jueves, 14 de enero de 2016

TORMENTA EN PRIMAVERA

TOMENTA EN PRIMAVERA: De aquellos pecados que en la juventud se gozan, para después negarlos cuando el rumor se agrande. TORMENTA EN PRIMAVERA ADÁN LÓPEZ Libro hecho en computador Autor Adán López Manizales. Según el artículo 20 de la Constitución Política de Colombia, que autoriza la difusión del pensamiento de manera hablada o escrita. Nota: Este no es un libro acto para ser leído por menores, ni por personas pacatas o fanáticas y menos por hipócritas. Debe de ser considerado como un medio de información. INTRODUCCIÓN Esta es una obra totalmente inédita; tiene como finalidad el hecho de dar a conocer uno de los aspectos del sentimiento humano más ignorado, y no obstante criticado. Unas veces con justa razón, otras con el objeto morboso de difamar la reputación de las personas que, por una u otra causa les toca enfrentarse a una forma de manifestar su “amor” de diferente manera. Me refiero a la modalidad que desde que se tenga información fehaciente, ha existido a lo largo de la historia. No voy a tratar el caso valiéndome de nombres científicos porque esa no es la finalidad. Diré empero, que se trata de algo que las gentes de todos los tiempos han querido desconocer, ocultándolo en el más absoluto silencio. Se trata del amor, o atracción que existe entre los adolescentes, varones o mujeres del mismo sexo, y también esa muy criticada atracción que experimenta una persona mayor, por una de edad que apenas traspasa la primera adolescencia. Llámenlo como quieran, júzguelo como estimen conveniente, pero eso no va a sacar del genoma humano esa programación que, tal vez por una equivocación de la naturaleza, trazó en una buena parte de los habitantes del planeta Tierra. Una somera historia basada en hechos reales y guardados hasta hace poco, servirá de espejo a la incógnita ocultada en nuestro medio como uno de los tabúes más insólitos que se conozcan. La pongo a disposición de los interesados. Hay que tener presente la diferencia que existe entre el homosexual nato y el que la adquiere por medio de practicarla: mientras el primero lo es de hecho, experimentando atractivo por el otro, al segundo no le incumbe más que la ganancia que le pueda aportar. En los textos que se ponen a consideración prevalece la tendencia amorosa y por lo tanto, genuina. Pues, lo demás es visto como comercio y por lo tanto resulta degradante. Con eso sí no se ha de manchar los casos aquí tratados. El autor. Comentarios sobre algunos incidentes vividos en la adolescencia de tercera persona. Escribo sin pretensiones siguiendo el hilo de mis recuerdos, como quien narra lo ajeno con amor y busca en todo lo que va describiendo la resonancia de aquellos tiempos en que la vida era un destello de luz y encanto. Soy una persona de edad mayor; en los próximos días cumplo 23 años, época en la cual empiezan a aclararse muchos asuntos, mientras otros se enturbian convirtiéndose en incógnitas indescifrables de tardía comprensión. En el recorrido de la existencia he vivido experiencias agradables unas, otras bastante dolorosas. Ahora cuando entro en el período que culmina en la madurez definitiva, voy a tratar de hacer un paréntesis en el recorrido, y dedicar un corto espacio de tiempo para hacer un bosquejo referente a hechos concretos que aunque parezcan triviales, resultan de gran valor para continuar el recorrido, desde ahora en adelante hasta que el Destino lo determine, sin que se sepa cuándo. Quien ignore su pasado no estará seguro de su porvenir, así como el que desconoce la historia está propenso a repetirla. No fui un muchacho muy doméstico que digamos, la rebeldía estaba presente en mí, formaba parte de mi naturaleza de manera sobresaliente. Por eso mi padre me dijo un día: Tienes que manejar tu libertad como te plazca. Yo no le hice ningún caso, por lo contrario, me quedaba fuera de la casa hasta avanzadas horas de la noche y como ésta tiene sus demonios atrayentes y sugestivos, uno entre tantos, me indujo a algo que aún hoy no sé definir. A decir verdad me tuvo como alelado en su contemplación durante mucho tiempo; motivo de un simple entrenamiento al principio, luego causándome un permanente embeleso que bien podía ser el preludio del cielo, o de algo infernal presentado en bandeja de oro y plata, pues, un cariño como ese puede incluir los contrarios a la vez. Con esa persona me entretenía en juegos bastante ingenuos; el uno buscaba en donde esconderse, el otro iba en su búsqueda. Cuando lo encontraba, por lo menos una caricia así fuera arrebatada y furtiva, siempre había de resultar. Otras veces nos pasábamos de los límites, uno le vendaba los ojos al otro y el que quedaba con ellos bien abiertos y con sus manos libres, por las vías inmediatas, lo que quería lo encontraba con entera libertad. En verdad, no era tanto por aquel juego, sino por estar en compañía de quien tanto me agradaba, y porque así se presentaban las oportunidades de darnos besos con la fogosidad de los enamorados principiantes. Con ello nos sentíamos demasiado bien, para gozar de esa presencia, para mí era cercana a lo divino, yo ya no asistía a la escuela. Mi madre, por algún medio se dio cuenta de que yo había abandonado el estudio y me preguntó por el motivo. –Germán, me dijo ella, ¿usted no sabe cómo le toca trabajar de duro a su papá para darle estudio? Yo contesté hablándole con la verdad. -No quiero volver a estudiar, dije, y salí corriendo a buscar mi compañía de juegos. Sabía en donde se hallaba y como me agradaba tanto, la buscaba en todas las horas, pues me hacía sentir tan bien que hasta olvidaba que era pobre y que la vida siempre cambiante nos podía separar en un momento inesperado. A veces deseo con anhelo pronunciar el nombre de quien ejercía sobre mí un atractivo asombroso, y sin embargo, vacilo como si pronunciar ese nombre fuese un sacrilegio o algo de lo cual hubiera que arrepentirse. ¿Arrepentirse? Nadie maldice a quien amó una vez, por el contrario, bendice su recuerdo y lo lleva constantemente en la memoria como se lleva un tatuaje grabado en nuestro cuerpo; como una página escrita inspirada en el amor de un día, ilusión que huyó de nuestro alcance y se perdió en la sombra con la premura del viento por la espesura de un bosque. El dueño de mi cariño era de la edad mía, contábamos catorce años y teníamos algo en particular: nos gustábamos, y es posible que nos hubiésemos querido, amado y deseado. ¿Por qué no, si todos aman en la vida por lo menos a un amigo? Mi ser amado y yo experimentábamos cosas demasiado hermosas cuando nos acariciábamos. Nos sentíamos felices diciéndonos palabras lindas, y cuando nuestros cuerpos se aproximaban el uno al otro, el cielo y todo lo circundante tomaban un color azul como la vida misma de los sueños, aproximación al paraíso o a la gloria. Siempre quería volver a jugar con mi amigo predilecto. Cómo no habría de ser así, si en su compañía era dichoso, más aun cuando escuchaba de su boca las mismas frases que yo pronunciaba, como si su voz fuera el eco de mi voz, y su voz fuera el eco de la mía. Que te quiero, que me gustas y me agrada lo que hacemos, nos decíamos con intensidad recíproca. Así fue durante nuestra relación que duró por varios meses. Hermoso fue todo aquello; fúlgido como el día, transparente como las fuentes que llevan sus aguas al mar sin detenerse y sin dar descanso a su cantarín fluir; aguas que después de todo son las mismas, aun que al llegar al mar dejen de ser río para convertirse en masa. A pesar de que nuestro trato era de cercana intimidad, no llegamos hasta el extremo del desenfreno total. La manera de darnos cariño era entre ingenua y candorosa; uno u otro iniciábamos la relación. Mi amigo estaba inclinado por las caricias tiernas, yo buscada las más fuertes porque encontraba en estas, mayor satisfacción. Recuerdo con entera claridad la expresión de su mirada, esos ojos pequeños y achinados sólo sabían brindarme una exquisita placidez que me llevaba por senderos desconocidos, pero deseosos del goce sensual. Su cara ovalada, fresca y tersa como el marfil, era el lugar ambicionado en donde a todo momento querían ir a parar mis continuas ansias de ternura. Mi temprana ilusión, no pasión; esta me parece una palabra cargada de mucha fuerza para describir con ella el sentimiento que mi corazón, aún casi de niño, le entregaba, y me entregaba aquel que mi alma amó una vez por todas. Sé que estoy hablando como un hombre de experiencia, estoy seguro de ello. Cómo no reconocer que ese mi primer amor, tuvo el atractivo indecible de los cariños que por fortuna son correspondidos. Nunca más ha vuelto a presentarse en mi vida otra oportunidad como aquella. Pudiera repetir una y mil veces más, tengo la certeza de haber amado y de haber sido correspondido con el cariño inmenso que sólo quienes entran al periodo de la adolescencia, se pueden expresar. Acción sencilla y franca en la cual está implícita la necesidad de dar y recibir afecto, además de comprensión. El tiempo pasaba, los juegos se repetían; hasta que una tarde me invitó a su casa, aquel que yo tanto quería, mi único y verdadero amor, cuyo cariño y amistad no se han borrado definitivamente del alma. La madre de mi ser amado estaba trabajando, y su hermano mayor estaba conversando por teléfono con la novia. Nos entramos a la alcoba de la mamá ausente. En un momento de arrebato y de locura o ambas cosas a la vez, sin previo acuerdo nos unimos en un estrecho y sensual abrazo y buscamos la intimidad ansiosos. No quiero pecar de obsceno, ni de descripciones gráficas hacer acopio. Lo cierto de todo fue que pasamos tan bien como nunca lo habíamos experimentado. No olvidaré esa vivencia que fue tan excepcional. Esa persona me ayudó a descubrir sensaciones que nunca había sentido, haciéndome muy feliz; todo fue verdaderamente agradable y placentero. A partir de ese momento empezó aquel amigo a visitar con regular frecuencia la casa en que yo vivía con mi familia. En las visitas que en repetidas ocasiones hacía a mi vivienda el dueño de mi amor, eran comunes las charlas animadas. Por eso a mi madre se le hizo raro tanta insistencia y constancia en aquello. Un día me increpó de esta manera: -Hijo, por pasar el tiempo con esa compañía, es que ya no asiste a la escuela. Esa amistad que usted tiene es la culpable de su mal comportamiento. ¡Por Dios Germán!, sepa que yo ya pensé muy bien lo que voy hacer, lo voy a mandar para donde su hermana Eloísa. Yo sé que ella lo sabe manejar mejor que yo. Voy a ver si por ese medio se vuelve otra vez juicioso y empieza a estudiar. Más tarde, yo le conté todo el rollo a mi adorado tormento. Los dos nos pusimos tristes y acongojados y como única salida a la desilusión sufrida, volvimos a la locura de querernos con el impulso arrobador de amantes precoces. Esta vez todo fue estupendo, en ninguna otra ocasión habíamos disfrutado con ardor tan intenso. Había omitido varios detalles. Ahora que llegan esos recuerdos a mi mente por las vías de la evocación, quiero de éstos hacer mención, así sea de manera breve. Principiaré por estampar el nombre de quien tuvo en sus manos la mejor atención que durante toda mi vida haya podido yo brindar a persona alguna. Su nombre era, aún es, Pablo. No había osado estampar este nombre en estas frases, por prudencia, y porque no es nada fácil confesar un amor de esta naturaleza, pero me di cuenta de que si lo omito, no tendrían estas oraciones ni la calidad, ni el valor para que queden escritas en ningún papel, y menos en el álbum sagrado de la memoria, en donde quedan registrados los más hermosos recuerdos que en tiempos posteriores iremos a recordar, en esas horas tal vez frías, de profundo desencanto que por una causa u otra habrán de llegar sin falta. En el transcurso de un enamoramiento, antes que la belleza de los paisajes que nos circundan y del atractivo físico del ser que admiramos, está la trasparencia de los sentimientos del corazón; antes del goce hedonista de los sentidos, están los del espíritu que se recrea con la certeza de saber que lo amado nos pertenece o nos perteneció de manera incondicional. Así resulta que toda acción vivencial que se tenga en compañía de la persona amada, resulta para uno de interés sin límites. Por la noche, los habitantes de mayor edad se encerraban en las casas y nosotros, los jovencitos, nos entreteníamos en juegos diferentes y divertidos. Llegaban después de las nueve de la noche muchachos en bicicletas, desde el centro de la ciudad. Algunos vivían en el caserío, otros iban de paseo. Al cruzarse, saludaban a sus amigos con gritos de alegría. Yo anhelaba tener una bicicleta, este artefacto me atraía; su fácil funcionamiento, y sobre todo, la comodidad de llevar a un compañero en la “parrilla”. Valga la pena mencionarlo, me parecía estupendo tener una de estas para poder disfrutar de tan ameno deporte. Una noche de luna y vientos frescos, me escapé de la casa, como de costumbre. Un muchacho conocido me prestó una bicicleta, liviana y funcional. Cuando la tuve en mi poder busqué a Pablo, ¿a quién más?, y fuimos los dos en ella, dando rodeos por los lugares cercanos, haciendo alarde de nuestras habilidades. En una curva tropezamos no sé con qué bulto, animal o cosa; nos fuimos al suelo y quedamos un buen rato tendidos en una cuneta, semiinconscientes. Después pasaron unos vecinos, nos vieron, nos recogieron y nos llevaron a un puesto de ventas de medicamentos, en donde había un señor que practicaba los primeros auxilios en casos de emergencia. No nos pasó mayor cosa, qué nos iba a pasar, si la yerba mala es resistente y no muere, crece al descubierto; cuando el sol marchita sus tallos, llega el rocío y los refresca dándole más lozanía y más verdor que antes. Desde aquella noche, los demás jóvenes se cuidaban de nosotros y no nos permitían que tuviéramos acceso a sus bicicletas, las cuidaban igual que a sus novias amadas y consentidas. Pablo, qué bello estás hoy, le dije una tarde cuando lo vi aparecer con un gorro que le sentaba de manera genial en su cabeza. El cutis rosado de mi amigo me traía gran alegría; cuando él a mí se acercaba, sentía nacer en el alma algo que yo no podía comprender. Mirando aquel rostro, mis sentidos se ahogaban en esa rosa, fuente de belleza, de la cual no podía jamás escapar mi atención a su sin igual atractivo. No quiere uno morir, mientras un cuerpo amado parezca un sueño y ese sueño nos acompañe a todas horas. A veces estrechaba a Pablo contra mi pecho y pasábamos largas horas amándonos y hablado de cosas que no recuerdo, ni deseo recordar. Otras veces se dormía entre mis brazos; entonces, sediento de ambrosía mi espíritu aventurero podía mirar con detenimiento su cuerpo armonioso, aquella faz radiante, cual si mirase el capullo entreabierto de una rosa y viese en ella la más pura y candorosa visión. Ese era en aquellos tiempos mi conmocionado estado interior. La vida resultaba infinita, desmesurada en ese cuerpo en el que la naturaleza había sido prodigiosa. Siento todavía el aire de aquellos días, sus voces en el atardecer, y por doquier, el dulce encanto de unas pupilas entreabiertas, muy atentas, mirándome en silencio. Encanto como aquel ni en el paraíso terrenal. Cuando las sombras de la tarde caían sobre los tejados, muchas veces me asomaba al balcón de mi casa y desde allí miraba la de enfrente; en ésta vivía mi amigo dentro de su núcleo familiar. No tardaba en aparecer su amada sombra, siempre con la misma sonrisa y con su mirada maliciosa, preludio de cercanos goces, siempre nuevos e innovadores a la vez. El júbilo se apoderaba de mi pecho y ya los dos reunidos podíamos ir a donde nos sintiéramos a gusto. Buscábamos los sitios solitarios para amarnos y cuando precisábamos de compañerismo, frecuentábamos las fondas en donde nos reuníamos con otros jovencitos, a charlar y hablar de novias. Eso sí, que ninguno osara mencionar las matemáticas, ni el catecismo, porque lo hacíamos sentir como un pez “boca chico”, vivo todavía y a punto de ser lanzado a la cazuela. Una tarde de verano cuando el sol su fundía en el horizonte entre celajes de colores ambarinos, turquesa, perla, malva y muchos tonos más, mi amigo y yo, tuvimos una conversación trascendental. Parece esto salido de tono, pero no, los jóvenes, también hablan de cosas interesantes, de vez en cuando, por supuesto. ¿Qué iba él hacer cuando alcanzara la edad adulta?, le pregunté. Pensó durante un momento antes de responderme y luego dijo: Haré lo que todo mundo hace, me conseguiré una novia, me casaré con ella y tendré hijos. Eso está muy bien, lo animé. Él, entonces, mirándome de manera detenida, inquirió, ¿y tú? Haré lo mismo, me casaré, tendré un hijo y me dedicaré a cuidar de él. Perfecto. Fue su respuesta, y con las manos puestas sobre nuestros hombros, seguimos avanzando por la calzada sin decirnos nada, sintiendo nuestros cuerpos que se rozaban, experimentando con ello un regocijo tan inmenso que nos desconectaba del resto del mundo y de su constante agitación. A partir de aquel momento empecé a pensar en la posibilidad de casarme algún día cuando me llegara el turno, hecho que miraba no muy lejano; tener un hijo me parecía estupendo, pero mi mente me hacía las jugadas más disparatadas: Mi hijo sería parecido a mi amigo, tendría el cabello castaño oscuro, los ojos achinados; su cara marfileña y haría gala de una elasticidad excepcional; andaría con pasos ligeros y resueltos, acompañados de movimientos armoniosos en los que dejaría al descubierto la calidad de su locomoción; aún más, tendría la voz como la de Pablo: fluida, sin tartamudeos, voz sonora que llegara a profundizar en lo recóndito del espíritu y me llevara con la modulación de sus palabras a esas regiones que escapan a nuestra humana percepción. Así era el prototipo que mi imaginación estimulada por el cariño que yo le profesaba, había forjado de él. No veía en ese ser la más leve sombra de imperfección, si tenía defectos como era lógico, nunca los pude ver, o los veía como cualidades. Quien viera a mi amigo con su dulce sonrisa, diría que era un manso corderito y que el lobo feroz era yo. También así lo creía, el dueño de la ternura, más que un amigo era perla incrustada muy adentro de mi corazón. Dulces reminiscencias albergaba mi pecho cargado de exquisiteces inigualables. Mi afecto hacia él llegó a ser ilimitado. Todo lo que me decía se lo creía, y si alguna vez creí haber descubierto una mentira en su boca, ésta resultaba insignificante, una simple mentirilla, nada más. Así es de magnífico el atractivo que experimenta el que se prenda de otra alma y vive nada más que de su amor, y en este sentimiento se pasa embebido de manera constante día y noche, sin dar cabida a cosas diferentes . Bajo el querido techo de la casa vecina, en un gesto de amor y de ternura, se encontraba casi a todas horas la gentil figura poseedora de todo mi cariño y admiración. Eso fue ayer, hoy motivo de este inmenso desconsuelo que en las horas de ensueño es el motivo de esta amarga aflicción. La belleza va de manera ineluctable a fundirse en el horno que la consume de manera implacable. Paseando por el sendero desde la salida de la población hasta una casita que estaba en un filo, la cual visitábamos una vez a la semana, porque en ella vivía una amiga allegada a mi familia. Todos los fines de semana la dejaba sola; esa casita, hoy mirándola desde la distancia parece un palomar, claro que sin palomas, más bien se creyera que la misma casa está a punto de volar. Aunque éstas nunca vuelan, resulta que hay excepciones, aunque ignoro el porqué, considero que por su blancura y el efecto de la luz. Palabras cariñosas le decía al que yo tanto amaba, y que creía que estaría por siempre junto a mí. Eran las cosas de siempre, como los músicos que tocan todas las melodías con el mismo son y en el mismo tono, pero siempre con el mismo encanto que los diferencia de otros. Esta vez el crepúsculo era de una rara y singular belleza. Hacia el poniente se abría toda la extensión del valle, que por el efecto de la lejanía parecía pintado de un intenso añil. Al norte, por las primeras estribaciones de la cadena de montañas, a unos cuarenta kilómetros de distancia, aparecían las primeras luces de las poblaciones que descansan allí. Justo a lo largo de la línea divisoria entre el llano y la montaña, una niebla ligera cubría una franja del terreno; las aguas doras del río Cauca se impregnaban de los rayos solares que en ese momento se interfundían en medio de una melancolía difícil de expresar. Como el descenso del Sol duró poco, nosotros aprovechamos la ocasión, y sin pensarlo dos veces, nos internamos en un bosquecillo cubierto de arbustos y fuimos los mismos, dos que se querían y que ignoraban hasta cuándo duraría ese idilio, el único puro de verdad. ¡Oh! La calma infinita de los sentidos, cuando apaciguados por las caricias del ser amado, quedaba la agradable sensación de la ternura, la cual no era otra cosa que el deseo en reposo, alejado del influjo ardoroso del hedonismo. De regreso, las estrellas alumbraban en la curvatura inmensa del espacio con un brillo diamantino, como ocurre en el transcurso de las noches de abril hasta agosto, cuando las noches son más cortas, y los cuerpos celestes alumbran como recién salidos de las manos del Creador, quien los ordena de manera precisa y admirable. Otro puede salir con otro cuento, a mí me da lo mismo, lo importante es que todo movimiento ocurre y trae sus efectos. Pablo, si estuvieras presente hoy, te preguntaría, ¿cuántas veces hicimos esos recorridos desde el lugar en donde vivíamos, atravesando por potreros escarpados cubiertos de árboles frutales; entre éstos, el guayabo, el limonero y otros que si los enumero uno por uno, su lista ocuparía varias páginas? Caminábamos alegres como si todo en este mundo fuera goce y la continua búsqueda de la felicidad; la felicidad emanaba a través de los poros de nuestros cuerpos tiernos y frescos, con la pelusa de los duraznos bajo un sol primaveral, reluciente y tentador. Recogíamos caracoles, cangrejos y escarabajos que traíamos hasta la casa por placer u ociosidad. ¿Cómo la pasábamos? Nos divertíamos hasta el límite del agotamiento; con facilidad nos encendíamos, éramos adolescentes y esto ocurría sin que lo pudiéramos evitar. Cuando entrábamos al charco del que sacábamos los cangrejos, empezábamos los juegos que terminaban siempre en rozamientos placenteros. El cuerpo medio desnudo de mi inseparable compañía, era más hermoso que el de un mancebo como él, admirable por su belleza incomparable, que existió en la antigüedad, y que los griegos elevaron al pedestal de los divinos, cuyo nombre nadie ignora, porque es el símbolo sublime de los amores prohibidos. Estos amores resultan más fuertes que los amores comunes y corrientes. ¿Por qué? La naturaleza tiene sus secretos insondables, el corazón, las razones que la razón ignora y las aguas desbordadas su ímpeto arrollador. Cuando salíamos de la casa después de medio día, en muchas ocasiones nos encaminábamos directamente a la falla geológica que está a continuación del caserío. Allí nos internábamos, bajando por la pendiente hasta que encontrábamos el lugar ideal para nuestros encuentros amorosos. Un laurel nos daba su sombra y el viento, grata frescura. Después íbamos al sitio en donde manaba un incipiente hilo de agua; por acción de éste, el barro que hay aquí resultaba blando y manejable; es de color rojo ladrillo, tiene la cualidad de que se deja moldear como uno quiera. Cuando ya habíamos hecho con el barro, las figuras que nuestra destreza orientada por la imaginación nos inspiraba, deshacíamos todo lo que habíamos elaborado, y jugando, siempre jugando, nos arrojábamos aquel lodo a nuestros cuerpos que quedaban vueltos un desastre. ¡Quién pudiera recuperar una mínima parte de aquellos tiempos, la décima siquiera! Pero la vida se va y llegan otros días con otras aventuras. No éramos un par de pervertidos, más bien, ambos nos atraíamos de manera irresistible. Poseímos la llave del infinito; para nosotros no existía el tiempo. El ayer era sólo un suspiro sin consecuencia alguna, ni siquiera pensábamos en el futuro. El presente era lo único que existía para nosotros, la verdad que nos arropaba envolviéndonos en un halo de ternezas, llevándonos a un estado en donde no existían angustias ni dolores. La atracción suprema consistía en que cada uno disfrutaba de la compañía del otro, y como aditamento especial, teníamos las fantasías eróticas que estaban a la orden del día y en éstas encontrábamos el motivo de nuestro permanente júbilo. Todo lo demás carecía de importancia. Tal vez ese haya sido muestro error, si es que puede llamarse algo así en la edad temprana que los dos teníamos. Un día entre tantos, Pablo me esperaba sentado sobre un prado; estaba entretenido mirando por entre las copas de los árboles la nitidez de un cielo sin fronteras, lo más hermoso de un día estival; incluso un airecillo fresco, acariciante y alborotador que al pasar entre las ramas producía un silbido vibrante, llenando el entorno de dulces vibraciones. Me le acerqué y le pregunté, qué hacía. –Nada. Me contestó y continuó, te esperaba. Me acerqué a él y tomando sus manos entre las mías las besé en silencio. Mi amigo sonreía y de su boca fresca brotaba una sonrisa dulce y candorosa, sonrisa que mi memoria se obstina en retener. Venturoso momento de exquisitez suprema, con cuánta dosis de ésta miraban esos ojos en donde brillaba la luz de la ilusión, con la transparencia y la calma de las aguas que no han sufrido aún ninguna contaminación que las enturbie. En medio de sutiles retozos y de gracejos nos entregamos a los deleites de la contemplación de nuestros cuerpos ufanos y felices, que se unían en estrecha y fogosa intimidad. Un gato blanco surgió de la tupida hierba, nos miró por unos minutos y moviendo su cola ramificada y copiosa, desapareció enseguida. Una mariposa monarca, desde la rama de un árbol parecía mirarnos con sus enormes ojos, como los un búho que acecha sin mover los párpados siquiera, sin respirar, quizás. Acaso muy cerca cantaba una cigarra; un pájaro de pico y pecho dorados dando rápidos giros saltaba de una rama a otra en una danza alegre, sin razón aparente. ¿Acaso las cosas suceden sin razón? En la distancia se escuchaba el sonido potente de las cornetas de un enorme camión que cogía presuroso las curvas en bajada de la carretera Panamericana. ¿Qué podía importarnos todo aquello? En absoluto, nuestro interés se centraba en la imponderable dicha de estar juntos, el uno para el otro, los dos a un mismo tiempo fundidos en el molde divino del Eros que nos había unido. Hoy cuando el tiempo y la distancia nos alejan cada día, cada semana, cada mes, cada año más, puedo decir con total certeza; mi amigo Pablo fue el primero, único y verdadero amor de mi vida. Los otros amores que llegaron después, no los determino, para eso está la mano del tiempo que se encargará de poner todas las cosas en su respectivo lugar. Mañana los amores serán como la brisa que llega y luego pasa, acaso se recuerden desde la perspectiva de los ángulos diferentes que encierran todas las facetas de una personalidad ecuánime y abierta. Con todos los contratiempos que suscitaron esas experiencias, fueron en realidad las más gratas. Por eso las atesoro con todo el cariño que demuestro en estos mismos instantes, y no quiero omitir ningún detalle para que no se desvirtúen; eso sería restarle parte de la gracia que estos hechos cándidos encierran. Al volver la vista atrás y al ver que todo aquello está hoy tan distante, una nostalgia indecible como una niebla invernal en los límites de la tarde, me llena el corazón de un viento gélido. El frío, ¿no es acaso el preludio de esa noche en la cual reposan todas las cosas que ya fueron y no han de volver jamás? Dicen que la ausencia es la causa del olvido, así como la noche trae la oscuridad. En ésta, el alma sigue fraguando apoyada en el yunque de la imaginación las más puras reminiscencias, aquellas en que aparecen todos los recuerdos, momentos plácidos vividos sin el componente amargo de la mórbida traición; por eso fueron y aún son hermosos como el último resplandor de una tarde veraniega. Quien quiera criticar y demeritar esas experiencias, no sabe cuánta satisfacción encierran en el fondo. Simplemente no las admite y por egoísmo no las reconoce, pero es seguro que si no se tuvieron, exista un vacío que llama y clama desde el ayer lejano. La población del alto Tablazo está sobre una cordillerita de baja altura. Tiene una sola calle y sus casas son de una planta, aunque hay algunas de dos. Por esa ramificación de mediana altura, pasa una falla geológica, que si no estoy mal, es llamada: “La falla de Romeral”. En otros tiempos, cuando los hechos que he venido narrando, se desenvolvían, no había tantos sitios en donde venden bebidas embriagantes como ahora. Pablo y yo transitábamos con entera libertad por esta calle larga y teníamos acceso a todos los predios, incluso los privados. Todos los vecinos nos conocían, así era que no encontrábamos obstáculos para recorrerlos a cualquier hora del día, o en la apacible quietud del atardecer, al empezar a caer las sombras. Cuando esto ocurría, nos internábamos por los pequeños bosquecillos de los alrededores. Aquí, al amparo de los árboles de pinos, guayabos y algunas matas de bambú con tallos de color amarillo, follaje fresco y tupido de intensa lozanía, que nos brindaban la protección suficiente para escapar de las miradas de los mal intencionados que no faltaban. Empezábamos los juegos ya convertidos en ritos, en los que el amor encantador de la adolescencia se manifestaba como una promesa, promesa que no pasaría de ser lo que fue, sólo ilusión. La visión del caserío, la calle larga y angosta; los predios, los amigos, los familiares aparecen todos en mi mente como una fotografía embellecida por el tiempo. Instantes dorados de mi primera juventud, qué fugaz fue su presencia. Éramos libres mi amigo y yo porque podíamos hacer uso de nuestro albedrío, aunque estuviésemos esclavizados por nuestra mutua y ardiente atracción. Ésta nos hacía sentir como dos personajes que se encuentran en una isla y viven nada más que para sí mismos sin importarles nada más. Que el país se derrumbaba, que la violencia crecía, nada de eso nos importaba, lo único y verdadero era nuestra atracción y mutua compañía. Transcurría el tiempo, los días se sucedían y la luz de la alborada nos sorprendía con la expectativa de volver por aquellas veredas placidas, alegres y frescas, húmedas por el rocío que la noche anterior había dejado en las plantas, los árboles y en la extensión de los prados en donde los pequeños insectos revoleteaban en frenética danza. Aquellos prados verdes eran los aliados de nuestras excursiones diarias, sin la presencia de éstos, no hubiera tenido aquel idilio la magia que tuvo. ¿Cómo transmitir la idea de satisfacción que sentíamos; el sentimiento que nos unía, y ese estado de entrega y de abandono con que solíamos expresar nuestro bienestar? Cuando nos encontrábamos, bien fuera en las horas de la tarde, o en las primeras del día, sabíamos que desde ese momento, el mundo sería nuestro. Ese mundo maravilloso por donde mi amigo y yo solíamos transitar, al desaparecer nuestra presencia, se esfumó también. Existíamos en un universo paralelo al tangible, con la enorme diferencia de que éste se lleva en mitad del corazón y nadie más que uno puede transitar por él. El entendimiento une a las almas y va sembrando, en los surcos de la vida, el trigo para el pan que irremediablemente nos tocará comer cuando nos llegue la soledad, y las vides que producirán las uvas para extraer de ellas el jugo que se convertirá en el vino de cuya esencia brotará la inspiración. Y si no ¿de dónde, este canto a la vida, a la naturaleza, a la atracción sensual y al amor? No hay nada gratuito, hasta el amor que aparentemente se da, tiene su precio. Voy a hacer mención de la última vez que estuve con mi amigo disfrutando de nuestra compañía, en un sitio fuera del caserío. Habíamos caminado y compartido tantas cosas juntos; risas juegos y aventuras, algunas insólitas y hasta temerarias. Nada nos retenía, ni riscos, ni precipicios, tampoco las advertencias que nos hacían nuestras madres. Cómo se va el tiempo, pasó veloz como el movimiento de un duende entre las hojas de un vergel, jardín, o huerto, igual a aquel que una tarde cuando vivía en otro sitio distante, se me presentó debido a la mala costumbre de desobedecerle a mi madre. Eran las seis de la tarde, después de negarle a ella un favor, salí a la ventana, miré hacia el frente y pude ver con toda claridad el duende aquel. Era pequeño, tenía la estatura de un niño de siete años, pero su cara estaba arrugada como la de un mico rufián y empalagoso; sus orejillas puntiagudas y su sonrisa diabólica me causaron mucho temor; estaba aquel duende con las patas subidas sobre una moto y hacía piruetas para causar la impresión que deseaba, muy probable hacer que me quedara petrificado e inmóvil, sin halito siquiera. Cuando miré aquella cosa, caí sin conocimiento y no supe de nada más hasta pasado un buen rato. Después me enteré de que mi madre con rezos y plegarias lo hizo alejar, no sin antes haber producido aquél, un ruido semejante al que hace el viento por entre el ramaje, cuando sopla con precipitación, dejando con su paso las hojas al revés y los cogollos doblados. Serían las nueve de la noche, hora en que nos separamos. Si el cielo estaba despejado o encapotado, no lo recuerdo. Recuerdo sí que estábamos en un sitio al aire libre entre árboles y plantas ornamentales. Pablo, mi compañero del alma, con aquella cara en donde la tristeza una vez más se dejaba ver, haciéndole aguar sus ojos, acercándose a mí, me decía: ¿Me irás a extrañar, te iré a hacer falta? Y mis labios pronunciaron las mismas palabras como si éstas salieran desde el mismo pecho, de la misma alma. Almas gemelas, o clonadas, no importa, fuimos una sola y eso basta. Pablo continuaba con sus ojos puestos en los míos y su boca me decía que cuando el tiempo fuera favorable me avisaría cuando podía ir a visitarme. No supe, o no recuerdo si los ojos míos se humedecieron en aquella hora como los que estaban en ese instante frente y muy cerca de quien tanto los supo amar. Creo que sí, porque hasta ahora que lo recuerdo, siento algo semejante a la tristeza que me oprime haciéndome un nudo en la garganta. Esos proyectos no se cumplieron, y cuando nos volvimos a encontrar no ocurrió como él lo había previsto. Desde que nos conocimos, hasta ese instante vivíamos como dos hermanos con una afinidad especial: éramos también amantes tempraneros. Creíamos, no sé hasta dónde, que nunca nos llegaría la hora de tener que separarnos. No obstante, esa noche nos tuvimos que decir adiós. Todos saben cómo son de dolorosas las despedidas. Decir adiós a todo cuánto hermoso nos cupo en suerte vivir y experimentar. ¿Experiencias sin ninguna consecuencia? Es posible, sin embargo, cuando el recuerdo de mi amigo, aparece por los vericuetos de mi mente, llegando por los caminos largos de un cavilar constante, me doy perfecta cuenta de que las cosas del corazón no son tan simples, aunque se hayan vivido en la época en que al abandonar la niñez, nos tenemos que alejar de quien, o quienes hemos querido y nos han permitido incursionar en su intimidad. Es bien difícil olvidar todo lo vivido de una vez para siempre, y cuando la ruptura es repentina y abrupta, resulta más demoledora aún. Adiós, una vez más Pablo. Por cualquier sendero que mis pies trajinen, siempre con cariño y gratitud te habré de recordar. Cómo no recordarte si cuando nos separamos, en ese mismo momento terminó para nosotros una época irrepetible, esa que dejamos escrita en las raíces de los pinos; en las encrucijadas de esos caminos que conducen a las veredas vecinas, atravesando por platanales, cafetales y toda suerte de árboles frutales. Si esa no fue una vida feliz, ¿en cuál lugar habíamos de encontrarla? Cuántas veces al tratar de revivir esas experiencias con el fin de reconstruir este corto pasaje que forma parte de mi historia general, me he encontrado ante la disyuntiva de querer ocultar la veracidad de los hechos cubriéndolos con el velo del pudor. Al final, esto lo he considerado poco honrado, porque, si bien debemos de callar nuestras acciones íntimas, no por eso tenemos que desechar y echar al olvido las que de manera poética nos cupo en suerte disfrutar, viviéndolas con la candidez de quien ignora cuánto se pierde cuando una amistad amable termina, y sólo queda una secreta añoranza que al final, por la certidumbre de saber que todo irremediablemente se ha perdido, queda dormida en el rincón más alejado de la memoria, en donde pocas veces nos es dado regresar, y cuando ello ocurre resulta demasiado tarde para asir con las manos lo que se cría fijado al ser como si fuese un sello permanente. La suma de los días conforman la futura historia, y ésta adquiere la connotación de una leyenda, cuando los años pasan y el pincel del tiempo la embellece y retoca, tornándola más bella por la atracción de lo imposible que aun siendo tan dura no carece de encanto. Llegó el tan temido día en que mi madre me dio la orden de que me fuera a vivir con mi hermana Eloísa, a Campoamor. Yo me fui poseído por un pesar profundo, muy semejante al que sentí cuando mi madre me dio a conocer su decisión. Presentía que ya aquellos tiempos no volverían. Mi gran amigo, ¿qué o cuáles rumbos iría a tomar? ¿Me olvidaría, lo olvidaría yo? Imposible, aún lo llevo con nitidez en mis recuerdos, los cuales son parte mía, pues, me pertenecen. Él, me pregunto, ¿qué será de su vida? ¿Se habrá enamorado, tendrá novia, compañera, incluso estará casado, tendrá hijos? ¿Cuántos? Descabelladas y locas interrogaciones las que cruzan por la mente, en horas de profundas reflexiones, cuando la angustia existencial aparece cual las alas de un cuervo, proyectando su sombra oscura y obstructora que nubla el panorama en que un día, la felicidad alumbró con la intensidad de un sol que prometía constantes halagos y repetidas aventuras. En el sector de Campoamor, con pocos amigos, por no decir, sin ninguno, me tocó hacerle frente a la soledad que me ocasionó aquélla separación. De este Barrio al Alto Tablazo queda relativamente cerca. Por elevación se ve a escasos kilómetros. No obstante, para mí que no tenía con qué pagar un pasaje urbano, era como si estuviera en el otro extremo del mundo. En verdad lo estaba, lejos de quien había querido con el cariño, por no decir con el amor, el primero que sentí por otra persona que no era de mi propia familia; ese afecto proyectado a un compañero de mi edad, era como si yo amara a mi propia alma en otra forma, en otro cuerpo que participaba de mi manera de sentir y de pensar. Así lo comprendía y lo seguiré comprendiendo, ya de manera diferente porque los años transforman. Recapacitándolo hoy, después de varios años, recuerdo cómo me sentía de solo y deprimido. Me hacía falta mi antigua compañía, necesitaba de alguien que me comprendiera. Mi amigo Pablo, siempre era, y lo seguía siendo una persona muy valiosa para mí. Sentía muchos deseos de volver a su lado, pero a medida que conocía nuevas amistades, amigos con los cuales me paseaba por la Carrera Veintitrés de Manizales. Su recuerdo se fue desvaneciendo, hasta pensaba que ya no lo quería, que las cortinas del olvido habían caído sobre su imagen y las vivencias que me habían unido a él. El trascurrir del tiempo nos va cambiando, aun sin que nos demos cuenta. Pablo fue parte de mi vida, un ser que arropó mi alma entera. Mas, ¡ay! Al final como todo, me fui desentendiendo de él, y empezó así el proceso del desprendimiento definitivo, así como se va uno adaptando a vivir sin una mano o sin un pie. La comparación parece exagerada, pero la experiencia certifica y lo pone en evidencia. Un día de tantos, cuando yo estaba sentado junto a un puesto de dulces, pasó frente a mí una persona, que nunca imaginé que volvería a ver. La misma que en otros tiempos a su lado había pasado horas tan felices. Por eso y por muchas otras cosas la apreciaba, porque significaba para mí lo máximo. Pablo en persona, el mismo de antes. Eso creí cuando lo tuve cerca, pero muy pronto me di cuenta de la situación: ya no éramos los mismos, nosotros y todo nuestro comportamiento había cambiado. Nos saludamos con cordialidad y respeto. Después de intercambiar unas palabras, me dio el número de su celular. Días más tarde le hice varias llamadas, pero ya sólo éramos amigos de ocasión, y eso me dolía. Por medio de esas llamadas pude cerciorarme de que Pablo no había cambiado tanto como yo pensaba. Había cambiado más yo, pero él insistía llamándome. Tanto me buscó que volví a charlar con frecuencia con él. Yo había madurado lo suficiente como para darme cuenta de que ese no era el verdadero amor, ni mi destino; si un día lo fue, ya todo había cambiado. Nos buscábamos nada más para charlar e ir a bailar con amigas a una discoteca. Supe de su boca que todavía vivía en el Alto Tablazo. Con ello sí me dio mucha nostalgia; esos tiempos que se fueron ya no volverían. La añoranza de éstos eran los que tantas aflicciones me causaban; tiempos de los cuales me ha sido difícil desprenderme. Cuando comprendí aquella situación, asimilándola luego, me puse a recapacitar que no había motivo alguno para seguir cultivando una mera amistad con esta persona, después de habernos comprendido como llegamos alguna vez a entendernos. Yo ya no me sentía igual a como era en aquellos tiempos; al contrario, me resultaba incómodo su trato. Ya éramos diferentes e indiferentes a la vez. Es probable que otras amistades hubieran influido en ese cambio, simplemente la vida, o la razón que nos hace reconocer el lugar que nos corresponde. Como en las viejas canciones y en las viejas historias, dije para mi fuero interno; lo que pasó, pasó, el pasado ya no existe. Los sueños son así, desaparecen cuando empiezan, o duran poco. Paciencia amigo, el mundo tiene playas y muchos mares en donde el alma herida puede lavar sus culpas, incluso aquellas que nos dejan las vivencias más hermosas. El tiempo nos transforma y nos modela. Al pasar nos deja acariciando recuerdos y mirando el vacío. A pesar de todo, avanzamos siempre, es lo único que podemos hacer, aunque sabemos que parte de nosotros va muriendo cada día de manera constante. Contra esto no hay remedio, ni llegará a haberlo nunca. Marchamos hacia adelante, así los recuerdos nos jalone desde lejanas latitudes. El futuro nos llama adelante, el pasado nos tira desde atrás. Volver por los caminos andados, ¿para qué, si ya no encuentro ese algo, que todos perdemos y que a todo coste queremos rescatar? Imposible todo intento, pues lo que tuvimos que dejar atrás fue la niñez con todos sus encantos, expectativas y fruiciones que en el alma vestida con los ropajes de lo ingenuo, nos acompañó por un tiempo, pero aquello ya pasó y, por lo tanto debo de hacer frente a la realidad, no hay más qué hacer. Eso de pretender recuperar el pasado, y en particular la infancia, es una aberración. Ésta nunca la volveremos a revivir, por mucho que la añoremos. Adiós amigos, adiós farras. Adiós amor. Adiós Pablo y su recuerdo. Largo es el camino que habremos de recorrer cada cual por el lado que le corresponde, sin mirar atrás y sin lanzar vanas lamentaciones. El cumplimiento de nuestro Destino nos aguarda. ¿Acaso podemos evadirlo? A pesar de todo, si alguna vez, por esos azares del destino, de la casualidad o de la suerte, me volviera a encontrar con el amigo de mi infancia, me gustaría regresar al Alto Tablazo. Volver a recorrer una vez más aquella calle por la cual tantas veces nuestros pies caminaron juntos, mientras que nuestros hombros se rozaban con indecible delicadeza, y nuestras voces muy de cerca nos unían en una estrecha y cómplice amistad. Esto no volverá a suceder, y si así fuere, todo eso no sería lo mismo que era antes. Muchas auroras, tantos despertares en compañía de otros cuerpos que nos llevaron hacia el alejamiento definitivo. Nosotros también estamos cambiados y los espíritus que nos guían no tienen nada qué argumentar. El cambio es notable e innegable, así el sentimiento no admita el olvido definitivo, aquel pasado queda ya sin remedio atrás, indiscutiblemente. *** Aquello que soñamos se realiza, así ignoremos el por qué, y no presintamos a cuál pozo vamos a caer. Hoy, 30 de agosto del 2009, a las diez y treinta del día, hice un recorrido en compañía de un amigo, al Alto Tablazo. Llegamos hasta allí subiendo desde la carretera principal por un camino que se encuentra medio abandonado, en cuyas orillas hay varias casas de apariencia humilde y con todo, muestran el atractivo suficiente para que uno quiera vivir en una de éstas. En el último tramo pudimos observar los devastadores efectos de la erosión causada como consecuencia de la falla geológica que en este lugar avanza haciendo estragos, llevándose la vegetación al extenderse de manera continua. Mi acompañante, quien es un veterano de viajes por muchos caminos, aldeas y breñas, desde el borde de los precipicios tomó a su paso bastantes fotografías, enfocando el fondo del abismo, cual si buscase no sé qué temas o argumentos para un libro, o simplemente viera en ese paisaje desolador los desfiladeros de la mente humana, cuando conmocionada por los altibajos del destino se precipita hacia el vacío aterrador. Cuando llegamos, contemplamos aquella vereda y su caserío con su calle larga y su fascinación. El aleteo de un pájaro asustado y el rumor de sus alas batientes fue lo único que mis oídos escucharon; la reverberación de la luz entre las hojas de algunos árboles resistentes al paso del tiempo y sus consecuencias, eran mudos testigos de mi presencia en el lugar. Nadie esperaba mi regreso; el amigo con quien estaba, como es aficionado a tomar fotos en lugares históricos, quiso que lo acompañara a tomar una, a las ruinas de la vieja capilla abandonada que se encuentra al final de la población. En ella y en otros tiempos, se reunían los files para elevar sus plegarias al cielo, lugar en que los creyentes esperan ir un día. Eso fue sólo hace diez años, ¡y ver ahora la situación en que se encuentra! Hay agonías lentas, también repentinas, aquí la primera desfiguró el lugar y su paisaje, en verdad es una calamidad. Cerca, muy cerca de donde nos encontrábamos, la falla geológica empieza a extenderse como una llaga, mostrando parte del un hueso, dando una impresión desoladora a quien la observa. El terreno se hunde de manera permanente y sus entornos circundantes esperan su turno. Al dirigirnos allá, vi que montado en una moto, junto a un andén y conversando con alguien, estaba Pablo mi antiguo amigo. Inmediatamente se lo comuniqué a mi acompañante. -Ese es Pablo, dije entusiasmado, pero el amigo que me acompañaba, no quiso observarlo porque es muy discreto y no quiso mirar enseguida, así que sólo lo hizo después de haber tomado la foto que se había propuesto. Ya de regreso le insinué cual era la persona mencionada; la miró sin hacer ningún comentario cuando pasábamos por su lado. Pablo me saludó con una leve sonrisa, acompañada de un gesto en el que pude ver las huellas de nuestra vieja amistad; tal vez aquella ni siquiera fue una sonrisa, más bien el reflejo de un recuerdo lejano que asomaba a sus labios con presencia sutil, como acontece cuando no queremos que se descubra lo que se está sintiendo. Se mostraba un poco turbado, creo que se recordaba como yo de nuestras pasadas travesuras, de aquellos retozos y de todo lo que esa amistad pudo traernos. Se veía de lejos que la empatía todavía existía, pero un velo de desdén ocultaba el hecho. A pesar de esto, no sé con exactitud el motivo de ese alejamiento, cómo es posible que el amigo a quien yo creía, compañero del alma, pudiera haberme cerrado las puertas de la amistad, dejando tan sólo un resquicio por el que se podía ver con claridad la huella imborrable de lo sucedido en otros tiempos, haciéndolo por medio de la expresión de su cara, en la que se dibujaba esa sonrisa entre irónica y maliciosa; eso dejaba mucho qué desear.-¿Entonces?, fue lo único que me dijo, como si eso fuera un saludo. Y pasó de largo como quien nada tiene qué ver en un asunto, eso fue todo. La ansiedad por verlo de nuevo se convirtió desde ese momento en la sórdida sensación del deseo defraudado. Caminar, aunque no fuera recorriendo largas distancias para llegar hasta ese caserío, con la ilusión de contemplar otra vez su amada figura y ver que ni siquiera me saludó como correspondía, fue un trago fuerte y sin embargo, necesario. Todo aquello forma parte del mismo paquete, lo comprendo. La hiel aleja lo que la miel atrae; el valor de una perla reside en que está presente en todo tiempo el mismo brillo, si su diafanidad desaparece, aunque nos cause decepción, es que ésta no era de buena calidad y su valor fue escaso. Noté que Pablo estaba demasiado cambiado, su tez antaño tersa y fresca, se presenta ahora bronceada y curtida por el sol de varios veranos en climas cálidos, al descubierto. ¿Aquel cuerpo estilizado ya no tenía la belleza de antes; del brillo de sus ojos, qué había sido? Pregunta inútil; todo, como la frescura de los lirios y la lozanía de los prados, se había marchitado; de aquello no daba cuenta el transcurso del tiempo porque su paso es veloz, y cuando miramos hacia atrás nos encontramos ante la imposibilidad de rescatarlo. Si todo era así, ¿por qué no podía marchitarse también de mi alma la última esperanza, rota como todo lo demás, amistad y querencias unidas a las ansias naturales del retorno? Momento de languidez suprema aquel en cual nos percatamos que junto con el tiempo se fue nuestra ilusión. Olvidaba contar lo más interesante: esta persona llevaba en su moto, en la parte delantera, junto al timón, un niño de unos tres años de edad. Así que era verdad lo que me habían contado de él, que estaba conviviendo con una muchacha y que tenían ya hijos. Eso no era falso; cuánto me alegro de que sea así. La vida es hermosa y los prodigios son tan comunes que ni siquiera podemos desconfiar de éstos, son beneficiosos, cambian la vida dando la orientación necesaria a la existencia que así lo precisa. Porque, qué sería de la vida si a todas horas caminara por parajes agrestes en los que no naciera ni siquiera una flor, ni retoñara una espiga. Mientras nosotros avanzábamos, Pablo pasó de regreso en la moto con el niño. Más adelante estaba conversando con unos amigos, quienes estaban sentados junto a una mesa tomando licor; no le pude ver la cara al nene porque su progenitor lo tenía muy cerca del pecho ocultándolo entre sus brazos; sí pude ver que Pablo se sentía orgulloso de su hijo. Seguimos caminando y observando los negocios del lugar. Esto más que todo lo hacíamos para aparentar que no estábamos prestándole atención a nadie. Parecía que todo estuviera lo mismo que hacía varios años; las casas, los árboles, el cielo. No era así, porque sobre el entorno reinaba un toque de melancólica quietud e indiferencia, y por doquier se hacía presente el fantasma del pasado como un espíritu rebelde que se niega a huir y perderse para siempre. El pasado puede llegar a convertirse en una obsesión, contra ésta, tiene poder la determinación de no volver jamás por las mismas callejuelas que ya recorrimos en otros tiempos, aunque para lograrlo tengamos que hacer frente a la realidad, realidad que en el presente caso se me presentaba vestida con las prendas de una amarga indiferencia. No me importó el cambio que pude apreciar en el físico de Pablo, ni ese aparente alejamiento que demostró al pasar. Sé que allá en su interior está todavía vivo el recuerdo de todo lo que pasó entre él y yo; de aquellos amables momentos, cuando no vivíamos sino para nosotros mismos; nos habríamos olvidado de nuestra apariencia externa, pero no de lo mejor, de nuestro cariño, así él hubiera demostrado el comportamiento de lejanía y desinterés de manera injustificada. ¿Quién puede saberlo? Nunca intentes sondear un alma humana. Consuélate con conocer la tuya y no traspases aquel sagrado umbral. De paso, pude mirar otra vez la casa en donde vivía el amigo a quien llamaba amigo del alma. Pocos pasos antes de llegar, me topé con una antigua vecina, amiga de mi ya difunta madre. La saludé encantado; volver a ver a una persona conocida resulta grato y refrescante para el espíritu. Al saludarla, ella me miraba con atención, tratando de reconocerme; como me percaté de su dificultad para lograrlo, le pregunté: ¿Recuerda a Teresa Quesada, la esposa de Fernando Arévalo? Claro que sí, fue su respuesta. Soy hijo de ellos, mi nombre es Germán, le puse de presente. Estás convertido en todo un hombre, argumentó la vecina. ¿Qué fue de Teresa, cómo se encuentra? Dolorosamente tuve que decirle la verdad. Hace dos años que falleció, musité refrenando mi tristeza. La señora llamada Lucrecia, se puso pensativa y me miró con ojos en los que pude descubrir el aprecio que le tenía a mi difunta madre. Entre tanto mi atención se centraba en la casa contigua, en ésta vivía la familia de la cual formaba parte quien que no hacía mucho había mirado al pasar, como un desconocido más, que ocasionalmente se cruza en el camino. Pude darme cuenta de que dicha casa la habían remodelado, y como el tiempo hace sus jugadas de experto burlador, no pude descifrar, si una casita demasiado humilde que aparecía a un lado, formaba parte de la anterior vivienda, porque mientras ésta parecía una choza, la otra parte se destacaba espléndidamente. Lo cierto es que en el umbral estaba echado un perro color plomizo, casi marrón, con manchas oscuras. Dormía como duermen los recuerdos que caen al olvido, o como deben dormir. Enfrente estaba ubicada la casa en que antaño vivía junto con mis padres y las inquietudes que entonces padecía. Las casas en que hemos vivido guardan un poco de nosotros, y nosotros llevamos algo de aquéllas, como quien va a una biblioteca y sin que de allí retire ningún libro, lleva los recuerdos de las lecturas que hizo, o si va a un huerto se impregna de las fragancias de las plantas que en él crecen. Qué vivienda más alegre, pintada de achote y verde, colores que le daban y le dan, ese aspecto inigualable de las casas al estilo de la colonización antioqueña. Llevamos mucho entre nosotros de las costumbres paisas. Con razón que escuchar el habla, aunque sonsoneteada de esas gentes, resulte tan agradable y placentera a los oídos. Claro, nuestro acento proviene de esa región, por éste nos descubren en donde quiera que vayamos; siempre seremos paisas aunque lo queramos ocultar. Cuando me despedí de mi antigua vecina Lucrecia, se me inundó el corazón no sé si de alegría o de pesar; tal vez fue la certeza de percibir el paso del tiempo que huye y no dice adiós. Y, esa sensación de vacuidad y hastío a la cual los hombres, en su eterna “inocencia y candor” denominan, soledad. Aquel día, entre todo lo circundante, yo era sólo una sombra. Dicen que cuando las penas ruedan a alguna parte van a dar, así con el impulso arrasen con todo lo que encuentren a su paso. El silencio se impuso en mis labios, me sentía inmensamente solo, hasta olvidé que alguien me hacía compañía. Todo, porque cuando en una encrucijada de dos calles o de dos caminos se presenta un caso como el que se me presentó ese día, el funcionamiento del ánimo afecta al espíritu, y con razón. Profeso una admiración muy grande por la vida de los Santos, y por la de los poetas también. Los Santos son sufridos, se desprenden de las cosas terrenales y abrazan fervorosos cuanto la vida en su vaivén les presenta, y echan mano de la fe y de la oración, así salen triunfadores sobre las luchas de su existir, sufriendo muchas veces hasta una muerte atroz. Los poetas son irrazonables, se basan no en hechos concretos, más bien en posiciones subjetivas que parten desde sí mismos, y se dedican a describir casos insólitos creados por su imaginación muy despierta eso sí, pero errabunda. Pretenden que todo resulte como les nace del corazón. Con todas estas falencias, son estupendos, pues son las únicas personas que pueden crear sus propios mundos a partir de sus deseos y ambiciones, aun los más inauditos, dotando de exquisitas formas cuanto alcanzan a aprehender con su intelecto, para recreo de sí mismos y para el de otros también, ese es la meta y algunos la coronan. A donde quiera, el hombre vaya; esté con quien sea, siempre solo ha de encontrarse, así se siente sobre cojines de seda y se arrope con delicadas mantas de lana y algodón. Tenga en su mano un vaso lleno del más exquisito de los licores, ha de estar solo su corazón. Dar una mirada a atrás, cuesta por lo menos un suspiro, pero el mío no lo dejé escapar por más que pugnara en mi garganta. Más en el fondo del alma, muchas otras cosas buscaban la salida, por ejemplo, la ansiedad que me cercaba oprimiéndome cual tenaza muda y fría. ¿Cómo deshacer nuestro pasado, cómo huir sin rehuir todas esas pequeñas y simples cosas que un día formaron parte de nuestras actividades cotidianas? Quién pudiera de un golpe duro y certero borrarlas sin infringirle a nadie ningún dolor o pesar. Caminábamos mi servidor y yo, con pasos lentos pero resueltos, y cuando menos lo pensábamos, habíamos salido del caserío por aquella calle que fue testigo de la gloria de otros días. En las afueras del caserío nos alcanzó una buseta y la tomamos en el acto. Atrás quedaban ilusiones, recuerdos y vivencias, sólo me llevaba la aflicción de haber vuelto a mirar a mi ya viejo querer. Padecía por no haberme concedido ni siquiera la mínima atención que esperaba. Yo no dejaba de pensar en los cambios que trae el tiempo acompañado por la acción del sol, del viento y de la lluvia y de tantas otras cosas que se ignoran, como por ejemplo, el avance de aquella ingente falla que amenaza con su prolongación destruir aquel caserío junto con su entorno. Esas oscilaciones de la vida y sus circunstancias; también el cambio tan drástico de mi migo, convirtiéndose en un ser lejano, casi extraño. Y otras más que no son perceptibles, pero son tan ciertas como el hecho de haber nacido y tener que morir sin que se pueda decir: esta agua no la bebo, en este charco no me adentro, si cuando no lo esperamos nos encontramos en el fondo. Grato es el pan que comen los enamorados, dulce más que la miel resulta el vino, y más grato resulta poder recordar con respeto y veneración a la persona que un día, cuál una presencia consoladora estuvo a nuestro lado y dejó escritas varias páginas en la memoria, guardadas para ser leídas en tiempos posteriores, aunque amargos. El haberse efectuado aquel suceso, haber vuelto a ver a la persona que tanto deseaba mirar de nuevo, me trajo parte del gusto de vivir que había perdido, aunque el deterioro en todo aspecto sea notable y los fenómenos naturales den señales de alerta en todas partes, señales que no son motivo de alarma para los residentes del lugar, pero que avisan y recuerdan la desaparición de muchas cosas y la posibilidad de que todo lo que resta pueda desaparecer tarde o temprano, así sea con lentitud. Semejante a aquel fenómeno es la vida del ser humano, un manojo de deseos y añoranzas, así sólo se obtenga como recompensa, pesares y desengaños, y una espina punzante que se hace sentir cuando no lo deseamos, y por muchos años; tal vez por el resto de la vida. Reclaman unos lo que les hace falta, mientras otros despilfarran lo que les falta a aquéllos. ¿Dirán algunos, exageras, perviertes aquello que ha sido y hoy no existe. Puede ser verdad, pero los ecos que llegan a través de la distancia no perdonan. Mirando desde la perspectiva del horizonte, reconstruyo los paisajes en donde tuvieron lugar las aventurillas que he venido narrando; lo hago con intensas ansias de abrazarlos todos, con qué placer los evoco, ¿o con dolor? Hay voces que se apagan y persisten sus ecos. Hay bancos en los parques que esperan otras oportunidades y nuevos encuentros cargados de caricias. Hay sitios en los bosques y en partes olvidadas que esperan nuevas lluvias o a quienes hospedaron, ¿acaso no es el alma de la naturaleza la que hace que éstos hablen? Mas, ¡ay!, también hay tumbas abiertas que esperan cuerpos viejos, y acaso hasta los nuevos, que creyéndose invulnerables desdeñan a los otros. Busqué por todas partes lo que no me fue posible encontrar, mi dicha lejana. Pedí a la diosa que prepara los caminos para volver por ellos hasta encontrar la paz perdida, y hallé la inspiración. ¿Qué más había de presentarse en medio de tantas aflicciones y de las inquietudes que da el hecho de existir? Por eso, describo con minuciosidad los lugares amados, porque en medio de aquéllos, en muchas tardes experimenté el regocijo indecible de estar presente para mirar, sentir y amar lo que otros no amaron, ni admiraron porque carecían de la sensibilidad necesaria. Para ser partícipes de todas estas cosas, es necesario tener dotes especiales. No es posesión de todos, un espíritu de esta naturaleza que a la vez que es lira, es también cantor. La inmensidad de un cielo malva y rosa; la placidez de las montañas cubiertas de calima. La extensión del campo abierto, y allá muy lejos, el serpentear del río Cauca iluminado por el sol del atardecer. En todos los huertos siempre hay flores que se marchitan, menos las que brotan desde el alma, éstas son perennes, resisten el sol y los inviernos sin menoscabo ni deterioro perceptible. El paso por el mundo es breve y en cada recodo del camino existe, bien un árbol con sus dulces frutos, o un alma que arroparnos quiera con el calor de la amistad. ¿Por qué no ha de ser así? La vida misma trae el milagro de lo nuevo y tierno cuando lo viejo se extingue, cediéndole paso a lo fresco y atractivo. Existen lugares diferentes, en todos, una flecha, o una señal hacen saber a quienes llegan que hay algo oculto y descubrirlo cuesta una fortuna o mucho tiempo investigándolo, hasta que se llegue a discernir qué ocurre y en qué forma sucedió lo que es buscado. ¿Por qué lo bello resulta interesante, mientras lo feo repugna a nuestra vista? Si uno busca un sonido melodioso y a mala hora se escucha uno estridente, queda el oído como cartón ajado y el alma sigue buscando lo que ansía, hasta que de tanto buscarlo lo encuentra como al azar. Lo que ambiciona el alma es el encuentro con otra alma que quiera hospedarnos, admitiéndonos en su amable compañía, y que por gracia especial llegue a ser nuestra. Nuestra para siempre es imposible. Bueno, digamos que por un tiempo; luego debemos seguir buscando hasta alcanzar la cima, o los llanos más profundos y recónditos, de donde nunca pueden salir quienes en éstos se adentraron. ¿Quién puede creer que en el pasado germinaban en la ladera de esos contornos en que pasé junto a mi amigo, un período de tiempo corto pero intenso, los tulipanes más rojos y sensacionales y que a la sombra de un laurel había un nido en el cual se estacionaban a disfrutar del amor dos corazones? Aunque todo hubiese sido así de placentero, con el transcurso del tiempo, esos amores se tornaron frívolos; el aguijón de una amarga decepción vino al encuentro y puso en suspenso lo que fue ilusión en medio de tanta dicha. La tarde avanza, el Sol declina. Mudas quedaron las voces que cantaban en el espacio el último arrebol como un cadáver va perdiendo el color y se hace escuálido. Esta historia no termina, se suspende, porque a decir verdad ya se hace tarde. Tanto vagar y divagar causa fatiga y así el hecho de existir llega a ser pena. Sólo llevamos en la mente el recuerdo de todo lo vivido, por un tiempo, después la ausencia hace que olvidemos de manera ineluctable, entonces, todas las acciones como si no hubieran ocurrido nunca, se convierten en el pedestal de esos sueños indescifrables salidos del inconsciente. Sueños que tienen su origen en tiempos lejanos o cercanos, no lo sabremos nunca. La mente tiene sus repliegues y en ellos se oculta la mayor parte de cuanto fuimos y aún somos, nadie lo certifica; aunque después de pasados unos años no damos cuenta de algo sorprendente: nos hemos engañado y no hay remedio. Nota: El presente texto fue escrito por petición de la persona que vivió las experiencias que se describen en éste, sin alterar en nada el original. Existen cursilerías, es natural, pues son las expresiones de un principiante. Los giros literarios pertenecen a la persona que lo redactó. En síntesis, una historia desde el principio hasta el fin, escrita con intención de perpetuar el recuerdo de una época ya lejana, cuyo fin perseguido es borrar los fantasmas que quedaron y traer a la mente un destello de paz por medio de aceptar que el tiempo pasado ya no nos pertenece y que por mucho dolor que nos cause su pérdida, en nada se puede enmendar. A manera de epílogo. El amargo misterio de un amor irregular e imposible, está compendiado bien o mal, en las páginas anteriores. ¿De dónde surgen dichos amores? ¿De la casualidad o del destino? Cada cual vive su propia historia. Quien la vive no conoce de antemano ni siquiera hacia donde lo conducen cada uno de los múltiples trazos que nuestro mapa delinea. Al final la vida misma se encarga de ir develando, no los actos mismos, sino más bien sus consecuencias: la de haber amado y la nostalgia, consecuencia lógica del hecho en sí. En la medida en que se dé cauce a las historias éstas pueden ser motivo para hacer literatura. El gozo del espíritu nos llevará a crear piezas u obras que por razón de las mismas circunstancias resultarán dulces o amargas. Esto es sólo un decir; aquí se trata de la forma de expresarlas. Si en ello ponemos nuestra alma, es probable que resulten conmovedoras, o al menos interesantes. Conocí al personaje central de la anterior historia por intermedio de un amigo. Recuerdo que el presentado era un joven espigado, de cutis morena, ojos tranquilos, mirar cansado, como si volviera de un viaje por tierras lejanas. Después de algún tiempo me enteré de que ese mirar un tanto opaco, era debido a que este joven padecía de miopía, deficiencia que lo hacía aparentar lejano y distraído; situación que cambiaba cuando uno entraba en conversación con él. Cuando se tenía acercamiento amigable, el joven resultaba agradable e interesante. Cuando había pasado algún tiempo, nos hicimos buenos amigos, a pesar de que nos separaba una cadena larga de años. Él, por cualquier concepto se dio cuenta de que a mí me gustaba la literatura; que leía bastante y que a veces escribía. En una ocasión, me pidió un libro de mi autoría que tardé mucho tiempo en entregárselo. Cuando lo hice, en el mismo instante me di perfecta cuenta que él no llegaría a leerlo, lo deduje por la manera como lo hojeaba y enfocaba su mirada. Más tarde me enteré de que se lo había regalado a su padre, cuando fue a visitarlo a Bogotá. Estos detalles me fueron acercando a esa persona, hasta que una vez nos pusimos a beber unas copas de licor y a intercambiar ideas. No resultaba este joven carente de sentido común. Estaba interesado en descifrar algunas inquietudes que parecían afectar sus sentimientos. Una entre tantas, la vida familiar. Fue así como fue haciendo un recuento de su vida, yo lo animé para que continuase; después lo induje a que escribiera lo que más lo atrajera o le fuera motivo de reflexión. Con el paso de los días me entregó un cuaderno de estudiante en el que estaba narrada las primeras experiencias de su niñez, incluso el relato de su temprano enamoramiento de otro chico de su misma edad. Esto me pareció un caso de mucha responsabilidad, pues guardar este tipo de confidencias resulta complicado. Por eso le dije que procuraría hacer lo mejor que yo pudiera con ese escrito, porque a decir verdad era muy deficiente, un simple bosquejo y eso a medias. Yo lo trabajé hasta donde me fue posible, labor que dio como resultado, una corta historia de amor, un canto a la vida. Todo amor, toda ilusión, pasión, a pegamiento o capricho, como quiera llamarse, tiene derecho a ser transmitido por medio de las palabras y estas pueden encerrar la canción que el alma lanza desde las profundidades del espíritu; cantar que bien puede ser evocador, doloroso, o un canto que vincula la realidad con lo soñado, unido a un dulce añorar de tiempos ya idos. Esto es la acción de vivir y sus consecuencias. El cerebro humano encierra grandes misterios. Los más puros pensamientos, sentimientos y proyecciones tienen su asiento en él. Registra hechos ocurridos en el pasado y a veces se adelanta al porvenir. Una acción impulsiva puede llevar al individuo a crear hábitos o costumbres, en apariencia desordenados, que con el transcurso del tiempo desembocan en el cauce al que necesariamente tienen que afluir. A mi entender, eso es lo que acontece con el despertar de la sexualidad humana, puede empezar un poco desenfocada, pero ello no es más que la anticipación de la futura posición que el individuo asumirá después, cuando las circunstancias lo definan. Cuesta dificultad entender cómo una persona con las características que hace poco describí, haya tenido esas experiencias, por cierto dolorosas y a la vez placenteras. No obstante, la falla no radicaba en él, sino en la interpretación que quiera dársele. El lector que lea la composición anterior debe de juzgar con buen criterio el significado y trascendencia del caso en sí, y sus resultados. Yo personalmente he leído literatura de esta índole. En cada una de estas obras encontré una falencia: no guardan el equilibrio y la equidad correspondiente, pues, mientras uno de los personajes es mayor, el otro es un adolescente que no conoce el alcance de esas acciones. Además, el uno pertenece a la clase alta, mientras el otro no es más que un pobre mancebo de escasos años de vida que se adentra por esos terrenos ignorando hacia dónde puede llegar por esas sendas. En el caso narrado en el anterior escrito, ocurre todo lo contrario, exactamente como debe de ser, si es que todos los asuntos humanos tienen que guardar las proporciones: dos menores de edad son los personajes protagónicos del relato. Son menores sí, pero impulsados por el deseo que desde su interioridad los hacía aptos para que se manifestaran su atracción por medio de juegos, entre cándidos y eróticos. Éstos, con el transcurrir del tiempo habrían de cambiarse en reminiscencias recordadas con gratitud. Muchos hombres respetables, honorables en el sentido de la palabra, llevan frescas en su memoria las pasadas aventuras que en su niñez compartieron con otro muchacho de la edad que ellos tenían entonces. No ha de extrañarse ningún mortal por estos incidentes, forman parte de la condición humana y aunque parezcan escandalosos, no lo son. Pueden resultar irregulares, pero jamás inadmisibles. Quién puede creer que ese hombre, en plena juventud que camina con garbo por la calle, acompañado por una dama de cabellos rubios, casi de estatura igual a la de él, en cuyo regazo carga un niño de meses de nacido, y que en los rostros de ambos se ve la felicidad o el contentamiento expresado con sonrisas y miradas de afecto, como una incógnita indescifrable, en cada uno de ellos existen las huellas de un pasado que llevan dentro de sí mismos, algo que mientras vivan no se habrá de borrar, aunque se deteriore con el transcurso del tiempo. Ella, posiblemente haya amado a otro chico, antes de conocer al que es en el momento actual es su compañero, y quizás a otros también. Se desconoce si al menos con uno de ellos haya llegado hasta la intimidad. Él, por supuesto, conoció a varias mujeres antes de unirse a la que ahora lleva a su lado con quien se muestra lleno de optimismo ante la vida y sus ocupaciones. Sin embargo, muy en el fondo del alma, allá bajo los sustratos de la mente en donde están almacenadas las vivencias, los recuerdos de emociones y todo cuanto el humano en su ir y venir por la vida haya realizado, incluso aquello que por razones de ética debe de ocultarse. En primer plano, ocupando todo un álbum de recuerdos, éste hombre joven, lleno de energía vital, con fuerzas suficientes para hacerle frente a las luchas que se puedan presentar, lleva las huellas de un amor que a veces lo atedia y en otros momentos le da fuerza y vida. Con todas estas cualidades constructivas, a pesar de todo, un profundo dolor le causa un resquemor en el centro operativo del sentimiento. El recuerdo del amigo de la infancia, compañero de aventuras, incluso de los juegos prohibidos, y como cosa fuera de lo común, esa temprana pasión que experimentaron los dos, cuando aún el sendero que conduce a la orientación definitiva de la función permanente de la sexualidad estaba en proyección; ellos cómo disfrutaron, con cuánto entusiasmo se buscaban, se estimaban, se querían; no obstante, todo en el actual momento es diferente, así se cruce la sombra de quien fue tan grato al alma, como una exhalación por las avenidas del pasado. Siempre el mismo, con la misma actitud, extendiendo las manos en gesto de despedida. Acaso la última, la del jamás regreso, y con todo, el olvido definitivo tarda, resultando es imposible. No puede el agua, ni el cielo, ni la tierra dejar de encerrar dentro de su natural estado, lo que una vez llegó a formar parte de su naturaleza. Ésta es sabia y conserva todos los elementos que la integran. De no ser así, el mundo no existiera. Si no fuera por la capacidad innata de dar y recibir amor y de estar predispuesto a una transformación constante, no estuviéramos aquí presentes. Qué importa si alguna vez nos hayamos extraviado. La existencia con todas sus equivocaciones, contratiempos, pérdidas y ganancias, es hermosa. Si no hemos sido felices, por lo menos admitamos que otros sí tuvieron la oportunidad de encontrar un amor y aunque éste, y las experiencias no fueron definitivas, dejaron sus huellas estampadas por el resto de sus días. ¿De qué hablan las letras de la mayor parte de las canciones? De amores frustrados, de desengaños, traiciones, desencantos y de todo cuando el hombre, por fuerza tiene qué probar tarde o temprano. Entonces, si una pareja de adolescentes inquietos, traspasan las barreras del decoro y como consecuencia, después de varios años tienen buenos recuerdos el uno del otro, se puede decir que no hubo daño, ni nada que haya ultrajado de manera alguna la honra, ni afectado la imagen de persona normal. Mirar con buenos ojos los incidentes que forman parte del inventario personal, resulta beneficioso para la salud mental de todos. Quien mira el pasado con amor, se recrea en sus vivencias y aunque éstas parezcan subidas de color, no son los hechos en sí los que oscurecen su percepción, es el concepto que ante éstos se asume. El ayer forma parte del presente, el presente frente al futuro resulta incierto, es lo posible en gestación. Vivir el momento es lo recomendado. Lo demás son conjeturas y no se vive de éstas, más bien, de las realizaciones. Cuando no llegamos a cristalizar un sueño, ¿qué acontece? Absolutamente nada, excepto la frustración y el vacío que pueda dejar en la conciencia de cada uno. Todo acontecer por trivial que sea, es asimilado, no abolido. Va en la memoria a donde quiera que se vaya, como las aguas que persiguen el declive del terreno. Son un lastre cuyo peso es mayor que quien lo carga. De las aguas mansas líbrame Señor porque son éstas las que con más prontitud nos sepultan en el fondo. Pablo y Germán, son el prototipo que encarna las pasiones juveniles; los pecados de juventud y por qué no, el ejemplo de la superación personal. Aparece al final la paradoja infaltable: existe contradicción en todo aspecto, el tiempo añorado y el desengaño vivido. Así la existencia humana es un arcano, descifrarlo es un oficio y no el más fácil. EL OTRO HORIZONTE Historia de amor escrita en clave de fa. Para que quien la lea se dé cuenta de una mínima parte de los secretos que varios hombres llevan dentro de sí, cuya existencia casi siempre resulta escabrosa, aunque aparentemente encajada en una vida normal. No hay que creer que las aguas mansas no tienen lodo en su fondo, lo tienen y cuando se agita la corriente se hace visible y es más denso que lo que se suponía. Mi amigo Arnaldo era un señor muy serio que aparentaba en todo momento tan sereno, que uno lo podía definir como un ser asociable, a quien el Destino lo hubiera castigado con la inclemencia cruel de los dioses empecinados en hacer sufrir a un ser humano, haciendo huir la sonrisa de su rostro. Antes, los hombres creían en los dioses, hoy creemos en el yo y las circunstancias que nos rodean, y ni en eso, porque todo no es más que conjeturas. ¿En realidad era así Arnaldo de taimado? ¿Qué secreto guardaba bajo esa fachada fría y un tanto inexpresiva? Con todos esos detalles, Arnaldo era un hombre bien educado, debido a ello logramos entablar una amistad que duró por mucho tiempo. Llegamos a confraternizar tanto que una vez, sin más ni más, me mostró parte de los poemas que él había escrito; poemas que no llegó a publicar de todos siquiera uno. Tuve lo oportunidad de conocer la mayor partes de sus textos. No eran excelentes, aunque sí de calidad; en éstos se manifestaba como el hombre culto que era. Una tarde nos encontramos en una cafetería, como teníamos por costumbre los dos sin proponérnoslo; observé que Arnaldo tenía en sus manos un manuscrito que cuidaba con tan profundo celo, que se diría que era un secreto de Estado. En realidad lo era, sólo que en este caso, era el secreto de su condición humana, que abarcaba su personalidad, sus virtudes y defectos, que como cualquier ser humano, necesariamente debía de tener. Un día, como todos tenemos bien sabido y lo esperamos, lo visitó aquella que sin hablar, comunica todo cuanto el hombre ignora y ha de seguir ignorando para siempre. Sólo una cosa no se ha de ignorar: el hecho inmodificable de que la vida es breve. En esa brevedad reside su encanto, su valor y belleza. No conozco más pormenores sobre la vida de aquel hombre y éstos sobran. Después de muerto, el difunto descansa y el vivo olvida. Si se vive muchos años, viejo ya se es un estorbo, y si joven se muere, pues bueno, para eso hay tantos vivientes y mientras los unos hacen falta los otros estorban. Por una ley oculta del Destino, después de haber pasado un largo tiempo, fui por casualidad a ocupar la habitación en la cual Arnaldo había pasado los últimos días de su vida. Cómo resultaba de deprimente aquella habitación; no había baño interno y los cielos rasos estaban manchados de goteras, que la lluvia de pasados inviernos había depositado allí. Una noche no logrando que el sueño benefactor acudiera a refrescar el ardor de mis pupilas cansadas de tanto mirar hacia el vacío; me dirigí a un armario que tenía varias gavetas atestadas de papeles y encontré en medio de ellos un manuscrito que me parecía haberlo tenido en mi poder, por corto tiempo. Dicho manuscrito había sido ocultado con temor demencial y absurdo, porque después de todo, ¿para qué se escribe algo, si no es para que las demás personas lo conozcan? Valiente gracia eso de que es para uno mismo. He aquí lo que en ese papel estaba escrito, con caligrafía irregular, pero con una sencillez y transparencia meridiana. Hasta el día que leí aquel texto, creía en los corazones no atormentados, en los cuales los vendavales tormentosos de la existencia no habían causado estragos, ni afectado en nada, ningún hecho que pudiera manchar de manera permanente las hojas de su diario. ¿Acaso el amor no es de todas las pasiones la más sublime, y que en vez de marchar borra las culpas? Sea como fuere, aquí está todo lo que encontré consignado en esos papales que Arnaldo con la manía de querer ocultar su contenido, hacía más viva la ansiedad por conocerlo. Lo transcribo sin agregar, ni omitir ninguna frase; pero antes de entrar en materia, es conveniente hacer de este hombre, un breve análisis. Las silenciosas y contundentes luchas del alma; el camino que sigue el corazón en busca de su sueño. El cuerpo predilecto, el romance prohibido. El desvío que lleva por senderos desconocidos a lejanías sin límites, y que a pesar de ello desembocan inexorables en la jungla de la desolación paranoica. Todas estas facetas son dignas de consideración minuciosa y se encuentran en este texto, unido todo a una exquisita sensibilidad que hace que éste sea interesante. Es bien sabido, la experiencia así lo corrobora, que el ser humano cuando es sensible, no es brutal y nunca usa la fuerza, ni física ni mental para conquistar lo que desea; cuánto menos cuando se trata de atraer al ser que ama y admira, buscando con ello dar valor y significado a su vida. Este hombre llega a aceptar la gran verdad que envuelve el hecho de la existencia y comprende que, no es la vida un globo inflado de gas, sino algo grande y hermoso por lo cual ha de lucharse con actitud resuelta. Bien singular es la historia de Arnaldo, el de modales discretos, quien hizo de la vida una fiesta, aunque no demostrara ni alegría, ni tormento. Fue un amante perfecto; el tiempo amigo y juez de todas nuestras acciones lo pone en evidencia en estas páginas. El pasado coloca hoy sus manos en las mías y ordena: Escribe sin alterar todo el contenido de este texto, el cual guarda una historia de amor, siempre antigua y siempre nueva, porque no hay nada en ella que en otro tiempo no hubiese llegado a ser real, aún con más premura y hasta con más ardorosa pasión que en la presente. Arnaldo decía: Aquello que deseamos encontrar en el bazar de la vida, no es lo que encontramos a través de su transcurso. Encontramos las cosas que el Destino nos depara y éstas llegan sin ningún fallo. Parodiando las palabras de un viejo trovador, puede expresarse. “Todo puede llegar, pero se advierte que todo llega tarde, hasta la muerte”. También el amor; el escribir un libro y muy probable, la unión matrimonial, o la unión libre. Cien años es el tiempo que anhelamos vivir, quienes traspasamos la barreara de los cincuenta, comentaba Arnaldo. ¿Y luego qué? Proseguía. Un amor en la época otoñal es algo grato. Así como al venirse encima las sombras de la tarde es agradable encontrar una morada en donde haya calor, lumbre y comida; una manta, un colchón, una almohada y sobre ésta una cara amiga, unos ojos que nos miren con ternura y una boca que nos hable y nos diga palabras consoladoras y nos exprese lo valioso que es estar acompañados; si esa boca nos miente, todo es válido, con tal de ver salir el Sol, vale asomarse a la ventana, así haga frío y la brisa nos envuelva. Luego surgirá la duda y la razón preguntará en toda ocasión por la verdad de las cosas rutinarias: ¿Qué hay tras de esos ojos que me regalan por un momento la visión de un paraíso con la placidez que éstos poseen? ¿Cuáles palabras llegarán a pronunciar esos labios que ahora me sonríen? ¿Qué o cuáles circunstancias alejarán de nuestro alcance, esa presencia que ahora amamos? El presente es lo único que cuenta, decía Arnaldo. Ignoramos si, mañana aún estemos vivos. Hasta la frase que empezamos, no sabemos si desarticulada quede trunca y la idea fenezca sin haber brotado de los labios, como una similla que al germinar, el agua la sofoca. El pasado no es más que un sueño. ¿Quién puede decir si hasta el presente no es otra cosa que una forma diferente de soñar? Una ilusión que en determinado momento llega a ser tangible, para luego dejar sólo una huella. Huella que alcanzará a prolongarse por muchos años, incluso toda la vida. De lo anterior expuesto se deduce que la única realidad es el momento presente; el instante que se va, entra a formar parte del pasado, cadena interminable de las horas. Hasta el momento que antecede a una acción, no es más que historia. Dicha historia es rememorada en horas de profundas reflexiones, cuando la penumbra que precede a la noche ilumina el corto trayecto que resta para alcanzar el límite que deja atrás lo ya vivido y aquel lugar es ocupado por la enorme procesión de horas pasadas. Toda historia tiene algo de leyenda, cuando al pasar por muchas bocas las adornan, o las distorsionan con un toque de ficción fantástica, que hace que los asuntos tomen otros rumbos, a veces errados. La que voy a contar no ha trapazado el cerrojo de mi boca, por esto es auténtica y además me pertenece. Varias personas no escriben su historia porque temen al qué dirán y consideran una locura el hacerlo, hasta cierto punto tienen razón porque luego vendrán los comentarios, quizás , los más soeces. Si soy un equivocado, esa es mi situación, pero un equivocado también sufre y tiene necesidades tanto físicas como morales. La necesidad de amar y si es posible, ser amado es esencial, junto a ésta están latentes toda una cantidad de expectativas. Como el tabaquismo cura muchas enfermedades, sin que yo sepa cuales, así la costumbre de escribir cura muchos males que tienen orígenes en implicaciones relacionadas con la forma de vivir. Vivir, he aquí la palabra clave, desde la cuna hasta la tumba no hacemos otra cosa. Vivir, es de vital importancia. Si vivimos bien o mal, eso depende de las circunstancias que se presenten en el transcurso de la vida misma. Al empezar a escribir parte de mis memorias, me acojo al código del ser interior, para así poder imprimirle a estas frases la fuerza que me inclinó a obrar en una forma diferente y nunca sabré si equivocada. Perdóneme el lector, lo imprudente que puedo llegar a serle. No ha sido mi vida un modelo que deba imitarse, por el contrario, soy un cúmulo de defectos que han perdurado en mí, y que puestos a prueba en múltiples combates salieron vencedores, pero en el bando opuesto. La llamada de la carne hacia los goces, es más fuerte que el débil farfullar de la razón. A veces nos creemos puros, porque despreciamos cosas que nunca deseamos. La verdad es otra, las rehusamos porque no nos incumben, ni nos llaman la atención. En cambio, hay otras que no quisiéramos desearlas, y desde el fondo oscuro de las entrañas surge el grito del deseo disfrazado de ternura. Cuando esto ocurre, nuestra voluntad se embota y entonces somos lo que no debiéramos de ser, juguetes del Destino, o de las circunstancias. Aquí estoy como el viajero cansado de recorrer largos caminos, que se detiene para descansar, al darse cuenta que su cansancio en el alma es permanente, continúa su derrotero sin detenerse a cavilar en nada; avanza y admite que es sólo un ser humano y que como tal está expuesto a todas las vicisitudes del Destino. Mi abuela materna tenía un dicho muy apropiado para estos casos: “Quien entre el barro vive, no extrañe verse enlodado, que la tierra de eso sirve y es ley del destino a ésta estar atado”. Con dureza me trató la vida en mis años de niñez. ¿Por qué acrecentar la tragedia, si desventuras tengo ya de sobra? Amigo lector, si estas páginas llegaran a ser leídas no me condenes, antes de escribirlas vacilé temiendo la reacción que puedan tener quienes lo hagan. Sí recomiendo que si no tenéis suficiente formación para hacerlo, es mejor deshacerse a tiempo de aquello que puede causar un resquemor doloroso sin motivo, pero de graves consecuencia. Es verdad lo expuesto en este escrito, por eso exijo respeto e imparcialidad. No me confundan, quien peca y lo confiesa, es hombre que el bien desea y previene a los otros. Llegó el momento de la tremenda verdad. Soy un hombre de sentimientos y sé amar con intensa pasión. Esto no tiene nada de anormal. Mi tragedia consiste en un desvío que se extiende a partir de la parte en que el sentimiento nace y se convierte en los anhelos de poseer lo amado. Sin embargo, esta no es la causa de mi inquietud, es que mi inclinación erótica está orientada exclusivamente hacia un jovencito de dieciséis años cumplidos, un efebo de líneas delicadas y armoniosas, de modales finos y comportamiento normal como cualquiera otro, y sin embargo, es dulce; aquello me atrae impulsándome a buscarlo a como dé lugar. Su cuerpo esbelto, sus movimientos, gestos, su sonrisa; todo en él es para mí, motivo de admiración y de embeleso. Estos amores fueron exaltados y cantados por antiguos poetas, en especial griegos y romanos. Algunos escritores mordernos lo han expresado también en diferente forma. No es un caso nuevo, así la gente, ante un caso como este recele y de muestras de total ignorancia e incomprensión. Resultan ser astutos quienes aparentan ser los más sanos, cuando en verdad no lo son, en vez de eso son unos lobos que tienen conocimientos más allá de lo común y aplican el método de Freud en el psicoanálisis, que consiste en señalar en los demás lo que está dentro de nosotros. El amor no se compra, se gana. Siempre y en cualquier forma habremos de cosechar lo que sembramos. No se cogen higos de las zarzas, ni peras del limón. Di mucho amor es verdad, mi dicha es haber encontrado un nido en donde calentar el corazón aterido por el hielo de la soledad y la carencia de afecto. Vuelvo a retomar el camino sin detenerme a preguntar si gané o perdí. Sé que al ganar un cariño conseguí la estabilidad emocional, con la certeza de saber que amé; esta realidad da soporte a mi vida; en este hecho elemental encuentro la valía necesaria para poder seguir mi oscuro derrotero hasta encontrar al fin la fe perdida; aquella que perdí en mi ya lejana juventud, cuando asomaron los primeros brotes de amargura en mi sendero, y fui errante por los caminos del mundo, mendigando una paz que no encontré, porque ésta se encontraba en la sombra amada y perseguida, la cual aún no había aparecido en mi camino. ¿Cómo llegué a tal audacia, yo un ser retraído y solitario? ¿Cómo conseguí desligarme de esa timidez que con candor morboso me embargaba cada vez que pretendía establecer una amistad con una persona de mi agrado? Tanto lucha por salir de su saco la crisálida que al fin escapa y llega a ser activa. Cansado de llamar sin obtener respuesta estaba congelada la capacidad de amar dentro de mí. En una tarde iluminada por los destellos de una luz que tenía la propiedad tónica de inundar el corazón y el espíritu encogidos como estaban, llenándolos de alegría y esperanza. Ante tal resplandor las puertas del alma se abren y esperan algo que dé razón para que en el ambiente haya la expectación que se percibe. En la temporada previa al invierno caen las hojas secas arrancadas por el viento y los árboles se muestran solidarios. Magníficos momentos aquellos. El alma universal lo intuye todo y los movimientos de las almas lo perciben. Por las gradas que ascienden al salón en que yo estaba, subía un zagal con la mirada baja, como poseído por un íntimo pesar, uno de esos pesares que pesan en el alma como piedras. Cuando había subido ya el último escalón, miró de frente y pude ver el fulgor de sus ojos y en éstos el encanto de los seres que al sufrir, conservan la serenidad apacible haciendo que irradien luz. Ojos ensoñadores y al mismo tiempo francos en los cuales asomaba un dolor, no obstante tener su dueño quince años y estar su boca iluminada por la más bella de todas las sonrisas. Quince años y ya el dolor tomaba posesión de aquel corazón tierno y posiblemente puro. Le miré y él me miró, eso fue todo. Ni un saludo, ni otra mirada siquiera. A pesar de esta carencia de detalles, desde ese día esa imagen fue conmigo por doquier mis pasos iban. Como una calcomanía pegada en un espejo, es lo primero que vemos al acercarnos a él, así estaba presente el recuerdo de quien desde el primer instante en que le vi, llenó mi corazón de dulces inquietudes. Pasaron unos meses, quizás un año y otra vez tuve aquel rostro junto a mí. Pude ver que era en realidad hermoso, con el encanto lozano y pleno que lucen quienes además de jóvenes, gozan de salud perfecta. Yo ya sabía su nombre, lo había escuchado varias veces cuando sus amigos lo invitaban a jugar billar. Esta vez que se hizo presente, lo llamé por su nombre y tuve la grata satisfacción de ver que al aproximarse a mí, me sonreía tal como lo hacen los adolescentes humildes, llenos de inmensa paz, que real o ficticia tiene la transparencia de las copas de cristal, cuando aún están en las vitrinas y no han sido usadas todavía. Aquella tarde lo invité a cenar; al principio se comportó con exagerada timidez, estuvo muy parco; casi receloso y a pesar de todo no rehuyó la amistad que yo le brindaba, movido por la simpatía que su manera de ser me inspiraba. Desde esa tarde nos seguimos encontrando con regular frecuencia y en cada conversación que teníamos, iba desapareciendo la extrema timidez del primer encuentro. Contestaba a mis preguntas con frases cortas, características de los jóvenes que por naturaleza son reservados. Sin dar mayor importancia a estos pequeños de talles, llegamos a comprendernos mutuamente y después de pasados unos días, quince o veinte, llegamos a intimidar, convirtiéndonos en amigos permanentes y con derechos. Yo le daba mucho cariño, él me correspondía con esa gracia exquisita con la cual, las personas de nobles sentimientos, sin repliegues ni dobleces, saben hacerlo no mostrando falsas expresiones. La planta de un amor había echado sus raíces; ahora no quedaba otra alternativa que cultivarla y recoger sus frutos. En cada encuentro, en cada conversación, cada vez que nos tratábamos, llegamos hasta el punto de rozar nuestras almas como rozan las aves sus plumas en sus nidos, o como el viento que se adentra en el mar roza sus ondas. Así llegamos a conocer nuestras debilidades más nimias e insignificantes, y los pasados errores no fueron más que asuntos sin importancia; éstos pertenecían al pasado y eso ya estaba atrás y no tenían modificación ni remedio. ¡Qué comprensión la de aquel chico!, más bien parecía que era él, el que perdonaba mis pasados errores. En esa forma yo cambié de actitud ante la vida y fui feliz en ese entonces. Los días pasaban y los encuentros se repetían. Era la expectativa del encuentro la que bastaba para que un delicado estremecimiento recorriera mi cuerpo, causándome una sensación inigualable. El roce de sus mejillas rosadas y rozagantes producían en las mías el goce que había soñado desde que yo le conocí. La juventud es demasiado hermosa y cuando un ser no carente de gracia la posee, no hay nada que pueda equipararse a algo tan maravilloso como es la estación en la cual todas las flores, ante el esplendor de ésta, se ven ya deslustradas. Con todas estas cualidades a favor de la lozanía que la adorna, hay que tener presente una falencia que está en su contra: La belleza de la juventud es pasajera. Un día cualquiera me di cuenta de que mi niño había cambiado. Ya no tenía su cara la tersura que mostraba, cuando le vi por vez primera en el salón de billares, en una tarde en medio de otros jovencitos de su misma edad, de los cuales él era el que iluminaba el recinto con su belleza deslumbrante. Escribo esta historia cuando ya el sol ha recorrido la mayor parte de su trayectoria y su luz entra por mi ventana que da a occidente, la amiga confidencial que sabe de mis estados de ánimo, de mis angustias y depresiones y sobre todo, de los secretos del corazón, cuando fogoso marcha en pos de nuevas esperanzas, o se aflige por una pérdida irreparable, cuando ya concluido el embrujo sea un recuerdo que se esfuma. No he tenido amor más bien correspondido que éste. El idilio realizado en completa calma. De entrega total y comprensión suficiente para estabilizarme y poder ser feliz. Ninguna boca más dulce, ningunos ojos como los de aquel jovencito, llenos de bondad. Su mirada me trasmitía la serenidad de las almas puras que saben expresar sin reticencias los sentimientos de inefable paz. Ninguna frente como aquella en que la mía se detuvo por momentos, y por medio de ese contacto lleno de ternura y delicadeza, pude sanar la vieja herida causada por el dolor, el vacío y la fatalidad del alma, cuando está completamente sola y padece de manera constante. Ahora que aquello se convirtió en recuerdo, veo cómo es de falaz la ilusión. ¡Cómo se va la vida! Hoy al encontrarme frente a quien mi tardío amor todavía le corresponde, lo encuentro convertido en todo un varón: voz grave, manos fuertes, y esa mirada de quien se siente valeroso, me asombra pero no me hace emprender la retirada. De mi chico el bien amado, la imagen de niño cariñoso fue la que se grabó en mi mente. Sé que esto es sólo un recuerdo y a pesar de todo, sigo amándole con un amor tan grande, como el que debe sentir un padre por su hijo que trasciende la adolescencia y que por razones biológicas pasa a engrosar las filas de las personas que buscan compañía. Ya no paso a su lado tanto tiempo como antes, cuando todos los días llegaba él con la sonrisa en sus labios, demostrándome con ello el afecto que me hacía feliz. Ya pasan varios días sin que nos encontremos, no obstante existe una fuerza que nos une, y por eso no tenemos valor para alejarnos de manera definitiva. Algún día, no sé cuando, nos habremos de separar y para entonces, los recuerdos se aglutinarán en mi memoria y acudirán en hileras haciendo de ese desfile, una leyenda. Cuando los recuerdos son gratos pueden iluminar las avenidas desiertas por las cuales un día pasamos mirando los guiños que en el momento presente nos hacía la vida, sembrando de plantas perfumadas los jardines que después no supimos en dónde estaban ubicados porque fueron reflejos de nuestra misma ilusión. Tenía razón Mahoma cuando dijo: “No pongas tus ojos sobre los ojos de los imberbes, ellos en su mirada tienen el fuego y la hermosura de las Huríes del paraíso. Aguijonean, sugestionan y enervan. Esquívalos si no quieres ser esclavo de sus encantos. Debes tener bien presente que después de amados son difíciles de olvidar”. Por una gracia del destino, los amores nuevos matan a los pretéritos, son éstos los que irrumpen cuando los viejos no son más que fantasmas en la noche del pasado. Mas, no debes de olvidar el antiguo dicho: “Puede el último amor ser el primero”. Arnaldo embargado de nostalgia, escribía: Hoy que me miras con la tristeza muda con que el olvido nubla las pupilas más sinceras. Así como en una playa, la marea espera que llegue el viento y la remueva. Cuando el invierno llega, todo resulta triste a pesar de su singular belleza. Amigo del alma, me miras como si estuvieras distante; yo en cambio, sí lo estoy. Vienes a mí y tu búsqueda es en vano, ya no soy el que te amaba con tan ferviente pasión. Siempre he sido un aventurero que ama y se aleja, dejando una huella donde su mano se extiende y acaricia por el placer sensual de percibir el calor de un cuerpo que conserve la placidez de un capullo primaveral. No te engaño; digo la verdad, y aunque te ame todavía, este amor apaciguado va tomando la ruta silenciosa que conduce a través de las tierras del olvido a partes ignoradas y desconocidas. A pesar de todo, el recuerdo de este amor es especial, porque nació del agradecimiento, debido a la bondad de quien lo inspiró desde el principio. Desde el fondo del alma, en ese cuarto en donde se almacenan los recuerdos, resulto ser una fotografía olvidada que el tiempo destiñó, haciéndola borrosa. ¿La recuerdas? ¿No? De esto no soy culpable, tanto he cambiado que a mis propios ojos soy extraño. Refresca tu memoria, soy el mismo que una tarde se cruzó en tu senda, el que te dijo que necesitaba un ser para unir a él su existencia y vio en ti el ser más fresco, que me atraía como el imán al acero; como las verdes praderas a todos los semovientes viajeros después de cruzar la estepa y padecer el ardor de sequías. Sobra decir que deseaba que aquel ser estuviera dotado de sentimientos, en eso fui muy afortunado. Sois un milagro, en la forma de amar eres prodigioso. La estrella de mi noche con su luz resplandeciente orientó mi vida llevándome hasta tu encuentro. Un día mi estrella se detuvo sobre las sienes nimbadas de una persona lozana como ninguna otra. Desde entonces, no tuvo paz ni descanso mi vida; una formidable inquietud me agobiaba, y en medio de esa tormenta llegué a encontrarte. Cómo negar que cuando el alma elige, no da tregua hasta que alcanza a aquello por lo cual pudiera entregar hasta la vida, si fuere necesario. Cuántas frustraciones tuve que experimentar. Imposible enumerarlas, te miraba descender por la pendiente que cae hasta el fondo del abismo. ¿Cómo retenerte, salvarte, hacer que cambiaras de dirección? Lo alcanzaría conquistando tu cariño y una tarde mi deseo te alcanzó. ¿Me di cuenta de lo viejo que yo estaba? Ni siquiera lo pensé. Si en esto me hubiera detenido, por lo más sagrado, tu vida no hubiera dado el vuelco hacia tu regeneración. Allí estuve para salvarte, dándote mi cariño incondicional, mi afecto, mi ternura. Y fui feliz al encontrarte. La felicidad está en donde la otra parte necesita nuestro apoyo. Y, ¿Quién no ayuda a quien le inspira amor? Juntos hicimos un remanso en el lugar en que la ilusión se funde con la realidad, como los rayos del sol se funden en un recipiente en el cual, un sobrante de vino aún ocupa el fondo de la copa. La piel de quien fue mi ilusión era delicada como la corteza suave de un durazno bajo la límpida lumbre de los días estivales. Una leve sombra rodeaba su labio superior. Indecible el encanto de sus ojos, ni claros ni oscuros, más bien del color de la miel cuando llega al punto culminante. (Frase no poética, pero cierta). La noche en que miré aquel adolescente, desde el hall que estaba con vista al salón en que jugaban los más jóvenes, billar pool; esa noche presentí un incendio en mi corazón. Aquel rostro de trazos delicados, aquel cabello negro peinado con raya al centro, le daba un atractivo sin igual; aquella cabeza bien formada sobresalía por su hermosura entre todas las otras. Desde aquella misma noche le soñada distante y creía que nunca llegaría a acariciar ese piel tan rozagante con el embrujador color de los claveles en los jardines cercanos a la ciudad de Montiel de Claro Cielo. Más tarde, cuando sentí aquellas mejillas en mi rostro, me di cuenta que es posible, lo que el aparente imposible nos trata de ocultar, despistándonos del rumbo que debemos seguir. A nadie he amado como a este ser sin destino aparente, quien con mi ayuda y todas mis atenciones, hoy es un estudiante que tiene amistades sanas y busca temprano el techo de su hogar. El temido incendio, ni consumió mi bosque, ni arruinó su primavera. El fuego se fue apagando, de él no queda más que su calor. Me agradeció con creces. Le agradezco toda la ternura de que fui objeto, de sus atenciones especiales me siento congratulado. Para mí fue una flor reciente, abierta en el jardín en donde residen las rosas incomparables de la sinceridad. La más sobresaliente de todas sus cualidades: su belleza interior, su paz espiritual, su alma sencilla complementada por muchas cualidades que no nombro, pero que son un tesoro, uno de esos que el tiempo con su paso acrecienta cada vez más, cual lo hace el sol durante su transcurso. No hubo un final definitivo; al menos hasta el presente, él se convirtió en el amigo confidente, el que con una palabra puede sanar cualquier herida producida por el más crudo de los males. Lloré recostado en su pecho y con el consuelo de sus caricias, mis pesares huyeron. Hoy me queda la satisfacción de tener con quien compartir un poco de mis fantasías y ansiedades. Me acompaña la certeza de saber que tuve un alma amiga que me sirvió de cura para sanar la vieja herida que ocultaba bajo la apariencia de pino solitario. En el hall en donde una tarde miré el rostro que tanto me abismó, pienso en silencio: Lo que fue ilusión, ya sólo es un recuerdo y nada más; todo lo otro lo desconozco, no sé si en las bifurcaciones de los caminos, otros espacios pudieran ser poblados por cosas parecidas a las que yo encontré en su amable compañía. Vamos por la senda de la vida, caminando sin esperanzas, y de repente una visión nos deslumbra. Seguimos con ardoroso afán tras de ese sueño y cuando lo hemos alcanzado, en ese instante, sin que lo pensemos, todo termina. El querer se acaba. Un amor hecho nostalgia nos envuelve en su caricia helada, tal vez la más helada de cuantas pueda haber. Visión de isla lejana iluminada por los rayos de un sol de tintes rosa y ópalo donde quedó petrificada una esperanza adormecida en un lago de quietas y adormiladas aguas. Un delicado fulgor que proviene desde allí, alumbra el lugar en donde me encuentro; como quien recibe una caricia, sigo andando. Esa mi acción, este mi verbo. Arnaldo conmovido y trepidante anuncia: Cuando el olvido sea el pan de todas las mañanas. Cuando quieras encontrarme en el sitio en que nos encontrábamos como teníamos costumbre, y no me veas allí como antes, sabrás de la inmensa pasión con que te amaba. Ésta ya desvanecida será como la niebla de un gris amanecer, cuando el invierno llega y los colores desaparecen y el cielo tiene la palidez de un muerto. La presencia de quien no hace mucho era sólo un niño, cuando llegaba, ¿hace ya tiempos? Tal vez sí. Cuando llegaba, repito, su esplendorosa faz era como una flor de peonía, que así el campo esté desierto, con tal de que quede una de esas flores, ésta adorna todo lo demás con su placidez, incluso lo que carece de valor y no llama la atención de nadie. Encantador es el momento en que el invierno se une a la primavera. Ese momento lo vivimos tú y yo; por eso somos tan felices como éramos entonces; tal vez más, por la experiencia que adquirimos a través de nuestro cotidiano intercambio de palabras y las acciones en que estuvimos embebidos día tras día, mes tras mes. Yo te señalaba el camino que nunca fui capaz de transitar, porque al no hallarlo, mis pasos se dirigieron hacia otras direcciones. Tú lo hallaste, y continuarás en él si lo sigues con constancia y perseverancia. Ya no tenemos palabras que decirnos, ni gestos que expresar, somos dos seres que tenemos la certeza de haber cumplido una misión, la más interesante: habernos dado un poco de cariño y tal vez un pedacito de felicidad y amor. Así lo veo después de varios meses de soportar la pena que su ausencia me dejó. Yo no tendrás que cepillar tu dentadura con afán para acudir a nuestro encuentro. Ni tendrás que mentir en tu casa ocultando la finalidad de tu salida. Ni cuando llegues hasta mí, demostrar que no era yo, a quien buscabas. Cuando me saludabas, decir un simple ¿“Qué Hubo”?, y yo como un idiota debía de responder: ¿Qué tal te ha ido? Podréis ignorarme cuando pases por mi lado en compañía de tus amigos. Ya no tendréis que ocultar tu verdadera cara. Nada de máscaras que distorsionen, ni de maquillajes que cubran manchas imaginadas. Tu libertad exige cautela y ya no queda lugar en el cual nuestra relación particular pueda efectuarse. He percibido con la intuición que tiene el ciego, cómo nos miran con ojos cargados de maledicencia y envidia. Y tus ojos, tus divinos ojos claros podrán mirar hacia otra parte cuando nos encontremos de un momento a otro por las calles. No vayas a permitir que te traicionen, y menos que puedan descubrir qué fue lo nuestro. ¿Has escuchado alguna vez el canto del alma, su llanto, sus voces y el fluir de la melancolía? Es lo que podemos resumir en una palabra: nostalgia. ¿A dónde fueron las cosas que ayer hacían presencia y hoy brillan por su ausencia? Aquello que pudo ser y que no fue, es el pesar que sufren las almas y como si fuera poco, el vacío y la soledad de éstas se juntan formando una carga que recae sobre los hechos y las vivencias que en silencio dicen adiós y tornan al vacío. No sé qué parte del ser se conmueve en horas de fugaz ensueño, cuando el espíritu vaga por extrañas regiones que no logro identificar, porque pertenecen al inconsciente. Sí me doy cuenta de que ante mis propio hechos soy extraño y que seguiré siéndolo hasta el final. Quisiera que mis manos fueran como hojas de palma para poder cubrir tu cuerpo amado y protegerlo del frío y del calor. Te amo y mucho, como al hijo que nunca engendré. Como aquellas ciudades que soñé y que nunca pude conocer. Como ama el náufrago al puerto y el que vaga en el desierto, la estrella polar con sus esperanzadores fulgores. Tu imagen se desvanece como la visión de un sueño en los puentes tendidos entre la noche y la madrugada. Entre inercia e inquietud el deseo es el motor que da impulso a la expansión de las pasiones. Si la soledad es el estado natural en que se recupera el alma, ¿por qué cuando el amor se aleja, la nostalgia arde en ella como la sal en una herida? Beber el vino que un día, ayer nada más era mi consuelo, y aunque quien escanciaba la copa esté ausente, bebo a sorbos llenos el sabor de los recuerdos, y como aquel trovador de los bosques ecuatoriales, me refugio en éstos para ocultar del mundo mis muchos pesares. Las penas de amor por grandes, son hermosas. Todos sabemos cómo se ve de alegre el secadero de ropa con prendas de vestir extendidas en la terraza de la casa en donde habita la persona amada. También sabemos que cuando ya no vive allí, todo resulta desolado, como los jardines en que se cortan las flores en el momento mejor de su floración. El paisaje resulta triste, tan triste como si el invierno se hubiera llevado con su paso el esplendor y el atractivo que existía. Pocas son las horas de felicidad y largo el tiempo del olvido. ¿En verdad existe el olvido? Para mí no es más que una palabra cuyo significado encierra el recuerdo disfrazado de indiferencia. Caminando sin olvido va por todas partes quien ha sabido amar. Y, si nunca hubiera amado, ¿sería feliz? Bien relativo es aquello de la felicidad; más que todo deberíamos saber que mientras haya vida, la inquietud trae el tedio y cuando el humano sufre, se dice que está enfermo. Toda enfermedad del cuerpo o del alma, puede contarse entre las cosas que atormentan. Para mí fue un tormento tener que acostumbrarme a vivir lejos de mi ser amado. Después, aprendí a vivir sin verle y sin que me haya acostumbra del todo, puedo vivir sin contemplar su rostro ni tener su compañía. Arnaldo, en su abandono se sentía desprotegido y su mente volvió a ser la de un niño que había perdido las fuerzas de la moral, incluso hasta lo más elemental, su seguridad emocional, por eso escribía: El niño que te persigue sin tregua y que cae al saberse abandonado, es el mismo a quien la madre al alejarse, dejó entre un montón de enseres desordenados. Por eso se lamenta con el inmenso desconsuelo de un osezno, que de un momento a otro, perdió en un parque a quien le daba cariño y seguridad. Soy ese osezno, también aquel niño; la personificación del desamparo. Un arbusto entre cardos y repelentes ortigas. Ven, (dice mi ser adulto) te mostraré el bosque en donde habita el gran Ciervo, el que con su regia cornamenta subyuga, tanto a sus hembras, como a toda la manada. Te conduciré a través del horizonte, inundado por los rayos del sol de la mañana, hasta donde está la Vaca, aquella que da luz en forma de leche, transmitiendo energía en abundancia. Ríe pequeño con amor, ama la vida. Cada cual es padre y madre del niño que lleva en su interior desde la cuna. ¡Pobre niño!, con un padre como yo que se enamora del caprichoso perfil de una tormenta, y con todo, ¿quién semejante a mí puede salvarte? Quién, con la experiencia del que buscó durante muchos años en los pedregales de la vida, transitando por los sinuosos caminos de la ausencia, después de tanto sufrir llegó hasta este lugar, puede darte comprensión y amor, niño extraviado? Extraviado en los senderos de mí mismo, en las absorbentes lejanías de aquellas cosas que de tanto reiterar su alejamiento, se hacen fantasmas. Cuántos de estos fantasmas amé, seres sacados de los oscuros socavones de la mente, que iban buscando la verdad o la mentira. Y cosas, muchas cosas, como un arcón lleno de piedras, una pintura y un espejo junto a un reloj de punteros oxidados. Qué grandes catástrofes aquellas, ninguna exageración las sobrepasa. Serían las ocho o nueve de la mañana, lo deduzco por la ubicación de la casa en que estaba, en la parte occidental de una colina; en ese momento la luz daba en la pared oriental iluminando con suavidad la superficie. Contra esa pared, pintada de cal, como era lo habitual en esos tiempos, estaba reflejada la sombra de un niño de tres años. Estaba enojado, muy enfado; se entretenía mirando su sombra cual si viese en esta su alma reflejada. Esa sombra era la sombra del niño que ahora convertido en adulto, escribe esta historia desleída. No guardo en la memoria el motivo de ese enfado. Sólo puedo decir que este es el primer recuerdo consciente que conservo durante tantos años de algo que no puedo descifrar y que me asombra. No puedo constatar que entonces hubiera sentido miedo, como poco tiempo después empecé a sentirlo. Miedo de mi propia sombra y acaso de la sombra de mi sombra. Hay momentos en los que una persona desea morir para matar a otro ser que lleva dentro de sí, que aun no siendo ajeno, forma parte de otra entidad. Eso que llamamos, yo y sus agregados pueden resultar abominables. Ese es el motivo por el cual, en determinados casos quisiéramos morir para aniquilar al yo y sus derivados tiránicos que quieren dominar a todo lo demás que de nosotros forma parte, anulando lo mejor. Arnaldo estupefacto por las visiones del ayer, continuaba con sus escritos, como quien emprende un largo viaje, al que ya no le es posible renunciar. Enojado un niño así de pequeño, parece inverosímil. ¿Por qué, contra quién? Lo desconozco. De allí podrán partir mi soledad y mis melancólicas visiones y ese estado de postración que siempre me acompaña. Por más que el valle se vea desde la cumbre alegre, siempre algo triste en su extensión se advierte. Arnaldo hacía reminiscencias de otros amores secretos que llevaba encerrados en su pecho como espinas entre una tumba labrada en la ladera de una montaña, en las regiones desoladas de los páramos. Escribía como sigue: Un recuerdo confuso se cruza por mi mente abatida. Era muy niño, tan niño que no pasaba de los tres años. Un día fue a la casa campestre en donde residía mi familia y por supuesto también yo, otra familia; personas allegada a la parentela. Entre éstas iba un jovencito que según creo, tenía unos trece años; rubio, su pelo ensortijado un derroche de esplendor; su cara rosada fresca y radiante era, según creo, como la de los ángeles, esos seres místicos de los que había escuchado hablar a las personas mayores. Mi pobre ser infantil impulsado, no sé por qué fuerza interna, quedó maravillado ante la belleza incomparable de ese adolescente encantador. No estoy seguro si le pregunté a mi madre, si este era un ángel de los que había oído mencionar; entre brumas me parece escuchar su voz que me dijo: No, es un muchacho, como usted y como los otros. Yo me quedaría pensando, ¿y por qué “así”? No sé decir con qué adjetivo lo definiría, acaso con ninguno, tan sólo recuerdo que mi admiración hacia él fue tanta que lo seguí mirando de seguido, hasta que éste mi hizo un fiero gesto de rechazo y de desdén que me dejó anonadado, hundido en un pozo sin fondo, sin dimensión conocida. Créanmelo o no, de ese pozo nunca he podido salir, en él me ahogo. Después, cuando ya tenía siete años y entré a cursar mi primer año de estudios, ya me identifiqué con el “asunto” un poco más; por supuesto que todavía con inocencia. Un niño que estudiaba en tercero, saltando desde una tapia se fracturó una pierna. Recuerdo cuando los profesores lo alzaron del suelo, cómo hacía gestos de dolor y cómo lloraba, y cómo se entristeció mi alma cuando lo vi padecer. Después, cuando se recuperó y volvió a estudiar, yo lo miraba mucho. Cuando asistíamos a misa los domingos, yo no apartaba mis ojos de su rostro; era bello como aquél que en mi infancia había viso, afortunadamente éste no era así de cruel. Estos casos, o incidentes pasaron sin ninguna consecuencia; no sé si alguien lo notó, si así fue, vaya al carajo. Lo único que yo tengo bien presente, es que yo no soy un pervertido, como quisieron hacérmelo creer después algunos de esos que quieren hacerse pasar por puros y castos como Luis Gonzaga el Santo, del cual no hablo en términos irreverentes, ni dudo que hubiese sido casto, como lo afirma la historia. La historia a veces cuenta la verdad, otras la encubre, pero bueno, esos son temas muy aparte. Lo que a mí me atañe es que, tuve la inclinación que presento ahora, desde que nací, por lo tanto no soy un pervertido; nadie se pervierte cuando se conserva en el estado y condición que presentó desde el principio y quizás desde antes. Cada vida es un misterio y esto la hace interesante y amable. Nadie puede considerarse enteramente puro, ese estado es posesión exclusiva de los ángeles, si es que existen. Después admiré a otros chicos, hermosos todos con los cuales no tuve ni un sí, ni un no, pero ellos me miraban pensativos y creo que algunos se dieron cuenta de mi condición; no me dijeron nada ni me atacaron y hasta creo que algunos me hubieran aceptado, pero yo no me decidí, porque era tímido y no quería que los demás me tildaran de inmoral, o de algo así. Arnaldo con visión retrospectiva miraba el pasado y encontraba en él, otras historias dolorosas, pero sin que los hechos hubieran llegado a cristalizarse. Así se expresaba: Trasegando por los senderos del recuerdo rememoro: aquel otro muchacho que admiré desde la distancia, tenía el cabello lustroso como el oro, semejante a ese metal resplandeciente. Tenía los ojos como el mar cuando la aurora aparece en el horizonte. Un tinte ligeramente gris y un extravío leve, le daban un aspecto quimérico, lejano, huidizo e imposible. Su cara tenía la belleza de un dios griego y la frescura del lirio de los valles. Su tez nacarada, sus labios de seda y el contorno de su cara eran perfectos. Y al continuar Arnaldo rememorando y escribiendo, expresaba: bien, ya lo han notado, que amé con pasión sublime a aquel mancebo. Fue para mí el sol de mis amaneceres; la noche tenía el embrujo de una fiesta saturnal, cuando por mi lado se cruzaba. Arnaldo delirante continuaba. Yo deseaba verlo a todo momento, sin ninguna intención ni compromiso. Estar presente en su vida cuando la sombra de vellos irrumpiera sobre su labio superior, entonces, a la vista estaría todo cuanto la juventud demuestra y notifica. Escuchar y percibir el cambio de su voz y ver cómo se iban ensanchando los tendones en ese cuerpo delgado, flexible y ágil. Tenerlo como un hijo, amarlo; darle el amor que no entregué a nadie, excepto el que compartí con el amigo que llenó por un tiempo todo el paisaje de mi vida y que amé con devoción exclusiva. Todavía me siento como si nunca me hubiera desprendido de aquel muchacho tímido y dulce, adornado con nobles sentimientos que no creía tener que ser compadecido, que se parecía en todo a ese que yo fui cuando era adolescente; claro que sin el esplendor que éste tenía. El otro, el del cual he venido hablando, era sólo ilusión, y sin embargo, con cuánto anhelo deseaba una cantidad de cosas como éstas: Verlo en las mañanas dirigiéndose al colegio; luego a la universidad; después ya egresado de allí hecho todo un profesional, eso ya sería mucho. Cómo corta el filo de la realidad la flor que pudo ser y nunca fue. ¿Háyase visto frustración como la mía? Esas eran mis ambiciones, en cambio lo he visto por las calles andar cual un viajero que mira en la distancia el barco que se aleja. He visto en sus pupilas, amadas como ningunas, que camina en el sendero donde el amor está ausente, o tal vez no lo haya encontrado todavía. Eso sería mejor, porque pudiera llegar a encontrarlo quizás pronto. Así sería feliz y no sufriría, si es que acaso sufre. Nunca lo tuve cerca y menos supe como gastaba su vida, ni a qué parte ha llegado su andar siempre deprisa, aunque discreto. Cuando sin esperarlo veo que pasa, una punzada de frialdad suprema me parte el alma a martillazos. Éstos en el aire se blanden inclementes y mi alma solitaria padece y sin que lo pueda evitar, sufro en silencio. ¿Cobardía? No lo sabría decir, quien siente una pasión no la determina, si en ello se ocupara dejaría de ser un enamorado de la belleza convirtiéndose en un filósofo de bajo perfil. Arnaldo continuaba en tan doloroso caso así: A veces pasa con rumbo indefinido, yo sigo caminando, él también; él me mira con un poquito de odio, como si me dijera; ¿Qué culpa tengo yo si mi belleza te impacta? Ninguna culpa dolor de mi cabeza, martirio del alma, espina y aflicción de mis sentidos. No existe culpa alguna en nadie; las determinaciones que toma el corazón son un enigma. Jamás se encontraron nuestras vidas, nunca nos dimos un saludo; no sepe cómo interpretaba mis miradas. Para él, podían ser dardos, acaso más que eso, expoliación; es decir una violación a su hermosura. Pudo sentirse despojado con violencia de su intimidad, cosa que yo no traspasé, ni intenté jamás hacerlo. No quiso juntarnos el Destino, no pudo ser así. No lo sé, pero supongo, que cuando va por la calle solo, siempre solo y aparte, un secreto dolor le quema el alma y un ligero escalofrío lo tortura. Arnaldo cavilaba. ¿Qué extraño resquemor lo hace distante? Vaya uno a saber qué le acontece. No lo sé ni pretendo saberlo; presumo que su vida pisa la tierra del dolor, y tal vez sepa cómo se sufre cuando se pierden las huellas de quien se ama. Arnaldo lo comprendía y lo compendiaba así: Y saber que un día hubiera dado mucha parte de mí, por estar un sólo momento a su lado, ver su sonrisa y oírle su voz. Su voz que se perdió en la noche, junto a las palabras que jamás pude escuchar de esa boca que hubiera sembrado de dulces esperanzas, con las más sencillas palabras, el desierto por el cual se desliza mi sombra en pos del destino final. (¿Qué diría en este momento, Platón si existiera; cómo definiría un caso como este? Yo, un profano de tiempo completo, lo denomino como una locura incurable; desvío que opera aparte de la razón. Lejos de ser una ricura, como muchos quieren hacernos creer, lo catalogo como un tormento que nadie puede discernir, porque son cosas que están más allá del alcance de toda comprensión, cosas que desde todo punto de vista, parten desde alma). Tarde es para deshilvanar el hilo del destino cosido a la burda tela de la fatalidad. Arnaldo se desprende del pasado dejando jirones de sí mismo en las encrucijadas de las calles, parques y avenidas, por las cuales caminó cargando un fardo de angustias y dolores. Por eso graba en su cuaderno de apuntes frases como estas: “Hoy mi vida tiene una nueva ilusión, un ser semejante a aquel cruza mi senda. Su ojos color ambarino, distan mucho del atractivo de aquellos que trastornaron mi existencia, pero éstos sí me miran. Su cara ovalada recibe mis caricias, ruborizándose con apacible gracia. Su boca dulce, me brinda su exquisitez suprema. Ahora soy feliz. ¿Por cuánto tiempo? Imposible pronosticar casos como este. La vida va en curvas, bajadas y subidas y bien puede en un bajón cambiar de rumbo”. Cada cual tiene al fin lo que desea, aunque todo no es más que ilusión, simple espejismo. Sin embargo, ¿quién no sigue el impulso que lo guía en pos de la dicha apetecida? Tras esa dicha, va el joven, va el anciano, y quién creyera, hasta el santo se regocija al esperar un premio, una palma en recompensa de un sacrificio. No a la muerte. Sí a la vida. Esa mi consigna y gracia salvadora. Todos tenemos derechos, así quieran otros, despojarnos de ellos. Arnaldo filosofaba en medio de su angustia existencial: No hay más que una realidad, nacer y morir. Todo lo demás es aleteo de pájaro ciego que presume de ser una cometa. Cuando se percata, dándose por enterado de que nos es más que buche y plumas, se acobarda y deja caer sus alas hasta el suelo. En cambio, su angustia sí es verdad, sus pesadumbres y dolores. El ser humano se echa sobre sus hombros pesadas cargas de responsabilidades; cuando se siente abrumado por el peso, quiere ser libre. Implora el muy majadero, cuando ya la carga resulta intolerable, que le quiten el peso de encima o la alivianen. ¿Para qué? La tumba al estar cerca tiene el remedio para todos los dolores. La estulticia ciega al hombre y lo hace ver paraísos en donde no hay más que desventuras y fuentes de agua viva, en donde sólo hay lodo y lejía a toda hora. Todo mundo parte, o quiere partir, así sea hacia su interioridad, el viaje más lejano. Para todo llega la hora y llegó la de partir. Llevo en la mente un bagaje de vivencias, sinsabores y experiencias ya tornadas en recuerdos. Tengo certezas y dudas; más dudas que certezas. Después de recorrer largas distancias, el corazón se siente fatigado; una inquietud lo asalta noche y día y el leve rumor que hace una hoja al caer lo pone en vilo. Si volviera a amar, tal vez lo haría con la experiencia que acumulé en el último romance. El acto de amar más que todo, es un tormento. El reloj marca la hora, la brújula señala el norte; reloj y brújula fallan y lo que llamamos precisión, se torna en incertidumbre; cuando falla la brújula, quien por ésta se orienta, queda desconcertado, no sabe qué rumbo tomar, si avanzar o retroceder, marchar a la deriva o elevarse, pero, ¿cómo? Ésta es la incógnita, ¿cuál la solución? Dímelo caminante; tú que has podido cruzar por los caminos que se adentran en las llanuras inconmensurables de la angustia existencial y regresar de allí envuelto en una nube de olvido a la manera de un sudario. Arnaldo escribía en una simple libreta de apuntes. Los amores que se esfumaron en el tiempo, son como la esencia de las flores que al desprenderse de éstas, se diluye. Si el recuerdo mata, con esa muerte expiaré mis culpas, porque si hice sufrir, he de pagarlo. No estoy seguro de haber sido correspondido en mis apegos o pasiones. Tengo dolorosas experiencias, y creo que pensar en que lo fui, es una inocentada. Basta con ser prisionero de un instinto, de esos que los moralistas llaman bajos, para saber cuánta miseria hay en el fondo de nuestra propia vida. Miseria en nuestros deseos y cuando éstos son realizados, hay miserias también allí, porque la carne siempre se revuelca en el fango, lo sucio y vil. Mas, aquellos que aman y son correspondidos, se sienten limpios, aunque lo inmundo y lo cochino, en ellos sea el pan del día y del atardecer, tienen la ilusión y esa vale por todo lo demás. Estar aquí escribiendo estas líneas, ver cómo las palabras van llenando los espacios vacíos en el papel que tengo enfrente. Esto lo llamo vivir, estar presente; ocupar el tiempo haciendo un oficio, a veces el más infausto, pero haciendo algo, como el viento y la lluvia que al socavar la barranca se abren paso, dejando su huella permanente. Anoche cuando dormía, un lejano rumor de alas batientes, (concretamente Recuerdos), me hacían ligero como una pluma de un pájaro sin nombre. Todo pájaro está hecho de plumas, buche y caca y una pequeña porción de tendoncitos. Mirad las catedrales en las que abundan las palomas, ¿qué impresión causan a la vista? Qué desastrosas, qué cochino su entorno, y no obstante son hermosas cuando al batir sus alas remontan las alturas en curvo y rumoroso vuelo. Con ello nos dan ejemplo de superación en todo tiempo y nos animan. Arnaldo continuaba en sus divagaciones en esta forma: Fui buscando como quien emprende una tarea hasta encontrar una perla en una ciudad atestada de gentes de todas las calañas. Al fin encontré la que deseaba. ¿Quién me puede decir si lo hallado es eterno, o es una copa tan frágil como el hielo, que cuando calienta el sol, no es más que agua? Arnaldo se cuestionaba: ¿Con qué rostro hallé al que buscaba? Trataré de describirlo. La amistad unida a una cadena de detalles, que en su conjunto forma un traje sutil que envuelve a dos. Dos que en un momento de profundo recogimiento espiritual, se convierten en uno, y sin embargo, no son más que dos islas que colisionan atraídas por fuerzas opuestas, para luego ir cada una a la deriva; una parte hacia su sueño, otra a la inercia, ese estado de apacibilidad que nos abraza en la primera caricia que recibimos, cuando llegamos como encomienda al puerto de la vida. ¡Oh universo!, aquellos ojos que nos miraban embelesados por el milagro asombroso de la vida que continuaba. Aquella composición de imágenes que se operaba en nuestro cerebro, el universo personal. Por medio del estímulo constante de las neuronas, pudimos alcanzar a apreciar todo cuanto se acercaba a nuestro campo visual y pudimos establecer contacto con todo lo que desde ese momento nos rodea, a través de nuestro tacto. El mundo cambia, también nosotros. Cuando llegamos a la edad adulta exigimos libertad. ¿Para qué? Para podernos identificar con nuestro grupo. Después de mucho tiempo y de experimentar un sin número de contratiempos, llegamos a comprender que la libertad no existe más que en forma relativa, nunca absoluta. Ahí se presenta el embrollo, queremos romper las ligaduras que nos atan a una infancia dependiente. Queremos elegir, ser competentes en todo lo que tenga que ver con nuestra libertad. Ir tras de lo que nos agrada, en lo cual creemos que radica nuestra felicidad o dicha. Cuando encontramos el ser que nos agrada y llena al nuestro con su presencia y sus virtudes, cualidades y defectos, porque éstos llegan a ser también aceptados, entonces podemos ser felices o al menos creemos que lo somos. Es lento todo aprendizaje, nos cuesta entender qué nos conviene; a veces vamos a buscar una ilusión y encontramos tan sólo decepciones. Esto no es al azar, hay algo implicado que no logramos saber donde radica. (Para eso están los psicólogos expertos en los temas más insólitos). Porqué nos agrada tal o cual cosa y porqué rehusamos otras, esto resulta incongruente. Porqué nos agradan unas personas, mientras que otras nos son indiferentes, eso es lo más trascendental y calamitoso de todo, ¿porqué podemos amar a unas personas y no a otras?, y como si esto fuera sencillo y no repercutiera en nada en absoluto, a unos nos nace desde lo más profundo del ser, amar a personas de nuestro mismo sexo, de preferencia adolescentes, sin que lleguemos a saber qué viene implícito; nada más que por ser éstos seres hermosos y tener la gracia de los nardos cuando el rocío los humedece y el Sol les da su brillo, o las estrellas sus fulgores y el aire, el temblor de lo imposible. Un hormigueo o escalofrío nos sacude cuando los ojos de aquéllos se dirigen a nosotros. Lo digo así, porque no tengo otra forma de expresar el atractivo que han ejercido en mí, estos monstruos tentadores, aguijoneadores de pasiones prohibidas y burladores de las mismas. Arnaldo da una mirada al pasado, como aquel que ve en retrospectiva el barco que abandonó, no hace ya mucho. Dice en su cantar, casi en mormullos: Cuando miramos hacia atrás, cosa estupenda, las imágenes se han hecho tan livianas, que una estatua de mármol parece de algodón y las montañas, formadas de neblina. Recordar los cuerpos amados, sus rostros, sus detalles. Esos brazos que fueron nuestra dicha en horas de tormentosa pasión y de ternuras supremas, nos retuvieron por un tiempo; por último nos dejaron partir y se ausentaron; tanto se aleja quien se va, como quien queda. Después esa sensación de vacío, soledad, tormento y pena. Todo esto reunido, da la certeza inconfundible de que ha llegado ante nosotros la hora de olvidar, con éste la libertad, si es libertad vivir sin tener una esperanza, pero sin ningún lazo que no ate a nadie. El hoy se convierte en ayer, la gloria no alcanza ni siquiera el sol de de la media tarde. Un niño llega, un anciano se va; vaivén de sombras, llegadas, partidas y regresos. Al final una tumba, ¿qué más queda? ¿Podemos brindar una sonrisa? Brindémosla y grande aunque la cause el dolor y el desespero. Quién pudiera como aquellos triunfadores de las incidencias de la casualidad o del Destino, de un golpe certero borrar tantas tragedias y entrar a formar parte efectiva de ese más allá que nadie sabe de manera definitiva en donde existe, en qué consiste y cómo opera, si la palabra operar no es excluyente. Arnaldo comprendía que la vida está sujeta a cambios constantes, por eso asimilaba, continuando en sus escritos: Las cosas y los casos, se repiten muchas veces, por eso no es de extrañar que un ser amado amanezca en muchos cuerpos, en varias formas y hasta en muchas ideas, mitad locura, mitad buen juicio o ignorancia. Cuántas veces en la soledad y con melancolía, he visto que una sombra se desliza conformando un rostro semejante al de quien amé y amo todavía, distando mucho de ser verdad, porque una imagen no es el ser en sí, sino una idea de él y de su apariencia. Luego sombras y más sombras, hasta sombras de sombras, aparecen por doquier los ojos miren. Ante tanta aglomeración se hace difícil reconocer la original o la temprana, porque todas las otras son tardías. Muy bien se ve todo el panorama del pasado, mirado a la luz apaciguada de algún frágil ensueño. Arnaldo continuaba pasando al papel, por medio de la escritura, sus muchas inquietudes. Escribía: Escucho con regular frecuencia una música lejana y veo en los atardeceres de mis recuerdos remotos, sucesos grabados como en cinta magnetofónica la película de mi vida que deja ver sus escenas sin otro objetivo que repetir y repetir vez tras vez lo que ayer fue, y que el transcurso del tiempo va distorsionando a cada hora, para luego difuminarlo en la distancia. Todo tiene explicación, se ve lejano, se escucha distante; así tiene que ser. Aquella música es la misma que escuchaban mis oídos en los tiempos en que mi alma era amorfa todavía. Con el tiempo adquirió forma definida, llegando a ser lo que hoy soy: un extraviado en los senderos de la dicha equivocada; un alma solitaria que va por su camino, sin par ni compañía; confiada a la ventura de encontrar consuelo en su andar y divagar constante. Cuántas cuentas cancelas; algunas sin saldar aún. Cuántas obras inconclusas; por ejemplo, mi obra literaria, que ha sido mi sueño desde que empecé a leer los primeros libros, ésta no es más que apuntes sin orden y sin cuerpo que le den identificación. Quiero algo grande, lo mediocre me acobarda y veo que mi esfuerzo en la ocupación de escribir, resulta vano. Vano como las ansias de belleza que vieron desfilar por otras calles a quien o a quienes estaban nominados, y acaso tenían parte en el evento aquel de acumular cariños y tener un sitio prominente en mi escenario. Todo esperar resulta crudo, cuando el resultado es una negación y más que todo, engaño. El desencanto abrió mis ojos y mi hizo ver el paso de la sombra que nublaba los cristales fingiendo ser promesa. Tanto esforzase tras de sombras; cuánta desilusión al comprender que no soy más que un marginado entre todos los que van por el mundo deseando y luchando, pero que nunca llegaron a triunfar en el amor y menos en el Arte. No obstante, acepto lo que la vida impone, esa fue mi suerte. Yo hubiera elegido algo mejor y más estable, como una buena profesión, un hogar bien constituido y además la posibilidad de haber podido escribir, uno o varios libros que le sirvieran a la humanidad de norte y guía. Pero ya ven, ni siquiera un poema que valga la pena; menos una novela siquiera, como hubiera sido mi deseo. Poseído por el espíritu de la derrota, Arnaldo reflexionaba como quien ve morir en una playa asfixiado por el reflujo de las olas, al hijo más querido, y digo más querido porque sé que todos los padres no aman a los hijos de la misma manera. El canto de las sirenas trae al alma un aluvión desencadenado de deseos. Creemos ver bajo las olas un cúmulo de astros y de estrellas. Cuando se aquieta el agua o sedimenta, vemos con asombro que aquello que creíamos luz, sólo eran espejismos y lo que teníamos por coral, era una simple roca que después de quedar desnuda, tenía la forma de un fantasma. Siempre habrá conflictos entre la voluntad y el carácter, curiosamente cimentado sobre las bases de la herencia y la evolución. Yo fui uno de quienes llevó la peor parte, y aunque no he tocado ningún extremo, sí sufro las consecuencias de la vida que sin haberla elegido me tocó. Pienso, razono y reconozco que ser feliz es un deber. Existen muchos factores que influyen en la vida de cada uno de los humanos; uno de primordial importancia, la situación o situaciones que tenga que afrontar cada persona, desde el momento de su nacimiento, hasta que se convierte en adulto. La felicidad alcanza a quienes no saben siquiera cuestionar, si este grado de sencillez lo hubiese cultivado, no estaría dándome golpes de cabeza metido en lo que no me corresponde. Pero, entonces ¿en dónde estaría, como dicen por ahí, la sal del cuento? De mi cuento, de esta trágica historia; de este dolor sin nombre que me calcina noche y día. Quienes no tienen la facultad de cuestionar ni las acciones más elementales, son felices. Una pregunta me asalta y con sobrada razón. Las personas que son felices en la ignorancia, ¿de qué les sirve ser felices, si viven en un error? No poseo un grado de sencillez rayado en la simpleza, por eso estoy involucrado escribiendo, plasmando mis pensamientos en estos textos, que si no son de vital importancia, sí me sirven de catarsis. Arnaldo volvía a su tema, como un extraviado a quien un deseo insatisfecho lo obliga a volver tras de lo mismo, o como vuelve el criminal al lugar del crimen, según se comenta por ahí. Poseído por una fuerza desconocida, argumentaba en esta forma: Mañana los mismos labios que hoy me besan, me dirán adiós. Vendrán otros encuentros con personas similares a ti. Llegará el olvido destructor de todos los amores, incluyendo el más feliz. Hay un pequeño detalle, algo en apariencia insignificante. Tú nada sabes de olvido, aunque esa deficiencia la ocultes muy bien. Y yo desconozco cómo funciona el grifo que interrumpe el fluido del sentir y el recordar. Así estamos irremediablemente condenados a no olvidar jamás, ni tú ni yo lo que hemos vivido. Nacer, crecer y envejecer; el morir, culminación de todo. Hay un asunto bastante serio, la forma en que hayamos vivido. Ello implica un asunto fundamental, la esencia y la razón del ser. Aquello que en el transcurso de la vida realizamos, todo cuanto hemos vivido, sentido y si hemos amado, cuál ha sido la finalidad de nuestro amor. El placer y el goce carnal, son cosas importantes y necesarias, pero no lo esencial; lo esencial es el bien que hayamos hecho, y como consecuencia la estabilidad emocional que se alcance en las realizaciones amorosas. No hablo de aquellos que ven en las personas que desean, nada más que un objeto de placer; a éstos los considero detestables, abominables y perjudiciales como plantas venenosas que infectan al aire haciéndolo denso. Me identifico con aquellos compañeros que han sentido el Eros en la carne, despierto y travieso, pero limitando el campo de la acción al sentimiento; circunscribiendo su deseo tan sólo a las caricias y si acaso a tener al ser amado entre sus brazos. En este acto de devoción se deben de consagrar todas las aspiraciones; no pueden ser otras diferentes, porque así estaríamos traspasando los límites del decoro y la decencia. A unos nos toca guardar el amor del alma, en un rincón apartado, hasta que éste como el humo sale y flota. Cuando esto ocurre, es probable que ya las canas den aviso permanente de que es tarde para amar y ser amado, y que la puerta del sepulcro se entreabre; bien sabemos, cuando esto ocurre, al entrar allí, las puertas que con tanta prontitud se abrieron al encuentro, se cierran para siempre. Si hemos tenido o no amor, será lo mismo; aunque es mejor al final haber amado, que maldecir sin tener razón, al sentirse defraudado. Eso sería el colmo de los colmos, tener madera y dejar que ésta se desperdicie sin hacer con ella la repisa para colocar allí las joyas preciadas que la suerte regala a quienes aman. Eso de regala, es relativo; lo que sí es un regalo de la vida, es la capacidad de amar que la naturaleza pone en el corazón de cada humano para que busque por medio de ésta, a quien decida. ¿Amas a las mujeres, tú que estas frases lees? Ve tras ellas, gózalas y jamás las demerites. Es cosa fea y no es de hombres verdaderos el hacerlo. Nunca, ni por maledicencia he querido hacer de este texto una apología a la condición homosexual. Sólo he querido poner de manifiesto otra alternativa, no la buscada por la voluntad; más bien aquella que llega sin que se pueda saber por cual camino. “Yo y mis circunstancias”. La causa y el efecto. Por eso no culpo a nadie, ni a mis padres; menos a Dios, como lo hacen muchos; ni a la sociedad y menos a mí mismo, que sufro las consecuencias, no las más favorables por cierto; son entre otras cosas, el motivo de que a esta hora del paseo esté como estoy, mirando las estrellas y sintiendo que un derrumbe viene encima, sin que pueda evitar, ni controlar el inminente cataclismo. ¿En dónde estará el muchacho de ojos color verde mar y cara bien formada, que llegó a obsesionarme con su influjo? El que nunca fue mío porque otro amor lo había llevado por el camino en el que andaba. O, el de la piel trigueña, el que nunca mentía, aquel que me esperaba, aunque yo a la cita no acudiera. Y el del rostro ovalado, el de los ojos dulces y de labios de seda, aquel que no sabía de enojos ni de nada que no fuera dulzura. El de la boca fresca y las palabras puras quien me daba las gracias, cuando lo acariciaba. El que una vez me dijo: “Por siempre seré tuyo”, y así se lo creía. Una misma suerte dirimirá el conflicto; vendrá la muerte y apagará la luz de sus ojos, que siempre me miraron con infinita gracia. ¿Y quién puede decir siquiera una palabra de las que él me dijera, en horas en que la luz era precisa para mirar el cielo de aquellos ojos y contemplar una aurora más radiante que la que anuncia al día? La muerte siendo muda no admite otra expresión, sino la indiferencia deprimente; después de todo, lo sencillo parece complicado, así sea porque la mente vea sólo lo que la experiencia conoce. Busco el sueño de la paz que anhela el infinito, ya que en la tierra la calma es relativa. El caminante ya cansado de trasegar por tantos lugares, quiere unirse a los hijos de tiempos remotos. Allí el odio no infringe pena y cesan las pasiones cediéndole lugar al reposo supremo. El silencio está lleno de palabras que no se han dicho, el corazón del hombre, de deseos. Es más difícil ser ante los demás lo que somos ante Dios, ya que ante Él no podemos ocultarlo. El mortal más humilde y extraviado en los oscuros laberintos de sus pasiones preferidas, quiere ser aceptado por la sociedad, la cual lo discrimina, por un motivo en particular: el de no estar a la altura de los otros; si lo está, les juro que le dicen, venga y cenemos juntos y gocemos que el placer es para todos. PALABRAS SOBRE LA VIDA DE ARNALDO ¿Quién fue realmente Arnaldo? Veámoslo. El personaje central de esta leyenda, lanza al viento su última congoja: La noche coronará mi sueño; no esa noche que engaña a las luciérnagas haciéndolas creer que alumbren para sí mismas, cuando en realidad lo hacen para que otras vayan en pos de aquéllas. Me perderé, emprenderé mi fuga como vine; siempre en silencio y sin hacer pompa de nada, ni siquiera de mis pasadas luchas que me llevaron a coronar la cumbre, no de la gloria, mas sí, del estado connatural a mis caprichos. Quise y no quise. Amé y no amé, porque quién sabe, si fue que un día soñando, vi en mis sueños a otro ser que a mí se unía y no era más que un espejismo, una ilusión fugaz, una quimera; o tal vez mi propio ser que me engañaba. Porque no es de otro mundo que aquello que existe en nuestro sentimiento, nos haga sus jugadas. Por eso se dice que existen los demonios. Prevenidos debemos estar siempre, pero la carne es de dura cerviz y se entristece con facilidad sorprendente cuando no encuentra el ideal al cual unirse. Recomendaciones de Arnaldo a sus iguales debido a la experiencia adquirida en sus combates. “Consideraos extranjeros, aun entre los vuestros. No contéis a nadie, cuál es tu suerte. No escuchéis siquiera a quien te viene a hablar de cosas aviesas. No vayáis a permitir que se te ultraje, ni en tu honor ni en tu sentimiento, que es sagrado y si alguien pretende manipularte, haz que se vuelva con el rabo entre las piernas, como el perro, que cansado de ladrar torna a esconderse. Por último, cuando un payaso no te haga reír, échalo a abajo. Cuando un amor te ponga cuernos, recuerda; para eso se hicieron las seguetas. En todo lo demás, cada uno se regodea como quiera. La ciencia está en saber definir cada suceso y tomarlo nada más, como un incidente”. *** Renaldo Rivera, fue un personaje de la vida real. Vivió en época reciente en una ciudad intermedia del Viejo Caldas. No fue una persona prominente, vivía con modestia en un apartamento alquilado. No conocí persona alguna que conviviera con él. Llevaba una existencia sobria, no bebía licores ni fumaba y jamás perseguía los juegos de azar. Era en todo, parco y moderado; lo único en que se divertía era viendo cine, leyendo revistas y libros de historia; biografías de personas importantes; tomando café oscuro, juguitos de guayaba, de guanábana, también de limón y algunas tizanas de plantas aromáticas. El corazón le era sordo a todo ruego, y cuando de hacer festines se trataba, siempre iban sus anhelos en pos de lo distante; su limitada ambición se contentaba con ver pasar las horas desde el atrio del templo, en el cual estaba sepultada la esperanza y el deseo, amén de otros soñares. Vida trunca la de Arnaldo, ¿por qué rumbo se fue su querer, si acaso lo tuvo? Lo distinguí como un amante apasionado de las Bellas Artes, en especial de la Literatura y aunque no fue un escritor reconocido, sí practicaba con regular frecuencia esta afición. No tengo indicios de su procedencia, ni de los estudios que hubiera realizado. Lo que sí resaltaba a la vista, es que respetaba la vida y la amaba, como lo hace cualquier ciudadano humilde, de aquellos que transitan a diario por las calles de su ciudad, en la cual cada hálito que en ella se respira, es vida que se aspira y se puede retener. Es todo lo que conozco de él. Nos hicimos amigos un domingo en horas de la mañana. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Yo estaba leyendo un periódico, sentado en un café; recuerdo que fue en el que en esa época llamaban “El Moro”. Ocurrió en Manizales, ciudad que es un eterno edén y estadero de turistas. Eso era antaño, ya no queda de esos lugares sino el recuerdo. Una mañana entró allí, un señor de mediana edad y aspecto culto. Tomó asiento en la mesa próxima, pidió a la mesera café tinto, como decimos en Colombia y al observar que yo le prestaba atención preguntó en tono moderado: -¿Tiene buenas noticias la prensa de hoy? – Sí, muy buenas, contesté, de buen talante; luego lo invité a la mesa en que me encontraba, él lo aceptó. Entablamos una conversación que versaba sobre los recientes acontecimientos de la Nación, asuntos que nos incumbían a todos por igual, y ante cuyas consecuencias nos tocaba callar, como siempre lo ha sido y lo seguirá siendo hasta el final de los finales. Desde aquel domingo memorable, nos encontrábamos con frecuencia en ese mismo sitio; después en otros lugares, hasta cuando apareció con unos papeles en la mano, que me invitó a leer; ahí me percaté que ese señor escribía poemas y deduje por su contenido existencialista, que los escribía para contrarrestar su soledad, porque ésta como la nieve se estaciona en la cima de las cordilleras siempre circundadas por ingentes rocas, como diciendo, apartaos de mí presencia, no traspaséis mis límites. Hablando de límites, no quiero traspasar ninguno. Cuando este ciudadano falleció, cuentan que lo encontraron solo, ya sin vida. Según la persona con la cual pude tener contacto, esto fue lo que me manifestó. “Estaba muerto en la escalera de su casa. No sabemos cuánto permaneció ahí; estaba sentado en una de las gradas, inmediatas al portón.” Su cuerpo fue levantado y trasportado; luego sepultado, como es natural. (No pregunté en cual cementerio). Descuidos de la memoria que ofuscan al pensamiento y lo dejan en suspenso. No hacía más de quince días que había hablado con Arnaldo, hasta tocamos el tema de la muerte. Me contó que la hermana que lo acompañaba había muerto de un infarto, hacia sólo un mes. Después de manifestar el dolor que sentía par el fallecimiento de ella, pasó a decirme, no sin cierta preocupación: “Esta enfermedad, es el mal de la familia, posiblemente de ella voy a morir yo también”. Los interrogantes respecto a su muerte son varios, pero quedan sin responder; un misterio siempre ha de envolver al último adiós de aquellos que viven en las opacas penumbras de la soledad y que no tienen amor, sino martirios. Todo lo demás, ¿qué ha de importar? Cuando llega el fin, nada más que el mutismo debe proteger las tumbas encubriéndolas y haciéndolas inaccesibles a los rumores mal intencionados. Todo lo que se le agregue al caso, es infructuoso. Una nota que suena pacito en una melodía, si quien la escucha no es un experto, no se da cuenta de ello, pero cuando es la nota final, hasta un aprendiz la capta y hace alguna crítica. Todo placer es censurable, el único que no lo es, es el deleite de crear sonatas o toda suerte de obras; incluso, las más crudas o extravagantes. El arte de vivir es eso, un ir creando la sinfonía acorde con nuestro gusto, la acción del tiempo la pondrá de manifiesto. Cuando la noche se viene encima, empiezan a escucharse los acordes de la Marcha fúnebre acompasados con absoluta precisión por el ritmo que emana desde adentro, el cual, al dejar su lugar se hace audible y quizás, inaudible; como quien dice: ¿Pero la muerte no es la vida misma en forma diferente? Sea como fuere, el ciudadano Arnaldo, después de cerrar el portón, cayó al sueño profundo de los muertos. Nada más sencillo que pronunciarlo, o escribirlo. Cuando venga aquélla a quien le temen todos, uno ya no está. Los sentidos fenecen y la ambición se aquieta. Sin ambición no hay existencia. Pero no vaya a creerse que antes de traspasar aquellas puertas no ha de sentirse pánico. Misterio, el más grande y sin embargo, ineluctable. Manizales, Noviembre 9 del 2009 LA OTRA CARA DE VENUS (Una dolorosa historia tomada de la vida real) “A lo mejor me he ido, pero espero que no me olviden. Recuérdenme”. En esta frase vemos cómo un joven de tan sólo 14 años toma la terrible decisión de poner fin a su corta existencia, debido a un cuadro trágico que se desarrollaba muy en el fondo de su ser. ¿Tan joven y suicidarse? Dijeron muchos. No es cuestión de opinar, aquí lo subjetivo no tiene validez, son los hechos los que hablan. Las conjeturas quedan anuladas por el peso contundente de una realidad que no admite intervenciones. Las olas de la incertidumbre se encrespaban con furia en el fondo de aquel angustiado pecho en donde bullía el influjo de algo que el chico no podía comprender. Después de los momentos de desesperación, le vino un momento de calma. Mauricio Abril subió por los peldaños de la escalera que conducía hasta la habitación de su padre adoptivo, Rodolfo Burgos y su madre biológica, Eloísa Cifuentes. Se detuvo unos minutos antes de entrar al cuarto que consideraba sagrado por motivos de gran peso, esta era la alcoba en la cual su madre, cuando él era un bebé, lo había arrullado en sus brazos, le había cantado canciones de cuna y había sentido las caricias supremas de su único amor. Solamente el amor de la madre es verdadero, los demás son caprichos, vientos que soplen y que luego se alejan se mayores consecuencias. El joven avanzó con pasos lentos y seguros. Cuando estuvo frente al armario de madera de nogal, se paró erguido; diríase que se trataba de uno de esos muchachos ordinarios que le hurtan a sus padres para sostener una afición o vicio. En el caso presente no era así, otras eran sus intenciones. Alargó la mano derecha, puso la otra sobre su pecho, percatándose de los latidos de su vigoroso corazón; Buscó la pistola 9 milímetros que su padrastro guardaba en una de las gavetas. Cuando la tuvo en sus manos la miró con la expresión de quien tiene en su poder el objeto tanto tiempo buscado. Puso el cañón frente a sus ojos y miró por él, vio su alma negra, negra porque las armas de fuego tienen oscura el alma como el alma de quienes las fabrican; no es para menos, éstas guardan en su interior la defensa para uno y la desgracia para el otro, o tal vez para los dos. Para algún delirante ofuscado, su posible redención. Mauricio con el arma en la mano se asomó por última vez al balcón que daba a la calle. En la distancia pudo distinguir la casa en donde a esa hora, alguien muy especial para él, estaría con la imaginación puesta en otro ser bien diferente al que estaba próximo a emprender el viaje sin retorno en busca de las regiones que no son ni pueden ser como las hasta entonces conocidas. Volvió a entrar en la estancia, se acercó al espejo de cristal de roca, frio e insensible; así hubiera querido tener su corazón. Se miró reflejado en el cristal, como Narciso en la superficie del agua; reconoció su hermosura y tuvo un momento de vacilación que duró por unos segundos, luego cobrando nuevo impulso se arrimó el arma a una de sus sienes y sin siquiera cerrar los ojos apretó el gatillo helado e inclemente como la suerte de quien así procedía. Salió la bala y en el acto Mauricio cayó al suelo dejando un reguero de sangre que corrió dando curvas hasta los peldaños de la escalera por la cual había subido momentos antes, con el alma conmocionada y una fruición tenaz en el pecho, pecho que dejó de amar para siempre; flor trunca como aquellas que se ven sobre el suelo ya sin expectativas de volver a la planta que las nutrió con su savia de vida, haciéndolas frescas y lozanas, motivo por el que más de un mirón se sintieron corroídos por la espina de la envidia, Para después decir: “Pensar que aparentaba tanta cosa y ver lo que era”. Por qué todo aquello, si este era un niños bueno, sólo que en el caso presente la vida o la suerte le había hecho una mala jugada, como era el haberse enamorado de una persona no afín a él. Días antes Eloísa su madre observó que su hijo mostraba un comportamiento diferente al usual, pensó que eso se debía a los cambios del adolescente cuando está a punto de convertirse en adulto. Una tarde cualquiera, Mauricio llegó a la casa con unos moretones en las mejillas. La madre le preguntó que cual era el motivo; el muchacho no le dio la información correcta, dijo que al rodar por una pendiente se había golpeado de esa manera. La mujer preocupada trataba día y noche con ternura a quien amaba, y que desde que lo trajo al mundo en una sala de partos de una clínica, lo estimaba como el tesoro más preciado. Su cara, sus ojos, su boca, todo en él le recordaba al hombre que en el pasado fue su amor. Así no se hubiera casado con ella, continuaba sintiendo un extraordinario afecto por él, que le suministraba al hijo todo lo necesario, incluyendo lo de la alimentación, gastos de los estudios y demás cosas. Eloísa pensaba que su hijo debía sentirse desubicado debido a la ausencia del progenitor; por eso un día llamó a Andrés Abril, el padre de Mauricio y le contó todo lo que de anormal había descubierto en el hijo de los dos. El chico no parecía amargado, más bien era como si una duda lo acechara en todo sitio, ocasión y lugar. Como resultado de esa comunicación acordaron llevar al joven al psicólogo, quien después de la segunda sesión puso en conocimiento de Eloísa que su hijo requería de un largo y continuo tratamiento. La madre aceptó y el muchacho siguió asistiendo a las terapias con absoluta puntualidad. Pasados los días la madre volvió a visitar al psicólogo y aquel le informó de manera perentoria que el motivo de la anomalía aparente del chico radicaba en que era gay. Aquella señora, una dama en el sentido estricto de la palabra, no se sintió defraudada, por el contrario le aseguró al muchacho que fuera como fuese, ella seguiría apoyándolo en cualquier situación. Mauricio no quiso aceptar ni por un momento lo que su madre le contó respecto a la opinión del psicoterapeuta, aseguraba que él era igual a todos los demás muchachos de su edad, y agregaba: No soy yo nada más el que tiene este problema, hay varios como yo, y a ellos sí no los molestan por nada. El tiempo transcurría y la situación de Mauricio empeoraba. Se dedicó a pasar varias horas operando el internet. Un día su padrastro quedó sorprendido al encontrar en la pantalla del computador la fotografía de una pareja de jóvenes gays abrazados en actitud amorosa. Aunque esta no era una fotografía obscena, sí ponía en evidencia la condición sexual de los jovencitos y por consiguiente se podía deducir que el que las había bajado del internet, también participaba de la misma tendencia erótica. Aquel hombre, aunque un tanto perplejo, tomó el asunto con calma, no censuró a Mauricio por el incidente, en cambio tuvo un diálogo con la señora Eloísa en el que expuso que, el caso para él era normal, puesto que los adolescentes en esa edad eran vulnerables y permeables a cuanto tuvieran la oportunidad de experimentar. Que era posible que experimentaran cierta atracción hacia otros chicos y que eso disminuía al llegar a la edad adulta. No obstante las cosas no se quedaron así; un fin de semana, Mauricio desapareció sin dar ninguna explicación, sin dejar una nota. Su hermana dijo que la última vez que lo había visto lo notó pensativo y un tanto nervioso. Apareció a los tres días, y cuando le preguntaron que en dónde había estado durante ese tiempo, se limitó a decir que había viajado a Medellín a visitar a unos amigos. Trataron que explicara por qué no comunicó su decisión, pero él afirmó que no lo había hecho porque creía que le negarían el permiso. Las cosas quedaron en suspenso, hasta que Eloísa volvió a visitar al terapeuta, que le informó sobre un asunto de muchísima importancia: su hijo estaba enamorado de otro muchacho que no era gay. Tenía músculos de acero, era audaz y hábil, un completo atleta, el que por sentirse demasiado varonil subestimaba a su admirador burlándose de él en su propia cara. Este era el motivo por el cual el adolescente gay estaba confundido al no poder encontrar la forma de manifestársele, o que siquiera lo aceptara como amigo. Tenía que permanecer en silencio mirando a quien era el centro de su deseo y ver cómo éste abrazaba a la novia, mientras que él se consumía entre la sombra angustiosa de la soledad. Ésta es la cruel realidad que le toca afrontar a un muchacho que por causas aún ignoradas, tiene esa inclinación afectiva. Se le veía en las tardes, solo caminando en silencio y mirando la quietud del ocaso que moría lentamente, así como en el alma de él, morían las ilusiones. Pesaroso llegaba hasta la salida de la población en donde había un puente; se ponía a mirar el agua que pasaba por debajo, y así pasaba mucho tiempo, hasta que la noche cubría con sus sombras los intersticios por los cuales se filtraban las últimas claridades, quedando el espacio negro, tan negro como el campo sombrío que él llevaba allá en el fondo del aterido corazón, petrificado y anclado a su sufrir. Su madre, mujer comprensiva como casi siempre lo son las madres, llamó a su muchacho y lo abrazó, tomando entre las suyas una de las manos, empezaron un diálogo, y cuando habían avanzado en éste, le habló así: “Ben sé yo que tu caso hijo es difícil, a pesar de eso, puedes contar con todo mi afecto, apoyo y comprensión. En casa todos te queremos. Mi esposo, aunque no sea tu padre biológico, te quiere como si fueras su hijo; tu hermana te aprecia, y yo bien sabes que te amo sobre todas las cosas de este mundo”. Sí madre, replica el chico, sé que así es. Pero mis amigos y compañeros se burlan de mí, me tratan con dureza y cuando estamos solos, sin la presencia de los profesores, los muchachos les dicen a las chicas que soy un maricón. No les he dicho, ni hecho nada contrario al buen comportamiento y a las buenas costumbres. Sin embargo, ellos me mortifican con sus palabras hirientes y sus gestos despectivos; porque tengo un seseo en la voz y no pronuncio bien algunas palabras. Además, comentan que no tengo novia como ellos, me consideran tarado, estúpido, misógino y cuántas cosas más se les pase por la cabeza. Hijo, comprendo cuánto debes sufrir. Voy a buscar otro colegio para que cambies de ambiente y no estés expuesto a las burlas de esos compañeros. Le diré a tu hermana que se haga amiga de ellos, que les diga que eres un niño bueno, cariñoso y honesto que si no puedes hablar como ellos, esto se debe a un problema originado en la infancia, motivado por una enfermedad. Madre no hagas eso, yo nací para sufrir. La vida es dura y cuando nadie nos quiere comprender, lo es aún más hasta agotar el límite. Eloísa contemplaba todas esas cosas, como María la madre del Salvador, sintiéndose traspasada por una espada que presagiaba un desenlace fatal. Encomendó a su hijo el Altísimo, porque no ignoraba que era hijo de Dios como todos los demás vivientes de esta Tierra llena de sufrimiento y dolor, así la naturaleza lo hubiera hecho diferente. Era fruto del amor, como aquellos que presumían de inmaculados, estando manchados por el estigma imborrable de la imperfección; expuesto como su hijo a todas las aberraciones que constriñe a la vulnerable juventud. Eloísa volvió a donde el psicoterapeuta en busca de nueva información, el cual le comunicó que Mauricio no se sentía bien con su condición de gay y lo grave del caso era que no había ninguna alternativa que pudiera cambiar la situación. Tratar de hacerlo, sería pretender que las aguas de un río regresaran hacia arriba. No existía otra manera diferente, sino la tolerancia. Recomendó que Mauricio debiera de tener otras amistades fuera de las que ya tenía a ver si entre éstas encontraba un compañero que tuviera su mismo instinto. Eloísa comentó esa idea con el muchacho, cuando volvió a estar a solas con él. El joven parco en palabras hizo un ligero comentario referente al caso; no afirmó ni negó nada, pero en su expresión facial se podía ver que aquello no le sonaba; tal vez porque el enamoramiento le tenía la mente obnubilada al pensar que la persona de la que estaba prendado, era la única que llenaba todas sus aspiraciones; otras le parecían ridículas. El amor es ciego y camina a tientas ignorando qué obstáculo se avecina. Grande fue la tristeza que sintió la madre del chico, cuando encontró entre la agenda de aquél, un poema inspirado en la tragedia infinita de su alama. “Trato de pararme a caminar/, me caigo al suelo frío y duro/. Los otros me miran y se ríen de mi situación/. La sangre mana de mi nariz/. No soy un bonito espectáculo/. Intento pararme de nuevo, pero caigo otra vez/. Llamo a los que pensaba que eran mis amigos/. No les importa verme así/, desprotegido, sin a quien recurrir/. Miro al cielo. Me encuentro solo/, por doquier desolación/. Todos me rechazan, hasta la tierra que ahora me toca comer/; el mismo aire me parece que no fluye/ a las ventanas de mi nariz dolorida y sangrante/. Dentro de mí, un astro suspende sus resplandores/, mientras avanza la sombra arropándome del todo/. Por más que yo les pido/ que por favor me dejen/, ellos más me abofetean, porque lo que quieren/, es que yo no exista”. Un escrito crudo y lacerante, en extremo conmovedor, lleno no imágenes patética quien lo leyera, así no fuera de su propia sangre, se quedaría anonadado. Cuando Eloísa tuvo acceso a la agenda del hijo y leyó aquel poema, sintiéndose profundamente herida, llamó al padre de Mauricio acordó con él una cita en un salón familiar, la cual se llevó a cabo sin reticencia de las partes. Ya reunidos Andrés Abril, éste y la madre del joven, tocaron el teme en particular. El padre a pesar de la gravedad del asunto, se mostró afectuoso y comprensivo con el hijo que sabía, era tan infeliz. Le habló de esta manera: “Conozco y sé cuál es tu problema. No te sientas avergonzado por ello; si fueras un delincuente, un ladrón, otras de tantas cosas de las que adolece la humanidad, por decir algo, un sicario, estaríamos en serios aprietos. Lo que te pasa es algo diferente; por eso no te reprendo. Sólo Dios conoce el fondo y la medida de cada corazón. No voy a echarte a perder por una causa que radica en las profundidades del alma o de la mente, de la cual soy ajeno, pero no por eso te rechazo. Sí me siento afectado porque me he dado cuenta que estás recibiendo malos tratos los compañeros de estudio. No vayas a creer que ellos son mejores que tú, deben tener más de un defecto, quien sabe si de más peso. Lo que pasa, es que como ellos están unidos y son mayoría, prevalecen contra el indefenso. Sólo se trata de eso. Son papel de regalo, estiércol putrefacto; no son nada más. La hipocresía es un mal universal, tras de su manto se han ocultado los más grandes criminales de la historia. Muchos hasta se hicieron pasar por santos varones, por eso no le des tanta importancia a esos pichones de halcón perverso, cuya ambición es la de desplumar al ave de otro nido, dejando intacto el suyo intacto. Con esa conversación quedó en claro la posición de la familia, referente al caso. Después matricularon al muchacho en otro colegio regentado por unos monjes que se hacían llamar, “Hermanos cristianos”. Eso fue como retirar al chico de las brasas y arrojarlo a las llamas, como reza el dicho popular. Al poco tiempo empezaron todos con la misma intriga; que el recién llegado era un amanerado, que parecía una niña mimada, y todo lo que las gentes maledicentes le adjudican a quienes no quieren acoger en su círculo social. Una mañana, un monje de mirada torva, citó a Mauricio a una entrevista privada, el cual no se sorprendió, pues ya lo había previsto. El religioso después de engolarle una prédica, Biblia en mano, le mostró el capítulo con versículo incluido, en donde San Pablo dice que quienes se acuesten con varones no heredarán la vida eterna. Lo asombroso fue que no leyó el texto completo en donde se estipulan quienes más tampoco la heredarán. Muchos por cierto: los fornicadores, los adúlteros, los que practican espiritismo, los que practican cosas viles y tantos otros que la Tierra entrega todos los días con el afán de un caballo de carrera en plena competencia. Como quien tiene un revólver de siete tiros, uno para cada cual, el director espiritual estimó justo no disparar sino la bala para derribar a la presente víctima, la que tenía bajo su poder. Buena estrategia, pero injusta como tantas otras que esas personas practican. Como consecuencia de estas impertinencias, el solitario joven rechazado, afligido sin que lo demostrara, se refugiaba cada vez más en la compañía de su hermana, Angélica que le sirvió de sostén durante varios días. Ella lo acariciaba, le peinaba el rubio cabello y le decía que para ella, el trato con él, era mejor que la amistad de todos los supuestos varones que le tenían ojeriza, porque era el hijo de una enfermera y aunque profesional, no era de la categoría de los padres de ellos, pichones de políticos, de propietarios de acreditados negocios, extorsionistas, camajanes disfrazados de gente de bien, que los fines de semana celebraban reuniones y disfrutaban incluso de todo lo inenarrable, además de licor, rumbas y orgías, amparados en la opinión que de ellos se tenía. Eloísa al dar una ojeada a los cuadernos del hijo, encontró un poema diciente, respecto a la pasión que absorbía a su muchacho, al que ella consideraba, un chico “diferente” pero bueno. El poema es el siguiente: Ayer vi pasar a Andrew, pedaleando su bicicleta, el mundo era de él; El sol bañaba su altiva frente El viento despeinaba sus cabellos, envidia de las estrellas. Cómo hubiera querido ser el sol, o el viento Uno de los dos, ambos eternos. Cuando aquella visión pasó de largo Entré en mi habitación y me desmoroné, no pude menos. Un pájaro afligido empezó a cantar en mi garganta. Esta mujer conocedora de tantas miserias que la sociedad arrulla entre afelpadas mantas, no se sentía derruida por la condición del fruto de sus entrañas. Le importaba mucho el porvenir de aquél, ¿qué sería de él en el futuro? Pregunta fuerte de respuesta incierta. Último Día Mañana fresa, nubes que viajan de la cordillera hasta el confín distante; sonidos lejanos, ajetreo por las calles atestadas de vehículos y de peatones, transeúntes desubicados. Mauricio se desperezó en su lecho. Es domingo y hay que asistir a misa, se dijo. La familia era católica, la madre una creyente de tiempo completo. Si la religión pudiera cambiar al mundo, éste no estaría en las condiciones que está. ¿Es que apenas se practica a medias? El joven se levanta y se ducha, hace ejercicio; enciende el televisor y espera el desayuno. Asiste a misa en compañía de su madre y de su hermana. Regresan, preparan el almuerzo, se sientan a la mesa; comen con pausa ceremonial, son educados. Pasan las horas del medio día hasta la tarde entretenidos; la vida es bella. Mauricio sale a dar un paseo por el parque. Regresa, se peina y se acicala. Llama a su herma, mitad de su alma; la invita a un helado a la heladería cercana; la madre los mira congratulada. En las horas previas a la oración, como decían las abuelas, Mauricio tomó el cuaderno en el que había escrito sus poemas. Lee uno, el que más describe su condición interna. Reflexiona, sí, lo hace. ¿En qué o sobre qué? ¡Oh gran misterio! Emprende el acenso que conduce hasta el cuarto de sus padres. Se asoma a la ventana y divisa el lugar en que vive su tormento… Lo demás ya ha sido escrito. Eloísa, enfermera profesional, conocedora de las tragedias más atroces, asiste a la necropsia del hijo. Lava su herida, prepara los instrumentos quirúrgicos; coloca la cabeza del cadáver sobre la mesa, procurando que quede cómoda, así como cuando el que estaba muerto aún vivía. Observa con suma atención al practicante de Medicina aserrando el cráneo rapado. Ve cómo perfora y avanza hasta el lugar en que la bala estaba incrustada, justo en el hipotálamo. En el lugar en donde tienen su asiento todas las pasiones, las sensaciones y todo lo que tenga qué ver con las predilecciones del dueño; es posible que allí tenga el alma su asiento y residencia. Sí, y ella lo sabe. Entones su mente se ilumina y piensa de manera clara y efectiva: “No pudo ser de otra manera, qué tal si a mi muchacho lo hubiera matado otro, después de haberlo poseído, como ocurre tantas veces”. Esta mujer conocía que la mayor parte de la humanidad es peligrosa, muestran cara de correctos y en el fondo son seres depravados. Pasando al plano físico, lo contempla en último término, considerándolo casto, casi inmaculado. Elevó al padre de todas las luces una oración, la más fervorosa que hubiera expresado: “Puestas están todas las posibilidades en el Creador del universo. Sea cumplida su voluntad en este día, como ha sido desde siempre”. El eco dejo, Amén. El sepelio resultó bastante concurrido: los curiosos que todo lo quieren saber, se hicieron presentes con apariencia condolida. Entre la concurrencia algunas madres lloraban silenciosas; otra murmuraban maldicientes, sólo el Sol hacia su presencia sin reparos. Toda la familia convino en que el cadáver de Mauricio fuera sepultado en la tierra. Así lo determinaron. Qué tino, qué manera de ser consecuentes hasta en el más mínimo detalle para que se realizara una vez más las palabras del poeta: La rosa blanca brotará más blanca/, la rosa roja brotará más roja” El milagro de la tierra es asombroso, no lo puede trastocar ningún humano; menos aún lo que ya ha sido. ¿Quién puede convertir el mar en una selva? ¿Quién al trasegar por las ciudades, no ve en éstas el discurrir de tantas gentes y no ve que todos son diferentes, así en lo físico como en lo espiritual? No todos piensan de la misma manera, no obstante, eso no cambia el final. Cuanto la vida encierra es inestable; cada uno de los vivientes se ahoga bebiéndose el contenido de su propio vaso. Mauricio, flor de dolor agitada por un viento más fuerte que sus fuerzas, cayó al vacío; sus pétalos dispersos son su historia sin aditamentos, cruda pero cierta. Con él dodo indicio de padecimiento. Hallase libre. MICRO ENSAYO (Unas páginas tomadas del libro Cantos de Maldoror) (…) Allí, un bosquecillo rodeado de flores, sumido en un profundo sopor, duerme el hermafrodita sobre el césped, empapado en llanto. Los pájaros despiertos contemplan hechizados esa figura melancólica, a través de las ramas de los árboles, y el ruiseñor no quiere hacer oír sus cavatinas de cristal. El bosque se ha vuelto solemne como un sepulcro debido a la presencia del infortunado hermafrodita. ¡Oh viajero extraviado!, por tu espíritu aventurero que te ha hecho dejar a tu padre y tu madre desde la más tierna edad; por los sufrimientos que te ha provocado la sed del desierto; por tu patria que acaso buscas después de haber errado proscrito durante mucho tiempo por comarcas extranjeras; por tu corcel y su fidelidad amiga que ha soportado contigo el exilio y la intemperie de los climas que te obligaba a recorrer tu humor vagabundo; por la dignidad que dan al hombre los viajes por tierras lejanas y mares inexplorados, en medio de los témpanos polares bajo los efectos de un sol tórrido, no toques con tu mano, como si fuera el estremecimiento de la brisa, los bucles de esa cabellera esparcidos por el suelo y mezclados con la verde hierba. Sería mejor que te apartaras unos pasos. Esa cabellera es sagrada; el hermafrodita mismo lo ha querido así. No acepta que labios humanos besen con fervor religioso sus cabellos perfumados por los soplos de la montaña, ni tampoco su frente que en este momento resplandece como las estrellas del firmamento. Pero más vale creer que se trata de una verdadera estrella, que ha descendido de su órbita atravesando el espacio para posarse en esa frente majestuosa a la que circunda con su luminosidad de diamante como con una aureola. La noche que aparta con su mano su tristeza, se reviste de de todos sus encantos para festejar el sueño de esa encarnación de pudor, de esa imagen perfecta de la inocencia de los ángeles: el zumbido de los insectos le va apagando. Las ramas inclinan sobre él sus elevados penachos, a fin de protegerlo del rocío y de la brisa, haciendo sonar las cuerdas de su arpa melodiosa, envía sus gozosos acordes a través del silencio universal hasta sus parpados cerrados que creen asistir inmóviles al armónico concierto de los mundos suspendidos. Sueña que es feliz, que su naturaleza corporal se ha modificado, o que, por lo menos vuela sobre una nube purpúrea hacia otra esfera habitada por seres de su misma naturaleza. ¡Ay! Ojalá su ilusión se prolongara hasta el despertar de la aurora. Sueña que las flores danzan en ronda a su alrededor como inmensas guirnaldas enloquecidas, impregnándolo con sus delicados perfumes, mientras él canta un himno de amor entre los brazos de un ser humano de mágica belleza. Pero sus brazos no estrechan más que el vaho del crepúsculo, y cuando despierte, sus brazos no estrecharán nada. No te despiertes hermafrodita, te ruego que todavía no despiertes. ¿Por qué no me haces caso? Duerme… duerme siempre. Sólo te concedo que tu pecho se dilate al perseguir la esperanza quimérica de las felicidades; pero no abras los ojos. ¡Ah, no abras los ojos! Quiero dejarte así, para no ser testigo de tu despertar. Acaso un día con el auxilio de un libro voluminoso, en páginas conmovedoras, relate yo tu historia, espantado de lo que ella contiene y de las enseñanzas que se desprenden. Hasta ahora no he podido hacerlo, pues cada vez que lo intenté, lágrimas abundantes se derramaban sobre el papel mientras mis manos temblaban, y no era de vejez. Pero quiero tener ese valor un día. Me indigna no poseer más nervios que una mujer, y desmayarme como una doncella cada vez que medito en tu gran infortunio. Duerme... duerme siempre: pero no abras los ojos. ¡Adiós, hermafrodita! Día tras día no olvidaré de rogar al cielo por ti (si fuera por mí, no rogaría). ¡Que la paz sea en tu seno! La anterior página, es muestra magistral de una de las condiciones de la naturaleza humana. No sólo es hermafrodita aquel que nace con los dos sexos presentes en la parte física; también lo es esa persona cuyo sentimiento está en todo momento pendiente, pensando en un ser amado, deseando a otra persona de su mismo género. Más que todo, aquí se encuentra el símbolo del amor inclinado a su mismo sexo. Por desgracia existen seres perversos que en vez de buscar la parte afectiva en la persona amada, no persiguen más que el placer desenfrenado. Para éstos va mi maldición: vayan errantes por los caminos del mundo; beban de las aguas turbias de la prostitución; y cuando la noche con su sudario oscuro reine sobre todo el confín, experimenten la sed atroz que trae la desesperanza. Este ha de ser su infierno y sus tormentos, el desamor. Pecaron trasgrediendo lo más sagrado que el ser humanos posee; el pudor. Sexo sin amor es violencia y degeneración. Este vicio, es de hecho, la muerte del cuerpo y la destrucción del alma, poluciona la carne y extingue la luz del pensamiento… Pedro Damián (siglo xi) Con todas estas cosas en contra, no hay un solo lugar, ni época del planeta que no haya sido marcado por esta costumbre. Los poetas antiguos cantaron al amor homoerótico; algunos más, la pederastica, conocida como la mayor lacra social. No obstante, vemos cómo unos cuántos han embellecido esta pasión por medio de hermosos cantos y páginas de desbordante amor. Y vi, entonces el maravilloso cuerpo… Pero el muchacho era pura lontananza. Desconocido por excelencia. Benjamín del amor, algo menos que un hombre Y algo más que la más pulida de todas las estatuas. -Puedo comportarme como un malvado-, Pero él habla con dulzura, y qué estará pensando de mí ¿Que con tanta admiración lo estoy mirando? Salta el joven, el jovencito, más de cuarenta cúbitos. Era alto, raudo como un ciprés y tenía en el dedo meñique un anillito Y lucía más el dedo que el anillito. Violeta mía azulada, Jacinto mío azul profundo. Álzate, que yo te vea, que te bese dulcemente… Del libro, Amado Mío de Pasoline. En este canto, todo está limitado al campo de la imaginación embellecida por una visión deslumbrante. Hay refrendación de los sentidos, así asome un deseo que termina, simplemente en desear. UN CUADRO SIN FONDO Acompañado por dos perritos, camina un chico: Agraciados los perritos y aún más, el jovencito. Dos hoyuelos, cuando sonríe muestran su cara Mientras sus ojos abarcan al mundo y al infinito. Ojos que tienen color de selva y de los mares Más de un misterio. Yo que lo admiro, casi que lo amo… Conozco poco de sus secretos. Lo imagino siempre armonioso Junto a los perros que tanto quiere Porque los mima como si hermanos fuesen. Yo por mi parte, quiero a los perros y al dueño. Porque ese conjunto tiene el encanto tierno de de un sueño. Yo que los veo, sé cuánto valen. Si míos fueran, no ambicionara jamás riqueza diferente, Sólo de tenerlos, feliz sería Le cantaría a la tarde, cuando a su lumbre Van de paseo los perros pequeños, acompañados Por alguien que tiene el temblor de un astro Cuando aparece después de un año de estar ausente. Anónimo Un poema casi estúpido, en esa estupidez reside su valor: amor a lo que nunca ha de llegar a poseerse, pero aun así, hay un goce de los sentidos, una magnifica atracción de la sensualidad, consistente en el hecho de amar a alguien desde la distancia, con la devoción del enamorado que ama sin poseer más que una esperanza. Aquí no hay esperanza; nada más que una visión que pasa, y con ella la atracción que ocupa el lugar prominente de un amor ideal. A JUAN PABLO En el estrechón sincero de tus dedos, me envías un mensaje afectivo Que me sabe a Gloria, a amistad de estrellas, a café delicioso, a una cruel esperanza. Mientras el imperio del Mal contraataca, tú y yo nos sentamos en una banca a saborear esperanzas. Unos demonios nos asaltan en la charla. Por ahí ronda un duende gozón, con una botella de licor. En el fondo de ti, Juancho-Polo, la mañana se va disolviendo en la ternura de los días. El aroma del café nos envuelve en sus efluvios cálidos. En el fondo de ti, un ángel te custodia, mientras saboreas otra esperanza. Otra esperanza que también se disipa con el aroma del tiempo. De los poemas del libro, “Esos muchachos del Sur”. De Jorge Hernán Flórez. SAFO DE LESBOS (Grecia, s. vi a. C.) Lo más bello (Fragmentos) Dicen que una hueste de jinetes O una escuadra de infantes o una flota. Lo más bello en la Tierra, digo yo Que es la persona amada. ANACREONTE (Grecia, 87 a.C.) DESTINO Otra vez Eros rubio Me echa el balón, llamándome A jugar con la niña de De las sandalias. CLEOBULO Me enamoré de Cleobulo Y por Cleobulo ando loco Y sólo veo a Cleobulo. AURIGA Muchacho de ojos de niña Te busco y no te das cuenta. No subas, no, que de mi alma Tienes las riendas. DICHA Corté, para almorzar, sólo un bocado De una delgada torta, y me bebí Todo un jarro de vino: pulso ahora La amada lira delicadamente, A mi querida niña festejando. Lord Byron (Inglaterra, 1788- 1824) ¿Por qué no? Igual que Horacio, estoy enamorado de un mancebo. ¿Y por qué a mí se me condena y a él se lo absuelve de lo mismo? El joven Alix pidió a Virgilio, que por él suspiraba proclamando ante el mundo la elección que había hecho, ¿Por qué no puedo hacer cosa idéntica? ¿Por qué llaman pecado en mí lo que en él debilidad denominan? Sócrates moró en el sitial de los sabios y sigue allí, aunque su boca, que dio los mensajes de la verdad absoluta, besó los labios del doncel preferido, ¿y yo por qué no puedo? Vemos en el anterior poema a un poeta que reclama de la sociedad, un derecho que él en su fuero interno considera justo. En esas cosas no hay justicia, o se decide por lo deseado o se renuncia. Bien sabemos que renunciar es morir, pero hay veces que toca tomar ese camino, aun siendo doloroso. Hay que medir las consecuencias y sopesar el resultado que por un hecho pasajero pueda sobrevenir. Tras el placer llega el lamento; veamos. LAMENTO POR ANTINOO Ninguno de vosotros comprendió al muchacho de Bitinia. (Ay, si hubieras cogido la corriente, y sacado…) Yo lo mimé, sin duda. Y sin embargo; sólo de pesar le llenamos, para siempre turbándole. ¿Quién es capaz de amar? ¿Quién puede?... Nadie aún. Y así le causé yo un dolor infinito… Ahora él es, junto al Nilo, un dios consolador, Y yo apenas sé cual, ni a él puedo acercarme. Vosotros lo lanzasteis, locos a las estrellas, Para que yo os gritara y os urgiera: ¿es aquél? ¿Por qué no es sólo un muerto? Él bien quisiera serlo. Y quizá no le hubiera pasado nada, así. Antínoo, amado del emperador Adriano, se ahogó en el Nilo en el año 130. Desconsolado, aquél le elevó a la categoría de dios, fundó en su honor la ciudad de Antinoópolis, y fomentó la creación de estatuas suyas. El poeta Rilke vio algunas de las trescientas que se conservan. El tema de los prematuramente muertos siempre apasionó a Rilke, desde el diario florentino hasta el final. “Después de todo, lo que en el otro nos conmueve sólo es un préstamo que le ha dado la vida”. MARGUERITE YOURCENAR ¿Dios, cuándo moriré? Mónica, te acuerdas de esas palabras… Están al principio de una vieja oración alemana. Estoy cansado de este ser mediocre, sin porvenir, de este ser al que tengo forzosamente que llamar ”yo”, puesto que no puedo separarme de él. Me obsesiona con sus tristezas y sus penas; lo veo sufrir y ni siquiera soy capaz de consolarlo. Ciertamente soy mejor que él, puedo hablar de él como si se tratara de un extraño, pero no comprendo las razones que me hacen su prisionero. Y lo más terrible, quizás, es que los demás no conocen de mí más que a ese personaje en lucha con la vida. Ni siquiera puedo desear su muerte, ya que cuando muera, moriré con él. En Viena, durante aquellos años de combates interiores, muchas veces he deseado morir. Alexis o el tratado del inútil combate. Reflexiones finales Palabras de un escritor homosexual, el formidable cordobés Ibn Hazm, “… Que quienes tienen relaciones contrarias a los mandamientos de Dios altísimo se enemistan, luego de haber sido amigos; se vuelven la espalda después de haber estado unidos; se separan, tras de haberse tenido afecto; se aborrecen, después de haberse amado, y que en sus pechos afinca el odio y Arraiga el rencor”. Sirva de ejemplo, las palabras proferidas por un amado a su amante, después de haberse separado, y en medio del desdoblamiento que proporciona unas copas de Whisky: “No hay que esperar nada bueno, ni de la vida, y menos de una relación del carácter de la que hemos tenido. Todo es mero engaño, falsa ilusión de los sentidos”. Aquella persona lo decía con el pleno conocimiento del que sabe por experiencia lo que sus labios están trasmitiendo, en el preciso instante en que la otra parte escucha. Esa otra parte era un corazón atormentado: uno de esos que muchas veces han deseado la muerte, y que sabe que el único remedio para el mal que padece está en la tumba. Tumba temida, en tu fondo de horror Se hunde la escoria, como también lo más valioso Que la vida tiene: el poder de amar que a veces duele. La esperanza, es allí hoja marchita y a la ilusión ni siquiera se le nombra. Y sin embargo, es aquí en donde todo pesar Pasa a la historia y quedan saldadas las cuentas onerosas, incluso aquellas más rojas que la sangre.

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