pasar en su contemplación, minutos, horas, incluso días; poco importa el tiempo si algo hermoso aparece a la vista.
Una voz suave, pero perentoria le ordenó que se “desconectara”. Lo hizo, y continuó su recorrido por una senda semejante a la que había visto dibujada en algún lugar lejano, como en otra dimensión. ¿Distante? Ni tanto. A medida que avanzaba, el entorno se le hacía conocido; muchas veces en los sueños había recorrido esos mismos lugares. Llegó a un edificio con la apariencia de un castillo de la edad media. Un hombre vestido rigurosamente de negro, le abrió una puerta que tenía las bisagras oxidadas y por lo tanto hacían un estridente ruido al abrirse. Cuando entró, se encontró ante una galería tan extensa que en ella cabían todos los lugares que él recorrió durante toda su vida, en especial las de la infancia y juventud. El hogar materno, el huerto, con sus sembrados; el durazno con sus frutos apetecibles y el olor a la fragancia del naranjo esparcida por doquier. La vereda Los jazmines con sus fuentes cristalinas; sus colinas empinadas, los caminos que siguen el declive del terreno sobre piedras y terraplenes; una mezcla de arenisca con tierra color amarillo entreverado de marrón.
Una gaviota de cola partida en dos, surca el espacio. Unas tijeras en pleno vuelo son algo digno de admiración. Planea el ave bajo el espacio sedoso y terso como un cristal; cielo azul, nubes viajeras. Allá, a media distancia, el cerro de Morrón, centinela mudo; arcón que guarda leyendas fabulosas salidas de lo normal, en donde el trueno estalla con violencia en las noches en que las estrellas no quieren salir a alumbrar. La playa, el río, los huertos sembrados de maíz; conjunto de acuarela cercado por las ramificaciones que se desprenden desde la cordillera Miraflores, formando casi un círculo completo. Dentro de este espacio, el promontorio de Piamonte; un cerro redondeado con varias aristas, cubierto de verdes pastizales y en la parte más pendiente, añosos robles despliegan sus ramajes desafiando al viento y a los años que pasan sin que les causen ninguna alteración. Cuántos recuerdos le traían esas laderas, tal vez los más hermosos, o dolorosos quizás. ¡Ah!, en ese entonces estaban vivas las personas queridas que después se eclipsaron como astros, en un horizonte ilimitado. Julián pasó la juventud en esos entornos. Ahora el alma agitada quería una reconciliación con ese ayer lleno de esperanzas y de sueños imposibles, que se fueron quedando atrás, dispersos por esos mismos senderos que recorrieron sus pies en la época en que se mira la vida desde el ángulo cerrado de una perspectiva nebulosa.
El panorama como de fantasía tiene el encanto de la desigualdad; vallecitos risueños, alcores de irregulares formas; senderos que demarcan el terreno con líneas trazadas por talento, por gentes comunes y corrientes. La población envuelta en ese marco de forma circular a la manera de un relicario, reposa ufana de su ebriedad.
Anochece y a lo lejos tiritan las estrellas como corderos a la hora del sacrificio. La luna muestra el aspecto de una toronja a punto de ser partida por un cuchillo salido de una nube fantasmal. Como perdido en la niebla, el pueblo con sus calles empinadas, y la iglesia con sus torres estilo románico; en la del centro, el reloj que marca los minutos y las horas con la exactitud requerida, igual a cuando corría con alegría y puntualidad a la escuela urbana de Varones, llevando las lecciones con rigurosa puntualidad. ¿Cómo olvidar la calle que conduce hasta la parte alta donde termina el caserío y empiezan los potreros? Imposible, sus cuadras tienen peso sentimental, y en cada paso dado, subyacen reminiscencias olvidadas, algunas tan secretas como la eternidad.
Como si todo aquello fuera poco, allá a lo lejos la casita entre árboles frondosos, eucaliptos y cipreses, donde cantaba el sinsonte, el mirlo y el turpial. Un huerto con clavellinas, amapolas y geranios; un curubo y una parra y mil especies de plantas más. Y saber que allí había venido al mundo, un domingo cuando las estrellas se apagaban y el alba empezaba a clarear.
Qué si hicieron los instrumentos de cuerda, que en las manos encallecidas de los labriegos, desgranaban un salterio de melódicos cantares. La bandola, la guitarra y el timple, primos que se buscaban por las sendas de la vereda cada cual con su canción. De esos tiempos ya no queda ni siquiera un eslabón que nos una al presente, como se desprende una uva del racimo al caer a la tierra, la vida se marchita.
El día vuelve de nuevo, y en cada lugar hay algo que se habrá de tener en cuenta porque guarda la historia del pasado. El mercado con las ventas; los toldos y los productos traídos desde los campos a lomo de mula o de buey. Y las muchachas que pasaban con sus caras de princesas, mirándolo de vez en cuando con ojos de codorniz. Y en las tardes de los domingos, la retreta ejecutada por la banda municipal, dirigida por el maestro Daniel Cortez. Pasillos, valses marchas, guabinas y torbellinos, eran el repertorio habitual. Hay que saber que aquellos eran los tiempos de las carátulas filiales y del orgullo nacional. Lo conocido y lo cercano era lo apetecido y amado; lo extranjero se miraba con recelo y discreción. Después vinieron los tiempos en que se fue incorporando lo foráneo a lo nuestro. También estaba la plazuela con el baño “garrapaticida” en el costado occidental. Aquí bañaban las reses y las ovejas. Un recuerdo casi trágico lo llevó casi abismado a pensar en cómo pudo no haber caído a dicho pozo, porque cuando hacían el oficio de echar las reses a darles una zambullida, los vecinos del lugar, él, muy niño todavía, subido al travesaño más alto que servía de protección, miraba atentamente cómo nadaban las vacas respingando la trompa y en ésta la nariz. En un instante, un muchacho mayor y más fornido, lo cogió de los dos pies y le dijo, “baje de ahí”. El pobre Julián como aturdido se bajó con presteza y se fue para la casa pensando en que lo que le habían dicho era motivo de amarga y cruel humillación. Si hubiera sido más fuerte, como lo era el que lo había regañado, aunque con buena intención, habría medido sus fuerzas con él.
También estaban las calles, cuántas veces recorridas; en cada esquina un recuerdo, en cada espacio una travesura, a veces rayada en absoluta temeridad. Los caballos galopando, los jinetes insensatos pensando que en las tabernas estaba la libertad. Abajo, junto al río, bajando por una calle, varias casas en espera de la clientela, que después de beber cerveza, por inercia o por costumbre se acercaban a calmar el tedio, el hastío, la tristeza, o a traer de allá, otras. Cuántos fueron por los medios naturales, caminar por caminar y regresaron en hombros extraños o conocidos, ya sin vida, o a pagar en la prisión su euforia y su ligereza.
Lejos, junto al palio celeste, asentada en la cima de la cordillera mayor, estaba una casita semejante a una góndola, en espera de sus pasos, o sus pasos esperándolo, esperándose los dos. Cómo pasa el tiempo y con su transcurso inexorable se trasforma lo físico y lo material, cambiando así también el alma. Ya no está la casita, ni el potrero, ni el huerto ni la pradera que estaba a continuación. Un bosque de pinos verdes se expande en los alrededores. Ya no hay vacas ni potrillos, ni terneros que encerrar, ya no cantan los sinsontes, ni los mirlos en las lomas entre el verde ramaje y aun cerca de la casa esa orquestación de trinos y de arrullos. Hoy, un somnoliento miraje se extiende de extremo a extremo, una especie de letargo, que nos dice con desdén: se acabó.
Como si estuvieran concatenados por un hilo invisible, todos los episodios de su vida aparecían en la pantalla interna; amores, ilusiones, desamores, humillaciones y las fatales traiciones que nublaron su existir. Todo cuanto el hombre en su trajinar constante, por fuerza del destino, o por su propia iniciativa, afronta y lleva a su término. La vida que pasó comercializando mercancías de contrabando; armas de fuego, teléfonos móviles y tantos artículos más. De aquellos tiempos sólo quedaba la historia. Buena o mala, había pasado, si no le quedaban valores en efectivo, sí, la experiencia que vale mucho más. De palabras y de imágenes, se prefieren las segundas, pues resumen con certeza lo que la voz queda corta.
En la ciudad de Medellín se había cristalizado una parte de sus sueños: la correspondiente a su amor ideal. La ciudad de los narcos, de los sicarios y atracadores, era entre todas las visiones la más sensacional. Ella le dio lo que buscaba, pero también le ofreció la copa de la desilusión, servida en una bandeja de oro con trocitos de limón.
Magníficos conciertos de luz y de colores; pasajes halagüeños, cristales parpadeantes y lámparas profusas incendiando la noche en apoteósica reverberación. El Metro, los cables aéreos; los parques, los puentes, el puesto que ocupa la residencia en que pasó una temporada en relativa calma, al menos de reposo, cuyo recuerdo estaba grabado en la memoria con letras doradas; así la tragedia solapada se hubiera cernido sobre el panorama de su vida con la crudeza con la que se presentó. En un ángulo cerrado con un broche metálico, está el sitio en donde reposa en absoluto silencio el despojo de la mujer que un día, su mente idealizó. El encuentro en el Pasaje Junín, Después en el barrio Manrique; las caminatas y los paseos por todas esas calles que estaban impregnadas como de un bálsamo que podía curar o hacer sufrir. El sitio más querido, cuando aparece en sueños resulta hermoso, pero cuando aquella visión se desvanece, el efecto es semejante a la caída de un árbol que tuvo entre sus ramas mil nidos, y en el preciso instante de ir al suelo, aves y nidos se esparcen. Un cuadro como este no debiera existir.
Las visiones pasaban como si estuviera viendo una película; cuando pasó un rollo de la cinta, se encontró en una parte en donde había muchos salones, todos con sus respectivas puertas. En el primero que se topó estaba sentada una dama vestida de blanco de pies a cabeza; había en el centro un escritorio en el cual con atención suprema, la oficinista operaba un computador de forma ovalada. Esa era su única ocupación. Frente al escritorio estaba lista una silla. Julián se dio perfecta cuenta que en ésta debía sentarse. Lo hizo; la mujer lo miró a los ojos, con otros ojos entre inciertos y penetrantes. Quien llegó, no se atrevía a pronunciar palabra, un silencio sepulcral era lo más notable. Ni él, ni la mujer hablaron, se entendían sin embargo. La mujer señalaba con un dedo la pantalla del sofisticado aparato. En ella aparecían muchísimos números, cifras redondas unas, otras no. Lo que notaba el aludido con sorpresa, era que las unas aparecían en color rojo, mientras que las demás, en color amarillo. Automáticamente, apareció un letrero en la pantalla que decía: “Saldo en mora” Luego apareció otro que rezaba: “Cancelado”. Cosas así de sorprendentes sobrepasan la imaginación.
Continuando en su recorrido, entró a un nuevo local rectangular. Este no lo atendía una mujer, sino un hombre vestido de negro; ojos fijos, frente espaciosa, profundas arrugas y entradas capilares; su sola apariencia denotaba la figura de un juez severo, terrible e impenetrable. Julián sintió un temor tan pavoroso, que no lo había experimentado en las ocasiones cuando negociaba un arma de fuego, un celular mal habido, o emprendía viajes al extranjero a trasportar cocaína. No tardó en darse cuenta de que se encontraba ante un magistrado, que no le habló, así como la mujer de blanco. El hombre de negro alzó los brazos, los cruzó en lo alto y se quedó mirándolo con la fijeza de un loro en una rama. Para interpretar esa mirada se requería de varios años.
Más adelante entró a otro apartamiento de igual longitud y presentación, atendido esta vez por una muchacha alegre, vestida con elegancia y en sumo extrovertida, que le ofrecía un cigarro y un cubo de cerveza. Sus senos medio desnudos, semejantes a dos copas morenas se erguían desafiantes como dos torres en un amanecer. Su boca tenía el rojo de las fresas y sus mejillas eran dos rosas abiertas al final del estío. Su talle de palmera, sus piernas bien formadas y sobre todo, un pompis calidad exportación.
Miró Julián hacia la parte que la muchacha le indicaba, (su pecho color canela) y pudo ver en letras doradas un letrero que decía: “Agencia del placer”. Y todas las tormentas dormidas en su alma explotaron de una vez. Quiso hablar y no pudo porque su lengua estaba pegada al paladar. La dama, como tentándolo se le acercó hasta que su cuerpo rozaba su humanidad, quien no pudo hacer otra cosa que caer tendido sobre un cojín relleno de plumas de avestruz, al tiempo en que la dama se reía con una risa torva y repulsiva. Julián apenado se apresuró a salir. ¿Por qué Venus aparece y tras de ella, el rencor?
A continuación, visitó otro local de la misma longitud y forma que los que ya había observado. Este no era atendido por nadie en particular. Había varios asientos, mesitas con floreros; una jarra grande de cristal estaba llena de un vino color rosa; unas copas aparecían en desorden, como si hubieran sido puestas al azar. Ni voces ni murmullos, la calma se notaba desde antes de entrar. Un cuadro de marco nacarado ostentaba el retrato de una mujer, ni joven ni vieja, que a todas luces pertenecía a una dama de la alta sociedad. Cuando Julián miró de soslayo aquella imagen, pudo ver en la parte inferior la siguiente inscripción: “Estampa de la que pudo haber sido la dueña de tu alma, pero la ley del destino no permitió tal bondad”. Desolado, con sabor acíbar en la boca, dando un giro de 180 grados, salió de allí el visitante. Lo imposible es atractivo pero causa resquemor.
Allá, en un ángulo cerrado, en la más silente de todas las dependencias, aparecía una anciana de cuerpo encorvado, cabellos blancos, ojos entre verdes y grisáceos que miraban con suprema dulzura; su voz apaciguada se escapaba de su garganta con dificultad, era apenas un leve susurro, tan delicado como el que hace una abeja cuando succiona la más modesta de todas las flores. ¿Quién era? Ni averiguarlo, porque al hacerlo suenan las cuerdas de un arpa desconsolada que llora y gime pidiendo al cielo paz y perdón. No había un letrero que aclarase nada en absoluto. Reinaba un halo resplandeciente como el fulgor de un zafiro. Una perla de rocío en una rama de siempreviva estaba suspendida como símbolo del amor más puro, de aquel que sin hacer alardes de ninguna naturaleza, paga al mal con la Bondad. Así fuera la ofensa más grande que recibiera en su vida, no le importaba, lo que para ella contaba era la acción de restañar las heridas con la misma solicitud que lo hiciese ella, si en esta vida estuviera, si no se hubiera marchado con la velocidad con la cual se fue, en medio de la llovizna, cuando empezaba a clarear el alba, alba que ya no miró.
Paseaba Julián por aquellos estadios como quien camina por una gran ciudad. Haciendo el recorrido de un estadio a otro, se encontró con un personaje del todo extraordinario; vestía una túnica blanca, abarcas ajustadas a sus pies; manto azul y su cabeza tenía la belleza de un lirio. Pronto, éste le dijo: “Vayamos caminando por la senda que he recorrido desde el principio, cuando el mundo no era, y solamente estaban en espera las fuerzas para actuar. Mira esos rayos de luz, son los primeros que iluminaron el espacio, que siempre había existido y continuará existiendo después de que la sombra se extienda y no reine sino la oscuridad. Esos rayos parece que se extinguen, pero después de un tiempo determinado, vuelven de nuevo, y entonces habrá otra creación”. Julián interviniendo de una manera lógica, planteó la siguiente pregunta:
-¿Qué será de las almas que han existido, qué les sobrevendrá?
“-Los muertos son la esencia, la materia prima para las creaciones que luego existirán”. Replicó con acento calmado el personaje de porte celestial.
-¿En el momento presente sufren penas; los volveremos a ver? -Inquirió Julián-, y el personaje de cabellos blondos, mirada indescifrable, así le contestó: -
“No sufren ni tienen pensamientos, el sentimiento es algo que ya no cuenta para ellos. En cuanto a que, si los volveremos a ver, no lo sabemos, porque el cerebro humano es algo que fenece. Tal vez sí, tal vez no, pero una cosa es cierta, la vida continúa en otra dimensión.
-¿Qué dimensión? Volvió a inquirir, Julián.
–“escucha tus voces interiores, éstas te aclararán la verdad. Así que pon atención y no preguntes tanto”. El ser de gracia sublime, le entregó un papel en el cual aparecía el siguiente texto:
“Olvidado de las palabras descanso en el lecho del río que fluye hacia la eternidad. He renunciado a la fama y a las ganancias que da.
Penetro el maravilloso mundo de lo desconocido y soy feliz en su extensión.
Amo la noche, venero el día con las bondades que siempre trae.
No puedo escuchar la voz de Dios, pero en compensación, oigo la voz interminable que surge del silencio.
Nada queda por comprender cuando el vaso se llena y el entendimiento se obtiene”.
Julián como transportado a una lejana esfera, apenas movía la cabeza en gesto de aprobación. El sol de la tarde se acercaba a la línea que marca el límite luminoso. No se sentía cansado, estaba anonadado ante tanta belleza, y más que todo, admirado de ese ser amabilísimo, y de su asombrosa comprensión. Dicho ser desapareció tal como había aparecido, no sin antes indicarle que visitara el castillo que estaba en la colina próxima. Obedeciendo las recomendaciones del que lo había conducido hasta allí, tomó la senda por la calzada que llegaba al castillo. Cuando lo hizo tenía la respiración agitada. Mas, cuando vio la disposición del lugar, se serenó; no había nadie en la puerta, ningún vigilante; todo era calma. El piso resplandecía con el fulgor del cristal; las paredes de color opalino irradiaban la calma profunda de los templos antiguos, esa claridad infinita no es posible expresarla. Con pasos seguros y cautelosos, llegó hasta donde había una mesa con la apariencia pétrea del mármol. Sobre ésta estaba un corazón. Se puso a examinarlo con detenimiento, quedando asombrado con el ritmo de sus palpitaciones. Qué maravilla de ingeniería, sus compartimientos, sus cámaras, todo tan especial. Más estupefacto quedó, cuando vio que había una escalera con peldaños esmeraldinos que subía hasta una sala iluminada por una luz fluorescente. Trepó por ella, y cuando culminó el ascenso, ya no se sintió asombrado, sino lleno de reverencia y temor. Estás en el lugar en el cual se hacen las evaluaciones que tienen qué ver con el comportamiento de “todos los que están fuera”. Mira cómo cambia la luz a medida que ellos, de manera irresponsable no obran como debieran. Ahora no te atemorices, mira con atención, ve que cuando estos mismos, obran con rectitud, la luz se hace más intensa, todo se ve con más claridad y aumentan la paz y la calma. El mundo sería un paraíso si todos los seres que transitan por él, obrasen con rectitud.
Estaba Julián de pie ante la luz más viva, cuando la misma voz le ordenó que bajara ahora por otra escalera, que estaba envuelta en una penumbra gris y sombría. ¿A dónde conducía? Tenga paciencia, mire y observe. Julián acatando aquella orden, descendió por la escalera y se encontró en un lugar oscuro, más oscuro que las noches que había pasado sumido entre las sombras de la adversidad. ¿Qué hay aquí? Se aventuró a preguntar, y sólo escuchó el eco de su voz repercutiendo de manera simultánea, como en profundos socavones; más allá del más allá. Para qué servirá este lugar tan oscuro, pensaba Julián. Ni un lampo de luz; en este estado sintió como si se desataran unas cadenas que se arrastraban como haladas por alguien con una fuerza salida de lo normal. Se alejaron un tramo, pero volvieron a la misma parte quedando en reposo. ¿Por cuánto tiempo? Se ignora. Por todos los lados percibía fuerzas aterradoras: el estrepito de varias batallas trepidaba con el intenso fragor de un huracán. ¿Qué es todo esto? Son las pasiones, las ambiciones causantes de guerras, de los combates en que fenecen tantos “Soldados”. ¿También muere el general? Aquél no, porque es eterno, tiene este ofició y lo cumple, es su deber. Eso es injusto, opinó Julián. No, no lo es. Desde el principio, ha existido la ley del más fuerte. De unos seres viven los otros; el león ataca cuando lo acomete el hambre; así el leopardo. Un pajarillo también lo hace, se come a un bicho invertebrado, que también tiene vida. El hombre, ni qué decir, cuando sólo era un desvalido primate se cuidaba de los depredadores; cuando se hizo cazador, cambió su actitud. La violencia ha sido la constante desde que obró con entera libertad. El lugar en el que estás presente en este preciso instante, es nada más ni nada menos, que el archivo en el cual están registradas todas las vivencias dolorosas, o crueles, tristes y sombrías; dígase todas, en espera de salir al exterior. Según los casos y las circunstancias, lo logran sin que el dueño del apartamento se dé cabal cuenta de por qué ocurre. No obstante, ello no es desastroso, existe también la parte positiva; cuando el dueño de la “casa”, se encuentra en peligro, fuerzas experimentadas lo protegen, avisándole del riesgo en que se encuentra. Como si esto no fuera suficiente, le infunde la sabiduría que él nunca creyó poseer. No vaya a creer amigo, que por muy extraño y oscuro que sea este lugar, no es tan esencial y necesario como la vida misma. Es la vida, es el amor, y si por algo en particular es el asiento del odio, y de las acciones más inauditas, no ha de temérsele. No puede lo negativo estar lejos de lo positivo, de ambas partes se nutre la existencia. EL MISTERIO DE LA VIDA NO SE PUEDE DESCIFRAR.
Julián estaba solo otra vez. Los círculos unas veces se cerraban, otras veces se expandían, por tal motivo sintió la necesidad imperiosa de salir; atravesó el camino, vadeó la fuente, llegó hasta donde estaba la puerta de entrada, que como era lógico, también tenía que ser la de salida; la pasó encorvado. El respeto lo impulsaba a demostrar por aquel lugar una veneración suprema como ninguna. Cuando hubo traspasado la puerta, una mujer de edad avanzada, lo detuvo diciéndole:
-“¿Ve aquel camino que se pierde a lo lejos?, síguelo, y cuando haya avanzado un largo tramo, encontrará que éste se divide en tres. Decídete por uno, el que vuestra mente intuya; cuando lo haya hecho, no vaya a pensar que se equivocó al tomarlo, ni piense que uno de los otros dos sea mejor que el que eligió”.
Así lo hizo el viajante. Tomó el camino indicado, llegó hasta donde aquél se dividía en tres. No dudó ni un solo momento; cogió el que su instinto natural le indicó, y se aventuró por él, con resolución decidida.
En los más de cien caminos que antes había transitado; ¿cuántos pasos dados en aquellos recorridos? ¿Cuántas heridas recibidas, cuántas aún sin cicatrizar? Numerosos son los pasos, numerosas las heridas; no se cuentan en un día, puede ser que ni en un mes. Todo aquello forma parte del pasado, se repetía Julián. No hay que decir, sea, a lo que fue una vez; hay que esperar que suceda lo que tiene que pasar.
Julián abrió los ojos, la noche estaba tranquila; tanteó el suelo, lo sintió húmedo y frío como los pies de un difunto. Recordó que era un fugitivo, un paria que no tenía en qué recostar la cabeza, no lloró, pero gimió. Cuando el día fue llegando con su lumbre acariciante, el futuro estaba abierto a los pies del viajero, quien con mucha resignación, pensó con claridad lo que bien debía hacer. Cuando el tiempo hubo pasado agradeció al cielo por haber tomado aquel día, la decisión acertada entregándose a la ley.
La población más cercana estaba como a cincuenta kilómetros. Para llegar a ella, había que cruzar un río torrentoso por un puente elevadizo; atravesar una selva, trepar varias montañas por caminos pedregosos. Él estaba sin calzado, (se había desgastado hasta quedar inservible); tenía los pies lastimados, contraídos los tendones, estaba hecho una lástima; un rezago que mostraba la fatalidad más brutal. Y sin embargo, quería mostrarle a la sociedad que él guardaba en su bagaje de valores, el honor casi impoluto, porque si había delinquido, pagaría sus desmanes con la pena que estimaran justa los que administran la ley. Recorrió aquel camino en el término de tres días. Cuando llegó al poblado, todos lo miraban con recelo, era como si él fuera el heraldo que anunciaba una catástrofe. Las gentes miran de mal talante a quienes no tienen buena presentación e ignoran que las caras no expresan con claridad lo que se lleva dentro. “La cara no retrata al corazón, ni en ella el sentimiento está esculpido, porque detrás de un oscuro nubarrón resplandece un lucero esclarecido”. Así expuso esta idea un poeta de la vieja guardia.
El caminante solitario y desprotegido, se presentó ante la ley, en la oficina del inspector de policía de la localidad. Al principio, todo lo que decía lo tomaba de manera entre dudosa e irónica. Pero cuando comunicó lo del secuestro de los holandeses en las selvas limítrofes entre Antioquia y el Chocó, se puso todo piloso, vio que el caso requería de la atención estricta de los funcionarios de la justicia. Se difundieron las noticias alusivas al caso en sí. Decían los noticieros: “Guerrillero desertado del frente (…), se entrega. Parece que cansado de los maltratos que recibía, tomó esta determinación”. Se ordenó un operativo para rescatar a los cautivos. Con la cooperación de Julián, lograron su cometido; en el término de ocho días los holandeses estuvieron libres.
Julián pasó como un desmovilizado. El proceso se efectuó en el juzgado del Circuito. No llegó hasta la Corte, ni siquiera al Tribunal Superior. Lo condenaron a diez años de reclusión entre los muros de una cárcel. El prisionero resultó ser un hombre de férrea voluntad; acataba el reglamento interno y estudiaba a todas horas, con preferencia el Código Penitenciario, Los Derechos Humanos y el de Convivencia Ciudadana. Estudiaba estos libros de manera simultánea con el programa oficial interno del centro carcelario. Terminó el bachillerato con altas calificaciones. Además aprendió el oficio de orfebrería, que era para él, el más lucrativo. Debido a estos adelantos en la resocialización requerida, obtuvo la rebaja de penas estipulada en el Código Penal; purgó la condena con cuatro años, y salió de allí con el objeto de trabajar en pro de aquellos que como él, requerían de nuevos planes, nuevas formas de afrontar las situaciones monetarias y jurídicas, y por medio de ello subsistir con dignidad. Él decía, no sé si tomado de alguna fuente existente, o por su propia invención:
“El hombre es lo que sus circunstancias le permiten”. Propiciar circunstancias favorables por medio de auspiciar situaciones convenientes, es la misión de un verdadero líder. Por tal motivo él puso en su meta toda su voluntad y empeño, cumpliendo bien su misión. Le daban escalofríos cuando leía en la prensa, cómo los políticos, en vez de colaborar al pueblo, lo cargaban todos los días con más impuestos y leyes vacuas. Varias cosas lo atediaban, entre éstas:
Los niños que nadie quiere.
Los muertos que nadie llora.
Los hijos que no conocen a sus padres, ni a su patria.
Los libros que nadie lee.
La noche que nunca pasa.
El sol de ayer, la dicha que se fue.
El árbol que no florece.
Los muertos nunca retoñan.
Cuando vuelvas no estaré.
La dicha es siempre vana.
El amor es ilusión.
La mentira es herejía, o peor, oscuridad.
La verdad la tiene ¿quién? Muchos creen poseerla y hasta dicen que la guardan para ellos. Cuando la carne ha sido consumida y el hueso queda pelado, no sólo resulta duro, sino que a veces espanta.
Una jornada termina y miles de inquietudes llegan a borrar lo ya grabado, o al menos a oscurecerlo. Esas cosas amargaban a Julián y le daba desconsuelo no poder remediarlas siquiera en parte, mas, él tenía que limitarse a lo suyo. Las noches no están exentas de visiones horrorosas; los sueños suelen traer lo que el día ha prometido, resultando esas visiones más trágicas que la misma realidad. La Tierra prometida se mira sólo de lejos. De cerca tenemos siempre lo agobiante y comprometedor, acechándonos sin descanso. ¿Quién puede tener reposo cuando la lucha por la existencia requiere de unos brazos y de unas manos que sostengan los pilares del edificio, prodigando lo que otros necesitan? Hay hacedores de cosas que otros añoran. También los hay maquinan el mal, causando con él, desastres de grandes proporciones.
Cuando se dice, trabajar en pro de algo o de alguien, significa que se han de emplear todos los conocimientos, todo el saber adquirido, bien sea en los centros académicos, o en la escuela de la vida, la más común de todas las universidades. Julián se hizo socio activo de una Junta de Acción Comunal. Principió dando conferencias, y en ellas compartía con los asistentes lo que había aprendido en los centros carcelarios, no porque lo hubiera aprendido allí, dejaba de tener el mismo valor que lo aprendido en las Academias. Al comportarse de esa manera, llegó a ser respetado, tenido en cuenta en las ocasiones en que se requería de alguien que tuviera experiencia en los asuntos relacionados con la ley. Los vecinos creían que era abogado titulado, mas, él con la falta de orgullo que lo caracterizaba, decía con amabilidad notable:
“Yo no soy más que uno como cualquiera de ustedes. Si en algo puedo servirles, me tienen a su disposición.
“Cuando te hayas decidido en algo, acércate y no temas, y fuere lo que fuere. Quien juega gana o pierde, quien ama vive o muere”.
Julián estaba decidido a poner sus conocimientos al servicio de las gentes que los requiriesen. No eran grandes y estaban limitados al campo de lo empírico. Por esta razón la mayor parte de los implicados objetaban:
“Este hombre no estudió en ninguna Universidad. Para ser un representante de la justicia se necesita de manera ineludible ser profesional”. Verdad, tenían razón, pero ignoraban que, con tal de que quien obrase en pro de las personas carentes de medios económicos lo haga con convicción, puede hacer un oficio con todos los requisitos, y luego hacer que un profesional lo firme. Esto le fue difícil, porque un abogado titulado, por lo regular cuida mucho se profesión; como diría uno de tantos; “cuida su cuchara”.
Julián se dedicó a trabajar la orfebrería. En ese oficio se ganaba de manera limpia el sustento. Cuando un caso requería de su intervención, sacaba el tiempo indispensable para atenderlo: generalmente, cuando una viuda, o persona carente de medios recursivos estaba en apuros ante la ley, o el andamiaje burocrático.
Una vez, una señora madre de cuatro hijos, se vio en el penoso trance de ser desalojada de su residencia por motivo del pago de unas cuotas atrasadas, él tomó la vocería, se apersonó del caso, y aunque le tuvo que comprar la firma a un abogado y sacar de su bolsillo parte del dinero para saldar la deuda, libró de la situación calamitosa a la señora, quien le quedó agradecidísima. El hecho de sentirse útil, fue la mejor recompensa que pudo obtener Julián en ese caso, y durante el tiempo que estuvo disponible.
Este hombre sentía mucha incomodidad al darse cuenta de tanta injusticia que se ve en este mundo manejado por el Poder, la ambición el mal de siempre. ¿Por qué los jefes de Estado tienen que estar buscándole camorra al país vecino? ¿Es que quieren poner una cortina de humo que distraiga la opinión pública, respecto a la mala administración de su gobierno? Puede ser, pero qué infames. Y saber que cuando se ven en apuros, porque también se les presenta, recurren al pueblo para que los apoyen en todas las decisiones que lleguen a tomar.
A Julián le tocó soportar las más severas críticas relacionadas con la vocación que ponía de manifiesto, respecto a la ayuda que les brindaba a las personas más humildes.
Cierta vez se presentó al local en que trabajaba en la ocupación de joyero, un ciudadano con la queja de que tenía una vecina que le estaba invadiendo su propiedad. Y se le pedía su colaboración, porque según decía, la mujer le iba a hacer caer su residencia. Cuando tuvo el conocimiento completo del caso, se dio cuenta, que sucedía todo lo contrario: el hombre estaba poniendo a su servicio un terreno que legalmente le correspondía a la mujer que él tildaba de invasora.
Cuando Julián, con la ayuda oportuna de un inspector de policía, trató de hacer entrar en razón al querellante, aquél se indignó tanto que fue necesario que la policía interviniera. Cuando lo hizo, el hombre atacó a Julián verbalmente en forma tan contundente y descarada, que tuvo que ser sancionado por la autoridad competente.
Ningún texto ilustra con más contundencia la postración moral y aun física de los que sufren los atropellos del Estado, que el siguiente texto anecdótico:
“Cuando era oscuro, llegué a la isla de Chih-hao. Tarde, en la noche llegó un oficial a reclutar hombres. El viejo de la casa trepó a la pared y huyó, la vieja abrió la puerta. ¡Cómo explotaba el oficial en furia enojado! ¡Qué amargamente lloraba la mujer! Escuché lo que la mujer decía: “Tenía tres hijos para la defensa de la ciudad de Yen. Sólo uno de los tres envió una carta, a los otros dos chicos los mataron en batalla. El único que queda puede no vivir mucho. Los muertos se van para siempre. No hay más hombres en la casa, excepto mi nieto que todavía toma pecho. Es por él que su madre se queda con nosotros, sin embargo, no tiene una pollera entera para salir. Aunque soy vieja y no tengo fuerzas, déjeme ir con usted, oficial. Para responder a un llamado urgente de Ho-Yang. Por lo menos puedo cocinar para los soldados.
Más tarde la conversación se detuvo, lo que oí fue algo como llanto.
Al amanecer salí para proseguir mi viaje. Sólo pude decir Adiós al viejo”.
Comentan algunos, que para ser sensible a estos aspectos de la existencia, se necesita haber experimentado en carne propia parte de aquéllos. Julián no recordaba haber presenciado siquiera un episodio así. A no ser, que como lo dicen ciertos libros, estamos sometidos a la ley de la reencarnación, y en otras vidas hubiera hecho parte de un suceso de esa naturaleza. Cuando estuvo un corto tiempo en los Llanos Orientales, le había tocado presenciar, cómo un hombre maltrataba a su esposa sometiéndola a padecimientos tales como arrastrar una res enferma, cuyo peso era de 12 arrobas, a lo largo de un terreno pantanoso para hacerle una operación en tierra seca. La mujer ya extenuada pedía clemencia, pero el hombre con brutal carnicería la obligaba a que continúese, hasta que la desventurada mujer cayó sin vida. El tirano sin corazón, cavó un hoyo, y esta vez arrastró él a la mujer tirándola luego al fondo del hueco. Fue tanto el terror que Julián sintió esa vez, que después de mucho tiempo aún soñaba viendo tan horrenda y macabra escena. También había presenciado el maltrato que le daba un carretillero al caballo que le servía para arrastrar la carreta en la que trasportaba una carga demasiado pesada. Al animal al bajar una pendiente, le cogió ventaja el peso de aquélla, doblegándose hasta quedar aplastado bajo la carreta con la carga. El espectáculo fue horrible. ¿Quién se inmutó? Nadie, porque no había quien se identificara con el brutal hecho.
Aquel que no se compadece del sufrimiento de los animales, es imposible que se conmueva ante el sufrimiento humano. Con el debido respeto que los animales merecen; son más crueles los hombres que aquéllos. ¿De ahí vendría en Julián, la compasión por quienes sufrieran? Hay quienes, antes de nacer ya agonizaban, pero también los hay que antes de venir al mundo ya tenían el corazón dispuesto a obrar con justicia y a hacer que otros la conocieran, si era posible.
Por eso, este hombre que había pasado en su juventud por experiencias traumáticas, se había convertido en un líder capaz de dar a conocer su ideología por medio del ejemplo.
Amarás el camino de la vida y renunciarás a seguir la senda que recorren quienes no quieren vivir sino ellos, pasando por encima de los menos hábiles, que no conocieron qué era ser audaz y menos oportunista. Ese era su ideal. Los buenos generales hacen uso del mal estado en que se encuentre el enemigo, pero sólo los de noble índole, tienen compasión del vencido.
El vencido y el vencedor hacen conjunto. El primero aporta la lucha hasta que el otro pone fin a su acometido por medio de la fuerza. Sin ser vencido el primero, no existiría el triunfador, así éste se olvide de la astucia que empleó para someter a su enemigo.
Si un día, un transeúnte del común, ve que va a cruzar una persona anciana, la misma avenida que va a pasar él, es probable que no intervenga ayudándola, pero si ve que es una jovencita, pela la muela, sonríe y se ofrece a prestarle “colaboración”. ¡Qué irónico!
Fue un día.
Aún no se desvanecía la imagen de aquel niño que tenía los ojos atravesados por una flecha. Lo recuerdo muy bien, porque entonces el tiempo marchaba hacia atrás, arrastrando tras de sí una carreta en la que daban vueltas tres ruedas, una de sol y dos de hierro.
Había un apartamento con una ventana que daba al mar; por ella se miraba en la distancia, herida por la lumbre de la madrugada, dos barquitos de papel y uno de sueños.
Los barquitos de papel se hicieron grandes. ¿El de sueños? No lo sé, desapareció; fue tan frágil su presencia que las olas lo borraron con el desdén con que se estrellan en la costa, después de recorrer la inmensidad del mar en tumultuosas crestas.
¿En qué lugar del mundo había ocurrido tal suceso? Julián no lo recordaba, aunque estaba seguro de que eso había pasado en una época pretérita, cuando él todavía era un infante.
Cuánta belleza hay en las reminiscencias que vienen de la remota infancia; croar de ranas, galope de caballos; miraje entre azulino, repique de campanas y ese sonido acorde con el silbido del viento cuando plácidamente despierta la mañana. El paisaje de ensueño, los árboles, la bruma y todas esas flores que engalanan la extensión, en el entreverado de la hierba de zuzón. El alma en su multiplicidad de selva, despierta del sueño que acribilló la noche; la noche cautiva miraba, y otra mirada acariciaba el sueño, el sueño que habitaba dentro del sueño mismo. Al fin el alma es múltiple; qué importa que delire.
Dentro de una amalgama de hechos y sucesos, se encuentra el aspecto serio de la existencia. Ya no es la poesía. La fantasía allí es nula. Llega el clamoroso reclamo de la vida como llegan a los puertos graznando las gaviotas.
Amanece. La luz se filtra por los pliegues de la cortina que cubre la ventana. Llega la hora de la verdad. ¿Hay dinero en el bolsillo?, ¿está pagada la cuenta que debo en la oficina x? ¿El recibo de la luz, el del agua, el del gas? Allí comienza el “bate”. A trabajar se dijo, porque si no lo hace el látigo molesta aunque lo blanda un ciego. Todos los días la misma rutina: levantarse del lecho, el bañó diario; la acción de buscar los alimentos. Ir al taller de orfebrería, encender el soplete, hacer la mezcla para obtener las amalgamas; darle forma a su obra; probarla, compararla…, y dejar que el tiempo pase.
Qué sabe de asperezas el que no tiene quien le llore y menos quien lo asedie. El hombre, así como la mujer, necesitan de alguien que les haga compañía. Esas horas de soledad constante, hacen al hombre meditativo, pero cuando se prolongan de manera indefinida, el camino de la vida de aquél cambia de rumbo. Ya no es la frase dulce y calmada, ni el canturreo de la canción del alma:
“La noche nos sorprende con sus profusas lámparas, en rútilas monedas tasando el bien y el mal”.
Aquello es doloroso, la soledad encierra, cohíbe y trae devastación al ser. Entonces, ¿por qué no buscar una compañía, así sea esporádica? Por eso existen tantos enlaces, parejas que se encuentran de vez en cuando para pasar un rato. Después del encuentro cada cual sigue su camino, es posible que en soledad, pero con el sabor que deja la ternura. Sin ternura, es imposible que el hombre tenga la paciencia necesaria para llevar a efecto sus proyectos.
Julián estaba en la edad en la cual, el hecho de buscar compañera sentimental resulta fácil. Un guiño, una mirada bastan para establecer contacto visual con una persona del sexo opuesto. Y cuando el hombre está establecido en un sitio de trabajo permanente, el asunto se hace más sencillo.
La noche es joven, lo han dicho los poetas, que son los que conciben la vida tal cual es. No hay un lugar más apropiado para lanzar un piropo a una mujer que pasa, que el atrio de una iglesia, o un parque, siempre y cuando, dicho piropo sea honesto y no trascienda los límites de la decencia. Claro que en los últimos tiempos, aquello de los piropos parece que es algo que la juventud poco utiliza. Cuando más murmuran una barrabasada que da hasta pena oírla:
“Qué piernas tan bacanas, que trasero tan chévere” ¿Qué clase de piropo es este? ¿Se animará una muchacha de buenos modales a aceptarlo como un mensaje de amor y de amistad? Hay cierto aspecto que debe tenerse en cuanta: si a la muchacha le agrada el muchacho, se sonríe y lo mira como si lo que le hubiera dicho fuera un elogio formal. En cambio, si no le gusta el tipo, entonces lo mira con mirada desdeñosa, y piensa para sí; si hubiera sido aquel papacito quien me lo dijo, qué feliz yo fuera. Y el pobre diablo que dijo el “cumplido”, queda como un zapato viejo echado a la basura.
No estamos hablando propiamente de la juventud, ahora. Estoy en otra tónica: es Julián el que interviene en el campo de la escena: un hombre recatado. (Los años lo habían vuelto así). Tiene en la actualidad, 30 años, época en que se aclaran muchas cosas y se empieza a discernir qué es lo necesario e indispensable en el campo afectivo. Los amores de la edad primera son impulsivos, ya a los treinta se tiene el conocimiento adecuado para obrar con entera rectitud. Sin dar muchas vueltas al asunto, Julián se consiguió una compañera que frisaba en los 25 años, y tenía la gracia de ser una muchacha de porte excepcional, persona seria, de modales señoriales y para complementar, era asistente de un odontólogo que estaba casado con una de sus tías.
Laura, la que llegó a ser la esposa de Julián, lo acompañó por el resto de su vida. Le dio dos hijos; una niña a quien nombraron Alejandra y un varón al que le pusieron el nombre de Simón. Los dos hábiles para el estudio; Alejandra estudió enfermería y Simón después de graduarse de bachiller, ingreso en la Fuerza Naval.
Cuando ambos hijos, hombre y mujer abandonaron la casa paterna y quedó solo el matrimonio, Julián y Laura empezaron a sentir el vacío que los hijos dejan al partir.
Alejandra se casó y les escribía con regular frecuencia. También los visitaba; ella podía decirse, que no se desvinculó de su hogar. En cambio, Simón no volvió a la casa ni siquiera una vez, desde que ingresó a la Fuerza Naval. Cuando terminó el servicio, se enganchó en una compañía Marítima que surcaba los mares del mundo de oriente a occidente y de sur a norte. En esos viajes la vida presenta mucha actividad y compromisos. Los placeres están a la disposición del navegante. Un amor en cada puerto, luego la separación y la lejanía. Eso lo sabía Julián que había viajado, no por los mares que su hijo navegaba, sino por otros más cercanos. “Los marineros besan y se van”. Palabras duras como duro es el trajín de cada día. El mar en el horizonte, cuando amanece, tiene una extraordinaria la placidez. Mar y cielo parecen unirse en la lejanía; la embarcación en medio, es apenas un punto entre dos líneas. ¿Qué se dirá del corazón humano? Y qué pensar del espíritu frente al insoldable mar del infinito; distancias que nunca recorrerán ni los pies ni el vehículo más veloz hasta ahora conocido. Y cuántas veces, embargados por la más tenaz de las nostalgias queremos adentrarnos en esa vasta maraña de astros y de mundos que quizás esperen que algún día… Freno la imaginación, es la loca más versátil conocida y debe de ponérsele freno cuando le da por desbocarse.
A un hombre le es necesario mirarse en un espejo durante varios años para que pueda comprobar que ha envejecido. El espejo no engaña, quien lo hace es la ilusión; creemos que permanecemos siempre jóvenes o por lo menos “aceptables”, es decir, en buenas condiciones. Pero la experiencia nos demuestra lo contrario, llegamos a la vejez querámoslo o no. A veces una antigua fotografía se convierte en algo sublime y bello que puede disminuir, o acrecentar un dolor. Hay qué saber que después de las vivencias, no queda más que el recuerdo acompañado por un cansancio de siglos, y junto a éste se evaporan de una manera imperceptible el resto de las esperanzas. Su desvanecerse es tan lento que no nos damos cuenta cuando ello sucede.
Julián, ya entrado en los cincuenta años, pasaba las tardes en espera del hijo. No soportaba el dolor de su partida, por eso vendió la propiedad que poseía y se fue a vivir a un puerto del mar Pacífico. Al borde del muelle pasaba las tardes en compañía de su esposa Laura, los dos sentados en un banco esperando el posible regreso del hijo ausente.
Una tarde de julio, hasta por cierto, Julián leía un poema escrito, tal vez por el peor de todos los poetas. Eso no importaba, lo valioso era que describía el estado en que él se hallaba en el presente:
Las calles se quedaron esperando el crujir de sus pasos en la arena/. Las puertas, los golpes de sus dedos/. El teléfono, sus llamadas/. El lecho, la presencia de su cuerpo/. Listos los brazos a acogerle/. En la mesa servido el desayuno/. La mañana, la tarde, la vigilia/ y la angustia que no pase ni retrocede/, que se cierra con candado, cuando el alma se percata/ de que toda espera ha sido vana/.
Joven era yo, cuando él se fue sin darme cuenta/, sin siquiera una breve despedida haberme dado/.Viejo soy y su presencia añoro/. Tal vez haya cambiado, y signos de madurez surquen su cara/. La tarde se aproxima, llega el otoño y con él sus consecuencias/; la noche pone un toque melancólico a mi soledad/. Balcones, mares y montañas nos separan/. Parece imposible que un vínculo filial pueda romperse/. El lazo que nos une lo traerá al final /. Tal vez regrese, cuando los treinta años se le vayan encima/ y vea que la vida volando se nos va/. Quién sabe si antes, o después. ¡Quién sabe!
Pasaron muchas lunas crecidas sobre el puerto, e infinidad de campanadas sonaron en el reloj de la catedral. Las tardes pasaban como si fueran sueños mirados en el prisma de la imaginación. ¿Y qué decir del cielo que siempre presentaba un tono displicente con tintes de desdeñoso gris?
Julián y Laura estaban ya viejos, el silencio era el único consuelo para sus corazones, que permanecían sumidos en la melancolía que trae la soledad. Y mientras pasaba todo aquello, Simón estando lejos, apenas se acordaba que allá en la orilla opuesta del mar había una casa, y en ella sus padres podrían estar pensando de continuo en él. Pero en la vida se presentan tantas ocupaciones que el tiempo llega a ser un leve soplo, una ligera exhalación. La lejanía es causante de que se olvide a quienes lejos quedan. Y si no son olvidados, por lo menos las relaciones se enfrían, hasta el punto en que parece que no hubieran existido unos vínculos que puedan volver a unir lo que se rompió.
En un viaje habitual, Simón iba en un barco que cruzaba el océano Pacífico pasando por infinidad de islas, algunas muy pequeñas, otras de considerable extensión. Durante el recorrido se enamoró de una muchacha que viajaba en la misma embarcación, llamada Caroline. En una tarde fría, cuando el monzón vapuleaba las velas del barco, el vapor ancló en un puerto, en cuyas cercanías estaban unas aldeas en las que se podía vivir en calma y sin el estrés fortuito, secuela de una vida agitada.
Hermoso lugar se dijo, mirando que allí el cielo tenía un azul tan puro como no lo había visto jamás. Aquí es donde quiero continuar viviendo hasta que me llegue el fin. ¿Pensando en el final, a la edad de 28 años? ¿Y sus padres qué? ¿Acaso ellos no lo esperaban con los ojos puestos en el horizonte marítimo, todos los días; sus almas afligidas, los ojos avizores y sobre sus cabezas la luz del sol que ponía de manifiesto sus cabellos ya blanqueados y sus frentes con las arrugas que el del tiempo no dejan.
Hasta aquí lo llevó el barco. Adiós embarcación, adiós vida aventurera. Simón cambió la vida de marino por el de cuidador o pastor de ovejas. En verano, el alba bañaba su cabaña con claridades diáfanas, el sol pasaba no propiamente sobre el cenit, pero brillante, resplandeciente como lo había hecho desde el comienzo de los primeros tiempos cuando todavía no había hombres, ni focos de infección.
Colombia lejana, tras de la inmensa masa de aguas del océano. Lugar de luchas internas, de batallas sangrientas, aunque clandestinas. Qué de la violencia, del narcotráfico, de la guerrilla, del paramilitarismo y de esa cantidad de escoria llamada politiquería. (Política es otra cosa). Males desastrosos carcomen esta Patria. ¿Acaso porque se esté a distancias astronómicas no llegan a ellas las noticias? El mundo es una aldea, ya las fronteras ceden su campo a las comunicaciones. Se puede estar en el hemisferio opuesto al nuestro, y llegan a todas horas informaciones precisas de lo que acontece en la otra parte.
“¿Usted sí sabe quien soy yo?” Exponen esta frase, que se ha hecho famosa, los que se consideran superiores a quienes los enfrentan. ¿Por qué se les requiere?, porque son infractores de las reglas del Tránsito, o de las más elementales normas que rigen el buen orden. Pero lo irónico es que se escudan en una posición privilegiada, como lo es, la de ser parientes de personajes destacados en la política o en el rango social. Y se dice y se comenta que somos ciudadanos de un país libre y democrático, en donde la igualdad es lo más importante. Importante sí, ¿pero se cumple? Ni siquiera por aproximación.
Simón estaba informado desde que salió del país, de lo que pasaba en su Patria. Sabía que sus padres estaban esperándolo, pero qué hacer si entonces el barco navegaba, tal vez frente a las costas en donde estaba el puerto, en cuyo muelle sentados o de pie, habrían de estar sus padres cansados y sufriendo por el hijo que había partido ya hacía tiempos. ¿Qué será de él? Palabras tantas veces repetidas y nunca contestadas. Mientras eso, él tenía que hacer su propia vida; buscar una mujer y trabajar muy duro para poder comer, porque en todo este mundo no se vive del clima y la comida tiene un precio estipulado, lo mismo aquí que allá.
¿Cuáles eran los motivos para que Simón hubiera tomado la determinación de abandonar los estudios universitarios y engancharse en la Fuerza Naval? Varios, el más imperioso, la “rebeldía contra el pensar civilizado”. Las personas son como rodillas golpeadas por martillos de goma, y él no quería ser el martillo porque sabía cómo reaccionan cuando se les golpea. He aquí una síntesis resumida de los autores que había leído, durante el bachillerato y todavía después: “Tres hurras por los inventores del gas tóxico”. (D. H. Lawrence) y, “Si deseamos cierta clase de civilización y cultura, debemos exterminar el tipo de persona que no encaja en ella” (G. B. Shaw), y “Tarde o tempano debemos limitar las familias de la clase poco inteligente” (Yeats) y “La gran mayoría de los hombres carece de derecho a la existencia y constituyen una desgracia para los hombres superiores” (Nietzsche). Los demás, no son más que cadáveres pudriéndose panza arriba. “El espectáculo de masas es la muerte de la civilización”, bufan los intelectuales. “Hay que acabar con esta plaga”, pregonaba Hitler, refriéndose a los judíos y a las razas inferiores, que según su convicción, son de menor valor que la raza aria. (Olvidaba el imbécil aquel, que la raza negra existió antes que la roja). En resumidas cuentas, al hombre del común, no le queda sino el duro bronce de la esclavitud; doblegar la cabeza e hilar pasito; como decía uno de los compañeros de estudio de Simón, quien llegaba a la tremenda deducción, de que no era el deseo plebeyo de felicidad de las masas, lo que tanto les preocupa a los intelectuales, sino saber en secreto y amargamente que la plebe a veces lo satisfacía.
Ese es el encono que la clase alta mantiene. Pues, ¿cómo van a vivir en forma plena aquellos que discriminan con todo el empuje que su fuerza les confiere a los que no son de su misma clase y condición?
Este escrito fue encontrado en un cuaderno de notas que Simón Había dejado olvidado en una gaveta. No quería que nadie lo leyera, pero al quedar abandonado, cualquiera lo podía hacer.
Simón pensaba, y con razón, que si se hubiera quedado en su país, a esa hora en que libremente hacía lo que había elegido, en vez de eso, estaría en la universidad halándole a las teorías, hipótesis y ecuaciones de alguna rama más. No es que desdeñara el saber, ello es lo que ha llevado al hombre a conocer el mundo y sus principios, hasta la vasta zona del espacio interestelar. Pero se apenaba por aquellos que no querían aprender; querían beber cerveza, jugar en los casinos y acostarse dodos los días con putas, y todo lo que cayera en su poder. Planear el crimen para vivir de aquél, es el pasatiempo que encontraban más plausible. Se creían libres y no sabían que urdir faltas contra la ley humana, o la divina, es estar esclavizado al peor de los amos: el instinto del ego sin control. No era que él fuese un santo, un limpio, inmaculado, pero tenía el honor de haber estado ausente de todas esas costumbres que llevan al abismo, cuando gira la rueda y queda en suspenso la base en que se apoya el eje y su función.
Simón pescaba truchas en la corriente clara de los riachuelos que corrían por las praderas verdes. Cuidaba de las ovejas que tenía a su cargo. Amaba su oficio y nunca maldecía su vida en tierra extraña. Era feliz al lado de la mujer que tenía siempre a su lado, que lo esperaba llena de júbilo cuando caía la tarde, cerciorándose de que volviera sano. El perro “periquito”, un Collins adiestrado, le hacía pasar los ratos más alegres y divertidos. Qué compañero más fiel y más querido, su cola parecía un ramo al agitarse; sus ojos casi tristes, mostraban en su fondo la nobleza de su raza y su latido era el eco que resonaba como una música lejana en do mayor. Un perro como ese, tan dócil, tan manso y a la vez tan activo; cumplidor de su tarea, es más bello que el campo que recorría en sus trajines diarios, y que el paso del rebaño de ovejas cuando lo llevaba hasta el aprisco a la hora en que el crepúsculo llega sin remisión.
Después de un año completo, su adorada mujer Caroline, le dio un hijo, blanco y sonrosado como la aurora de la región austral, al que le dieron el nombre de Simonely, y que trajo bajo sus brazos la plenitud que hace completa la unión de dos seres que se aman y buscan con esmero la perpetuidad de su felicidad. ¿Existe la felicidad en la Tierra? No propiamente, existe un estado de complacencia en el que el ser humano, al sentirse realizado, percibe cuanto miran sus ojos con innegable aprecio; de ahí emana la paz espiritual. Eso era lo que Simón deseaba, desde el día en el que armando bártulos, buscó con vivo anhelo la inmensidad del mar. Y bien que la encontró. El mar no se la dio, pero su buena estrella lo llevó hasta donde estaba.
Simonely, crecía como una espiga prominente en medio del trigal. Dueño de una sensibilidad extraordinaria; amaba a todo lo que tuviera vida, desde un pequeño insecto hasta el mayor de todos los animales de la fauna austral, incluyendo al más perturbador de todos, aquel que cuando llueve parece una tormenta, de tanto carraspear. La rana es la amiga de los sembrados y de todas las plantas que sirven para las infusiones medicinales. Simonely amaba y era amado; todo el vecindario miraba en el muchacho un vivo ejemplo de amor y bondad. Si tenía algún pesar, sabía guardarlo en el lugar inviolable de su interioridad. Los seres valiosos son así: escriben en la arena aquello que empobrece al tenerlo presente en cada pensamiento, en cada acción. Simonely escribía en el mármol las cosas de valor, como eran las historias que su padre le contaba de tierras lejanas, perdidas en la amplitud inconmensurable del océano, haciendo énfasis en las de Colombia, patria contradictoria que unas veces es ensueño, y otras veces es horror.
-¿Cómo es Colombia, padre?, preguntó Simonely, un día.
-Hijo, aquella es una tierra de aspecto singular; una completa síntesis del mundo. Tiene todos los climas, desde al más frio, que como bien es sabido, se encuentra en las partes altas. El medio, entre las cordilleras y los llanuras. En esa franja de terreno se cosechan los productos que se requieren para la alimentación diaria.
-Eso está bien y bonito, pero quiero que me cuente algo de la familia, de sus padres; cómo llaman, qué hacen, a qué se dedicaban.
-Mi padre es comerciante, también trabaja la orfebrería; es un persona emotiva, siempre dispuesta a ayudar a quien lo requiera.
El muchacho quedó asombrado, no sabía hasta ese momento que sus abuelos paternos vivían; eso lo dejó extrañado.
_ ¿Y usted por qué se separó de la familia?
_sabe una cosa, aunque parezca raro, no sé bien por qué.
_ ¿y si yo me llegara a ir un día de su lado, como usted lo hizo, qué haría?
-No sé. Lo más seguro es que si todavía no ha llegado a la edad mayor, lo buscaría por todas partes hasta que lo encontrara; lo traería y le confirmaría lo mucho que lo quiero.
-¿Y su padre por qué no hizo lo mismo con usted?
-Porque cuando me alejé de su lado, ya era mayor de edad; había cumplido los 18 años. En mi país cuando se cumplen esos años, ya se es mayor.
-Y su mamá, ¿cómo llama, qué hace?
Ella fue ayudante de odontología, una mujer valiosa, su nombre es Aura.
-¿Cómo es ella?
-Hijo, cuando se trata de hablar de la madre de uno, no se encuentran las palabras que puedan transmitir la idea de cómo es. Diré que es una señora rubia, risueña y amable, tiene los ojos claros y dulces. Lo demás lo podrás imaginar, así como es la que todos los días miras, que pone en orden las cosas de la casa, que cocina los alimentos, que lava la ropa y que pronuncia los nombres de los que ama con una voz tan tierna como la brisa que acaricia nuestro rostro, cuando en las tardes frías salimos de paseo o vamos a jugar.
-Tiene que ser muy bella, porque la madre mía es la más hermosa y mejor mamá.
-¿Y qué tal la vida en ese país? Continuó el muchacho.
-Se vive de maravilla. Claro está que no es una nación muy hermanada que digamos. Allá matan por cualquier cosa, hasta por la más insignificante. Ha habido casos en los cuales le dieron muerte a una persona porque no quiso entregar un reloj que no valía mayor cosa. La juventud es ambiciosa, quiere vivir en medio del lujo y de las comodidades que son el privilegio único de los más pudientes. Cuando sus padres no les satisfacen todas las exigencias, ellos se van tras del dinero fácil. Generalmente recurren a la venta de sustancias nocivas para la salud, o entran a formar parte de bandas delincuenciales, cuyo fin inmediato es la consecución del dinero; por éste, muchos jóvenes se convierten en sicarios, llegan a asesinar a una persona por unos cuantos pesos. Eso no lo hacen por venganza ni mucho menos, lo llevan a efecto por la paga; unos miles que les sirve para comprar los vicios, porque los tienen, desde el licor, las mujeres, el bazuco y el hachís y otras cosas difíciles de nombrar. Por fortuna no son todos los jóvenes así, los hay también responsables, honorables y de sanas costumbres. En cuanto al sistema educativo, existen muchos trámites; soberanas cortapisas que obstaculizan el ingreso a los centros educativos. El gobierno legisla a favor de las clases más acomodadas. Los pobres son olvidados y si los tienen en cuenta, es para que aporten el voto, que según cuentas es voluntario, pero la finalidad es que sume y llene el número necesario para obtener una curul. Por las ventajas que dan los puestos administrativos, quienes los detentan, consiguen prebendas que van desde sueldos fabulosos, hasta tener parte del presupuesto nacional. La manera como lo consiguen la saben sólo aquéllos, pues se comenta que algunos son tan hábiles en esas cosas, que mientras cae un rayo, se va al bolsillo el rublo del Agro, o el de la Salud; dineros destinados a obras sociales también corren la misma suerte. Así ha pasado muchas veces, y los muy zorros, auspiciados por otros de mayor altura, cuando se ven en apuros, emprenden un viaje al exterior, dizque porque se sienten cansados de tanto trabajar por la patria y que como buenos colaboradores, tienen el derecho a unas vacaciones, como todos los demás. Así de sencillo y con la venia de sus homólogos.
No cuentes esas cosas al hijo. Le susurró la voz de la conciencia, pero ya lo había hecho, y lo dicho estaba dicho, así como lo hecho, estaba hecho, así fuera la injusticia más atroz.
Simón cerró la conversación con el hijo cuando oyó la voz sonora de Caroline que los llamaba a cenar.
Resultaba paradójica la manera como Julián y el hijo Simón, padre e hijo, pasaban sus vidas. El padre y su esposa, en un puerto, mirando todos los días, y en especial en las tardes, cuando llegaban los viajeros y ponían los pies en tierra firme. Muchas veces creyeron ver que el hijo regresaba: algún joven de apuesta apariencia bajaba por la escalera de la embarcación, maleta en mano, caminar resuelto. ¡Es nuestro hijo!, pensaban, sintiendo que su pecho se expandía con el temblor de una tórtola atrapada en una trampa. El joven avanzaba acercándose hasta quedar frente a ellos, quienes con el dolor más profundo, admitían que había sido una ilusión forjada por sus cerebros conmocionados y ofuscados. Las horas pasaban parsimoniosamente, y a cada instante sus almas buscaban un punto fuerte en donde la nostalgia pudiera reposar. No lo hallaban, y con la resignación del que padece una enfermedad incurable, se sumían en sus pensamientos, que desde todo punto de vista, no eran los más agradables.
Simón, al otro lado del mar, pastoreaba el rebaño de ovejas, tan blancas y dóciles. Su espíritu no erraba por los desiertos angustiosos del razonar constante, como suelen hacer aquellos que se dedican a las investigaciones científicas, o filosóficas. Su única religión era el amor y el compromiso que había adquirido con su mujer y el hijo. Las praderas verdes y lozanas, eran el panorama en el que se deleitaban su espíritu y su alma. La inmensidad de la llanura llenaba su mente con la calma que añoran los que habitan en las ciudades congestionadas por el ruido ensordecedor que hay en éstas. Cuando Simón sentía los pasos de su mujer Caroline, y los de su hijo Simonely, experimentaba la más bella de las emociones que el ser humano puede sentir en este mundo: el regocijo. Si existe un Dios, aquí debe encontrarse. No puede estar tan lejos como muchos piensan; el Dios interior que habita en cada humano no es monopolio particular de ninguna asociación, religión o creencia particular.
Allá en lado opuesto, Julián rumiaba su pasado como el buey después de su jornada. Una noche entre tantas de insomnio que le tocó soportar, llegó a dilucidar el porqué del alejamiento de su hijo. Empezó por hacer un recuento minucioso de su vida. Fui, pensó, traficante de armas de fuego; viajes hice con fines de carácter oscuro; tráfico de sustancias psicoactivas. Estuve en prisión dos veces, y aunque en la última me dieron la libertad porque consideraron que me había regenerado, le gente no olvida ni perdona el pasado de quien ha sido encasillado y rotulado como delincuente. El pasado es un tumor inoperable que se extiende hasta el presente. Por eso mi hijo me abandonó al tomar un rumbo que mi imaginación no puede concebir siquiera. ¿Qué ha sido de mi vida, acaso la malgasté buscando un bienestar, con miras a la vejez, y hoy que ha llegado, aquellas aventuras sólo me sirven de tormento? No culpo a quienes me trajeron a esta vida, ni a la ley que generó cuanto fui, no me detengo a buscar una explicación que nunca llega. Acabaré mi vida en este puerto, y cuando me llegue la muerte, es mi deseo que incineren mi cadáver y después arrojen mis cenizas a las aguas. Tal vez así vuelva a reunirme con el hijo que siguió las rutas que llevan a otras tierras, y quizás en ellas olvide el pasado de un padre que quiso salir del infortunio, y encontró al final de su vida lo contrario a lo que anheló en su juventud. La parte más tenaz es aquella en que el pasado aflora y deja ver sus secuelas hasta en las acciones más insignificantes, como es el apabullarse con lo que ya no tiene enmienda. La vida turbulenta que Julián había llevado, lo atormentaba sin dar tregua a un descanso siquiera. Había visto en una revista, una fotografía de unos muchachos que estaban sentados en una playa, y bajo de la misma, un epígrafe que decía: “Jóvenes estigmatizados por ser hijos de padres alcohólicos”. Si esto era por ser hijos de quienes eran, también su hijo podía haberlo sido por ser precisamente el hijo de quien tuvo un pasado delictivo.
Nadie avanza por un camino sin que haya una luz o claridad que lo guíe mientras sigue caminando. Julián estaba anclado en el fondo de su pena, y su vida llegaba a la temible encrucijada en la cual, la proximidad de la muerte enturbia la visión, o la desvía. El mar tiene playas deshabitadas; el cielo partes no vistas por el ojo humano todavía, en lo más íntimo del la conciencia, existen zonas no explotados por la ciencia, aunque esté tan avanzada. ¿En lo más profundo del corazón, qué puede haber que hasta el presente no haya sido detectado por las manos expertas de los cirujanos? ¡El sentimiento! Qué grande incógnita y tan mal interpretada todavía.
Simón estaba en la plenitud de le edad, no parecía inquietarse por nada en absoluto. Atrás quedaban los puertos en que tuvo más de una relación con una dama. Mar y cielo; montones de algas sobre las aguas en continuo vaivén dejando estelas de color lechoso en el verdísimo fondo. Atrás había quedado ese pasado, las noches en expectación sobre la proa, la tremenda certeza de saber que el mar que surcaba, no tenía más que el nombre de Pacífico, porque en la realidad, cuando se encrespaba, era una tromba traicionera, horrible, sin control, pero taimada.
Estaba Simón apacentando el rebaño, cuando escuchó en una emisora de onda corta, la noticia de que se había tomado la guerrilla, el puerto de B. en la costa occidental de Colombia. Aunque no sabía que en ese puerto residiera su padre, puesto que ignoraba que todavía estuviera vivo, sintió una corazonada que presagiaba que algo malo podía estarle pasando a su progenitor. No sabía con certeza qué; lo veía envuelto en un humo espeso, algo así como cuando los fuegos pirotécnicos están en apogeo y un copo azuloso nubla el cielo. ¿Consecuencia de la ausencia, de lo lejano que él estaba, o era el símbolo del olvido que empezaba a poner de manifiesto sus efectos?
Esa tarde precisamente, ocurrió el asalto a las bodegas de carga que estaban ubicadas junto al puerto. Los atacantes querían abastecerse de víveres y mercancías. Hubo muertos de ambos bandos, de la fuerza oficial y de los intrusos que saqueaban el puerto, el muelle y las bodegas. Toda mesa, toda cosa que se interpusiera entre ambos bandos, quedaba patas arriba como un sapo despaturrado. Julián cruzó, sin saber lo que ocurría, por el sitio en el cual las balas pasaban echando por el suelo a cuanto respirara y tuviera movimiento. La guerra es despiadada y no se ahorra ni siquiera una pizca de su influjo. Un tiro dio en la humanidad de Julián, que cayó al suelo con uno de los ojos atravesados por la bala. Nunca he podido olvidar aquel niño que tenía los ojos atravesados por una flecha. ¿Era esa frase una premonición ya expresada, que en ese instante se cumplía? El surrealismo tiene ojos internos y sondea, es la percepción del ciego que detecta un obstáculo lejano todavía.
Había algo inexplicable, concerniente a la comunicación telepática que se establecía entre el padre y el hijo en aquellos momentos. Es posible que en el instante de perder definitivamente la consciencia, el padre hubiera recordado a su hijo y hasta hubiera implorado perdón por las fallas y las trasgresiones que cometió contra él, durante su vida. Lo que sí es afirmativo es que el hijo sí pensó en el padre que estaba al otro lado del mar. ¿Qué hacer? Se preguntaba mientras se cuestionaba su desprendimiento, pero era tarde; ya Julián, el hombre que había colaborado con su potencia genética para traerlo a este mundo, había partido en el viaje sin regreso. Es instantáneo el paso de la vida a la muerte, nada más como un relámpago que de repente se desprende de una nube y va hacia el vacío. Después…
El cadáver del finado, fue levantado del lugar por las fuerzas del gobierno; quienes creyendo que se trataba de uno de los atacantes lo arrojaron al mar junto con otros cuerpos. Como es fácil deducir, su cuerpo no fue rescatado: los muertos de la guerra no tienen identificación, tanto si se es de acá o de allá; da lo mismo. Cuántos sin identificación han sido sepultados, sin que hasta hoy se sepa en qué lugar quedaron, o simplemente insepultos, fueron pasto de los buitres.
El hombre es por naturaleza un peregrino nato. Aun, quieto su espíritu se mueve con las ondulaciones del mar en su vaivén. El reposo sólo lo encuentra en la última morada, cuando ya sus anhelos se tornan en quietud. Mientras viva, habrá de estar en continuo movimiento, si no es con sus acciones, lo habrá de hacer con la imaginación. Y cuando todo acabe, cuando el furor se aleje, la mente que fue activa se tornará en el silencio que no conoce nadie. ¿O, hay algo más? Si le pregunto al viento, se va sin responder. Si al cielo le interrogo, ¿quién ha de contestar? Qué noche tan oscura, qué sol tan tardo en aparecer. Cuando cae a la nada o al absoluto, el hombre, las fuerzas de la naturaleza sufren un leve cambio que sólo es percibido por alguien que tenga la sangre del que falleció. Por eso, a Simón, el viento le pareció más frío, la tarde más penumbrosa y oyó que las ovejas balan de un modo poco usual. Parecían inquietas, ariscas y sombrías y a medida que caminaban, lo miraban como si le preguntaran algo en particular. También los animales aparecen en escena cuando ronda en el ambiente un mensaje telepático, o de naturaleza espiritual.
Tarcoola, está asentada en la parte norte de una llanura de exuberante verdor. Hay un lago en las inmediaciones; entre la ciudad y el lago está el lugar que habitaba Simón. Son tierras de singular belleza que cautivan con la lozanía de sus prados y su vegetación. ¿Cómo fue Simón a hasta ese remoto lugar, él nacido en una ciudad intermedia del centro de Colombia? La vida tiene encrucijadas y recovecos intrincados con los que puede la mente humana ponerse a fantasear. Australia es un lugar lleno de magia y belleza, lo que allí sucede es de tanta actualidad y es tanta noticia como: “Una abeja muere en Nueva Guinea al picar un árbol por error”. No es culpa nuestra. Estamos demasiado lejos. Es lo que un famoso escritor australiano denominó la “tiranía de la distancia”. Eso hace aún más interesante aquel país de cordilleras vigilantes y collados silenciosos.
Años antes, cuando Simón era marinero, en el último de los viajes, había encontrado a la que iría a ser su mujer por el resto de su existencia. Navegaban en la misma embarcación desde las islas Fénix, pasando por Tuvalu; Islas Salomón, desviando el rumbo más al sur, llegando a Vanuatu; Nueva Caledonia, pasando frente a las costas de la misma Australia, hasta llegar a Camberra, puerto pujante a orillas del Pichico Sur. La cuestión del idioma no fue óbice para su comunicación; Caroline hablaba español perfectamente. Cuando Simón, olvidando que tenía que utilizar el idioma con las reglas correspondientes, hacía uso de modismos regionales, Caroline no le entendía, y cuando él le reclamaba, ella le replicaba: Yo hablo español, no dialectos locales. Con esta advertencia, Simón tomó más en serio su léxico.
El hecho de enamorase, es el más natural del mundo. Simón principió poniendo los ojos en la muchacha australiana, que viajaba desde la Isla Fénix hasta el puerto de Camberra. Observaba sus modales, su faz llena de unas bellísimas y diminutas pecas doradas, su andar alegre, y sobre todo, sus ojos verde selva. Después de varios días de mirar a toda hora el horizonte redondo del mar, el barco en que viajaban ancló frente a las costas rocosas de Australia. Cuando estuvo frente a un acantilado coronado por unos árboles añosos pero de un verde sin igual, Simón se dijo: estoy a las puertas del paraíso. Poca fue su equivocación, los parajes que sus ojos contemplaron de allí en adelante, justificaron tal expectación. Mas, este no era el destino final, la muchacha continuaba su viaje rumbo al sur occidente, dando un rodeo alrededor de las costas australianas, pasando cerca a la isla de Tasmania y luego en dirección norte, hasta alcanzar las bahías que invaden las tierras firmes. Allí desembarcaron para continuar el recorrido en tren hasta llegar a la ciudad de Tarcoola. El tren recorre toda la planicie de las Llanuras de Nullarbor, en un viaje agradable. El espectáculo es maravilloso, y el aire frío es acariciador; los días son cortos, largas las noches; entre los claros que abren las nubes, la luna alumbra y allá lejos, lejos, muy lejos puede mirarse el aro luminoso de una estrella de superlativa magnitud.
Cuando la pareja (Ya lo eran), llegaron a su destino, Caroline presentó a Julián a toda la familia, que lo aceptó sin reticencia alguna como a un miembro más. Luego se instalaron en las tierras donde las aldeas conservan su distintivo singular: la calma, la paz y el silencio en el abrazo de la más estrecha confraternidad.
En Colombia la hija de Julián, Alejandra se enteró de la muerte del padre, porque su madre no había perdido el contacto con ella. Simón se había comunicado con Alejandra una vez, hacía ya mucho tiempo. Como Simón todavía tenía apuntada la dirección de su hermana, escribió una carta y se la dirigió. La carta pasó varios meses sin llegar a su destino, (en esa época no existía el internet). Cuando llegó a manos de Alejandra, esta la leyó con la emotividad característica que acompaña una experiencia así.
Pasados tres días contestó la misiva, comunicando en ésta, la muerte de Julián, su padre y padre de Simón. Al fin de la esquela aparecía una posdata lacónica y a su vez insinuadora:
“Querido hermano:
Si la distancia nos tiene incomunicados, el llamado de la sangre nos puede reunir”.
No bien hubo leído aquella carta, Simón ya estaba planeando el viaje, el cual incluía a su mujer y al hijo, sin descuidar al perro que lo dejó a cargo del vecino más cercano. (Un perro no nos habla, pero se siente herido cuando queda a merced del que quiera adoptarlo). Por fortuna Simón no era un derrochador, sino que tenía suficiente dinero ahorrado para hacer el viaje sin tener que postergarlo por mucho tiempo. El encuentro, después de 27 horas de vuelo se efectuó en Pereira. Allí vivía Alejandra con a su familia, que ya eran cuadro. Cuando se reunieron, la madre de los dos hermanos, estaba presente; los abrazó con la ternura tanto tiempo reprimida, y después de haber hecho un recuento de los últimos sucesos, como quien narra y cierra un capítulo cayó en una profunda postración.
Los visitantes, acompañaron a la señora Aura, por varios días; la consintieron, la mimaron y le dejaron muy en claro que, estuvieran donde estuviesen, siempre la tendrían presente en la memoria todo día que pasara. Ella estaba sorprendida de ver cómo su nieto la abrazaba y le prometía que volvería a visitarla cuando la oportunidad se presentara. La esperanza es la nave en que bogan los sueños, cuando ésta se va a pique ya no queda en qué fijar los anhelos. La noble dama se recuperó después de recibir un tratamiento médico, mucho reposo y buena voluntad de su parte.
Simón, su mujer y su hijo regresaron a Australia, después de visitar el lugar en que Julián encontró su trágico final. ¿Rastros? Ninguno, nada más que el mar abierto y desparramado de continente a continente, de polo a polo; agua y más agua por doquier. El puerto en donde pasó los últimos años en espera del hijo que no regresó, mientras él aún vivía, aparecía tan desolado a los ojos de los visitantes, que más bien tenía la forma de una inmensa llega que empieza a supurar. Ahí estaba, es lógico, el mar no la ha borrado. ¿Pero qué era del alma que soñaba con volver a ver a quien llevaba en su sangre los genes que de él había heredado? Parte de éstos los llevaba su nieto Simonely, quien a su vez los habría de trasmitir a otros descendientes en un futuro no muy lejano. Es la cadena de la vida que se prolonga como una montaña adentrándose en una bahía en la cual principia el mar.
El regreso de Simón y su familia se realizó desde Pereira, haciendo escala en Buenos Aires, Nueva Zelandia, y Sídney. El resto del viaje lo hicieron en un buque hasta el puerto más cercano a la ciudad de Tarcoola. De allí, en tren. Otra vez Australia, los campos abiertos, el llano, las montañas y en medio de la extensión, una casa, un redil para la protección de las ovejas y un perro negro con pintas blancas en el pecho y en las extremidades. En este cuerpo relativamente pequeño, toda la atracción de un país, que no por apartado, deja de tener el indecible encanto de lo eterno; tan fresco hoy como ayer, y lo será mañana, si los dirigentes del mundo no toman la tremenda determinación de llevar a término una guerra nuclear.
Una noche, Simón junto a su hijo ya adulto, salieron a caminar por la vasta llanura. El cielo estaba despejado; la luna derramaba sus fulgores y cerca entre la hierba cantaba un ave noctámbula. Miraban las estrellas, el círculo del cielo; los árboles y el río, el pico de una cima lejana. Parecía que el espacio llamado cielo, se hubiese unido a la Tierra. En medio de este paisaje de pincelado lustre, Simón estaba lleno del júbilo más pleno que se pueda concebir. Po eso le dijo a su querido hijo:
“¿Se siente feliz?
-Sí, me siento feliz. Tenemos vida, un predio y una fuente, y la suprema gloria que da la certeza de saber que estamos, justamente en el lugar en que debemos estar. Arriba la luna, abajo la llanura, en medio nosotros, incluyendo a mi mamá.
Cuando Simón escuchó la última palabra que su hijo había pronunciado, su mente fue trasportada a las tierras ecuatoriales, en donde el sol alumbra con mucha intensidad. Recordaba, cómo la madre de él, había quedado pensativa y triste, en el aeropuerto Matecaña de Pereira, mirando cuando el avión en que viajaba el hijo, en compañía de su querida familia, alzó el vuelo rumbo al sur.
¿Volvemos a Colombia?, dijo el padre.
-Puede que lo haga en el futuro. Por ahora no. Comentó el joven.
-¿Cuáles son sus proyectos? Inquirió el padre.
-En medio de los proyectos hay temores. Le temo a la guerra. Según comentan algunos de mis condiscípulos, el mundo no puede vivir durante mucho tiempo en paz. La segunda guerra mundial hace ya un tiempo considerable que pasó. Si los acontecimientos siguen en el mismo curso como ha sucedido, la tercera debe estar por principiar.
-Hay que ser optimistas, hijo. El pesimismo hay que alejarlo. Si nos pusiéramos a pensar a diario en que podemos morir fritos por una bomba nuclear, nos enloqueceríamos y acabaríamos en una clínica psiquiátrica.
-Sí, es cierto. Y a pesar de haber recapacitado sobre lo que usted dice, pienso que todo puede cambiar de un momento a otro.
-Tranquilícese, las cosas no son así. Piense que nadie quiere morir en un combate y menos por el efecto de una explosión. Como las naciones más potentes están equipadas de armamentos de esa naturaleza, a los líderes les da temor atacar a otro país potente. Se entretienen aplastando a los menos poderosos, y de ahí no pasan. El padre continuó. A no ser que los hombres de ciencia, exploradores del espacio encuentren vida en otro planeta. Así sí cambia la cosa; los que casen la guerra se van de paseo y dejan a los otros que se los lleve el que los trajo.
-Eso no puede ser así. ¿En dónde quedaría la justicia?
-Nunca la ha habido, ni la habrá mientras el hombre sea ambicioso. Ya puso de manifiesto sus temores, ahora sincérese y comente qué aspiraciones tiene, que puedan llevarse a efecto en un futuro no muy lejano.
-Me agrada seguir viviendo en este lugar, sin embargo mi ambición es ser piloto civil. Así puedo conocer el mundo y todo lo que hay en él.
-Vasto es el mundo, quién no lo cree. Qué me dice a mí, que recorrí medio, y ahora quisiera conocer el otro medio.
-Lo conocerás. Cuando yo sea piloto de primera, lo llevaré a otras tierras, incluso a su hermoso país, Colombia.
-Todo está en el campo de lo posible. Eso sería lo mejor que pudiera pasarme; tener un hijo que sea piloto y que permita que el padre lo acompañe en sus viajes, así sea de vez en cuando.
Un viento helado y puro, pasaba rozando los arbustos y ponía sus ramas en movimiento. Era el viento del Sur con sus sonidos; sinfonía en fa menor que no cesaba desde el principio de todas las edades. Arriba el cielo tenía una clara reverberación de astros despiertos, testigos mudos de todos los cambios del planeta Tierra, en cuya esfera la vida tiene la propiedad de ser pasajera, apenas como un ligero mover los párpados y entornarlos enseguida.
Epílogo
No sé si esta historia sea cierta, o sólo el fruto de mi imaginación calenturienta; el subproducto de un fábrica de ideas. El trasunto de una vida licenciosa, o las tres cosas a la vez.
El pasado es un tumor inoperable que se extiende hasta el presente. Presente y pasado confluyen por estas páginas en una constante sin tregua. El tiempo guarda lo que la mente tarda en comprender.
La vida es como la leve sombra de un pájaro que rompe por un instante el aire. Entre un punto y otro, suceden tantas y complicadas cosas, que la consciencia más lúcida no alcanza a descifrar. Y sin embargo, se vive, se ama, se olvida; se terminan pasajes de la misma vida y se empiezan otros, sin que se sepa con certeza si se puedan culminar. Eso no importa, lo que cuenta es poner en cada hecho, en cada acción, lo mejor que sea posible.
De nada vale ser cumplido; existe una ley desconocida que va entregando a cada cual la porción correspondiente. Después de recibida, si es amarga, viscosa, agridulce, o insípida hay que asumirla, no es reversible, es como el agua que cae de las nubes, a donde caiga moja sin que evitarse pueda. Los hechos inmodificables no tienen solución.
No sé si mis lectores queden satisfechos con la presente narración.
El mundo es una tómbola que gira y gira, no existe ningún indicio de que se pueda programar. Muchos afirman que sí, pero he visto cómo muchos, cuando se les interroga sobre su personal percepción de la existencia, recurren a argumentos de escritores ya fallecidos, o a libros de supuesta sabiduría. Como si eso fuera poco, si uno tiene la oportunidad de investigar algo sobre la vida de quienes hablan a voz en cuello de la felicidad, con asombro vemos que no hay tal, que son como todas las demás personas: un montón de males y padecimientos caminando hacia a la muerte y el olvido.
Cabe aquí una anécdota que escuché de la boca de alguien tan inquieto como el de más. Recitaba:
“Había en un pueblo, un hombre elocuente como pocos, que puso a temblar al mundo con su retórica. Cuando murió, lo incineraron y al ver sus cenizas, el más inquisitivo de todos exclamó:
¿Esto era lo que hacía tanta bulla?”
Si el Sol pudiera hablar, diría: ¿De qué se ufanan los vivientes, no saben que hasta mi inmensa mole, dentro de cinco mil millones de años se habrá de convertir en una bola de carbón?
No obstante, en medio del caos actual, hay esperanza. Y si aquélla se marchita, todavía queda otra dimensión a la que se puede recurrir, en donde hay algo a lo cual podemos asir nuestro destino: un momento de verdadera paz, vivido en medio del goce sin límites que proviene de una consciencia serena y cristalina, nos trasmite el conocimiento de cuál es el significado de la palabra, “eterno”. Eterno no es aquello que creemos interminable, puede ser sólo un minuto vivido en comunión con el Cielo y la Tierra. Un estado espiritual y no un lugar determinado.
No hay claridad más brillante que pueda iluminar la vida entera, que la certeza de saber que en todo lo que hicimos, pusimos nuestro empeño.
PALABRAS FINALES
Un escritor reconocido, recalcaba:
“No sé por qué, quienes no son escritores, les da por escribir”.
Yo le respondo; señor, porque lo bello del oficio radica en que no tiene monopolio alguno, y en caso de que exista, se puede trasgredir sin trascender a más. ¿Entendido?
Adán López.
Manizales, marzo 20 del 2015.
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