domingo, 12 de junio de 2016
LA CASA DE LAS TRES PUERTAS Y LAS NUEVE VENTANAS
NUEVE VENTANAS
Una metáfora viviente: la vida de un alma sin destino. De la soledad al olvido hay un paso de distancia.
Mira el joven hacia adelante, hacia atrás el envejecido. Entre lo deseado y lo perdido, la balanza sube a cien.
Era una casa en la cual, una inmensa melancolía se podía percibir a todas horas. Tres puertas y nueve ventanas la singularizaban, dándole un aspecto diferente a las de su entorno.
Dichas ventanas aparecían la mayor parte del tiempo abiertas. Sin embargo, sólo en una de ellas aparecía un hombre, que a simple vista mostraba entre cuarenta y cuarenta y cinco años de edad. Miraba con especial sigilo, como si buscara entre la concurrencia algo o alguien en particular. A este hombre no parecía que le hiciera compañía ninguna persona. Qué sabe uno. Su mera presencia despertaba la curiosidad de quienes lo mirasen, curiosidad que se traducía en un interrogante: ¿por qué un hombre poseedor de una casa tan opulenta, permanecía casi siempre solo?
La soledad es la compañía más temible para unos, y buena conductora para otros. Les resulta indispensable a los Artistas, sean éstos músicos, pintores, escultores, escritores o poetas. En la soledad se crea y se recrea; las obras más famosas del mundo han sido producto de una imaginación desbordada, cultivada en la soledad. Pero aquél que se entrega a ella sin un motivo noble que lo lleve hacia una realización específica, por una o por otra razón, tiene que padecer el sufrimiento ocasionado por la soledad continua, como soporta una cima, la recia frialdad de las cumbres nevadas. No hay soledad que no dé sus frutos a su debido tiempo. Para los creadores la culminación de una obra, para los ociosos el fruto amargo causado por el tedio y por esa sensación de vacío que conduce al desencanto. Dichosos los que emplean las horas de soledad en actos constructivos. Son bien aventurados porque en medio de ellos, la paz encuentra el sitio adecuado en el cual asienta sus dominios. Para los indecisos y los ineptos, la noche desolada los cobija y la tragedia empecinada se irá cerniendo sobre ellos, impidiéndoles así mirar la claridad del alba cuando empieza a brillar sobre las cumbres, símbolo seguro que anuncia el día en el cual todos los creadores pueden ver que no ha sido vana su labor y que ya tienen algo qué dejarle a aquellos que vienen atrás pidiendo espacio.
Desde hace varios días he estado pasando frente a aquella casa. No he visto al hombre aquel. Es posible que haya muerto, o que esté de paseo en otra parte, o simplemente que ya no se pueda levantar del lecho, que alguna enfermedad le esté derruyendo. Por regla general a quienes viven solos les aquejan males que parecen venir de otras partes; extrañas dolencias y secretos contratiempos, que pudiéramos denominar de insólitos.
Puede suceder que la persona que supuestamente esperaba el hombre de la casa aquella, hubiese regresado y al estar con ella ya no le quede tiempo de asomarse a la ventana, en la que se le veía antes, mirando con insistencia a cuantas personas pasaban; se alejaban entre la lluvia, o bajo de un sol reverberante, sofocados, doblar la esquina y desaparecer.
La ansiedad es uno de los males que experimentan las almas solitarias. Un sobresalto constante se les presenta, y a veces es tan fuerte que lleva hasta ese estado aterrador que los expertos definen con una palabra que casusa algo así como un escalofrío que hace pensar en un dolor indefinido, pero tenaz.
Hay una palabra dolorosa que enerva y mata como el más letal de todos los venenos: la palabra, ingratitud. Cuántas veces quien ha recibido los mayores beneficios de una persona, se aleja y da la espalda y no vuelve a recordarse de quien le favorecía con dedicación y sacrificio. No es que todo mundo sea así de ingrato, pero existen seres sin corazón que mientras necesitan de los favores que una persona les proporciona, la visitan con frecuencia, y cuando no precisan de aquélla, la anulan con el descaro más inaudito.
En este momento me viene a la memoria, parte de la letra de una canción, que dice:
“Treinta años yo rodé para encontrarte y un día para perderte me bastó”.
Muchas veces ocurre lo contrario, en un día se encuentra lo que se ha amar por un momento, y son indispensables muchos años para deshacerse de ese alguien que atrapa y causa un grado alto de desazón.
Treinta años atrás, otras circunstancias, otros tiempos y otros sentimientos; el mismo hombre, una damisela en su primera edad. Un corazón salvaje, una pasión loca junto a todo lo que ésta trae: arrebatos pasionales, celos y desventuras como arroz en la sopa de los pobres.
Una puerta se abre, por ella entra una muchacha; sube unas gradas. En el primer piso, el mencionado hombre la espera. La toma en sus brazos con infinita ternura, le hace caricias, la estrecha contra su pecho y permanecen así por unos momentos. Son amantes desde hace varios días, según informes delos vecinos.
En otra casa, una de esas llamadas casas de citas, otro hombre pregunta por la misma chica que hemos visto entrar en la casa del amante. En pocas palabras, la joven es de aquellas de vida fácil, pero su amante no sabe cómo procede su adorada durante su ausencia.
“Ojos que no ven, corazón que no siente”. El comportamiento de aquella chica, resulta criticable, el hombre al no saber que lo engañaban, se muestra afectuoso, pero cuando su amada no lo visita a la hora convenida, se muestra preocupado perdiendo la calma. Resultaba trastornado, como ausente de sí mismo.
Olvidaba decir que cuando el otro hombre preguntó por la muchacha, alguien le informó que aquélla estaba en casa del “tabaquero”. Así apodaban al amante de la damisela, que en esa etapa de la vida enloquecía a muchos hombres con su apariencia deslumbrante y su coquetería. El que preguntó por ella, también estaba ilusionado, creyendo que era una fresa apetecible que podía disfrutar sin ningún contratiempo. Así les pasa a todos aquellos ingenuos que ponen su atención en personas de esa índole.
Cuando los tiempos pasan y las cenizas se enfrían, el corazón ya cansado emprende al viaje a otra parte. Parece que don Gabriel, quien preguntaba por la muchacha, se quedó anclado en un banco de arena, y nunca logró saltar a otro río ni a otro charco. Para eso hay que tener agallas como los peces, en especial el salmón, que trepa corriente arriba y cuando llega al lugar en donde tuvo un romance, haciéndoles caso omiso a hembras jugosas que no han de faltar, se dedica a lo que sabe, respirar en la corriente, vivir y disfrutar de las cosas bellas que la vida ofrece; el salmón con ser un animal de escasa talla, tiene la capacidad de extasiarse en la contemplación de cuanto le rodea; el agua, el verde de la ribera y esa vasta franja sinuosa; las márgenes del río. La vida como es ese río, dejarse llevar por su corriente es lo más indicado para los que tienen reseco el corazón por los afanes e inquietudes cotidianas.
Todos los hombres se imaginan que la mujer que ambicionan, por el mero hecho de que les corresponde, ya se sienten dueños de ella. Cuando llega el desengaño con sus muchas zozobras y tormentos, con el alma encogida van, cual si fueran residuos de un naufragio. Y los son, pues el hombre aquel ya no puede volver a ser el mismo; un extraño resquemor le aflige y le hace daño.
Los hombres anhelan lo que la dicha les niega, la desventura les concede lo que desean con ardor. ¿A qué hombre le agrada una mujer pérfida; unos labios mentirosos, un corazón que esté tramando argucias de manera permanente? Y sin embargo existen hombres a quienes la soledad los obliga a buscar para compañera una de de aquéllas.
Traspasemos todos los límites de la humana rectitud, subamos las escaleras de la casa de las tres puertas y las nueve ventanas, y con sorpresa podemos ver al hombre que habita en ella. Comparte con la muchacha la misma cama; no tiene otra alternativa, pues ésta lo busca cuando en la calle hace frío o empieza una tempestad. A veces se hace la remisa y le lanza algún reproche. Cuando el hombre se hace de ella el desentendido, se le acerca y lo acaricia, le finge que le hace falta, que no puede vivir sin él; los ardides de la mujer no tienen límites, cuando te digan te quiero amor, y no sé qué cosas más, cuida tu salud y ve adelante. La salud del alma y de la mente vale más que la del cuerpo; a decir verdad la misma cosa es.
El hombre no quiere cambiar de rumbo, ni de casa ni de amor. Menos hacer una retrospección cuestionándose un poquito su manera de actuar. Siempre habrá de cumplirse la sentencia de Herman Hesse:
“Hoy ya sé muy bien que nada repugna tanto al hombre como seguir el camino que ha de conducirle hacia sí mimo”. De ello, no se ha de extrañar el que en medio de la tierra ha vivido y puede certificar que su sabor es tan agrio como su aroma, si es que de aromas en estos casos se puede hablar.
¿Quién era el alias “tabaquero? Veámoslo:
En un hogar legítimamente constituido por una familia de bien, nació un veintiuno de junio, un niño al que dieron el nombre de Luis Antonio, quien creció y estudió en los establecimientos de la población. No ingresó en la universidad porque no alcanzó el puntaje requerido. Estuvo dos años en las fuerzas militares; no llegó ni a sargento siquiera, por eso su padre le insinuó que abandonara esa profesión y cogiera otra, así fuera una carrera intermedia. Luis A. acató la recomendación de su padre y se retiró de la compañía a la cual pertenecía e ingresó a estudiar agronomía. Permaneció allí seis meses y luego se retiró. Entró en una organización religiosa, pero cuando se dio cuenta que allí prohibían tomar licor, el juego de azar, la idolatría, la fornicación, la vida disoluta y otras cosas; consideró que una vida así de simple no tenía sentido. Se decía, nacimos para sacarle el jugo a la existencia y sin ninguno de estos placeres no se puede ser feliz. Así fue que tomó la determinación de cambiar de religión y buscó una que se ajustara a su modo de pensar, y siguió tranquilo su camino. Su padre volvió a intervenir en sus determinaciones, aconsejándole que aprendiera un oficio que le proporcionara con qué vivir, porque él no sabía cuando le tocaba emprender el último viaje.
Luis Antonio ensayó muchos oficios, pero en ninguno permanecía; era como si hubiera nacido para nada, como se dice comúnmente. Sin embargo, entre sus amistades encontró una pitonisa que le leyó el tabaco, le anunció un futuro próspero, feliz y con mucho amor. Entonces él atraído por lo fácil del oficio y porque además, según informes, éste resultaba lucrativo, resolvió unirse a la cofradía de los adivinos y en pocos días se convirtió en uno de los más cotizados de la ciudad. Dinero, amistades, clientela y como si esto fuera poco, entre las concurrentes asistían niñas en la flor de la edad. Para Luis Antonio, esto era lo más interesante: ganar dinero, mirar caras hermosas, unos cuántos guiños no estaban mal. Amante de la vida lisonjera, en el hedonismo cifraba toda su atención.
Entre las concurrentes apareció una muchacha que estaba en los 15 años de edad, le tomó confianza y después de unos meses se convirtió en su querida. La muchacha ere bonita, pero vana; a ella le bastaba que la admirasen, le prestaran atenciones, se rindieran a sus pies y le proporcionaran dinero. No sé con qué epíteto calificarán los entendidos a muchachas como ésta, lo cierto es que abundan, y en la vida pública pasan por hijas de papi y mami; estudiantes, bien relacionadas: unas damas en el mejor sentido de la palabra. El nombre de aquella damisela, era Hermelinda; vestía de manera lujosa; además tenía una sonrisa alegre que cautivaba la atención de sus admiradores, que no eran pocos. Porque como decía mi abuelo:
“Mujer bonita, camino real”. No necesariamente, pero sí con mucha frecuencia ocurre.
Luis Antonio, hombre de buena presencia; cara fresca, cabellos negros, que con el tiempo se fueron tiñendo de un tono gris. La buena apariencia en el hombre le puede beneficiar hasta cierto punto. Tan bien puede servirle de tropiezo, al sentirse aceptado en la sociedad y en las conquistas de toda índole, puede olvidar dar el paso hacia la completa madurez.
La tarde fría, neblina y llovizna en las colinas y sus alrededores. Lejos, muy lejos algo como un trueno descomunal se deja oír en todo la extensión.
Lo viejo se borra mientras lo nuevo brota. Para que aquello ocurra, se muere lo que un día atrajo al corazón. La lucha empecinada del cambio es incansable, debajo de lo reciente hay una franja oscura que ha de tenerse presente. Es gruesa en la medida que encierra el porvenir. Cuando pasa el tiempo, se hace palpable y evidente como lo es ahora la pugna entre el ayer y el hoy.
No hay nada qué hacer. Dijo Luis Antonio, mirándose la cabeza que empezaba a encanecer. Esto lo decía porque era una de esas personas para quien la vejez era símbolo de hundimiento, tanto moral como físico; algo así como un derrumbamiento de cosas valiosas que caen a la inercia. Y no era para menos; antes, en épocas pasadas cuando su madre aún vivía, disfrutaba de solvencia económica; no tenía que preocuparse por nada, vivía como un rey. Cuando su madre estaba cerca de la muerte, le aseguró la casa de las tres puertas y las nueve ventanas, pensando que con las rentas que la casa producía, podría Luis Antonio subsanar los gastos personales. Tanto era el amor que le profesaba, que desheredó a la hermana de aquél, pensando que como la muchacha era de hermosa apariencia y además educada, podía tener un buen partido realizando su matrimonio, y no se engañaba, la muchacha logró coronar el sueño de su madre, y fue feliz.
El hombre no puede ser más de lo que realmente es, tampoco menos. Luis Antonio, era uno de los más puntillosos entre tantos otros. No aprendió a dominar sus impulsos primarios, por eso se le veía con frecuencia presa de arrebatos de celos, respecto al comportamiento de su querida. Se daba perfecta cuenta que lo engañaba, que le era infiel. Aseguraba que por tal motivo la abandonaría. Cuando ella volvía a buscarlo, él olvidaba de súbito su enojo y se unía a ésta, con la bajeza del perro que después de ser azotado por su amo, le lame sus manos haciéndole halagos como si nada hubiera sucedido. ¡Oh insensatez del amor! Por algo dicen que el amor es ciego. Mientras más se ama, más ciego se es. Es tanta la ceguera en algunos casos, que se llega a olvidar hasta de sí mismo. Eso le pasaba a Luis A. a veces olvidaba que tenía, o debía hacer vida social; no aceptaba invitaciones de ninguna naturaleza, debido a ello, él mismo se fue anulando y cuando menos lo pensó, la mayor parte de sus amigos y conocidos, lo olvidaron, desentendiéndose de él.
Aquel hombre en su casona inmensa, a veces se sentía perdido en ella. Allí habían dejado, quienes la habitaban en otros tiempos, llenando con sus voces peculiares todos los ámbitos, que luego se convirtieron en lugares habitados por las polillas y otros bichos de dudosa reputación. No hay bicho que más dolores traiga al alma, que la soledad, cuando ésta es improductiva y no trasciende en pos de mejores horizontes.
Su madre, dama intachable se condolía del hijo que no había unido su vida a una mujer, por las vías legales. Éste Sólo tenía hasta que ella falleció, amigas ocasionales. Ella temía por el futuro de su hijo, al que le aguardaba un final rodeado por la soledad y el tedio. No se engañaba aquella buena mujer, cuando ella falleció, Luis Antonio empezó a permitir que su casa se llenara de damiselas rebuscadoras, aunque de familias bien constituidas; entre éstas la que lo habría de acompañar por mucho tiempo: Hermelinda, la “presumida”.
Cuentan las lenguas que no escatiman nada, que cierta vez Hermelinda enfermó de apendicitis, la tuvieron que intervenir urgentemente. Como en esos momentos estaba distanciada de su amante, tuvo ciertos inconvenientes respecto a la autorización de la cirugía, por falta de dinero. Luis Antonio se enteró del caso y asistió de inmediato a la clínica en donde su querida estaba recluida. La operación tuvo éxito y Hermelinda pronto se recuperó. Como era de esperarse, aquélla ha debido volver enseguida al lado de quien la había auxiliado; pero no lo hizo, en vez de hacerlo se puso a beber licor con otros hombres que también la cortejaban. Luis Antonio soportó todo aquel desplante con la convicción de que había obrado de manera correcta, y que si su amada no volvía a su lado, eso demostraba que ya no lo quería. De sobras se alimenta el corazón de los enamorados, el consuelo es un porción de es minucias.
Había pasado un mes desde que “la presumida” había sido atendida de urgencia. Una noche en que estaba con sus amigos preferidos, sintió un dolor agudo en la parte abdominal, presentándosele cólicos espantosos, y en medio de aquellos espasmos, se acordó de su amigo, y en altas horas de la noche acudió a su puerta llamándolo por su nombre. Como éste tardaba en escucharla, clamaba a viva voz, diciéndole que ella lo quería mucho, pero que necesitaba que se compadeciera de ella, porque se encontraba de gravedad de nuevo. Insistió tanto que Luis A. abrió la puerta y permitió que entrase en su habitación, en la cual se cercioró del padecimiento de la desvergonzada. De nuevo la auxilió, le dio dinero para que volviera a donde el médico, y cuando lo hubo hecho le facilitó las medicinas que requería. No se conocen los límites del agradecimiento en unos seres, mientras en que otros no existen. La nobleza del corazón no es posesión de todos, la bajeza recae sobre esas personas que no tienen otras ambiciones que el interés personal.
Aquella casa grande y ya un poco destartalada, llenaba a Luis A. de una inmensa melancolía. Cuántos recuerdos albergaba en cada uno de los aposentos y por extensión en todos los rincones. En esta misma casa se habían llevado a efecto varios y significativos eventos: el matrimonio de su hermana Esther, con todo el esplendor que fue posible en la época floreciente cuando todo era promisorio en grado sumo. La celebración había sido estupenda, los suntuosos vestidos, los manjares de excelente calidad; los vinos exquisitos, de finas marcas y de sabor genial. Luis A. recordaba cuando su hermana entró en el templo acompañada de su esposo, un hombre joven de regia estampa, llamado Juan Diego. Ella vestida de blanco, con una corona de azahares ceñida sobre sus marfileñas sienes; un manto también blanco que le caía hasta el suelo, al que ponían en alto dos jovencitos de extraordinaria belleza, quienes se comportaban cual si llevasen en su manos, un ramo de azucenas y se dirigieran ante el altar . Recordaba cuando su padre don Alfredo, le había dado el último beso en la frente a la recién casada, estampando en sus mejillas el ósculo solemne que da una bendición, mientras le recomendaba, que le fuera fiel al espeso hasta la muerte y lo tratase siempre con amor. Su madre, con la ternura que la caracterizaba, la había cogido en sus brazos, aún robustos y fuertes, y entre lágrimas mezcladas de alegría y de nostalgia, le endosó una perorata, que era así como una homilía proferida con mucha devoción, en un templo sagrado. Solamente las madres saben de estas cosas, porque son la expresión máxima de los profundos afectos que se hospedan en sus almas, almas que en la medida en que pasa el tempo se van tornando más amorosas y tiernas, como no ha de volverse a hallar más en las vueltas que va dando la vida, que cambia a toda hora, y entre tanto, el corazón se enluta cuando lo azota el frío. Las posibilidades no permanecer, tienen su sitio y cuando se agota, no queda espacio para nada más, son unidades selladas y por lo tanto únicas.
También recordaba que al paso que los años pasan dejan, en el mismo recuerdo sus huellas imborrables. Tenía presente, cuando una familiar había llegado de tierras lejanas, acompañada por una niña que tenía rubio el cabello, los ojos verdes y una sonrisa a flor de labios. Linda como nunca había visto otra. Qué divina aparecía en medio de sus evocaciones, ahora que era sólo una ensoñación que llegaba, cual una blanca paloma en medio de la bruma de uno de esos amaneceres frescos de abril. Esa niña se había convertido, en el pasado en su amiguita incondicional; aquella carita, con el rubor de un pétalo de rosa, siempre estaba atenta a todas sus interrogaciones, que no estaban orientadas hacia las cosas trascendentales de la existencia, sino a las cotidianas, aquellas que llaman la atención, porque despierta esa sensación llamada asombro, algo tan ceñido al estado de consciencia en que se encuentra la psiquis en esos años en que las pasiones no se han manifestado todavía, edad en que la inocencia, lo más admirable que el ser posee, está presente y de ella depende todo el encanto y la beatitud que alegra sin medida al corazón en esas horas en que, al desaparecer, dejan huellas tan profundas como las de un tractor sobre la arcilla. Pero qué tragedia, cuando se pierde el encanto, las horas empiezan a tornarse negras; en la distancia el galope del vendaval arrecia y las ondas del río intensifican su sonoridad, convirtiéndose en un fragor que ocasiona un fuerte sobresalto, inquietud que permanece latente y habrá de acompañarnos hasta el final de la vida.
Con cuánto pesar rememoraba aquellos momentos, cuando la niña Sofía, en medio de juegos inocentes le rozaba con sus manos tiernas, su cara que aún no estaba lesionada por la tremenda aparición del acné, que tanto afea y llena de incomodidad su aparición. Cuántas vergüenzas le había tocado padecer en el futuro, debido a aquello que detestaba con profunda vehemencia. Ah, pero en esos tiempos todo era color dorado y la sonrisa, como el sol de las mañanas no había de faltar todos los días. Si las personas cuando llegan a la edad mayor, al rezar el Padre nuestro, se acordaran de pedir, que no nos falte la sonrisa ni se aleje del alma la esperanza, Dios escucharía esta nueva petición y la concedería.
Sofía, compañera de mis horas más gratas y sentidas, del dulce despertar hacia la época en que los sueños, en vez de ser fantasías, son una realidad que regocija, y la vida es como un lirio que se abre ante la inmensidad del infinito. Así se expresaba Luis A. en las horas de meditación, por medio de las cuales llegaba a revivir los hechos más felices, que después de caer al olvido, volvían de nuevo como la golondrina que deja atrás grandes distancias y torna al alero en el cual pasó la temporada del verano; sintió el grato sonido del viento y encontró el sustento necesario para sí y para sus hijos.
Gratas y puras confidencias de los seres inocentes, en los que el afecto natural empieza a unirlos con un lazo sedoso y delicado, pero firme.
Luis A. recorría todos los espacios, con la parsimonia provocada por su libre voluntad. No había ni siquiera uno de esos lugares que no estuviera impregnado por el recuerdo de pasadas alegrías. Aquí una caricia furtiva, allá un retozo pasajero, más allá la lectura de un libro compartido, y más que todo, leído con la atención del que ve en éstos su futuro. No hay plazo que no se cumple ni deuda que no se pague, reza el refrán. Ello llegó a ser realidad cuando Luis A. al quedar solo entre las paredes de esa casa, se aperó de muchos libros, empezó a devorarlos, y con el tiempo se hizo tan asiduo a la lectura, que era más fácil encontrar un ave desplumada, que él estar sin un libro a su disposición. Entretenido en aquella actividad, pasaba la mayor parte del día y de la noche. En esas páginas brillantes volvía a encontrar la paz para su espíritu. La presencia de Sofía, la niña compañera de su edad florida e irrepetible, no se volvió a cruzar por su sendero, ella que tenía el encanto de las amadas que huyen al olvido y el atractivo de un hada en un desierto, pero ese olvido no era olvido, era la constante evocación de las horas pasadas, que pugnaban como las luces del atardecer cuando la sombra va tomando posesión de todo el panorama. Algo muy claro le quedaba, la certeza de saber que un cariño como aquél, jamás volvería a encontrar en su camino. Un sendero poblado de sombras era el suyo a través de llanuras y collados, en los que empieza el acenso que culmina en la cima, y de allí a las regiones de los espíritus.
El sol que más alumbra es el que más ligero desaparece, y la caricia más genial es la que deja la herida más profunda e indeleble, de la cual queda la cicatriz que ha de marcar la vida para siempre.
Una vida sin amor y una tarde sin sol, son dos cosas iguales. Si la vida es un desierto, como un campo sin riego resulta estéril. Quien anda a tientas, puede tropezar, pero si tiene una voluntad férrea se levanta enseguida y sigue avante. No es cobarde el que cae, lo es el que se hace remiso a levantarse.
Luis A. recordaba cuando en su ya lejana adolescencia, había llegado desde un lejano pueblo de la provincia, un muchacho de su misma edad, de nombre Federico. Tal vez un poco rudo, pero de una decencia poco común entre los de su edad. Éste se hospedó en la casa de Luis A. y al poco tiempo de estar allí, hicieron entre ellos buenas migas. A pesar de la presencia de campesino de Federico, el tenía una gracia que llamaba la atención a primera vista; más alto de lo que debía estar, acorde con su edad. El cabello castaño, sus ojos ligeramente grises, dejaban ver un leve estrabismo, que cuando se turbaba poniéndose colorado, bizqueaba y con ello adquiría un aspecto exótico y enigmático. Luis A. al principio rehuía salir con él a la calle, pero después de hacer de él un minucioso análisis, llegó a la conclusión de que Federico era un muchacho salido de lote, como se dice por ahí. Eso lo comprobó cuando salió la primera vez con él; las muchachas no apartaban la vista de aquél, y se veía que se derretían por conversarle llamándole la atención por medio de muchos trucos. Luis A. ni corto que fuera, se dijo para sí:
A la sombra de Federico, me relacionaré con las chicas más cotizadas de esta ciudad. Pasados pocos días lo comprobó; cuando salían del colegio, todas las de su clase, los seguían como ovejitas que avanzan sumisas tras de los muchos jóvenes por la extensión una pradera. ¡Qué magnífica visión de este paisaje!
Federico había dejado marcado a Luis A. con su comportamiento singular. Sus ojos casi azules e ingenuos miraban de distinta manera a como miraban los demás colegiales. Un secreto debía de haber en ello, después de pasado un buen tiempo, Luis A. descubrió que tal secreto radicaba en que Federico, a pesar de que le gustaban tanto las chicas, permanecía virgen, resultando del todo casto. Como Luis A. sí había participado en varios encuentros amorosos y tenido trato sexual con algunas chicas, molestaba a su amigo, diciendo a media voz: “Virgos no hay sino en las Letanías” Y reía descaradamente. Un día hasta le insinuó que visitaran una casa en donde vendían placer, aunque sin amor. Federico le dijo que se olvidara de eso, porque él le era fiel a la noviecita que había quedado esperándole en su pueblo; una niña de fresca tez, de talle esbelto y de melena espesa. Desde entonces, Luis A. siguió tratando a su amigo con tanta delicadeza, que se diría que ante él sentía temor de comportase con el descaro que acostumbraba. Cuando se está ante una persona de esas características, sea ésta joven o de edad avanzada, por esa razón se ha de tratar con gran respeto.
En una ocasión en que Luis A. se había visto en apuros, cuando otro muchacho intentaba chantajearlo. Federico había intervenido de manera certera y eficiente. El muchacho delincuente, tenía amedrentado a Luis A. pidiéndoles 500 pesos para no delatarlo ante su padre, debido a una supuesta falta. Federico dándose cuenta, cuando estuvo a solas con el extorsionista, le llamó la atención haciéndolo de la manera más decente. Aquél se enojó y lo trató de metido en lo que no le importaba. Fue a estrujarlo, pero Federico cogiéndolo por el hombro, justamente de los tendones que cubren la clavícula, lo apretó con sus dedos fuertes como acero, presionándolo tan duro, que el agresor por poco se desmaya.
Otra vez, otro muchacho ya casi convertido en hombre, se le atravesó en el camino buscándoles camorra. Federico como de costumbre lo rehuyó y como el otro insistió, le dio un sacudón tan contundente que el grandulón fue a dar contra una malla que lo protegió de caer contra un empedrado. Por todas esas hazañas Federico cogió fama de muchacho duro, y todos los demás llegaron a respetarlo, dejándole libre el camino, que él solo direccionaba a su voluntad.
Todos los días iban Luis A. y Federico juntos como buenos amigos; nadie obstruía sus andanzas. Así pasaron los meses, hasta que de pronto la casualidad o el destino los separó. Eso la veremos después. Lo bueno dura poco, lo inoficioso perdura hasta que la mano de Dios o del destino, de alguna manera lo separa.
Dolorosa es la despedida de los seres que se quieren, pero es más triste el encuentro de dos personas que habiéndose amado, se encuentran y se dan cuenta que ya no son los mismos de antes, que se han convertido en seres extraños y que se empiezan a odiar. Esto le pasaba con mucha frecuencia a Luis A. en la relación que tenía con Hermelinda, la presumida, que con frecuencia regresaba a su habitación con un tufo horrible, la cara extenuada, el cabello desgreñado y el genio insoportable, como si su amigo, como le llamaba, fuera el culpable de su censurable comportamiento. Se culpa al otro de las acciones nuestras, cuando en realidad es una víctima.
Cuando se crían cuervos peligran los ojos, los monederos se esfuman y el parné, se mengua como por el artificio de un espíritu travieso, inclusive juguetón, aunque perverso. Desaparecen algunas joyas, en especial las más finas y costosas. Después de pasado un tiempo el dueño de ellas se da cuenta que en la casa del vecino existen joyas parecidas, sin que se sepa de donde le llegaron; si fue obra de un apagón, consecuencia de un relámpago en medio de una tormenta eléctrica.
En el amor existen dos períodos, el que jalona como una tempestad, y el que después hay que arrastrar como una fatal cadena. La relación de Luis A. y Hermelinda la presumía hacía mucho tiempo que había entrado en la segunda fase. ¿Pero cómo poner fin a tan funesto estado? Luis A. muchas veces lo había intentado, pero Hermelinda se oponía bajo el pretexto de que Luis A. era el causante de su actual condición, que la indujo a que tuviera relaciones, prometiéndole que jamás dejaría de amarla, pasara lo que pasara. No existen amores eternos y menos cuando se basan en intereses materiales.
El amor aminora en la medida que el enamorado va descubriendo en la otra parte, la deslealtad y la hipocresía, secuela de las traiciones. Luis A. tenía que soportar les recriminaciones que Hermelinda, la presumida le arrojaba, sólo por no escuchar aquella voz, entre almibarada y chocante con la cual zahería con mucha frecuencia su honor y su prestigio. Una noche cualquiera, llegó la pérfida Hermelinda a su habitación, después de las dos de la madrugada. Traía el acostumbrado tufo del licor, y se veía a las claras en qué pasos había andado. Luis A. trató de poner los asuntos en orden; le dijo a la desvergonzada aquella, que regresara a donde había estado y que no regresara nunca. Hermelinda como mujer avezada, le tapó la boca con una retahíla de frases picadas de veneno, en las que la injuria, como de costumbre, sobresalía como la punta de una roca en la corriente de un caudaloso río.
Luis A. no era un hombre dado a los malos tratos con las damas, y menos a hacer escándalo en su habitación, cosa que no era digna de una persona ilustrada y decente como él. Recordaba un dicho que escuchó una vez, en una taberna, a uno de los beodos:
“Hoy hace diez años que paso mi vida en esta taberna, bebiendo licor, y así se desangra esta cruel herida, que llevo en mi vida por un mal amor. No vale ser bueno honrado y decente, si el brillo del oro gobierna el querer. Hoy sólo me queda mi vieja fortuna que limpia mi frente, que limpia mi frente y con aguardiente lo paso mejor”.
Así mismo recordaba una anécdota que había leído en una revista, que decía: Un matrimonio celebraba sus 25 años de casados. Después de pasada la cena y las libaciones, el hombre celebrante se retiró a un lugar solitario de la casa, entregándose a profundas reflexiones. Uno de sus amigos, al notar la ausencia de aquél, fue a buscarlo y lo encontró en un rincón, pensativo y meditabundo. ¿Qué te ocurre amigo, te veo con cara de acontecido; qué te sucede? Le inquiría.
Hombre, empezó diciendo el de la celebración. “Cuando cumplí un año de casado, tuve la idea de asesinar a mis esposa. Consulté el caso con un abogado, que me advirtió, que si llevaba tal pensamiento a efecto, pasaría 25 años de prisión en una de las cárceles de más alta peligrosidad. ¡Y saber que hoy fuera un hombre libre!
Los dos hombres se miraron en silencio por largo tiempo sin musitar palabra, se dieron la mano como si dijesen: “Las cosas que no se hacen cuando se piensan, se llegan a lamentar después cuando ya es tarde”.
En horas de soledad, Luis A. se acordaba de una retahíla picaresca que escuchó cierta vez, de boca de un rústico. Así rezaba:
“Amigo que te parece que yo me pienso casar, me aburro tanto soltero que no me puedo aguantar. La vida debe llevarse descansadita entre dos, el estado del matrimonio viene dispuesto por Dios.
Dispuesto por Dios es cierto, pero la cruz es pesada; al hombre cuando se casa se le arruga la quijada. En otras palabras queda como oveja trasquilada, sin una enmienda siquiera que corrija lo mal hecho de su mente obnubilada.
Déjate de ser imbécil, de conocimiento eres pobre; ¿de suerte que si me caso dejaría de ser hombre?
No es que dejes de ser hombre, pero de ser hombre libre, que deja la sociedad por convertirse en esclavo. Ahora vas y te casas y vos qué vas a saber, si esa mujer sí te quiere o es apenas por tener, un árbol que la proteja, sabiendo que con sus ramas, del sol y del aguacero, libre queda en el momento en que el padre se la entregue al incauto que la toma y la lleva en andas hasta su hogar.
Ahora vas y te casas y experimenta pavuras, ¿no recuerdas que en Caracas se volvió una mujer mula? En Balboa, otra ocasión, a cambio de abrazos, una mujer a su esposo le dio veinte machetazos. Si te casas tendrás tormentos y penas, la desgracia a ti te brinca, Eva a nuestro padre Adán, lo hizo echar de la finca.
Si te casas quedarás como la noche negra, te atormenta tu mujer en compañía con la suegra.
Mil veces mejor quedar como planta mal sembrada, que caer entre las redes en que cazan a los incautos. Puede ser que ya de viejo se vaya por el camino como el ave que ha perdido su nido y el privilegio de volar de rama en rama, y de beber en la fuente, el agua que le fue cara, pero que pudo encontrar cuando el sol era tan fuerte, que quemaba y requemaba causando muchas ampollas.
Y aunque el casado diga que, ¡ay! de aquél que no se une a mujer que lo acompañe por el resto de la vida. Puede ser que a lo mejor, ni acompañado se encuentre cuando llegue la que tiene la facultar de cambiar lo establecido, así se esté con quien se encuentre.
El matrimonio es cosa tremebunda, cambia y deja sin brillo al que a éste se somete. Cuando por causas justas llega el divorcio, lo único que queda es la argolla de compromiso y el acta de matrimonio que atestiguan que una vez hubo una unión legal. Todo lo demás se va a pique; los hijos son los primeros en sufrir las consecuencias. Unos más que otros, no todos tienen la misma resistencia. De todas formas los hijos de padres separados están expuestos a coger malos hábitos, que luego terminan en costumbres desastrosas. ¿De dónde vienen los drogadictos, que caen en los vicios más azarosos, en bandas de bandoleros, en los cuales la vida es una simple moneda, y no de mucho valor? ¡Pensad en los hijos de padres separados, con cuánta frecuencia se ven parados en las esquinas o en los andenes, esperando no se sabe qué o a quién. Un hijo separado del hogar, es como la rama desprendida de un árbol, a donde lo lleve la corriente, va sin oponerse, y cuando aminora el caudal del río, queda anclado en una playa desolada, de la cual difícilmente logra emprender la retirada. Todo círculo vicioso absorbe y deja anclado a todo el que en él se adentra.
Y el rehuido, solito como cardo en la ladera, habrá de alcanzar perdón por no haber medido dicha unión y sus consecuencias, por haberse embarcado en la barca que no era, o era sí, pero tenía una cruz insoportable y un sello no destructible que pasa por ser piadoso, y que al final causa espanto y si se quiere, la muerte, o por lo menos, enferma más que todo la mente y el corazón, además de cambiarle la figura de una forma bien tremenda.
A Luis A. le agradaba hacer críticas mordaces contra el matrimonio. En el fondo sentía como una ansiedad tardía y nostálgica referente al mismo. Sentía pena al recordar cómo en su ya lejana juventud, tuvo informes de una pobre muchacha campesina que había quedado huérfana desde muy temprana edad. Vivía con su padre ya viejo, en una vereda lejana, apartada del poblado. Cuando aquél viajaba al pueblo los fines de semana a comprar víveres y otras cosas; los buenos “amigos”, iban de visita a la casa, a no dejar pasar la oportunidad de cortejar a la ingenua muchacha, que apenas llegaba a los 17 años. Aquello se repetía cada vez que el padre de ella se ausentaba. Con el tiempo la desventurada muchacha quedó en embarazo. El padre, hombre honrado pero ignorante, culpó a su hija de lo sucedido, y solamente le prestaba el apoyo necesario para su manutención. En el transcurso de los meses de gestación, apenas la visitaban algunos que todavía deseaban más atención de la pobre muchacha, víctima de un destino que no llegó a comprender, porque el ignorante vive en el desierto, en donde el agua del conocimiento nunca cae, y menos llega a raudales como ocurre en otras partes. Pero, ¡Ay!, cuando llegó la hora de dar a luz, ninguno de tantos bribones se hizo presente, y la muy desafortunada mujer, cual si para eso hubiera servido solamente, tuvo que despedirse de este mundo, quién sabe en medio de qué angustias y dolores; tal vez con remordimientos, impotente ante esa situación amarga y dura, más dura aún que la hiel y la retama. “Cómo paga el diablo a quien bien le sirve”. Lo dijeron los mayores, se cumple en el presente y se seguirá cumpliendo hasta el fin, cuando no quede ninguno de esos monstruos que no sirven sino para traer la desventura a las almas solitarias, aquellas que al no tener un compañero que las respete y las haga respetar, se ven en un lodazal sin nadie quien las proteja.
Luis A. reflexionaba y se decía para sí: El hombre es una bestia salvaje, no piensa sino en satisfacer sus instintos. Cuando los ha saciado, no quiere volver la vista atrás. Ay de aquéllas que caen en sus garras, más les valiera terminar de una vez, y no llegar a ser un despojo sin motivo y sin razón, como bien está comprobado.
Luis A. tenía una anécdota guardada, opuesta a la anterior, la cual que compartía hasta determinado punto.
Un galán la quería, y ella reía mientras él lloraba.
Y después de cierto día, mientras ella lloraba
Él se reía.
Ésta valía para las que engañan, mas no para las cándidas que caen entre las redes de la adulación y la astucia.
Resultaría injusto no dar a conocer el origen de Hermelinda, que nació en un hogar legítimamente constituido, aunque no muy funcional. Su padre viajó a los Estados Unidos cuando Hermelinda era sólo una niña de ocho años, la cual crecía en un ambiente cercano a la pobreza. Su madre, mujer orgullosa, venía de una familia adinerada, y no por eso le prestaba mayor apoyo. El esposo no enviaba con frecuencia el dinero para la manutención de del hogar. Así era que la muchacha salía de la casa y se refugiaba en la compañía de amigas de su misma edad, con el agravante de que ya estaban iniciadas en el consumo de bebidas embriagantes, fumaban cigarrillos de marcas ordinarias, y a veces le agregaban una sustancia tóxica. En la época actual eso no parece nada extraño, por todas partes ocurre lo mismo, y hasta peor. El problema se acrecienta cuando la persona iniciada en el vicio queda dependiendo del consumo sea de licor o de otras sustancias, para así hacer una aparente vida normal. Hermelinda había caído en esa red, habiendo quedado prisionera en ella.
¿Cómo ocurrió? Muy sencillo. Cierta vez una de sus amigas, de nombre Eliana, la invitó a su casa con el objeto de pasar un rato agradable divirtiéndose. En un principio todo transcurría en completa normalidad, sólo fumaron cigarrillos y conversaron de cosas acordes a su edad.
En otra tarde, Eliana volvió a invitar a Hermelinda a su residencia; ésta aceptó como de costumbre sin oponer resistencia. Cuando se reunieron, Eliana encendió el equipo de sonido, colocó música moderna y se sentó junto a su invitada. –Qué tal si nos tomamos un refresco, principio diciendo la anfitriona. –Magnifico, contestó su amiga. Entonces, Eliana abrió una gaveta y extrajo dos latas de cerveza. Hermelinda aceptó complaciente, se suponía que sólo se trataba de una cerveza para calmar la sed ocasionada por el calor de la tarde. Se la bebieron conversando en estrecha amistad. Cuando terminaron la primera, vino la segunda, así hasta que se emborracharon. Las invitaciones se sucedían cada sema. El asunto tomó otro cariz, cuando Eliana le dijo a su amiga, que para que siguiera participando de aquella diversión, tenía que aportar dinero; la bebida había que comprarse y era costosa. Como Hermelinda aún no había sido inducida a participar de invitaciones en casas extrañas, le manifestó su inquietud a su amiga, que la había invitado a la casa del “tabaquero”, pues allí era en donde Eliana conseguía el dinero que invertía en la compra del licor que consumía. Todo a espaldas de sus padres, quienes ignoraban el comportamiento de su hija. Todo viaje se inicia al dar el primer paso, un paso seguido de otro hasta llegar a un sitio, que a veces es incierto, carece de forma, pero es real. Una acción tras de otra, hasta adquirir un habito. Ahí tenemos ya un destino, y qué destino aquel, en el que caen muchas niñas, algunas inocentes, otras aunque no tanto, sí es lamentable que lleguen hasta allí.
Desde la casa de tres puertas y nueve ventanas, aquél hombre solitario rememoraba su pasado. En esa casa vivió con toda su familia; su padre, su medre, su hermana, su hermano, o casi hermano. Hasta ahí había llegado un día su amigo Federico, quien vivió con toda la familia durante varios años, y luego cuando el destino lo llamó, partió de aquel hogar dejando tras de sí, una historia larga, llena de contenido; de bondad, de gracia, de garbo y de todo lo que una persona de excelente comportamiento deja grabada en la memoria de todos los que tuvieron la gran oportunidad de haber compartido con aquél, momentos amenos. ¿Qué había sido de él? Las sombras tienen su peculiar lenguaje, pueden llamar desde la distancia; hacen señas y dejan ver que regresan del pasado y hasta llegan a rozar nuestra epidermis, con suprema suavidad. Luis A. desde la nube de su soledad, alcanzaba a vislumbrar en la distancia ignota, la dulce calma de las pasadas horas. Cuando se está joven se mira hacia delante; cuando los años pasan, ocurre lo contrario; miramos hacia a atrás y vemos cómo el tiempo está borrando las huellas que quedaron estampadas en las encrucijadas de las veredas que hemos recorrido, cuando la primavera reinaba en el entorno y las horas eran capullos de alhelíes, la cara del día, como una corona abierta radiaba luz pura, y el aire ligero aportaba vida a sorbos gruesos. Todo era hermoso, el corazón se habituaba a aquella expansión, y no padecía ni el más leve sufrimiento. Un paraíso como ese es bello, nadie habrá de negarlo. Lo trágico, es que cuando desaparece, deja tantos sinsabores, que al volver la vista y comprobar que ya no existe, se conmociona el corazón de tal manera, que ya no puede volver a ser feliz como lo fue, cuando existía. Desvanecida la ilusión y muertas las esperanzas, en la extensión circundante no se ven sino despojos.
Cómo pasa el tiempo, 30 años pasaron desde que encontró la más delicada y dulce de las alegrías, cuando había llegado hasta la casa de la familia, aquella niña de cabello rubio y labios rojos. Parecía que eso hubiese sido un sueño, y sin embargo, aún en su pensamiento se cruzaba como una exhalación de brisa y de rocío, el recuerdo sagrado de quien fue una visión fugaz aunque efectiva. Le parecía a aquel hombre, que el verdadero amor es algo que se desea, pero que no se alcanza sino después de desvanecida su aparición. Algo así como el destello que deja la luz cuando se pierde bajo el círculo crepuscular del horizonte.
Para Luis A. las horas trascurrían lentas, o así le parecía. Una entre tantas otras noches, por medio de profundas reflexiones llegó a la conclusión, que no eran las horas las que pasaban, era él quien pasaba a través de aquéllas. Su vida era ligera como la brevedad de su propio ser, o como el humo que tan pronto aparece se diluye sin dejar ninguna huella. Miraba hacia atrás y veía con claridad su pasado. En las profundidades de su alma soñadora, la pálida visión de lo imposible.
Sofía, niña buena, ¿qué se había hecho su presencia? Acaso en la distancia, un arco iris se dibujaba y tras de sus siete colores, estaba la imagen de aquella niña. En esas horas de ensueño, quiso que siempre estuviera cerca, muy cerquita de su pecho que la amaba con la más pura de todas las pasiones. Amor verdadero, como aquél no tuvo más. Con dolor comprendía que su existencia estaba manchada por sus enormes faltas; sentía el peso de sus múltiples culpas y percibía que su estado actual correspondía exactamente tal como estaba programado desde el momento de su nacimiento. Si era así, ¿entonces cuál era su culpa?
En una lejanía brumosa veía la sombra de su amada madre que se alejaba y desaparecía. Luego miraba cómo una mujer elegante que venía hacia él, lo desafiaba con el arma contundente de sus bien formados senos. Al mismo tiempo, una voz secreta le murmuraba, haciéndole comprender el significado de esas visiones: la imagen de su madre el ser que le dio la vida, que se alejaba y se perdía, era la vida que se va, dejando la nostalgia como un eterno legado. La imagen de la mujer despampanante, significaba el goce de la vida, el amor, el placer y todas sus venturas. También la pérdida de la libertad, al unir su vida con la de aquélla.
Despertaba en medio de la noche sintiéndose afligido. Se encontraba solo y dentro del marco de los espejos no había una leve señal de una persona, ni de alguien que tuviera vida, respirara o se moviera.
Cantaba un ruiseñor en un bosque de helechos y encinas, cuyo recuerdo, él guardaba como un tesoro en el fondo de su alma soñadora. ¡Ay!, pero ese canto no era alegre como le antes; era el canto de la melancolía, triste y nostálgico, que traía la premonición de una despedida. Después, aparecía un camino largo, muy largo, blanco como si en éste hubieran regado la leche de mil vacas, o esparcido la cal de un número igual de bultos llenos. En la penumbra de la alcoba, las teclas de un viejo acordeón, sarcásticas daban la impresión de algo llamativo.
La forma de su amigo de la infancia descolgaba aquel instrumento, y cual si la magia de mil sones lo animase, empezaba a preludiar sólo para él, las dulces melodías que con el tiempo adquirían el arrobador encanto de aquello que se fue y aún pervive en el recuerdo que fluye a través del tiempo y las grandes distancias.
Para Luis A. esa casa grande, llena de muchas habitaciones, y que le producía el dinero necesario para vivir de forma digna, era también su universo, su país y su región. Desde una de las ventanas observaba la vida y sus movimientos, y escuchaba muchas frases pronunciadas por gentes de toda laya y condición. Una tarde escuchó la perorata de un hombre que pasaba por la calle, pronunciando en voz alta, palabras que salían desde su corazón.
“Aquellos que no conocen a Dios, van al infierno. Los que lo conocen y no viven de manera coherente, son los primeros en ocupar aquel lugar”.
No había terminado de hablar, cuando otro le replicó:
¿Ha visto usted a Dios? Diga cómo es, y en qué lugar se esconde.
Hombre incrédulo, no sabe que Dios está en el cielo y por estar tan lejano es imposible mirarlo. En cuanto a cómo es, yo no sé, pero es tan grande que el cielo tiene siete planos, cien plazas y también un cementerio.
¿Cementerio para quiénes?, si allá no muere nadie; argumentó el opositor, queriendo anular al que así se expresaba.
Cómo que para qué. ¿Cree usted que todos los que llegan allí, reúnen las medidas para establecer su residencia permanente, en una parte tan santa?
¿Un cementerio y qué más, no vio otras casas por ahí?
Nada de cosas, sólo palabras: palabras en la noche, palabras en el día. Al principio las palabras; al final también las palabras. La palabra lleva a la acción y la acción encierra el Todo.
Palabras, acción y Todo. Creo que este hombre no está tan despistado como parece, pensó Luis A. que miraba con agrado al transeúnte solitario que había predicado, dejando sin argumentos al tentador que lo rebatía. Aquello lo dejó pensativo, pues él creía que aquello llamado Todo, es Dios, y el que lo revela es quien enciende la llama, la llama que no se apaga y para siempre perdura; éste es el profeta. Esa misma llama es la fuente de la vida y sus misterios, el Amor que no tiene límites y que a veces toma forma de gavilán o de paloma. El Amor es lo primero, lo último lo contrario. Recuerda buen peregrino, si en la noche no hay estrellas, prevéngase con la lámpara que está hecha de Palabras. Ya verá cómo lo alumbra a través de la jornada, viaje que tiene con fin la eternidad.
¡Oh jornada! ¡Oh peregrino! Qué vueltas que da la vida, ayer tan pródigamente la suerte me sonreía. Hoy cuando la luz agoniza la sonrisa no aparece y una mueca de desprecio me muestra su felonía. Decía el hombre solitario, que observaba el corrillo de desocupados que prestaban atención a lo ocurrido.
No todos los transeúntes son trágicos, los hay de gran corazón y alma trasparente. Cierta vez, uno que se había extraviado de camino, encontró en su errático recorrido a un niño recién nacido, abandonado. Aquél lo recogió y con el mayor cuidado, olvidándose de sus pertenencias, cargó con él hasta la próxima estación de policía en donde lo entregó con los más finos cuidados. Luego partió de allí, llevando en su pecho una luz como recompensa de su acción extraordinaria. Cuando regresó al lugar en donde había encontrado al infante y había dejado sus pertenencias, vio que ya no estaban. Movió sus hombros con expresión filosófica como si con este gesto afirmase la convicción que llevaba dentro: la certeza de haber obrado con verdadera honestidad y completa justicia.
¡Oh jornada! ¡Oh peregrino! Qué vueltas que da la vida, ayer tan pródigamente la suerte me sonreía. Hoy cuando la luz agoniza la sonrisa no aparece y una mueca de desprecio me muestra su felonía. Así eran la mayoría de los pensamientos que el hombre de La casa de las tres puertas nueve ventas, acariciaba o mejor tenía. Para él, la casa se había convertido en su único mundo. Fuera de aquélla, todo pasaba como simples visiones de las cuales no era necesario hacer memoria, aunque esas apariciones eran una espina rompiéndole las carnes ya laceradas y muy pronto, entumecidas. La tristeza que trae la soledad, petrifica; cuántos han perdido la razón, entre tanto otros, han realizado las Obras más excelentes de las que se tengan noticias. ¿Ha asistido el lector a una exposición de pintura? ¿No ha quedado maravillado ante tanta belleza y esplendor? Tenga presente: todos esos portentos fueron creados en la más absoluta soledad. Este es el estado de pureza en el cual debe de encontrarse al alma en los momentos de realizar una creación suprema.
Soledad, amada amiga, como la sal y el dulce indispensable. Cuando no estás todo decae y cuando vuelves a reaparecer hablan las rocas y los astros.
Por una de las ventanas, la que daba al nororiente, y por ésta tener vista a la parte más central, concretamente a la calle principal; podía observar desde allí las marchas de los sindicalistas cuando salían a protestar por las alzas excesivas de los servicios públicos, el bajo pago de los salarios, y esa enorme procesión de gastos que emanan de la explotación comercial, que a cada momento incrementa los precios de los artículos de primero necesidad. El comercio se ha convertido en el pulpo más poderoso que desangra a las personas de la clase media y la baja. Lucha de gran trascendencia, pero nula al final como todas, porque la impotencia de repente se hace sentir y aparecen los límites que separan la médula de las demás partes del cuerpo. Hablando de forma clara, las élites.
No sabía de manera exacta porqué se la pasaba por la memoria un párrafo de un libro que había leído hacía ya mochos años, dado el presente caso, de ver la clase obrera luchando por mejores condiciones de vida, le llegaba a través del tiempo y del espacio, con nitidez brillante:
“El pueblo muere, pero está acostumbrado a su lenta agonía. Y este estado de cosas encuentra en sí mismo los elementos que lo mantienen. El excesivo trabajo impuesto a las mujeres, la consunción de los niños, la falta de alimento. El pueblo acaba por no darse cuenta de su propia miseria y de su honda amargura, y no se queja. Por eso mismo, se llega a creer que semejante situación es natural”.
Él, hombre de pocos estudios seglares, y en especial sociológicos, alcanzaba a comprender el estado de cosas actual. Creía que los asuntos sí, habían cambiado un poco, pero no lo suficiente como para decir que en la sociedad imperaba la justicia y la equidad. Por eso no se alarmaba que hubiese gentes que dejaban la vida ciudadana y se internaran en las selvas, expuestos a toda suerte de riesgos, no teniendo más apoyo moral que su propia convicción. Van en pos de una falacia, porque el establecimiento acapara a todo el que busque el cambio, por medio de una revolución. La palabra, revolución, es temida por la mayor parte de la población, creen éstos que se trata de algo nocivo, sin comprender que sin aquéllas, la civilización quedaría estancada. Es por medio de éstas que se ha avanzado en la conquiste de algunos derechos, cosa que de otra manera no se hubiera alcanzado.
Por esa misma calle, y por la misma ventana miraba con reticencia, cuando salían los políticos en vísperas de elecciones, arengando al pueblo con promesas inauditas; promesas que no llegarían a cumplir. Pongo de ejemplo una nota referente al caso, tomada de un periódico:
“Desde entonces, y como antes, todo ha sido una tomadura de pelo. La candidatura del bravucón ***** sigue en pie y sus áulicos luchan con lo que tienen por sostenerla. Lloverán otra vez las promesas sobre el aeropuerto y todos votaremos otra vez, por los mismos mentirosos. Seguirán empinándose los jefecillos políticos tomados de la mano para salir en la foto la noche de las elecciones al lado del muñeco que nos impongan. Y después de elegido, todos se harán los locos cuando les pregunten por el aeropuerto. ¿El aéreo qué?
Actualmente el sainete se repite como en las fiestas de pueblo. Un día las mirlas blancas. Al otro día las negras. Al día siguientes las mismas mirlas. Eligieron al gobernador, suspendieron al gobernador, destruyeron al gobernador, nombraron al gobernador, encargaron al gobernador”.
La lista de insensateces es interminable. Un pueblo sin verdaderos guías, está condenado a perderse en su propia descomposición social.
Luis A. desde una de las ventanas de su vieja casa, con mirada de asombro, veía pasar el eterno desfile de las horas, y con ellas la marcha engorrosa de los acontecimientos. También, cuando en el templo cercano, después de tocar a doble las campanas y entraban por la puerta principal, un féretro. Otro que viajó, se decía. Al final del oficio escuchaba por el alto parlante que pronunciaban con solemnidad, esas palabras definitivas y consoladoras que no han de faltar en las ceremonias fúnebres: “Descase en paz”. Para aquél, como para muchos, esas palabras son las más maravillosas que se hayan escuchado desde que el hombre inició la costumbre de sepultar a sus muertos de manera ceremoniosa. Al hombre siempre le espera el mismo fin que tuvieron quienes ya hicieron el viaje. A siete mil kilómetros de distancia, están los primeros; en este caso concreto, la distancia no cuenta para nada y mucho menos el tiempo, que es una mera exhalación en la comba del infinito.
Desde el ángulo contrario, fisgoneaba cuanto por la calles pasaba. ¿Sería feo y poco honesto el hecho de fisgonear? No lo miraba así, pues él sabía que esa es una costumbre muy antigua, inclusive la primera; si no hubiera sido por eso, qué diferente sería nuestra suerte. Que nadie nos advirtiese que estábamos como llegamos al mundo; que aquello era malo, y lo otro bueno. Que había que tomar la sopa, porque de lo contrario quedaríamos como un ave desplumada en medio del vendaval. Esas son cosas que el tiempo, rey y señor de todo saber, fue poniendo en la mente del hombre recién aparecido. Cuando Luis A. quería cambiar de panorámica, lo único que tenía que hacer era intercalar ventana. Cuando esto ocurría podía mirar cosas diferentes, unas veces normales, otras no tanto, pero al final se decía, ¿qué tiene aquello de extraño?
Entre los cuadros que se presentaban, caminaban matrimonios, debidamente constituidos, se deducía según su comportamiento. La calle puede albergar más cuadros que una exposición de pinturas de artistas de tendencias diferentes. Una pareja de novios, se enlazan en un abrazo y se besan de repente. Los matrimonios, son más circunspectos, se satisfacen sintiendo al otro bien cerca. La cercanía entre los que se quieren es mejor que muchas cosas, no requieren de mucha proximidad los que verdaderamente se aman. Una vez vio a dos muchachos que caminaban muy campantes y despreocupados, tomados de la mano, conversando y sonrientes como si fuesen novios, y es posible que lo fueran. El amor, como la tuberculosis no tiene predilecciones, se pega donde le plazca, sin que se sienta afectado por ninguna condición. Así fue desde el principio, así será hasta el fin. El hecho no sólo se hace notable en el género masculino, también en el femenino, con la diferencia de que en éste es menos rechazado. ¿Porque, quién vea a un par de niñas que van por la calle cogidas del brazo, en una alegre charla, infiera algo de ellas?
Cómo ha cambiado la vida, o las costumbres más bien; los loros salen del nido sin importarles que llueva, o que la tarde presente presagios de un chaparrón. Lo que importa es que quienes así lo determinan, cuando al agua los alcance no se vayan a buscar el techo que dejaron olvidado, queriéndose escampar. No importa que todos hablen, si el corazón está alegre y la vida les sonríe, que caiga desde lo alto lo que tenga que bajar. Lo importante de todo lo que en el mundo pasa, es que cada individuo ponga de manifiesto su propia tendencia, sin ocultar lo que es. Eso de ser solapado aumenta la incertidumbre. ¿Qué existe de tras de esa máscaras que fingen ser tan sumisas? Hay que abrir las ventanas para que entre el aire y circule por el interior de la casa. Siempre vemos una casa en la cabeza de cada cual.
No todas las veces que Luis A. abría aquellas ventanas, observaba cosas hermosas, como las cumbres lejanas de las montañas, tanto las del oriente como las del sur; allá en la parte más elevada, como corresponde, las nieves del Ruiz con su blancura inmaculada y su imponencia escueta. Qué maravilloso panorama se presentaba en las horas matutinas, cuando el sol al emprender su carrera visible, aunque aparente, bañaba con sus rayos opalinos las colinas aledañas y las preciosidades de los campos llenos de un verde tonificante invitaban a recorrerlos. Hablo de todas estas cosas, en pasado porque lo que ya ha sido y ha dejado grabadas sus imágenes en ese parte sagrada que llamamos corazón, el cual trasforma estas pasadas visiones en frescas remembranzas. Pero no todo lo que por aquellas ventanas se veía, estaba revestido de paz y de belleza. Una noche por cierto, en que la ciudad celebraba el carnaval del año, le tocó ver cómo unos vándalos menores de edad, atracaban a un señor de edad avanzaba. El hombre anciano pedía compasión, arguyendo que no lo mataran, que él era extranjero y les rogaba que por el amor de Dios, le perdonaran la vida. Pero nada, fue como si esas palabras hubieran exacerbado en esos vándalos, el instinto asesino que subyace en el subconsciente de todo criminal. En vez de tener compasión de la víctima, la agredieron hasta dejarla sin vida y luego la despojaron de todas sus pertenencias. Dicen los gestores de las leyes, y lo argumentan con mucha propiedad, que los jóvenes no tienen suficiente conocimiento para discernir entre lo delictivo y lo que no lo es. Cómo se engañan, en esa edad es cuando el adolescente cuenta con unas neuronas en perfecto estado y funcionalidad, la facultad de la comprensión está despierta, y solamente se aprovechan del hecho insólito de que la ley no los declara responsable de hechos tan abominables, como esos que ocurren a diario y que acabo de describir. Por eso la sociedad, y en especial las cárceles están llenas de delincuentes, los cuales, si se les hubiera corregido en tiempo oportuno, no hubiesen llegado hasta tal extremo. No sólo las prisiones albergan a tales delincuentes, las calles, las plazas y los sitios céntricos de los pueblos y ciudades están plagados de gentes así. Andamos mirando con cuatro ojos, no sea que el sujeto que se acerca, sea un delincuente y nos agreda.
Resultan necesarios, en esta encrucijada de la historia, la presencia de líderes que promuevan programas orientados a la formación de las juventudes, a las cuales se les debe por justicia conducir a un destino superior. Dichos medios pueden ser las Artes en general; la literatura, en especial las lecturas y aquellas organizaciones cuya finalidad es llegar a la convivencia. Por medio de éstas, una mejor formación del individuo. Las Artes Plásticas; la pintura, la escultura, la música, Arte de singular trascendencia, que cura el alma, abre caminos y se adentra en los senderos en donde la violencia no tiene cabida: no se conoce a nadie que haya cogido y ejecutado un instrumento musical, que después haya tomado un arma con el fin de destruir lo que la naturaleza, en su afán creativo puso a la vista del mundo, convirtiéndolo en un lugar en el cual, todas las almas viviesen en armonía, mirándose con Amor. La palabra amor, tiene igual significado a la de Dios. Lo trágico estriba en que ambos conceptos están distorsionados, confundiéndose con caricaturas que distan mucho de ser lo que en realidad son.
“El alma es una lira y en horas de pesares, sus cuerdas vibran solas. La duda va a tocarlas, estalla la blasfemia; la fe llega a pulsarla, pues bota la oración. Las almas que son fuertes no ruegan, interrogan y el verbo brota de ellas cual llamas de un volcán”.
Pensar es reflexionar. No existen personas que no piensen; el hecho de cavilar puede dar origen a malos pensamientos. ¿Quién no los tiene? Cuando el humano se encuentra en una encrucijada recargada de acritud, la mente empieza a elaborar pensamientos, muy lejos de ser santos. Hasta la misma blasfemia puede aparecer de repente.
“Tú, loco Inanuschka, mete la mano cuando quieras en el bolso de tu padre; come, bebe, refocílate. ¡Pero tú, tú y tú, y tú, relameos los labios, pues no habéis merecido otra cosa que ser lo que sois!”.
Estas palabras encierran un mensaje desconcertante, ceñido a la verdad. La extrema riqueza de unos cuantos poderosos, es la causante de la extremada pobreza de tantos que, con sus escasos ingresos no alcanzan a medio subsistir. País con arcas llenas, pueblo con hambre, es la amarga y cruel verdad. Muchos niños mueren por desnutrición. ¿Eso a quién le incumbe? Una mirada al vacío, un gesto de desprecio muestran las caras de quienes poseen inmensas fortunas más allá de la frontera nacional. (Entiéndase como una metáfora).
Basta con la mala gente que se encuentra a diario por los lugares más frecuentados por personas normales. Luis A. recordaba cuando estando él todavía joven, había presenciado una acción dolorosa y siniestra. En un café situado en una céntrica avenida; estaba una niña de unos ocho a nueve años, jugando entretenida con otros niños de su misma edad, mendigantes como ella, se podía ver a primera vista. De pronto, entró en el negocio un mozalbete de unos 18 años; coge a la niña de una mano, la levanta y le ordena:
“A pedir limosna, bribona”; la empuja, y la pobre niña rascándose la cabeza, sale disparada del lugar. Cuadro más tétrico que aquél no había vuelto a presenciar, Luis A. hasta entonces.
La soledad puede llegar a ser mala concejera; cuando el hombre de nuestra historia, miraba casos así de aberrantes, sentía un profundo deseo de tomar venganza; pero ¿porqué?, no era él artífice ni de una cosa ni de otra. No era el padre de ninguno de esos niños desamparados que vagaban por las calles, mendigando un mendrugo de pan para mitigar el hambre que los hace trastabillar. Después había visto a esos mismos niños pegados de un frasco de pegante, delirantes, con la mirada turbia y las mandíbulas flojas. También había observado que algunos maledicentes vecinos, les arrojaban desperdicios, y había escuchado que los trataban mal. La sola palabra, huérfana o huérfano, infunde en quienes la escuchan, un poco de sensibilidad, algo así como cuando uno encuentra una espina en un alimento, que le causa un escozor terrible. Un niño maltratado, crece lleno de amargura y está expuesto a casos dramáticos que repercuten en la misma sociedad. Qué tal si a esos niños, alguien mal intencionado los induce a que lo siga por la senda del terror. Por ejemplo, una organización en que practican el secuestro y la extorsión, prometiéndoles que allí nos les faltará la comida y la vivienda. El niño desamparado al verse extraviado y solo, resulta ser presa fácil, y no ha de culpársele cuando ataque por sorpresa, si hasta ese extremo llegase, está cobrando lo que un día, con desamor le negaron y le arrojaron al rostro escupitajos de rencor. La tierra devuelve lo que el sembrador en ella deposita. La mente y el sentimiento representado en el corazón, también paga con creces lo que el trato humano le ha dado.
A Luis A. no sólo le tocaba ver pasar lo insufrible, también los cuadros suculentos que presentan los que tienen dinero en abundancia y lo invierten en bienes que ostentar. Un carro último modelo, un caballo de paso fino, avaluado en cien millones; una casa de mil millones y una hacienda muy extensa y varias finquitas más. No es que eso sea criticable, lo que duele es la indolencia. Cuando se habla de esos asuntos se pretende que se oscurezcan, que no se miren siquiera. A los insensatos les parece que nadie mira esas acciones y no recuerdan que existe una balanza que pesa, y un metro que mide centímetro a centímetro, con exacta precisión. El Sol no se tapa con un dedo, ni el mar se puede achicar porque se saque de éste un jarra lleno.
No hay manera de hacer entrar en razón las cabezas embrutecidas, que no entienden que la causa de su infortunio radica en su ignorancia y en la forma equivocada de enfocar la realidad. El acaudalado emplea su dinero en aquello que le llama la atención y satisface su vanidad. Las clases menos favorecidas emplean unas tretas bastantes complicadas para alcanzar las mismas posiciones. La verdadera inteligencia debe de estar orientada a la consecución de nobles ideales. La cosas se complican cuando le meta perseguida, es meramente material. De ahí los caminos oscuros, las acciones torcidas y esa cadena interminable de corruptos sin cuartel.
Luis A. veía a diario, asomado en una de las ventas de su enorme casa, cómo muchos de los transeúntes que vagaban de aquí para allá, cual si no tuvieran rumbo o fuesen en pos de algo que aún no habían encontrado. Lo que fuera, sólo a cada uno de ellos le importaba. A ciertas horas de la tarde pasaban muchachas bien arregladas, caminando sonrientes y mirando las vitrinas de los almacenes, que en esos días exhibían mercancías traídas del exterior. Entre aquéllas, iba una muchacha que parecía preocupada, o que estuviese comprometida en algún hecho fuera de lo normal; era Camila, chica de buena presencia, que llegaba desde una población inmediata. Después de buscar y trasegar por largo tiempo, entró en un negocio en donde se reunían las más lanzadas, con el fin de encontrarse con uno de sus amigos. Camila esperó unos momentos, al cabo de los cuales llegó un hombre de talla alta y de modales pausados, que realmente no eran habituales en él. De aquello se deducía que en medio de su actitud estudiada, ocultaba intenciones no muy claras.
Cuando hubieron dialogado durante unos minutos, los dos salieron del lugar y se dirigieron a una de las casas que estaban cerca de la residencia en donde habitaba Luis A. En esa casa permanecieron por varios minutos; después salieron y desaparecieron de vista. Como a eso de las dos de la madrugada sintió Luis A. un alboroto, oyó unos disparos y con alguna precaución, medio abrió un ala de una las ventanas, y pudo ver que metían en una patrulla de la policía al acompañante de Camila, el que vio con ella el día anterior, mientras a ella las subían a otro carro para llevarla al hospital, porque presentaba heridas de carácter grave.
La noticia al día siguiente fue, que habían atracado una droguería, violentando las cajas en donde guardaban el dinero, lo hurtaron y tomaron unos objetos de uso común, un celular y un computador. Un vecino que se dio cuenta del robo llamó a la policía y fueron capturados los delincuentes en el acto. El hombre fue conducido a la fiscalía y encerrado en un calabozo. Camila fue puesta en libertad porque le faltaban unos meses para cumplir los 18 años reglamentarios para ser procesada.
El mundo marchaba como siempre; a veces el sol alumbraba con tanta intensidad, que sus rayos quemaban como ascuas. Otros días era la lluvia que caía con fuerte precipitación, resultando que las habitaciones de las laderas resultasen afectadas y no pocas veces barridas por un alud. De cuando en cuando, quedaba como resultado de la catástrofe, uno o dos muertos, que eran llorados y sentidos por unos días, para después caer al pozo del olvido como caen al suelo las hojas de los nogales cuando el invierno se acerca y el ambiente se encuentra helado por la extremada humedad del suelo. ¡Qué se va a hacer si siempre ha sido así!
La vida pasaba con sus matices de variados colores, en ocasiones cambiaba de cariz como cambia de apariencia el fondo del escenario en que se desarrolla un espectáculo. Por la calle, a todas horas vagaban gentes de diferentes capas sociales y distintas profesiones. Poetas con cuadernillos de poesía en las manos, creyéndose el cuento que eran unos genios. Abogados con portafolios; algunos tan poco eficientes que no conseguían ni siquiera con qué tomar tinto, por su ineficiencia, y para ser más exactos, por no ser más concretos en cada uno de los procesos que manejaban. Albañiles con escaleras que trasportan de una parte a otra, todos atareados y de afán. Los usureros, gota a gota con sus caras sonrientes, una mano en el bolsillo y en la otra una cartera, mirando cuando aparecieran las víctimas de ocasión. Los vendedores ambulantes, pregonando sus mercancías, los de tinto en termos, mirando a quienes en la vía, con caras todas sombrías, para calmar el frío, o simplemente el hastío causado por la expectativa que ocasiona una deuda sin saldar. Estos tomaban café con la duda de si sería del mismo día, o recalentado de la noche anterior. Lo que no cambiaba de cara era la zozobra habitual. La política, y ante todo la confusión ocasionada por la incertidumbre de si llegaría la paz o no. Claro está que la verdadera paz hay que construirla, partiendo desde el corazón de cada cual. Para entender esto, hay que practicarlo. No hay que esperar que sea el otro el que dé el primer paso.
Llega la noche y cambia el panorama, se escuchan dulces canciones, hay rumores en los bares, y tras de los balcones pintados color tono pastel, la cara de una mujer deja extender la mirada para ver si en la próxima esquina se encuentra su pretendiente, o el amigo que éste tiene, que casi no lo abandona ni cuando entra en su casa a cambiarse de traje y a comer. Existen amigos sinceros y leales, también los hay tan cansones que no dejan tranquilo al amigo que más le sirve. Extraña condición del corazón humano, ser posesivo hasta agotar la paciencia, y después de obtener lo pretendido, dar la espalda y no volver a mirar la cara del benefactor, hasta que una nueva necesidad lo amerite.
La nostalgia hace presencia cuando más solo está el que padece de abandono y se encuentra destronado del sueño que ayer forjó. Luis A. recorría en silencio por todos los vericuetos de su casa, incluyendo el comedor. Allí había compartido muchas y alegres horas en compañía de las personas que vivían en esa lejana época, cuando él era aún bastante joven. La niña Sofía y Federico, qué había sido de ellos, ambos tan buena gente, adornados con tan buenas cualidades, que traerlas a la mente, era volver a revivir ese ayer que estaba perdido y que de sólo evocarlo, se llenaba de agua la boca, la ilusión que estaba muerta, cual una mata de madreselva en una pared lánguida, empezaba a surgir del olvido. Son cosas que el alma puede traer desde sus profundidades subyacentes a manera de subsuelo. ¡Ay amor! ¿Por qué te fuiste para no volver sino en esas ensoñaciones que crea la ilusión? ¿Por qué cuando todo es calma, y el alma sigue rondando por los lugares recorridos en otra oportunidad, una vislumbre llega y en el acto se aleja cual si quisiera decir; ya no hay amigos ni nadie que puedan servir tan bien como en los días pasados? ¿Por qué? Las vueltas que da la vida son un enigma insoldable; a más exigencias, más drásticas las respuesta.
Ahí estaba él, solo como el primer hombre, quizás como el último, o como aquél que clavado en una cruz, sintiéndose abandonado, clamó al cielo por ayuda, y por respuesta sólo tuvo un velo que lo separaba de Aquél que no escuchó su voz en medio de su agonía. ¡Todo concluido!, el mundo siguió igual, cada cual cogió el camino correspondiente; los unos hacia lo de ellos, los otros buscando sitios en los cuales pernoctar guareciéndose del frío. ¿Y qué resultado tuvo tanta lucha y tanto agravio? No habré de escribirlo yo, que lo describa quien se crea lo suficientemente instruido, y con el mérito necesario para expresarlo con las palabras acordes, ceñidas a la vedad.
Luis A. solamente ambicionaba volver a reunirse con sus viejas amistades. ¿A dónde habían ido? De Sofía tenía informes de que se había casado y vivía en un pueblo de la Costa. Qué bueno que así fuese, que fuera feliz, así se hubiera casado con un costeño, eso no aminoraba el deseo de que fuera dichosa, lo importante era que la desventura nunca llegara a tocarla. Ya que él, por buscar lo más inmediato, encontró la decepción y no por un rato, sino por toda su vida. Hermelinda, la presumida ya estaba deslustrada, era apenas un guiñapo, pero seguía visitándolo y él no podía impedírselo, porque ella le increpaba sus viajas culpas. Cuando estaba joven, la admitía en su compañía, ahora que estaba sola, abandonada de su familia, ni siquiera tenía amistades como en otros tiempos. En cosas de amores y en asuntos de guerra, cualquier suposición es arbitraria. La vida cobra las faltas, y una de ellas, posiblemente la más negra, es haber desperdiciado la juventud en vicios y en extravíos. Viejo con vieja se entienden, mujer joven y hombre viejo, sólo una cosa puede unirlos: el dinero y la artimaña. La joven busca el dinero, la protección, si es preciso. El viejo cuando siente que los años le hacen mella, se resigna con tener alguien con quien cambiar unas palabras siquiera, ya que al fin de cuentas quedó plantado fuera de la vía que transitan, otros ufanos. Eso es natural, y no obstante, cuando toca es bien amargo, talla mucho y saca ampollas, muchas llegan a infectarse.
Una tarde de invierno, del mes de noviembre, escuchó Luis A. el timbre que sonaba; abrió el portón y vio en el umbral a un hombre alto, con presencia de galán de T. V. El hombre le sonreía aún sin saludarlo. Cuando lo reconoció, se dio cuenta que era el mismo Federico en persona.
-¡Hola Federico, qué tal! ¿Cómo te ha ido? Musitó Luis A. lleno de alegría y de asombro ante aquella arrogante aparición.
-¡Hola, Luis Antonio, qué bueno volver a verte!
-Prosiga, dijo Luis A. haciendo señas a Federico para que entrase en la casa. Federico entró. Cuando estuvieron dentro, y al saber que nadie los miraba, se abrazaron y se comunicaron todas las inquietudes que habían experimentado ambos durante la ausencia. Los hombres han de esconderse para expresarse sus afectos. No así las mujeres, que nadie dice de ellas algo que ofenda su pudor.
Federico contó que había vivido por espacio de 5 años en Los Llanos Orientales, que allí tenía una hacienda llena de ganado; que la vida allá era dura, pero que uno al fin se acostumbraba a luchar con ahínco y denodado tesón. Eso de levantarse a las 4 de la madrugada, enfilar por la inmensidad de la llanura, escuchando el sonido del viento y de cuando en cuando, el grito vibrante del llenero que recorre el mismo Llano con la indecible alegría del que sabe que lo que tiene no se lo debe a nadie; que es fruto de su tenaz esfuerzo, que ha luchado y sigue luchando por cuanto la existencia le ha dado. Esa es mi gran satisfacción.
¿Qué te ha dado a ti la existencia?, murmuró Luis A.
Muchas cosas, amigo: además de la hacienda surtida da ganado, tengo unos cultivos de ajonjolí y algodón.
¿Eso produce mucho dinero?, inquirió su interlocutor.
No tanto, como para pensar que se va uno a hacer millonario de la noche a mañana, pero sí para no sentirse desprotegido, como ocurre en estas tierras. Y hablando de estas tierras, ¿en dónde están los demás de la familia?
–Escuche mi buen amigo; todos han muerto, me encuentro solo en el mundo, no tengo sino la noche y un corazón que palpita sin tener consolación.
–Creo que exageras, dijo Federico, mientras metía la mano dentro de un bolso de cuero de becerro, en donde guardaba el dinero y los objetos personales, entre aquéllos las fotos de su mujer y las de los hijos. Cuando Luis A. las pudo mirar se quedó tan abismado, que se diría que le había caído un balde lleno de agua helada. No era para menos, se sentía defraudado y como lleno de un extraño pesar que taladraba el alma. Él no tenía ningún hijo; mujer, era mucho decir, pues de qué le servía una damisela que no lo visitaba sino cuando la necesidad la apremiaba. ¿Qué era todo aquello? Una farsa sin tapujos, una comedia y de las malas, la peor de las peores. Si tuviera siquiera un hijo, esta soledad no me tendría marcado, los que tienen hijos, piensan en ellos a diario, así la soledad no es constante ni presenta un sabor acibarado como me sucede a mí. Así pensaba aquel hombre, que sin hacer ningún esfuerzo se dejó vencer de la que primero le había llegado.
A Luis A. le impactaron tanto las fotografías de la familia de su amigo Federico, que desde esa noche en adelante coleccionaba fotos de niños y de niñas. Lo hacía sin ninguna sombra de maldad; esas caritas alegres, que miraban sin ninguna prevención, lo dejaban abismado. Y saber que para tener hijos era demasiado tarde; ya había pasado la época de cultivar el terreno, regar las flores con las aguas frescas del oculto manantial, del cual mana la existencia. No le quedaba sino la ausencia, el frío y el cielo lleno de nubes; los aguaceros de mayo a la espera de la noche, el fragor de tantos carros que se cruzaban por la vía. Una tardía esperanza no la admitía siquiera, él sabía que el mundo estaba plagado de muchos seres que después de llegar a viejos, quieren hacer lo que en la juventud no quisieron, echándolo en saco roto. Recordaba aquel refrán que escuchaba cuando era un niño: “Quien cuando puede no quiere, cuando ya quiera no podrá, y no crea que es mentira, espere que cuando llegue la vejez con el naufragio que trae, querrás buscar un consuelo y al ver las puertas cerradas se habrán de enturbiar tus ojos. Pero es tarde para amar, y ya tarde es imposible”. El dolor de la impotencia es el que más lacera, el hecho de aceptar lo irremediable es lo único que queda. Lo demás es mera ficción, y ésta a veces es loca.
Esa noche los dos amigos estuvieron bien animados, mandaron traer una buena cena del restaurante cercano, una botella de vino, porque Luis A. había perdido la costumbre de beber licor, fuera vino o de otro género. A eso de pasada media noche llegó la tal Hermelinda, cuando se dio cuenta que allí estaba un amigo de Luis A. quiso ponerse puntillosa exigiendo que le dieran explicaciones al respecto. Federico tomó sin haberlo pensado dos veces, la delantera y le increpó.
“¿De cuándo acá, las escopetas le disparan a los faisanes?” Hermelinda fue a salirse de los zapatos, pero en esas intervino Luis A. la tomó por la cintura y le dijo que se quedara callada si no quería que la sacara por una ventana, y le enrostró en la cara los manejos que tenía, que si fuera una dama de bien, no estuvieran en las tabernas con los amigotes de fantasía y visitando lugares en los que brillaba a raudales los destellos del oropel y las luces rutilantes que extravían a los insensatos.
Hombre malo, replicó Hermelinda. ¿Por qué en otros tiempos clamaba por que le hiciera compañía, y sabiendo tanto de mi vida, se portó como lo hizo, olvidándose de mis supuestas traiciones? Federico dijo para sí; es mejor estar solo que mal acompañado, como bien lo reza el dicho. Pero después de unos momentos cambió de parecer; puede que la soledad en mi amigo, sea tan grande y tan honda su atadura, que aún sabiendo que quien le hace compañía, es de reputación poco buena, la prefiere a la terrible realidad de estar solo sin una voz que le diga: aquí estoy, aquí me tienes, aunque sea por compasión y también por el dinero. Desde el principio del mundo, el hombre tiene la fama de que cuando se siente solo se apega de lo que primero encuentre. Gran verdad, no hay salvación sin alguien que nos la otorgue, ello puede ser quien primero se haga presente y nos tienda una mano amistosa, lo demás es pura farsa. El mundo está lleno de engaños, por eso es mundo y sin límites, pues cada uno defiende lo suyo, si los demás los traspasan que se atengan a los resultados,
Más adelante los dos amigos entraron en una conversación bastante comprometedora.
-¿Qué se comenta en esa tierra, sobre el proceso de paz? Preguntó Luis A.
-En realidad, es poco lo que se comenta, sí es mucho lo que se sufre. Sabemos a ciencia cierta, que si ese arreglo no llega a feliz culminación, este país no aguanta ya más violencia, y si el arreglo se hace, no es como para uno alegrarse. El cambio es para los del piso alto, tal vez se beneficien un poco los del piso medio. Para los del piso bajo, no suele haber solución. Lo han dicho los entendidos, inclusive un político de gran talla, que en un amanecer ya lejano, después de haber hecho un análisis de la situación de las clases sociales en Colombia, llegó a esta asombrosa conclusión:
“El pobre nació sufriendo, en medio del sufrimiento creció. Por lo tanto está habituado a sufrir. Que siga sufriendo, lo que importa es que no nos importune”.
¿Es inconcebible, cómo pudo ser así de tremendamente injusto? No reza en la letra del himno nacional, una frese que viene como anillo al dedo: “Si el sol alumbra a todos, justicia es libertad”.
¡Ay amigo!, los libros y todo lo que se llame letra impresa, están llenos de proyectos, proyectos que se quedaron en eso mismo, en proyectos, durmiendo el sueño de los difuntos en el silencio sepulcral. Qué cruel suena al decirlo, al sentirlo, todavía más.
-¿Qué podemos esperar, que nos convenga a nosotros?
-Que baje Cristo del cielo, pero eso es imposible. Si la vez que vino al mundo, fue tratado como sabemos; eso porque se compadeció de los pobres, no discriminó a las prostitutas, se sentó entre los humildes y recriminó a los que engañan al pueblo, sin ninguna consideración. ¿Qué puede esperarse hoy? Si uno no viaja en carro propio o siquiera en una moto, lo miran como a una planta arrancada de un solar, próxima desaparecer. ¿Qué tal le parece? Terrible pero cierto.
¡Cómo así que usted no tiene fe en la segunda venida de Cristo!
-Esperar es una cosa, otra, bien diferente es sentir y experimentar que la divinidad que adoramos ha tomado posesión de nuestra mente, y se hospeda muy adentro de nuestro corazón. Si usted o cualquiera, no siente a Dios en su pecho, de seguro nunca la habrá de hallar, ni en esta vida ni en la otra, en caso de que la hubiere.
-De qué asociación ha tomado esas creencias, las veo como sacadas de foráneas filosofías, es posible que de las orientales, porque de las nuestras no son.
-Hombre, continuó Federico. Cuando Legué a los Llanos, encontré a un hombre extraordinario que me enseñó muchas cosas beneficiosas y sabias. Primero me preguntó que yo a qué organización religiosa pertenecía, si a la católica, la protestante y si acaso al judaísmo, o a la que promulga el islán. Le contesté, que era cristiano, que lo demás estaba para mí tan lejos, como la Luna del Sol.
-Amigo, me dijo el hombre. Está bien, pero cuidado, no permita que le roben lo que tiene ya plantado. Entienda que el bueno, cosecha lo que siembra. Si alguno siembra maleza, no espere que ésta le dé el fruto que el trigo da, o la miel que da la caña, ni el producto del maíz, que tanto bien le trae al hombre. Deje que los muertos entierren al que dejó de existir. Continúe con el que vive, enderece tras de él sus pasos y recuerde sobre todo, que cuando el mundo sonríe, llega en pos lo más amargo, si no hay paz para el vencido; no se queje si la suerte en un momento le cambia. Tras lo bueno está lo malo, la moneda tiene cara y tiene cruz. Siga siempre como el río, que si una vez se extravía, al momento vuelve al cauce que lo ha de llevar al mar. Al mar sí, porque las aguas siguen el declive del terreno e inconscientes obedecen el pacto que han de cumplir.
No hubo contradicciones, ni siquiera un altercado. Todo marchó en completa y sana paz.
Cuando llegó la media noche, Federico se despidió de su amigo, expresándose con las palabras más sinceras que sus labios pronunciaron desde el día en que por primera vez se encontró con Luis A.
- Amigo, le dijo. Es posible que esta vez nuestra separación sea definitiva. Me despido dejándole mi recuerdo, y le aseguro que yo también habré de recordarlo con el cariño afectuoso, como siempre ha sucedido, desde que nos conocimos, hasta el día de hoy.
-Adiós, mi caro amigo; que la suerte lo acompañe y cuando llegue hasta los suyos, los encuentre llenos de felicidad, le den la bienvenida, encontrando allí la paz que trae el verdadero amor. Dichoso quien lo ha encontrado, los pesares y contratiempos pasarán lejos, y sólo la ventura encontrará la llave para abrir esa puerta, en cuyo interior billa un cirio.
_Adiós, dijo de nuevo Federico, al traspasar la puerta, que cerró procurando no hacer ningún ruido, porque la noche iba avanzada y ya el autobús que habría de conducirlo hasta la capital de la república, demoraba poco para salir. La luna estaba en menguante; el cielo presentaba una luminosidad similar al fulgor que dejan las hogueras cuando están a punto de extinguirse.
Dentro de la habitación reinaba el silencio, nada más el tictac del reloj de péndulo dejaba oír su sonido apaciguado. Luis A. ni siquiera se acordaba de Hermelinda. Era como si no existiera ni hubiese existido, así ella estuviera en la habitación contigua. Aún en parte la seguía amando, pero se sentía desilusionado ya que aunque quería creer en sus palabras, sus ondas sonoras, sus besos, sus caricias y en especial sus sonrisas, sabían al trago amargo de las mentiras. Al reflexionar así, llegó a la conclusión que aquella relación tormentosa debía de ser terminada cuanto antes. Las heridas que de esa ruptura se abrieran, las curaría luego con el sagrado consuelo que le proporcionaba el recuerdo de su difunta madre. Recuerdo doloroso, pero amado, bálsamo de paz, así lo invadiese una nostalgia más allá de lo que encierra este nombre.
Al siguiente día llegaron las nueve de la mañana y Hermelinda no se había movido, permanecía durmiendo. Cuando lo hubo hecho, principió entre Luis A. y Hermelinda, el diálogo más extenso y tedioso que entre los dos se hubiera llevado a cabo desde que comenzaron sus relaciones. Hermelinda fue la que principió.
-Usted por qué me trató anoche como lo hizo, ¿Porque estaba presente su amigo?
-Ni se lo imagine. ¿Cómo quiere que la trate en otra forma, sabiendo que sus manejos no son como los que debe de tener una mujer honorable?
-Este con las que sale, ¿entonces por qué no decía lo mismo en otros tiempos, cuando yo era una muchacha llena de gracia y de belleza?
-No dé motivo de burla, que usted ha sido siempre una mujer de piernas sueltas y no un dechado de pureza.
-No me ofenda con sus palabras llenas de mala intención. Usted lo que está es lleno de envidia, porque ve que yo tengo quien me admire y me quiera, no como usted que no hace otra cosa que tenerlo a uno como un objeto sexual, y por eso nadie lo quiere, además el genio que maneja.
-Hagamos lo siguiente; separémonos, es la mejor que podemos hacer.
-Bravo, separarnos sí, pero tángalo bien presente: deme la mitad de lo que vale esta casa, porque a mí me pertenece.
-Un momento, Señorita. ¿Qué razón la hace pensar en exigencia tan grande?
-La razón de haber estado viviendo constantemente con usted, durante 30 años, hombre lleno de resabios. Ahora no me vaya a salir con ninguna carajada; la ley me ampara. Tengo testigos y muchos, de que le he pertenecido desde que yo era una sardinita.
-Sardina tal vez, pero llena ya de vicios y de malas costumbres. No ha de negar que cuando llegó a esta casa, viniera acompañada de un batallón de amigos, todos o casi todos, la habían tenido por íntima, y ahora quiere hacerme creer que era un lirio de pureza o la imitadora genuina de María Goretti.
-No hable tanta basura, échele mano a la lleve del baúl, no deje que se pudra el dinero que guarda en él; aquí tiene a la que un día, deseó con tanto anhelo; si quiere deshacerse de mí, no lo va a conseguir así como lo piensa. Deme lo que por justicia me corresponde, y entonces veré qué hago.
-Miserable. Se atrevió a murmurar, Luis A.
-El miserable es usted, que me quiere echar a la calle valiéndose de la ocasión de que lo vino a visitar un amigo de andanzas y de vicios, entre éstos, las borrachera; lo mal que trató a la madre, lo calavera y la ineptitud para escoger una profesión, o por lo menos un oficio; si no es porque la mamá le aseguró esta casa para que no se muriera de hambre, hoy estuviera en la calle lleno de calamidades como uno de esos indigentes que se ven por ahí.
-Por lo menos tiene la lengua bien afilada. Pero no crea que con eso me va a seguir tramando; se acabó y punto.
-El punto lo ponen en el juzgado, cuando lo citen por irresponsable.
La discusión continuó entre ellos por largo tiempo más. Se enrostraron todo lo que consideraron malo en el otro, pero ninguno tuvo en cuenta los favores dispensados entre ellos; Hermelinda ni siquiera hizo mención de las veces en que encontrándose enferma, acudía a él en busca de la ayuda que le proporcionaba, Luis A. No sé, si aquello pueda catalogarse como ingratitud, o sólo una forma de hacer ver que en ese entonces, era ella tan importante como para poder exigir sin retribución alguna los favores monetarios que le dispensaba Luis A. Una de las mayores falencias que tienen las relaciones basadas en el interés, es que el hombre siempre termina como verdugo, y la otra parte como víctima, así el caso sea diferente.
Los asuntos se calmaron al poco tiempo, pero Luis A. no se quedó quieto en espera de que llegara el turbión que se acercaba. Se comunicó de manera secreta con su hermana, que vivía en un pueblo de la costa del mar Caribe, la cual estaba bien acomodada y tenía el dinero suficiente con qué comprarle la propiedad. El negocio se efectuó en el corto plazo de 20 días. Cuando hubieron hecho la escritura debidamente registrada; la hermana de Luis A. le giró la cantidad suficiente para que el hermano comprara una casa de menos precio, y además con qué indemnizara a Hermelinda, que salió bien librada, pues, tuvo con qué viajar al exterior, como había soñado, desde que se amistó con el hombre que la colmó de lujos, le suministró comida, techo y le brindo sus atenciones.
Luis A. compró una casa de regular tamaño; tres alcobas, sala, comedor, cocina, baño y un patio pequeño. Contrario a la vieja casa, ésta estaba ubicada en la parte alta de la ciudad; las tribunas con visión al occidente, tres en total. Dicha casa no era alegre, y por lo tanto atractiva como la vieja casa, la de antaño, la que guardaba la historia de una familia normal; las vivencias de aquellos años que se fueron, dejaron espacios impregnados de esos aromas que un día trajeron las flores perennes de la ilusión. Casa amiga bendecida, el cielo sabe lo grande y bello de esos tiempos amados, cuando al lado de los suyos la dicha tenía cabida en cada uno de los corazones que allí latían. ¡Qué fue de todo aquello! A dónde había ido a parar la lámpara de cristal, con las lágrimas que de ella se desprendían. El tocador, la consola, el canapé donde su padre, en horas llenas de calma, se dedicaba a las lecturas que él mismo seleccionaba. Los libros empastados en cuero finísimo, eran una preciosidad. Su madre, llena del encanto que van trayendo los años, cuando las sienes blanquean y se encoge su humanidad. Aún le parecía verla, con su carita expresiva, una sonrisa medio triste, pero dulce a más no haber. Y saber que muchas veces, la arrogancia que Luis A. tenía, no le había permitido tener en cuenta el divino tesoro de esa sonrisa filial. ¡Encontrar una como aquélla, ni cruzando el ancho mar; quizás ni en el mismo cielo! ¿Por qué ella tenía la cara triste y su voz medio quebrada, y sus ojos como perdidos en recónditas lejanías? ¿Y por qué ahora recordaba con tanta melancolía, ese pasado que huyó dejándole el alma herida, y un inmenso vacío que no sabía definir?
El calor que daba el horno, calentando con su fuego después de dorar el pan. El canario entre su jaula, preludiando con su canto la salida de la aurora, y cuando llegaba el día al ocaso, su trinar dulce y sonoro. Dicen que el alma no muere, que persiste en el espacio, que se traslada a donde le plazca. ¡Ah! si aquello cierto fuera, la muerte sería el medio infalible para rescatar lo que el pasado llevó con su vaivén imperioso a las regiones sombrías de lo eterno, a lo insondable, a lo que no tiene fin.
No todas las veces la tarde es triste. Muchas son alegres, cuando éstas se hacían presentes, Luis A. se asomaba al balcón de su nueva residencia, miraba el atardecer decorado de arreboles, el horizonte dorado y en la mitad de las franjas opalinas, el disco solar. No sólo de pan vive el hombre, pero sí de fantasías; el poder de la imaginación hace milagros: Luis A. llegó a pensar que vivía en una estrella y que cuando la Luna estaba llena, sin tener nubes ni nada que oscurecerla pudiera, aquélla era un mar, y que unas barcas bogaban de norte a sur.
La vejez no llega sola, una escolta la persigue, son los buitres que ya quieren rasgar y despedazar, y ya sabemos a quién.
No está muy claro el fin que tuvo el hombre, protagonista de esta historia. Cuentan que una tarde llegó hasta su residencia, una dama encopetada, vestida toda de seda…, y que después de salir de la casa, Luis A. subió al carro que ésta traía, y que los vieron cuando se alejaban por la avenida surcada de álamos y cipreses, y que no se pudo tener noticias de ninguno de los dos. Puede que Luis A. , todavía habite aquella casa, lo único cierto es que su cabeza no se asoma a ninguna de las ventas, como ocurría a menudo hasta hace unos cuantos días, y esto ya da en qué pensar.
Luis A. era un soñador incorregible. Eso lo llevó a esperar de la vida, lo que la misma le trajera. No buscó los puestos superiores, sintiéndose cómodo con sus posesiones y con la posición de la cual tanto disfrutaba. No tener que mirar hacia arriba, ni hacia abajo. El horizonte a la vista; las campanas que sonaban tan cerquita, dichas lejanas le recordaban y el anuncio de los siniestro lo conmovía. No sentir más fervor que el necesario. Esa fue la medida de su vida solitaria. No se sabe a ciencia cierta si está muerto o vive aún. La verdad es que no ha vuelto a asomarse al balcón, y ni siquiera la ventana más visitada en sus apariciones, se entreabre.
AQUELLA CASA
Aquella casa, una leyenda antigua y nueva. Una ilusión tronchada en un amanecer. Un sueño que se pierde en el confín azul.
Allí quedaron todas las ilusiones rotas y las posibles notas de un canto celestial.
Tal vez mis frases sean carentes de sentido, como las decadentes de tanto tiempo atrás.
Ha de recordarse que cuando el sol asoma, vencidas las tinieblas se van a otro lugar.
Lo que llamamos viejo, puede ser tan vigente como la idea que brota de una mente jovial, de avanzada.
Se pierde la esperanza, se pierde la alegría, pero el recuerdo sigue rondando en la estación.
A veces los fantasmas de las pasadas horas, con todos sus matices se pueden discernir.
La estampa de una niña que juega con rocío, como si el agua fuese su única ambición.
El rostro de un amigo en plena adolescencia, avanza por la estancia, mostrando la apariencia de un regio triunfador.
El alma de la noche acorde con el frío, serena va avanzando hasta llegar al lecho, en el cual pasaron, horas silenciosas cargadas de extraña pesadez, dos seres inolvidables y no sustituibles.
La una era la madre, la otra, el padre adusto, que siempre tenía un gesto cercano al sarcasmo y al desdén.
¿Qué queda de esos tiempos, qué queda de ese ayer? Asómense al lugar en que la casa estaba; contemplen la estructura, que aún está en pié. Es ese el esqueleto que antaño sostenía los pisos y el trajín de aquellos que moraban dentro de aquella amable habitación.
Los hombres que la erigieron, hoy son polvo, ya no queda ni uno que pueda atestiguar, cuando claveteaban a todo dar, y luego, le fueron dando forma definida y por lo tanto estable, hasta que la vivienda quedó, como quedó.
Quienes en ella hicieron vida de cisne o de paloma, un día como el aire cambiaron de lugar.
La casa como un cuerpo con vida, siente y sufre cuando queda bajo el poder de aquel que no sabe de todo el desenvolvimiento de su pasada historia, de su íntimo ser.
La casa guarda las almas de quienes en ella moraron, y la refleja en todo lo que se mira allí; una diadema, un nimbo de paz pone su sello como si aquélla fuera una carta habitual, dirigida al más sincero y caro de todos los amigos: el tiempo, el porvenir, sin que se sepa con qué cara se habrá de presentar.
Si has visto una vivienda destartalada y sola, podéis mirar en ella la cruel devastación, que va trayendo el tiempo cuando los años pasan y empieza la tragedia de la decrepitud.
No hay paz en el ocaso, como se pronostica, por lo contrario, todos se vuelven contra ti, como si no supieran que alguna vez tuviste la faz despreocupada del que ignorando el paso de los aconteceres, se encuentra muy feliz.
Pero al caer la tarde la nieve fue llegando y lo que se creía eterno, llegó a su justo fin.
Amigo, ¿por qué tantas congojas? La vida como las zarzas, tiene derecho e inverso, si sabes cogerlas por el lado amable, no te lastimarán.
Pero ¡Ay de ti!, si sin medir las consecuencias, las tomas al revés; desgracias infinitas te han de rasgar el alma, como se aquélla fuera de mera imitación.
Pone cara de hombre duro y lánzate; el combate te espera, la idea es vencer, pero recuerda, que no todas las veces el hecho de triunfar, se hace presente.
El desengaño, como una hoz secreta, de un tajo parte el alma hundiéndola en el oscuro abismo de la desolación.
La lucha del leopardo con la torcaz es breve, pero bastante cruel.
PALABRAS DEL AUTOR
Siendo muy niño todavía, asistí a una comedia en la que todos los actores vestían de blanco. No recuerdo el argumento que tenía la obra, lo que sí me llega a la memoria, son esas caras cubiertas por una mascarilla, también blanca, que me remitieron a la encantadora fiesta del rocío. Había visto cómo éste desaparece de fácil, y como mi alma estaba completa aún, llegué a la conclusión de que todo cuanto los ojos captan es así de pasajero. De ahí parte esa tendencia muy personal en mí, siempre pienso: con la misma velocidad que pasa el tiempo, se va la vida. Todos los episodios que a través de ésta se presentan, como el rocío, como la niebla son meras ilusiones.
El dolor y el sufrimiento son otra cosa, bastante seria. De aquí que todos los personajes creados por mi imaginación resulten trágicos. La soledad los moldea y singulariza. Una mano desprovista de reparos los impulsa a seguir por esa senda que presenta anómalas visiones. Caminos transitados por seres que siguen su sendero llevando como Jesús, la cruz de su martirio. Al no encontrar la dicha ni la paz anhelada, se doblegan ante el Ado multidimensional de su destino: seres felices, imposible hallarlos. Escapar tratando de evadir las consecuencias de sus propias acciones, sería como pretender que un río siquiera otro desvío que no fuera el natural. ¿Cómo fuera la avalancha? ¡Cuántos estragos causaría!
No existe una cura que pueda salvar al hombre de las consecuencias de su propio Destino. Llamamos Destino aquello que está previamente grabado en el inconsciente, y que al salir desde su cavidad a buscar la expansión, hace explosiones. Dichas explosiones son la iniciación de los grandes cataclismos, como también de las máximas creaciones.
Mientras no ocurra una transformación psicológica en el individuo, no es posible cambiar de rumbo, y menos llegar al puerto ansiado: la unidad del ser, el encuentro consigo mismo. Esto parece trivial, pero, lo invito a que practique todos los días el arte de la meditación. No forma ello parte del contenido de mis escritos, no soy un maestro en el oficio. Sí he acumulado por medio de muchas experiencias, un mínimo de conocimientos sobre el particular.
Si la vida fuera en realidad un edén, no existieran los manicomios, los presidios, ni los universidades a donde van muchas personas a instruirse, sin darse cuenta que el verdadero conocimiento radica en el ser. Se puede adquirir conocimientos en todas las áreas de la ciencia. Mas ha de tenerse presente: la sabiduría, búsquela cada cual en su interioridad, que a veces es compleja; mientras más compleja, más posibilidades tiene de encontrar verdaderas soluciones a los problemas e inquietudes de este mundo. Nunca se llegará a encontrar verdaderas y definitivas soluciones, basta con que hallemos parte de las que nos atañen de manera personal, mientras vivamos.
DATOS BIBLIOGRAFICOS
Adán López
Don Adán es un ciudadano de provincia, es sencillo pero no ingenuo. Es de pensamientos libres de sus actos también.
Ha recorrido su sendero no exento de desgarramientos que han inspirado varios de sus escritos, reconocidos por notables literatos.
Es un hombre serio, pausado y de largos silencios que aprovecha para escribir poesía y novelas. Coherente con su libertad individual, respeta al lector, no impone sus criterios y tampoco le hace concesiones. En sus obras comparte sus ideas, experiencias felices y dolorosas. Usa un lenguaje claro, espontaneo, sin renunciar al halago de bellas comparaciones. Sin pretensiones científicas incursiona en la psicología humana de tal manera que se gana la admiración de sus lectores, que se sienten acogidos en sus exposiciones.
Dan Adán se relaciona con el prójimo de manera cauta, franca, sincera y amable. Heredó de su madre Merceditas López Márquez, un poco de la sabiduría de quien no tuvo repliegues ni sombras en el alma.
Es amigo de los amigos, ante los cuales se porta con excelente caballerosidad y buen tacto.
RICARDO ARANGO POSADA
LA CASA DE LAS TRES PUERTAS Y NUEVE VENTANAS
La casa de las tres puertas y nueve ventanas, es el título de la importante novela escrita por Don Adán López. Una obra existencial y profundamente psicológica; despierta inquietud y asombro. Para leerla hay que tener abiertos los poros del alma, para captar las mil emociones que hay en ella. El autor penetra en los meandros del espíritu humano. Los personajes son universales y en todos hay contrastes de amor y de odio; de alegría y dolor; de fracasos y triunfos de pecado y virtud. Es una novela para hoy y mañana, porque está por encima de modos y de formas. Escrita con vocablos galanos y sencillos, modernos pero sin decaer. Su estilo es elegante porque no llama la atención con términos elevados. Nada de frases rebuscadas y presuntuosas, la sobriedad es la constante desde el principio hasta el fin.
No es una imitación de ninguna otra novela, por eso se considera que es una obra original. El autor capta desde una óptica subjetiva, una realidad singular encubierta dentro de la realidad habitual.
APENDICE
Algunas reseñas de obras anteriores
PALABRAS DEL ESCRITOR ANTONIO JOSÉ SILVA
Apreciado Señor Adán López, gusto de saludarlo.
De todas las obras que usted me obsequió, la que más me gusta es “El sendero de las lilas”, porque es su biografía. Todo es prosa poética, sentimental, sincera trasparente. Lástima que la memoria no me ayuda, voy leyendo, disfruto de la lectura, sea prosa o sea verso, pero a la media hora ya no me acuerdo de lo que leí (tengo 87 años). En “Baranda del silencio” noto las mismas cualidades: una sencillez y naturalidad encantadoras. “Amor son esas cosas que compartimos juntos; el café en el desayuno, la tajada de queso, la rebanada de pan; el emparedado al almuerzo, la cena y algo más”. Y en otra poesía: “Pudiera decirse que todo está lo mismo, mas sé que no es así. La rubia ya no pasa con sus ojos escandinavos, ni se ve de lejos su perfil. Por verla caminaba cien cuadras, para mirar los anzuelos de juventud que picaron mi deseo, y todo lo que no pude alcanzar”. En Poemas en Bermudas, tomo al azar: “Lechuza, ¿por qué me miras? De tu sentir nada sé”. “A ratos somos felices mirándonos el uno al otro; hecho tan simple que abarca tanto”.
Se me olvidó preguntar por el título de “Poemas en Bermudas”.
Bueno, Don Adán, plácemes nuevamente por sus obras (y eso que no las conozco todas). Mil gracias por su fineza al obsequiármelas.
Cordialmente:
Antonio José Silva.
(Teólogo y escritor)
Desde la hermosa ciudad de Bucaramanga.
EN UN ENCUENTRO DE POETAS
Fue la Casa FERNANDO MEJÍA MEJÍA, nacimiento de escritores durante el tiempo de su funcionamiento. Le debemos a esa Casa y sus habitantes el encuentro con la literatura y la poesía,
Debemos eternos agradecimientos a Flobert Zapata y demás mentores, pero especialmente a Flobert que se ocupó de reunir un puñado de personas inquietas alrededor de la poesía y sembró una semilla que aún sigue produciendo frutos.
Allí precisamente conocí a Don Adán López, y hago remembranza porque fue Flobert Zapata quien descubrió en Don Adán el poeta oculto que lleva dentro y que por espacio de dos años le permitió pulir imágenes grabadas en su inconsciente en forma de recuerdos.
Nada tiene que envidiarle Don Adán a otros escritores, pues se pulió así mismo. Tiene la materia prima del trabajo hecho con tesón y la modestia de un espíritu sensible y universal.
Amante de la pintura, esta afición le ha servido para pintar con palabras imágenes y situaciones que rondan su memoria; sus recuerdos, su imaginación, su infancia y juventud y los plasma cual óleo o fotografía congelado en el tiempo: lo cual es sólo para rescatar del pasado y del olvido.
Sus imágenes y versos son surrealistas, pero a la vez llenos nostalgia.
En Don Adán encontramos al niño que se pierde o confunde frente a las convulsiones que muestra la vida, pero que se encuentra en la literatura que le da soporte.
Su inspiración es natural. Derriba, en sus palabras, ranchos para rehacerlos y sacar de ellos las casas y palacios que lleva dentro. Sólo sacando al poeta de su interior logra sacar el tejido que será su obra, o en otras palabras de su reciente creación: “quisiera recoger hoja por hoja del árbol trascendente de la vida”.
Con Don Adán LA VIDA Y LOS QUE LE RODEAMOS POSEEMOS VARIAS DEUDAS. La primera, por haberle extraviado tanto tiempo su verdadera vacación y los que lo rodeamos por no comprender el verdadero haiku que lleva dentro, que no es otro que la sabiduría.
CÉSAR AUGUSTO CIFUENTES ARCILA
(Abogado)
Manizales, 9 de noviembre de 2006
***
HABLAN SUS COLEGAS
“Con los años ha construido una obra interesante”
Flobert Zapata Arias
(Poeta) Papel Salmón.
“Es sorprendente, a pesar de su edad estuvo en los talleres y avanzó mucho como poeta”.
Édgar González, “Cocherín”
(Poeta)
Bogotá, junio 20 de 2002
Poeta:
ADÁN LÓPEZ
Calle 56-10-22
La Carola, Manizales
Adán:
Me llegó Poemas en Bermudas. Leí sus versos desenfadados, etílicos y amorosos, que desafortunadamente, no puedo registrar en la revista Casa Silva, pues la publicación recoge los textos de los recitales y conferencias presentados en nuestro auditorio durante la programación anual, y no tiene en cuenta colaboraciones eventuales.
El ejemplar lo he remitido a la biblioteca para su catalogación.
Reciba un saludo cordial.
MARÍA MERCEDES CARRANZA
(Directora Casa de Poesía Silva)
DON ADÁN LÓPEZ NACIÓ PARA ESCRIBIR
(Revista Punto Primero, 20 de agosto de 2014)
Nació en Pensilvania Caldas, con 34 años de estar viviendo en Manizales, considera que no es un desempleado más, puesto que todavía está en plena actividad creadora. Afirma Don Adán que es un escritor de tiempo completo y a medida que pasan los momentos, cada vez necesita mucha más tiempo para escribir, tarea que inició desde el año 1998.
Para ese entonces se realizaba un concurso en la Casa Fernando Mejía Mejía, para escritores novatos. Don Adán presentó un trabajo temeroso de que resultara de baja calidad. Con sorpresa suya comprobó que no sólo lo aceptaron, sino que fue invitado para que asistiera a unos talleres por espacio de dos años, paralelamente y sin perder tiempo decidió escribir sus primeros libros llamados: “La Baranda del silencio” y “Poemas en Bermudas”, con una buena acogida de parte del público.
Don Adán es de las personas que viven la pasión por lo que hace. En la actualidad posee 14 libros; al preguntársele si la gente consume literatura o si es negocio escribir, respondió con toda seguridad que la gente vive más de los eventos mediáticos que de lo que permanece y tiene muy olvidada la enriquecedora costumbre de leer. Es una lástima, añadió de manera enfática.
Asegura que nació para ser escritor, pero que es muy difícil llegar a serlo, y más cuando se carece de medios económicos para lograrlo. Por fortuna él no escribe para sostenerse, pues vive de su pensión. Tan sólo le da prioridad a la tarea que el destino le señaló, sin dudar si escribir es lucrativo o no. Lo hace para liberar se esencia y vivir en armonía con su alma.
En la actualidad, Don Adán hace parte de la CORPORACIÓN DE ESCRITORES DE CALDAS, “COCECAL”, integrada por personas de una preparación y trasparencia idóneas.
Sus escritos siempre hablan de los movimientos internos del ser humano, de las metas del espíritu en su trayectoria por el mundo, y más que todo, de la consecución de la paz como meta final. Ello, puede que sea tan sólo una mera utopía, sin embargo, la grandeza de este sueño abarca tanto el cielo como el mar, reflejo de esos millares de corazones que esperan la paz con ansiedad.
LA CASA DE LAS TRES PUERTAS Y LAS NUEVE VENTANAS, es el título de su último libro, obra que espera publicar en un futuro cercano. Pero no resulta nada fácil hacer empresa tan sólo con un lápiz.
La baranda del silencio
Flobert Zapata Arias
(Papel salmón)
Adán López nació en Pensilvania Caldas. Este su primer libro, es tardío, pero acaso el poeta tenga la misma percepción del tiempo disuelto frente a la poesía que frente al amor: “mil años caminé a través de los senderos/ que conducen a la muerte/ para mirar su rostro un solo instante”.
Como Lorca, “por la gracia de Dios, o del demonio, Adán ´López es poeta. Un cofrade del asombro. Así por momentos las palabras se le tornen espejismos. Agradecido lector de Baudelaire, Huidobro, Rosamel del Valle, de Eluard, acaba de publicar un libro de su propio bolsillo, en esta cultura tan dada a mamar la leche de los tocados por el reconocimiento (y a veces ni siquiera eso) y tan poco receptiva por los que empiezan. El título (La Baranda del Silencio) no alcanza a traducir los mejores momentos que nos deparan sus páginas. El centro es la tensión tanático-erótica, el cañamazo, lo eglógico y citadino. A lo largo del libro la meditación existencial y la expresión de una fe que duda y se pregunta. En “Ácidos de la tarde” se da una trasferencia sinestésica: la lluvia) sema natural) desencadena la meditación sobre el olvido, sobre el recuerdo borrado (sema sentimental), en una imagen hermana de esa de Machado que habla excelente, “Saetas que viajan”, la fundición de lo tanático-erótico alcanza registros personales. En “La voz de la tarde” el chal del viento nos remite a la construcción creacionista, al igual que ese toro que come pasto celeste. “Al fin el olvido” es incandescente en su condensación, un valor, no una salida, es pleno de sugerencias. La ufanía del paisaje fumador, del cielo, es rota por la súbita presencia de las monedas, elemento de violento simbolismo. Luego, fatal, implacable, “El tiempo cierra su bolso con cremallera de huesos”
Manizales, marzo 15 de 1998
POEMAS EN BERMUDAS
LA BELLEZA DEL SER
“Adán López regresó de nuevo a sus aventuras poéticas, con este su segundo libro que muestra toda su evolución en la manera no sólo de ver el mundo, sino también de cantarlo y describirlo.
El libro es una bella pieza que muestra al ser humano del siglo xxi, pero que lo descubre con la misma obsesión de los hombres de siempre. En la primera parte: “Vino añejo”, se hace un canto al vino: “¿Que las penas anidan en tu corazón y no se alejan? No te preocupes amigo. Bebe una copa de licor, apura sin temor lo que contiene”. Es ese el mismo vino que cantaban los griegos cuando adoraban a Dionisio, y el mismo vino que alababan los poetas malditos en cabeza de Baudelaire. Pero es indudablemente el lenguaje de un poeta contemporáneo y depurado que no se pierde tras figuras retóricas, sino que se da cuenta de la belleza de un texto sencillo.
Después Chile y Pablo Neruda se convierten en ejes temáticos de los poemas de López, quien siente por ellos una admiración que lo lleva a crear versos de excelente factura.
Al final del libro se encuentra una serie de “Poemas breves”, que reflejan su encanto por el haiku y por la síntesis en la poesía. En definitiva un poemario que vale la pena tener en la biblioteca, y degustar con buen vino”.
Adán López: Poemas en Bermudas. Lyrica Species. Manizales. 2004. 46pp
Tomado de, “MÁS DE UN SIGLO DE POESÍA DEL GRAN CALDAS”
Libro escrito y publicado por Jaime Bedoya Martínez.
Adán López, es un escritor y poeta oriundo de Pensilvania (Caldas), que a la edad madura empieza a meterse en los acantilados de la literatura, en donde ha transitado por la narrativa y la poesía lírica. No desestimando que también escribe poesía de corte moderno. Tiene hasta el momento, tres poemarios. Son ellos “La Baranda del Silencio”, editado en 1998, “Poemas en Bermudas” editado en junio del 2000, y “Sueños pulverizados” publicado en octubre del 2003. Además editó una novela en el año 2004. Sé que fue reseñada en la revista Javeriana, aunque ignoro la fecha.
Tiene en preparación otros escritos, se esmera mucho en sus trabajos literarios. Un poeta de innovaciones con gran aliento y fuerza, arma hermosas metáforas que resultan llenas de encanto. Frases lapidarias e irónicas, son comunes en sus textos, las cuales están cargadas de humor fuerte y agrio, con el único fin de hacer sus escritos más interesantes.
Después de su jubilación, se entregó al ingrato oficio de la literatura, que no da dinero, pero es el mayor deleite y ejercicio del espíritu y del Arte como tal. Quien haga este tránsito, se convierte en genio, o se va de bruces contra el asfalto. Lo único verdadero es que después de escribir el primer libro, ya le es imposible volver a ser el mismo de antes.
JAIME BEDOYA MARTÍNEZ
(Escritor)
Chicago, Estados Unidos, agosto del año 2004
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