jueves, 14 de enero de 2016
UN TREN LLAMADO OLVIDO
UN TREN LLAMADO OLVIDO:
Adán López
Autor:
Adán López
Elaborado expresamente en computador
En la ciudad de Manizales.
Derechos reservados conforme a la Ley
Año 2015.
A las personas que pasaron por mi vida, les debo mis disculpas. Mis agradecimientos y todo el respeto que se merecen. Tal vez en otras costas alegres y arenosas, es posible que nos volvamos a encontrar.
Siempre deseamos volver a encontrar a quienes formaron parte de nuestra vida. Sin embargo, tenemos que resignarnos con lo que la suerte nos depara, que a veces no es lo mejor.
¿Ven ese tren blanco que huye del invierno traspasando el horizonte en busca de otro sol? Breve es su paso, su historia eterna; la historia tuya, la de ellas, la de ellos, la de todos.
La mía y la de quien se ha hecho esperar y aún no llega. ¿Han visto pasar otro tren?
No. Es el único y si no apuramos, nos deja. Ay de ti, de ellas y de ellos, de aquellos y de todos, nos aguarda la noche, el sueño y el olvido.
Se perfila el tren en la distancia casi perdiéndose, dejando un penacho de humo con su paso que aplaude su velocidad escabrosa y su premura con incierto final.
No le bastó su blancura, ni su prisa, ni el afán por escapar. Ha sido inútil su fuga, lo alcanzó la tormenta con sus ráfagas frías como quien avanza en el tiempo sin importarle el final.
“Era la estación de la luz, era la estación de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno del desencanto”.
Charles Dickens.
Esto y mucho más, somos los que vamos de paso por los caminos del mundo en busca de una dicha que no es fácil de encontrar, así se sueñe en ella con toda la fuerza que la esperanza da.
Tengo deseos de sembrar un árbol, escribir una novela, o simplemente ponerme a disfrutar de la escritura, así como por entretenerme. El tiempo de sembrar árboles ya pasó, más bien estoy en la época de talar todos los que una vez pude haber sembrado y no lo hice. En cuanto a lo de escribir una novela, lo veremos; las cosas no son así de sencillas.
Como aquel que encerraba en el establo las ovejas, siendo otro el dueño del rebaño, así ha sido mi actuar desde el principio. Ahora comprendo todo y puedo entregarme a mi entretenimiento preferido: el de soñar. Qué bueno es soñar, aunque soñando me quede, o tal vez encuentre lo que busco, mi novela.
Un día, no recuerdo cuando; salí de mi residencia y caminaba feliz por una calle del centro de la ciudad. Frente a una casa estaba estacionado un automóvil color rojo, por sus ventanillas abiertas pude ver en el interior, dos o tres coronas de aquellas que llevan los deudos a sus muertos. Junto al conductor estaba sentada una niña de unos 14 años; era rubia, de ojos verdes, piel lozana, muy hermosa. No era este un hecho normal en el entorno, por eso se despertó en mí la curiosidad de saber qué había sucedido. ¿A quién habían ultimado? Siendo aquello el pan diario, en un país en que la vida vale menos que un kilo de carne en un supermercado, no resultaba incomprensible tal suceso.
No demoró mucho el conductor en poner el auto en marcha; a través de los vidrios de la puerta delantera, observé que la niña miraba hacia atrás y que en el ángulo al cual dirigía su mirada, estaba de pie sobre la acera, una señora también rubia quien agitaba una mano en ademán de despedida. La señora caminó unos 20 pasos y abriendo un portón de color azul, entró a la casa y lo cerró luego, y todo quedó en completa calma.
Seguí camino del lugar al cual iba con regular frecuencia a leer y relajarme. Esta vez no encontré un alma durante el trayecto, era como si todo hubiera sido trastocado. En realidad lo estaba: el cielo antes lleno de palomas y de aves de diversas especies, se presentaba desolado; la luz solar apenas alumbraba. El viento tan travieso a veces, era en este caso leve. De repente asomó Abelardo mi amigo, doblando una esquina; traía un periódico en la mano y podía verse desde lejos que estaba bastante agitado y sorprendido. ¿Cuál podía ser el motivo?
¡Hombre!, me gritó cuando aún no había llegado:
“Mataron a don Ramón, el dueño del Supermercado La 29. No quiso dejarse extorsionar de unos bandidos que están haciendo de las suyas en todo el sector y en el vecindario”.
Pensé para mis adentros, qué tengo qué ver en todo esto, si yo apenas soy un transeúnte como todos los demás, que ve lo que acontece sin que pueda solucionar ningún problema. La cosa no era así de simple como me lo planteaba. Colombia se convirtió en una guarida de maleantes que quieren conseguir el dinero a costa del trabajos de los demás. Yo trabajé 30 años, fuera de los que laboré en oficios varios para tener derecho a una modesta pensión y poder subsistir. Ahora porqué quieren perturbar mi tranquilidad con noticias escalofriantes y sombrías. No fue ninguno de mis deudos la víctima a quien mataron; porqué se ha de agitar mi corazón con la suerte de esos muertos que no son los que yo quise. Me engañaba porque la muerte de un conciudadano, en determinada medida es nuestra muerte.
Así, que cambiando los proyectos del día, como había cambiado mi manera de pensar, fui en compañía de Abelardo a asistir al sepelio de Don Ramón G. Entierro que resultó bastante concurrido. En medio de todas las personas que lloraban, expresando el dolor por el occiso, estaba la muchachita de cabello rubio y ojos verdes, divinos y hermosos. La señora que había visto estacionada en el andén, no aparecía por parte alguna; en su lugar estaba otra mujer de aspecto extravagante, lucía muchas joyas que a simple vista se veían que eran muy costosas: pulseras, collares, anillos con incrustaciones carísimas; un reloj con punteros de diamante, un abrigo de piel de jaguar o leopardo, un bolso lujoso y un sombrero de esos que usan las damas elegantes. Todas esas posesiones valían una fortuna… De dónde había salido el dinero para comprarlas. No me importaba.
Ese día todo trascurrió como uno de tantos que pasan, y aunque hubiera sucedido durante su trascurso algo fuera de lo normal, parecía que estaba destinado como los otros a caer en el olvido. Con éste no pasó lo mismo. Una noche me reuní con el amigo Abelardo D., en un cafetín de la localidad, y después de que nos bebimos unos tequilas, mi amigo se puso a rememorar sus viejos tiempos:
_Nací, comentó Abelardo, en un barrio como este, señalando el entorno en donde estábamos. Ahí empecé a amar y a ser amado. Rubiela mi primera novia era bella, tenía el cabello color castaño, pero con el correr del tiempo se fue volviendo rubio, haciendo honor a su nombre. También yo amaba el fútbol, con la pasión suprema como amaba a mi novia, la única que amé en mi juventud y que amo todavía. Ella no correspondió a mi amor como yo esperaba. Una noche de verano, su indiferencia hizo que extraviara mi camino. Por eso y nada más, me alisté para el ejército en donde pasé dos años, cinco meses, dos semanas, cuatro días. Cuando salí de pagar el servicio militar ya mi novia Rubiela, estaba comprometida con otro que no era ni más ni menos que Ramón el que asesinaron los bandidos hace poco tiempo. Él tenía sus billetes y además era un hombre de bien como muy pocos. Se casaron al poco tiempo de haberse ennoviado. Vivían felices; todos consideraban que eran la pareja ideal, no había rastro de sombra en sus relaciones. De esa unión nació la niña, la rubiecita que estaba en el entierro de su padre y que lloraba tanto; ¡pobrecita! Hasta que ella nació, todo marchaba de maravillas en aquel hogar. La vida tiene sus bemoles, como depresiones el tiempo y los territorios de Departamento de Caldas. La suerte se puede cambiar de pronto, convirtiéndose en algo no imaginado. ¿Recuerda a la dama emperifollada con joyas, abrigo de piel y sombrero elegante?
_Sí la recuerdo. Cómo no iba a recordar semejante dama tan pretenciosa.
_Esa precisamente, era una muchacha nacida en un barrio periférico, hija de una mujercita humilde, en ese entonces. El finado Ramón contrató la muchacha para que sirviera de niñera, atendiera la recién nacida y ayudara en los quehaceres domésticos y a la señora de la casa.
_ ¿Y qué?
_Espere que luego le cuento.
_Cómo es eso de que usted conoció a la señora Rubiela, desde hace mucho tiempo; cuente hombre.
_ Bueno, principió hablando Abelardo. En ese tiempo, ella era una niña, como es ahora su hija, igual de hermosa; era tan bella que la nombraba mi alma como a la diosa con la cual nunca pude concertar una entrevista, ni siquiera un saludo. Eso es más duro que pan de quince días.
_ ¿Y usted la amaba?
_Claro que sí.
_Y por qué no le escribió una carta, se la envió a ver qué pasaba.
_Nada hombre, la timidez es así, nos hace ser personas solitarias, que a pesar de que amamos y deseamos que nos amen, no tenemos el valor suficiente para comunicar nuestros sentimientos y hacer que nos comprendan los demás, en especial las personas, quienes como Rubiela, sin que ella se diera cuenta, conquistó mi corazón, que se debatía entre el dolor y la desesperanza.
_Eso sí es grave, repliqué. ¿Qué hizo pues, para poner fin a tan desesperante situación?
¬ ¿Qué hice? Nada, sencillamente seguí amándola en secreto. La llevaba a donde quiera que fuera; era su imagen como una esas calcomanías que se adhiere al cristal de una ventana, que ni el agua ni el viento las puede borrar.
_ ¿Así de fuerte era esa atracción?
_ Más que fuerte, era un constante padecer sin nombre; una pasión que me consumía, como esos veranos que hacen en el trópico cuando llegan julio y agosto y alumbra el sol con tal intensidad que los montes parecen hogueras encendidas por las oleadas de calor.
_ya comprendo por qué está usted tan viejo, tan desmejorado, mi amigo Abelardo. Tenga ánimo, que ahora que Rubiela quedó viuda, puede ser que se le presente una nueva oportunidad; uno nunca sabe.
_Oiga este con las que sale. Primero le exijo que no me ofenda con sus comentarios sarcásticos, y luego que no me venga con cuentos chinos. Eso de que yo quiera conquistar a la señora Rubiela, una mujer que ha vivido toda la vida en medio del lujo, se vaya a enamorar de un pobretón de mi clase, es como pensar que la luna es una oblea al alcance de las manos. ¿Me entiende?
_ Claro que lo entiendo; con todo, quiero recordarle: no soy quien programa los futuros sucesos, éstos los depara la suerte, y qué sabemos que le llegue a usted, ya viejo lo que en la juventud el destino le negó.
_Viejos son los cerros y los bosques no talados. Usted lo que quiere es que yo haga el ridículo, y eso no lo va a lograr.
_ No se enoje. No es para tanto y no eche en saco roto lo que le insinué.
_No se preocupe que yo sé qué terreno estoy pisando; no el mejor si no el peor, 45 años cumplidos pesan, y más cuando no se tiene en el bolsillo la cara del tuberculoso que es la que hace que uno valga.
¬_ Bueno, y que pasó entonces con la muchacha que Ramón, el esposo de Rubuiela, hoy finado, llevó a su casa para que se ocupara de atender a la hija del matrimonio. Cuénteme qué pasó.
_ No se afane que la historia es larga:
Resulta que la tal muchacha era hija de un conductor, el cual había desaparecido días antes. La madre al verse en dificultades económicas permitió que la hija, única por cierto, y además muy consentida, fuera a trabajar en los oficios que la suerte en esos momentos le deparaba. En realidad todo el asunto, a simple vista parecía beneficioso, dadas las circunstancias. La tal señora se desprendió de la hija, puesto que ella suponía que la dejaba en buenas manos. Claro que sí, por su puesto cómo no. ¿Pero sabe qué?
_Cuente hombre, no me deje en suspenso, que no estamos programando una novela policiaca.
_Qué novela, ni qué ocho cuartos; no haga sino escuchar que la cosa se pone buena.
_ Qué bien, continúe.
_ La madre de la muchacha, llamada Domitila, era bajita de estatura, con cara un poco achinada; no por eso carecía del todo de atractivo, y como tuvo que ponerse a vender flores en la calle que va rumbo fijo al barrio de los acostados indefinidamente, no tuvo mayor tropiezo en conseguirse un pretendiente.
_ ¿Y cómo era él?
_ Un hombre bastante joven, de buena presencia, buena estatura y elegante, sólo con el defecto que nosotros quienes tenemos regular edad, llamamos vida fácil: no trabajaba, vivía a expensas del sueldo de la mamá jubilada del magisterio, desde hacía ya algún tiempo. La mujer susodicha al verse “correspondida” por un hombre joven de buena pinta, bien vestido, de vocabulario pulcro, se creyó en el cielo y olvidó a su hija. ¡Cómo son las cosas, el demonio acecha a las almas solitarias y las lleva al abismo sin tropiezo alguno!
_ Cuál demonio; no ve que el Demonio es uno mismo, sólo que ataca desde adentro tan sutilmente que llegamos a creer que no existe, pero que existe, existe. Resulta difícil mirar lo que se lleva adentro, pero se manifiesta cuando no se espera.
_ Es usted una persona expresiva cuya actitud irónica, desconcierta. Tuvo la osadía de arrojarme en la cara el tal Abelardo.
_ Nada de indirectas, buen amigo. Siga con su narración que está de rechupete, justamente como para ponerla por escrito y hacer de esta historia un novelón.
_ Hágalo si es capaz, porque entiendo que eso no es tan fácil como para que cualquiera lo pueda hacer.
_ Cualquiera no, yo sí. No es cosa de otro mundo.
_Entonces, adelante.
_ Bueno, ¿y cómo continúa el relato de la dama Domitila?
Al carajo con ese cuento. Pues cómo va a continuar; ¿no sabe que esas relaciones así, siempre terminan mal?
_ Sí, pero de qué manera.
Ah, que la tal Domitila se entregó de forma desaforada a su amante y como aquél no era un tarado, la explotó de manera despiadada. Todo lo que ella realizaba en las ventas durante el día, al muy sagaz se lo endosaba por las noches. Los fines de semana eran para Domitila una completa calamidad: el hombre se iba de la casa y no regresaba hasta el lunes por la tarde cuando ya la desventurada mujer tenía dinero en sus manos.
_ ¿En dónde se metía el holgazán ese?
_ Lo sabría él mismo, porque era más fácil encontrar el nido de la garza, que saber a donde iba.
_ ¿Y la hija, mientras eso qué hacia?
_ En semana cuidaba de la niña de los amos de casa, los finales de semana también desaparecía.
_ A propósito, ¿cómo llamaba la muchacha esa?
_ Mariela.
_ ¿Y de la hija de don Ramón y doña Rubiela, cuál es su nombre?
_ Lucero, a quien llaman familiarmente, Lucerito.
_ Y don Ramón, ¿cómo se comportaba?
_ Supongo que muy bien, él fue un caballero sin tacha y sin malicia; por eso sería que lo mataron.
_ ¿Por qué?
_ Porque nunca entendió el ventarrón de calamidades que se le avecinaba. Él tenía la costumbre de viajar a Bellavista los fines de cada mes a visitar a su mamá que vive todavía. Fíjese cómo estará de ancianita, cuando don Ramón tenía ya más de cincuenta años. Cosa hermosa será tener uno la madrecita viva estando uno ya entrado en años como estaba el finadito.
_La señora Rubiela, qué opinaría de todo aquello, ¿cómo se comportaba?
_ Supongo que lo que hacía era rezar, todos los santos días se veía ir al templo a oír misa, a comulgar y a hacer las estaciones.
_ ¿Las estaciones, es que en las iglesias existen las cuatro estaciones?
_ No, so masón, que de estas cosas Santas nada sabe. A seguir a Cristo Jesús, por medio de oraciones, en el camino del Calvario.
Qué más calvario pensaba yo, que todo ese torbellino de cosas, de casos y de enredos; esto es suficiente para volver loco al más cuerdo. Ya me estoy sintiendo con los pelos erizados, y eso que no he penetrado todavía en el meollo del asunto para tener una somera visión de lo que ha sido la extorsión en nuestro medio. Antes tengo que despedirme de mi amigo Abelardo, no puedo dejarlo así tirado, como en el argot popular se dice.
_Hombre Abelardo, la conversación resultó muy agradable y sustanciosa, volveremos otra tarde a que continuemos; el tema está interesante, quiero volver a escuchar sus narraciones.
_ Hasta pronto.
_ Hasta la próxima.
Más o menos por el año 1978 yo vivía en un apartado pueblo, cuyo nombre omito por múltiples razones. Un acaudalado señor de la población tenía un hijo que se fue muy joven para la capital de la República; allá cometió una fechoría: se comentaba que había participado en el atraco a un Banco. La noticia salió publicada en un periódico capitalino, pero como aquellos señores influyentes tienen amigos en todas partes, uno de ellos dio la información al cacique pueblerino. Éste ni corto ni perezoso, al día siguiente que llegaba la prensa a la población, mandó a unos mequetrefes a que compraran antes de llegar a la población, todos los periódicos que iban con aquel destino. Como en todas partes resultan los avivados, uno de ellos se apropió de un ejemplar de la prensa con la información que dañaba la imagen de la prestigiosa familia. Con el correr del tiempo este individuo empezó a chantajear al famoso ricachón, diciéndole que si no le daba dinero, descubriría el caso ante la opinión pública. El honorable señor, por salvar no sólo la reputación del hijo, sino la de toda la familia, entregaba gruesas sumas al chantajista aquel.
Las cosas con el correr del tiempo se fueron tornado más tensas, hasta que el capitalista se cansó del asunto y tomando la vía de los hechos contrató a un sicario para que le quitara de encima el problema, por cierto demasiado incómodo. Todo ocurrió como suena, chantajista en tierra; millonario en la casa, bebiendo chocolate con queso, en una mesa con mantel y servilletas blancas, como le corresponde al hombre que se siente libre de chantajes y problemas y tiene dinero y posición.
Los asuntos sucios tienen sus consecuencias, el famoso sicario siguió pidiéndole “trabajo” al acaudalado. Como por la ciudad rondaban algunas personas no convenientes al Sistema y a la vez necesitadas de empleo, bien porque no tenían en qué trabajar, o porque eran vagos, drogadictos, o por otras causas. Al famoso ciudadano le dio por pagarle al sicario, es fácil imaginar haciendo qué; no sólo para mantenerlo entretenido, sino porque así se quitaba posibles enemigos en potencia, de sus bienes que no eran pocos.
Óigase bien, todo árbol que se siembra crece, y todo fruto que éste da, madura. El árbol dio sus frutos y muy amargos: cuando ya no había más a quien mandar al descanso eterno, que estuviera complicado en algo, o que por lo menos no fuera del agrado del mandamás del pueblo. Un día en que no quiso suministrar más dinero al mencionado sicario, ¡chupe!, la víctima fue él.
Ahora que ya se sabe cómo son aquellas cosas o hechos delictivos, vuelvo a seguir el hilo de la narración que había venido haciendo.
Don Ramón G., no era de esas personas. Era rico sí, pero pulcro y decente. El caso de él fue que, lentamente se fue dejando conquistar de Mariela la muchacha del servicio. Ella con la astucia que había aprendido de su amante, que no era otro que el amigo sentimental de su propia madre, empezó a tratar a su amo con extraordinaria ternura y bondad, e hizo que su amo cayera en sus redes.
Abelardo fue quien me lo contó, en otra tarde en que también nos reunimos en un bar y nos tomamos unos guaros.
_Cuénteme Abelardo, cómo fue el bate, la historia de Domitila. Qué hizo cuando se enteró de que su hija le había “quitado” a su amiguito.
_ Pues que se suicidó, la muy majadera por eso. Cómo le parece, qué tontería matarse una mujer ya vieja por un hombre joven.
_Eso de que se hubiera matado, no tiene ninguna importancia, aquí lo que cuenta es saber en qué forma lo llevó a feliz término.
_Hombre, no sea sádico, me dice Abelardo, con un gesto de estupor en su semblante.
_Cuéntemelo todo, no se ponga melodramático, que con esas cosas no la voy, mis fibras no toleran esas muecas extravagantes.
_ Como usted lo ordene, expresó mi interlocutor, y continuó. La mujer, Domitila se puso al principio muy furiosa. Con el tiempo aquel enojo se le fue convirtiendo en una tristeza, ésta a la vez desembocó en una depresión aterradora: no volvió a salir de la casa, cuentan los vecinos que aquella mujer desesperada no quería mirar a nadie, invocaba la muerte a todas horas; llamaba a su amigo por teléfono, le mandaba recados con muchachas y con muchachos, pero el hombre ni siquiera se inmutaba, pues estaba tan feliz con Mariela, que la madre de ésta apenas era un guiñapo en una acera que nadie quiere mirar y menos recoger. Entonces fue cuando pasó el desastre que le contaré enseguida. Una Noche, Domitila clamaba a gritos:
“Que venga aquel que me ha quitado, no sólo a mi hija, sino aquello de lo cual yo tanto desfrutaba.” Y cuentan los que oyeron, los más madrugadores, que el cuadro más doloroso ocurrió al amanecer de una mañana de invierno, cuando el frío desleía las escasas defensas de aquella pobre mujer decepcionada que creyéndose ultrajada, tomo tan tremenda decisión.
“Apiádate de mí, daga fatal”. Sonó su voz entrecortada y jadeante lanzó un gemido, después un silencio como ninguno igual. La desventura tiene límites oscuros, y uno de ellos es la incomprensión.
_ Y Mariela qué hizo, cómo fue que no enloqueció.
_Qué se iba a enloquecer la muy zorra. Ella bien campante en la casa de sus amos, tomando brandy con leche para refocilar; consintiendo todas las noches a su amante y por las mañanas a don Ramón, el paganini.
_La señora Rubiela, qué suerte tan horrenda, con un marido así, me dio por comentar.
¬_Qué va, si ella con lo buena que es, creía que con ir todos los días a misa, rezar el Rosario, hacer el Viacrucis, las cosas iban a cambiar. Y por supuesto que cambiaron; Mariela ahuchada por su queridísimo amigo, empezó a chantajear a su amo, diciéndole que si no le daba la plata que ella necesitaba, le contaba a Doña Rubiela la relación que entre ellos había. El bondadoso señor se ponía tenso, porque en realidad, él si era buena persona, si había caído en las redes de una pérfida, había sido porque él como todo ser humano estaba expuesto a las calamidades que este sucio y cochino mundo tiene. Cuenta la historia que en la antigüedad, y todavía recientemente, muchas personas que soportaron muchas torturas en defensa de una buena causa, o por motivos de su fe, cuando los sometieron a la prueba de abstenerse del sexo, estando frente a personas del opuesto, naufragaron ante ese caso comprometedor. Por eso cayó aquel señor tan honorable; exultado por unas piernas, por unos senos, por unas manos que lo acariciaban, y por un vientre perturbador. Unos días le decía la muchacha: deme unos zapatos, otros días, deme un reloj. Otros, deme más plata porque estoy haciendo unos ahorritos, para cuando el “trabajo” se me acabe tenga un poco de qué vivir. Así sucesivamente, hasta que de tanto estirar la piola se le rompió.
_Y después de rota la piola, ¿qué aconteció?
_ Lo que se viene, sí es como para que se le pongan las flechas del pelo de punta, como dijo al principio. Aquella pareja conformada por ese par de harpías, le había llegado la hora, no ya de chantajear, sino de extorsionar y qué mejor que Roberto el querido de la china para hacer un trabajo en el que se requería no solamente de personalidad abusiva, sino de cinismo y fuerza física para poner en práctica lo que el mozalbete había aprendido en la escuela en que entrenaban los futuros delincuentes, que luego irían a ejercer este terrible oficio por toda la ciudad.
_ Cuénteme por ahora de Lucerito, la hija del matrimonio. ¿Qué tal es?
_Muy buena niña, de excelente comportamiento en todo, su personalidad y el trato social son un modelo.
_Cosa poco común en estos tiempos, cuando los valores morales están por lo bajo. Acoté, pasándome un poco de los límites permitidos.
_ Así es. Lo que pasó es que cuando a un hogar se mete una persona de dudosa reputación como Mariela, los asuntos familiares se entorpecen. La tal muchacha, quien cuando llegó a casa de Rubiela J., era tan delgada que parecía una culebra de agua, parada en dos silbidos; lo afirmaban los muchachos del vecindario. Eso no era nada anormal, pues aunque a ella se le notaba desde lejos la falta de clase, sí tenía en ese entonces un comportamiento digno de una muchacha decente, y con el correr del tiempo, debido a la nueva vida y de la nutriente alimentación, se convirtió en una dama que nadie que la viera podía decir que no era una hija del matrimonio. Ello le dio ventaja para que llegara a actuar en la forma como lo hacía, pues llegó hasta tener la influencia suficiente como para que la señora Rubiela accediera a dejar que su hija única, Lucerito, fuera a las fiestas de la localidad en compañía de Mariela. Allí fue en donde el gamonal Roberto se conquistó a Mariela, y como éste no andaba solo, quiso que también Lucerito se consiguiera un novio en ese ámbito. Esto no se dio, porque Lucerito, aunque estaba muy niña, fue recatada y no aceptó de inmediato ninguna propuesta.
A partir de aquí, la vida en el hogar de Ramón G. y Rubiela J. empezó a sufrir un periodo prolongado de deterioro. La señora sufría insinuándole a su esposo que alejara a Mariela de su casa. Mas, como el dueño del hogar tenía sus enreditos con la muchacha, se hacía el de la oreja mocha, como dicen los antiqueños. También hay que hacer notar que en esta familia, aunque honorable, en ella reinaba un ambiente machista, no exagerado, pero machista al fin. Se considera a una familia machista cuando se cree que el hombre es el dueño absoluto de la esposa y que ésta tiene que permanecer sumisa a pesar del comportamiento que tenga el marido frente a las otras mujeres. Eso era así, incluso en un hogar en apariencia armonioso y creyente.
Los acontecimientos tomaron un nuevo auge a raíz de un suceso inesperado, que bien pronto sabremos hacia dónde lleva el curso del presente relato.
Resulta que don Ramón G., no obstante de ser buena gente; persona honrada y querida por los demás habitantes del pueblo, también era de pies ligeros en cuestiones que tenían que ver con situaciones amorosas. De un romance que había tenido en su juventud con una muchacha de un pueblo vecino, le había quedado un hijo, de nombre Gilberto, que en aquel tiempo tenía 22 años; hombre como su padre, varonil a carta cabal. El joven estaba haciendo carrera de Ingeniería Civil en la capital del Departamento, y en una época de vacaciones fue a pasarlas a casa de su padre, encontrándose con la niña Lucerito, quién por entonces andaba en compañía de Mariela. Él fue el que se percató del peligro en el cual andaba su media hermanita. Inmediatamente tomó los correctivos necesarios y por medio de buenos consejos, y más que todo, por su comportamiento caballeroso logró hacerle comprender a la niña de los males que podían sobrevenirle luego. Con dicha intervención el discurrir de aquel hogar volvió tener el comportamiento habitual de otros días.
Un día de junio del año 1972, Ramón le hizo a su hijo Gilberto una invitación para que fueran a la hacienda de Bellavista a visitar a la madre de él y abuela de Gilberto. Su hijo, cortés como siempre, aceptó la invitación. Cuando regresaban a la población, al pasar enfrente a una finca en la que había unos trabajadores laborando en el oficio de la siembra de árboles, don Ramón dijo a su hijo:
_ Acompáñame, que voy a visitar a aquellos trabajadores, quiero saludarlos.
_ Bien, si así lo desea, comentó Gilberto.
Incursionaron en el terreno en donde laboraban los campesinos. Don Ramón se acercó a ellos con mucha amabilidad, saludándolos efusivamente les dio la mano tratándolos con tanta familiaridad, que se diría que eran de la familia. Estaban en el apogeo de la conversación, cuando llegó el hijo menor del campesino trabajador; traía en sus manos dos jarros llenos de refresco; se los entregó al padre, quien tan amable como atento, le ofreció primero la bebida a los visitantes haciendo uso de los recipientes en que ellos también bebían. Ellos lo aceptaron gustosos, mientras miraban con atención al chico que había llegado. Tendría unos 12 años y demostraba una timidez fuera de la habitual en los chicos de su edad; cuando lo miraban bajaba los ojos y en sus mejillas aparecían dos arreboles casi tan rojos como la cresta de un pollo criollo. El padre para quien el niño era el preferido, por ser el menor y porque no era como los otros, menos retraídos, no apartaba la mirada de él.
_Éste es mi hijo menor. Acotó don Esteban, señalando a su retoño.
_ Es muy simpático, replicó don Ramón.
_Sí, pero es tan tímido que se avergüenza ante todas las personas que no le son conocidas.
_ Y qué tal para el estudio. Interrogó don Ramón.
_ Es buenísimo, no quiere sino leer, hacer sumas, restas y otras operaciones matemáticas que no sé como llaman. Intervino don Esteban, mostrándose orgullos de su vástago menor. Después continuó, si tuviera la facilidad de darle estudio, seguro que lo hiciera, pero escasamente logré hacer que terminara la primaria.
_Está en el tiempo preciso para que estudie, intervino don Ramón. Si don Estaban me lo permite, yo me lo llevo para mi casa en el pueblo; le doy estudio y lo ayudo para que sea un hombre de Bien.
_ Muchas gracias, pronunció don Esteban con el acento inconfundible del antioqueño, que trasmite efusión y alegría acercando a los demás.
Los arreglos los hicieron unos días después, para llevar a David Alejandro, hijo menor de don Estaban a la población de Palmas Blancas, población enclavada en una meseta de los Andes de la República de Colombia; país que tiene territorios de una belleza asombrosa, a menudo tan alejados que ni en el mapa aparecen. Como suena, la población de Palmas Blancas tenía unas calles medio curvadas, una plaza pequeña, una iglesia con frontis de bahareque muy bien blanqueado; unas campanas sonoras de tañido dulce y hermoso, traídas desde Italia por el padre Justo, que por cierto de justo no tenía nada, pues ponía los ojos en las colegialas y les hacía triquiñuelas. Cerca a la iglesia, la casa del señor cura; más apartada, la del boticario, hombre azaroso que nunca se rasuraba la barba, menos el bigote, muchos vellos salían de su nariz como chamizos de algún mogote. La mayor parte de las casas estaban pintadas de verde, amarillo o rojo. En una esquina de la misma plaza estaba un modesto consultorio de un tegua que parecía más bien un carnicero, que un sanador de males, ¿o eso es lo mismo? Un tinterillo también tenía una oficina bastante fea, con muchos libros todos ya viejos, por las paredes había huellas de humo, no se sabía si eran del tiempo, o del cigarrillo que consumía, todo el día y a toda hora, una locomotora completa. Palmas Blancas, era un pueblo singular, lástima que ya no exista, pero eso no importa. Si se le pregunta a una persona del denominador común, que en dónde queda Monte Bonito, es probable que responda; en ese mismo monte. Si es un monte y es bonito; allí tendrá que quedar.
Cuando hubieron partido del lugar, después de una ceremoniosa despedida; Gilberto le preguntó a su padre:
_ ¿Por qué trata usted con tanta deferencia a estas gentes, siendo que son de condición tan humilde?
_ Es una historia larga, hijo: resulta que hace precisamente 12 años, enfermé de gravedad en la hacienda de mi madre, me atacó una bronconeumonía terrible. A esas personas que ve tan humildes, les debo la vida. Ellos improvisaron una camilla y en ella me trasportaron sobre sus hombros a través del largo camino en medio de la noche hasta el poblado, en donde recibí los primeros auxilios y luego el tratamiento requerido. Si no hubiera sido por su gran bondad, yo no viviría; mas, cuando ese muchachito que conocí ahora, estaba recién nacido y su madre aún no se había repuesto del caso. Son un dechado de gentileza estos labriegos.
_ Con razón que se comporte con ellos como lo hace, personas así son un ejemplo. No sabía que usted tuviera amigos como ellos en el campo. Comentó Gilberto.
_ Sí, la vida tiene sus cosas buenas que aparecen cuando y en donde menos lo creamos, hijo mío. Por eso me voy a hacer cargo de ese niño. Seguro que no me dejará defraudado y en caso de que así llegue a suceder, no me importará puesto que lo hago para corresponder a un favor tan oportuno.
_Creo que sí, el muchacho tiene talla de ir a ser un hombre prestigioso, agregó Gilberto.
Pasados unos días, o semanas, llegó la hora de que viajara David Alejandro a casa de su protector, Ramón G., Hizo su maleta tres días antes sin omitir ningún detalle. Todo listo: sombrero aguadeño, camisa azul, pantalón blanco de dril, morral y botas resistentes. Así emprendió el viaje a la población el jovencito. Llegó a casa de su padrino, (meses más tarde, don Ramón fue padrino de Confirmación del muchacho) Iba acompañado de su padre don Estaban, como un lirio al lado de un cedro. Larga es la vida de los cedros; los lirios duran poco, son efímeros. Sin embargo, el árbol, mientras está acompañado de la flor, se siente alegre como con el efecto del vino en una fiesta, en la cual todo el entorno refulge lleno de luces. ¡Qué pronto se habría de disipar tanto esplendor! Bien pronto el bien se tornaría en tristeza. Desgraciadamente donde retoña el trigo, está la hoz en espera.
Cuando llegaron a su destino, Doña Rubiela, Lucerito, Gilberto y el mismo don Ramón les dieron la bienvenida. Todos quedaron maravillados con el chico, más que todo Lucerito, quien vio en aquel muchacho a un ser extraordinario. Y no era para menos; David Alejandro había nacido en un valle y crecido muy arriba en la montaña. Era tímido, casi retraído en cuanto al trato con desconocidos y con las damas. Tenía la hidalguía de un andaluz de cepa y rama; su frente marcada por la estirpe traída desde España. En sus ojos negros como carbunclos, habitaba una extraña luz que semejaba los rayos incipientes de un amanecer estival; y en sus labios asomaba una sonrisa llena de candor y regocijo, admirada por todas las mujeres y envidiada por jóvenes y viejos. Una sonrisa, lo más preciado y admirado que un ser pueda tener, es también el foco en el que la envidia proyecta su influjo maledicente.
Eso de la envidia es cuestión tan viaja como la misma humanidad. Mi abuela decía:
”Por la envidia fue vertida la primer sangre en la tierra”. Yo creo que sí. Porque cuando David Alejandro llegó a vivir a la población de Palmas Blancas, se armó un alboroto en todo el casco urbano: se comentaba en todos los medios, que don Ramón ya había aparecido con otro hijo, quién sabía de dónde; que la madre debía de ser una mujer elegante, porque el muchacho era bastante bien parecido. Que pobre de la señora Rubiela que tenía que soportar esa situación. Según ella misma lo había manifestado, deseó tener un hijo varón sin haberlo conseguido, y que ahora llegaba a su casa uno, fruto de algún amor prohibido, engendrado por el esposo con otra mujer para servirle de tormento y acabar de amargarle la vida.
Como las aguas del mar también se calman después de haber estado agitadas, así se calmaron los comentarios desagradables de las gentes, y todo volvió a la normalidad. Desde luego, por un tiempo, porque con el correr de los meses, la tormenta arreció. A David Alejandro lo buscaban las niñas más bonitas del entorno, tanto que una de ellas empezó a perseguirlo por todas partes. Como él era hombre, a pesar de lo tímido y modesto que era, le dio como es natural por ponerle atención. Salía con ella los fines de semana y se les veía juntos los dos, casi a todas horas. Un final de mes se dejó convencer de la doncella esa, y se fueron de paseo a una ciudad populosa que no quedaba lejos del lugar, a casa de unos familiares. Cuando llegaron a su destino fueron recibidos con la cordialidad que ameritaba tal ocasión.
No había trascurrido media mañana, cuando David Alejandro salió de la casa a comprar unos dulces para regalarle a Dina, su novia. Cerca de la tienda estaba una muchacha de pie sobre el andén, la saludó por cortesía, porque el muchacho ya estaba soltando la timidez. Fue a la tienda, hizo la compra y cuando regresaba, la muchacha se le plantó enfrente y de manera sutil entabló con él una ligera conversación. Esto era algo natural, pero si vieran: la muchacha tenía un amigo sentimental quien la vigilaba a todas horas y en todas partes; era celoso hasta la exageración, enfermedad que sufren las personas que se sienten o se creen inferiores a un posible rival. El desquiciado mental no tuvo reparo alguno, ni si siquiera de darse el tiempo necesario para percatarse del real peligro, si es que lo había, el de que le quitaran a su amada. No, arremetió violenta e impulsivamente con un puñal y agredió al joven David Alejandro, que no tuvo tiempo para huir y menos de poder defenderse. Ahí en un charco de sangre, sobre el asfalto quedó el cuerpo del muchacho que era un modelo de comportamiento y de perfección. Sus ojos negros aún después de muerto radiaban luz, como si el alma no quisiera desprenderse de aquel cuerpo tan favorecido por la naturaleza y tratado de manera tan villana, como si por el hecho de ser de estampa fina, fuera motivo para quitarle la vida. El mundo vulgar no tolera lo contrario, si aparece corre tanto peligro que si no está bien protegido es destrozado en el acto. El jovencito David Alejandro, fue víctima de la incomprensión, la mala sangre y todo lo que se quiera agregar. Por desventura en donde crece el trigo no falta la tan temida hoz.
Fueron inimaginables las consecuencias de este lamentable hecho. Trasladaron el cadáver después del levantamiento, al lugar de la residencia de don Ramón. Todo fue confusión, se armó la baraúnda del siglo. Mandaron a llamar a los familiares del niño. No pudieron asistir todos, fue lamentable; el padre casi enloquece, el hermano mayor quería vengar la muerte de su hermanito, y al no encontrar al criminal, porque estaba lejos y además protegido por las autoridades, sufrió un ataque de ira justificada, porque quién no se desmorona al ver el cuerpo sin vida de un ser querido que sin cometer ninguna falta se le priva de vivir. Las leyes son tolerantes y en vez de castigar a los infractores menores de edad, los protegen. Las consecuencias se ven más tarde cuando éstos se conviertes en criminales incorregibles. Mientras más se proteja a quien delinque, así sea éste un menor, se corre el riesgo de estar fomentando con este hecho la polución de tantos seres destructivos.
El sepelio lo celebraron al otro día a las cuatro de la tarde. Muchas coronas, muchas flores, muchos gemidos y suspiros al cielo implorando con mucha fe. El padre de David Alejandro se lamentaba:
¡Ay! ¿Por qué permití que mi hijo se alejara de mi Lado? ¿Por qué me desprendí de él? Vanas lamentaciones, aquella alma candorosa y sanísima había sido tronchada como se cercenan las plantas desgarrándolas sin tener de ellas el más mínimo gesto de piedad. Esto porque una mente trastornada por la enfermedad desastrosa de los celos y todos sus componentes, había enceguecido un corazón apasionado, haciéndole tomar la decisión terrible de destruir a su posible rival.
El tiempo que vivió el muchacho campesino estudiando en la población fue en realidad muy corto. No obstante, fue mucho lo que avanzó en los conocimientos con relación a las ciencias. Este modesto muchacho, tenía madera para que hubiera llegado a ser un científico eminente; un biólogo, u otra profesión cualquiera, la de Médico tal vez, menos la de abogado porque de pícaro nada tenía, y ni qué decir que de político; eso no estaba en él, pues prometía que iba ser un hombre en todo sentido pulcro y honesto. Cuando alguien, o algo demuestra desde el principio que va a ascender, o se convierte en ícono o lo esfuman. Es más fácil esfumarse que ascender, recuérdese lo que les ha pasado a los grandes de la historia: un destellos de luz, luego la sombra.
Creo que a David Alejandro, aunque trágica su muerte, fue su sino el mejor de todos. Morir lleno de ilusiones, sin que se haya marchitado ninguna; sin haber perdido el candor, sin haber sido contaminado con las inmundicias perniciosas; esperando de la vida más que renombre, un buen nombre. Existiendo sin tener que recurrir a la falta de honradez, sin tener que vender su cuerpo, ni sus fuerzas al trabajo, llevando su frente bien en alto, eso es mucho más valioso que ser dichoso a base del engaño y la perfidia, caminando por un mundo lleno de corrupción, esperando que la vida le depare una oportunidad para ascender por la escalera de las posiciones hasta alcanzar la mejor, si es que es posible y si así no lo fuese, sufrir como les ocurre al mayor número de los contemporáneos que oscilan entre dos pilastras unidas por la cuerda de la incertidumbre.
Mientras estos devenires iban y venían las relaciones de Mariela con don Ramón se deterioraban, ya él no quería darle lo que ella le exigía; que plata para esto, que plata para aquello, que plata para lo otro; eso hizo que don Ramón cerrara su mano y dejara de entregar a su tiniebla todo el dinero que ésta le reclamaba. Por tal motivo, Roberto su compañero sentimental, se enfureció y comenzó a insinuar a Mariela que no fuera boba, que ese cucho tenía mucho dinero, que se la sacara, así hubiera que emplear en tal empresa la astucia y hasta la violencia. Fue cuando empezó Mariela a presionar a don Ramón para que le soltara más plata. Como éste ya no tenía la voluntad suficiente para acceder a tales exigencias, se hacía cada día más remiso a hacerle caso. Entonces Roberto, valiéndose de uno de sus compinches, en una noche cuando don Ramón regresaba a su residencia, lo abordaron y sin mediar palabra alguna, Roberto sobresaltado y supuestamente ofendido, le disparó con una pistola dos veces consecutivas. Don Ramón G. cayó de bruces, los delincuentes huyeron y cuando la señora Rubiela y su hija Lucerito se enteraron, ya no había salvación. Don Ramón había fallecido como consecuencia de los disparos. La confusión fue general; se especulaba que don Ramón había sido agredido por su amante, pero alguien que estaba con ella aclaró la situación.
Abelardo, amigo de las horas peregrinas, con cuánto gusto escucho sus relatos. ¿Por qué no me narra otra historia menos triste?
_Amigo, no crea que en este mundo haya hechos o sucesos que no desemboquen en la tragedia, el dolor o la desventura. Narre usted un relato placentero, quiero escucharlo. Le anticipo, no me vaya a salir con cuentos chinos, porque sé que eso de ser feliz es cosa de inocentes. ¡Ah la inocencia, nada más hermoso! Y sin embargo, ¿Puede ser feliz quien ni siquiera conoció la dicha?
“Llora el hombre, la mujer y el niño al recorrer la senda de la vida, en busca de la dicha apetecida, que no se compra con dinero ni cariño”.
Sin dinero no hay amor, sin amor no hay nada que valga la pena para que se tenga como móvil y guía en esta Tierra en que la lucha empieza cuando el dinero y el amor nos faltan. Donde termina el dinero, empiezan las dificultades.
_ ¿Y si todo se llegara a terminar, qué pasaría?
_ Nada, porque si todo se llegara a terminar, en ese todo estaríamos implicados también nosotros y como ya no seremos, el dolor y el placer serían un mito que escasamente lo creerían los seres de otros mundos, en caso de que los hubiese.
¬_Y en caso de que no exista nada después de esta resaca, ¿no es doloroso saber que somos eso, concretamente nada?
_ Eso sería otra cosa. Lo concreto es que estamos aquí y que no podemos hacer nada, absolutamente nada para enmendar lo que se ha perdido, y menos esperar que vuelva el tiempo que se fue como se aleja el viento entre las ramas: el viento se va, se va y no vuelve, sólo el rumor queda por un unos instantes. No queda nada. ¿Qué más da? Llore el que pueda.
_ ¿Usted no ha llorado nunca?
_ ¿Cómo dice eso, tan insensible me cree?
_ ¿Entonces porqué no pegamos una llorada bien pomposa, por la situación que atraviesa nuestra amada Patria?
_ Si con llorar se solucionaran los problemas de mi tierra, lloraría como una Magdalena junto a Cristo, sobre el Gólgota.
_ ¿Y después, usted qué haría?
_ Me raparía la cabeza y que el viento me tostara.
_Ánimo, Abelardo; usted es un verraco, no sé sin con v corta de vaca, o con la b de caballo.
_ Ja ja ja ja já. Qué tal si no me hace reír: la risa es algo muy saludable. Cuentan que un loro reía cuando la lora lloraba cantándole a su compadre.
_ ¿A cuál, al mío, o al de la lora?
_ A ambos, porque los dos se metieron en un lío, el uno por embustero, y el otro por hijo de madre.
-¡Qué maravilla!
_ La vida es una dicha, cuando se ríe y se goza, aunque sea de las sandeces de quien habla por hablar.
***
A pesar de los años que separan nuestras existencias, a F. M. Dostoievski, lo considero mi amigo. Él escribió para muchos y también para mí, quien soy un residuo en el tiempo, un pálido reflejo de una bujía que al no extinguirse por completo, proyecta su débil luz cuando llega la sombra.
Una frase maravillosa entre muchas brillantes del connotado escritor, es ésta que saco a relucir:
“Sin duda él está haciendo en su casa lo que yo hago en mi camino: suspirar y reír lleno de júbilo. Somos felices al recordar que Dios hizo que nos encontráramos. (…) .
Quisiera reír, mas me es imposible, acaso porque el don de la risa no me fue concedido en su total dimensión. Pero qué importa, sé en dónde reside la alegría: en cómo tomemos las cosas que a diario nos llegan. Tuve un amigo, que más que amigo, era un hermano. Un día emprendí un largo viaje por caminos desolados, que me llevaban cada vez más lejos de la civilización. Estuve en una selva, cuando estaba en mitad del camino de mi vida, en plena juventud. Habité una choza apartada del pueblo más cercano, por una jornada a caballo. En esa misma choza había residido un guardabosque, de nombre Juvenal P., persona de buena cultura, quien era asiduo lector de los clásicos. Encontré en un baúl empolvado y destartalado, un libro en cuya carátula aparecía este título, LOS HERMANOS KARAMASOV. En una tarde, cuando ya mis ocupaciones quedaban terminadas, principié la lectura del libro para mí, todo un mamotreto como se denominan los volúmenes muy gruesos. A medida que avanzaba en la lectura, fui compenetrando en su contenido. A veces sentía una angustia que me helaba el corazón, debido a los relatos que describía, referente a los personajes. Cuando encontré la frase antes citada, no pude menos que sentir una fruición cercana a la dicha, pues comprendí enseguida que los familiares y amigos, que habían quedado lejos, probablemente estarían recordándome. No tenía a nadie que me hiciera compañía, sólo la lectura llenaba mis horas peregrinas; por eso tomé al autor, por compañero y tutor en las faenas diarias. De ahí viene esta revelación como un testimonio de los días vividos sin nadie a quien dirigir una palabra ni una mirada, siquiera.
En ese apartado lugar reflexionaba: cuántas lejanías mis ojos se tragaron; cuántas distancias devoradas en silencio; cuántos altibajos encontré al dar todos los pasos para llegar hasta aquí. En cuántas bifurcaciones me tocó tomar una complicada decisión. Equivocado o no, después de muchos trechos llegué hasta donde estoy. La fuga de tantos ocasos me ha hecho comprender que la vida es como el viento que pasa y no regresa; como la flor de un día que al marchitarse vuelve a ser lo que antes era. Eso de ser un solitario es cosa de gran peso, no por lo que se aparenta, sino porque en el fondo hay algo que no encaja ni aquí ni en el allá.
Fui a ese apartado lugar buscándome a mí mismo, como quien va en pos del silencio hasta la soledad más apartada. Bien, me encontré en el ambiente propicio. Las lecturas del libro me llenaron la mente consolando mi alma, infundiéndome fe. No obstante de estar a más de cincuenta kilómetros del vecino más cercano, no me sentí abandonado en ningún momento. En las noches avivaba la hoguera que durante el día me había servido para cocinar los alimentos; mientras que en el cielo alumbraban las estrellas y los grillos cantaban en el bosque, me deleitaba leyendo las aventuras, anécdotas y peripecias narradas de manera tan amena por ese gigante de las letras, a quien en mi retiro llamé mi amigo y consejero.
El amigo que quedó en la ciudad, es posible que a esa hora se deleitara mirando una película en el teatro, escuchara música, o sencillamente estuviera en la estación, viendo cómo se alejaba el tren, y cómo quedaba el vacío por donde avanzaba y alejaba, con el fragor de su locomotora vieja y destartalada, aunque con empuje suficiente para trasportar los pasajeros a tierras lejanas, más allá de la línea ecuatorial donde el horizonte se difumina como una nebulosa en el cielo. ¡Qué euforia tan salvaje se siente al llegar a otro lugar!
Pasado un largo tiempo, cuando regresé a la civilización no encontré a mi amigo, ni a los otros que formaban parte del grupo de compañeros que nos reuníamos en el bar “Las Tertulias”. Todos habían desaparecido; el panorama había cambiado, reinaba en aquel ámbito una aureola de negro desencanto. Por eso me dediqué, por un tiempo a vagar por calles y senderos desolados llevando dentro de mí el conocimiento adquirido en la soledad: el de saber que la lucha por conseguir el pan diario, a pesar de ser dolorosa, resulta al final gratificante, necesaria y justa. La justicia principia para ser ecuánimes con nosotros mismos, de lo contrario viviremos en un continuo y completo conflicto entre lo que somos y lo que deseamos llegar a ser.
Después de aquello, me dediqué a vagar por las calles y a visitar sitios apartados en los que hallaba el sosiego y la quietud que mi espíritu requería; hacia constantes caminatas y en una de éstas encontré a un medio conocido, quien al instante dirigiéndose a mí, me saludó con marcada cortesía. Eso me puso un poco nervioso, porque cuando uno pasa mucho tempo en el campo, es como un conejo, se asusta fácilmente al menor movimiento o ruido que se presente.
_ ¿En dónde estaba usted, qué se había hecho que hace tiempos no lo veía?
_ Estaba en la Costa del Pacífico, le mentí.
_ Ha, entonces es por eso que está quemada la cara, seguro el calor.
_ Es posible, le respondí. El hombre ignoraba que el viento fuerte de las regiones altas, también quema la piel y la oscurece. Bueno, cómo iba yo a desaprovechar la única oportunidad que se me presentaba para preguntar por los amigos y conocidos, no podía ser. No he tenido la costumbre de encontrar a una persona, así sea nada más que conocida, y no invitarla a tomar un refresco o siquiera un café. Lo hice también con la que se me había aparecido.
_ ¿En dónde hay por aquí una fonda, o un negocio para que tomemos gaseosa, o algo así?
_ Acá cerca hay una, si me permite yo lo acompaño. Está usted muy solitario y uno no debe en el presente caminar solo por estos lugares.
_ ¿Por qué?
_ ¡Cómo que porqué! No sabe que estos campos se volvieron peligrosos. Por ellos transitan unos hombres a los que llaman, dizque “Escuadrón de la muerte”.
_ ¿A qué se dedican?
_ Dicen y comentan, que su oficio es prevenir de la delincuencia a los dueños de las fincas y los negocios grandes. (Entiéndase, terratenientes). Los hacendados son los más favorecidos, en especial los ganaderos. Las guerrillas les estaban haciendo mucho daño, se les llevaban el ganado, los extorsionaban y cuando ponían resistencia, los secuestraban sin compasión. Nada raro, puesto que son gentes que perdieron la confianza en los gobiernos; muchos de ellos fueron víctimas de otro tipo de violencia, negándoles su verdadera identidad.
_ ¡Caray! Y estos últimos, qué tal.
_ Tampoco tienen consideraciones con nadie. Se pensaba que iban a pacificar la población, pero mentira, la violencia en vez de mermar, se ha aumentado.
_ ¿Y eso por qué? Si son pacificadores e imponen el orden, no veo la razón para que las cosas marchen así de mal.
_ Eso es lo que uno cree, pero no falta la paradoja que es la razón de los peros; como las cosas no son como las cuentan, bien diferentes resultan. Argumentaban que primeramente iban a acabar con el cultivo de la Coca, y resulta que lo están fomentando; obligan al campesino a que la siembren, la cultiven y se las pongan a su disposición. Lo mismo ocurrió con los expendedores, acabaron con éstos a punta de plomo, y se pusieron ellos a hacer lo mismo que hacían los otros, los mataron para abrir el espacio que ellos requerían. Así es el mundo, mi caro amigo, es como en la canción “Ruta de trenes”, unos que llegan, otros que salen.
_ Así ha sido y seguirá siendo desde la antigüedad. ¿Ha leído algo sobre el particular?
¬_ A mí no queda tiempo. Yo vivo del trabajo que es el que me proporciona con qué mantener a la familia.
_ Qué bien, qué bien recalqué con un poco de ironía, pues aquel hombre no daba muestras de ser un trabajador como los que yo conocía. ¿Entonces quién era? Qué irónico resultaba, nada menos que un expía, por otros llamado un sapo; el oficio es el mismo, diferente su condición. No era un informante del paramilitarismo y menos de la guerrilla, era uno que pasaba información al alcalde municipal, quien a la vez tenía conexiones con el mandamás, el terrateniente que ponía los votos necesarios al mandatario de turno. Si quien aparecía por ahí sin profesión conocida, sin que fuera de familia prestigiosa, hijo de papi y de mami, entonces pobre de él. ¿Que cómo lo supe?, para qué me sirven los años, estos cayos en los pies, estas canas que me tienen como salido del baño sin quitarme la mayor parte del jabón; ser un lector que conoce el camino de las águilas, la acequia por donde va el agua a los molinos y en donde tienen los nidos los bichos perturbadores y algunas cositas más. Una entre tantas otras, saber que no hay verdades comprobadas y sí mentiras evidentes. Dos y dos, todas las veces no suman cuatro, sí son dos decenas pues cómo, eso no puede ser, no me crean tan lerdo ni tan tarado que cuando suenan las cornetas ¿cómo no esperar lo que anuncian?
Venía hablando de cómo supe que el supuesto “amigo”, era un sapo o informante que es lo mismo: bien, días después caminando por la calle del comercio, pasé frente al negocio del cacique terrateniente de la población; no noté la atención que posiblemente haya tomado el respecto, porque no andaba prevenido; me di cuenta cuando ya todo quedó descubierto, cuando ya habían pasado muchos años y supe que lo habían asesinado. Aquella vez el hombre siguió mis pasos con mucho disimulo, desde luego. Afortunadamente, en esa ocasión pensé en entrar al templo a hacer una oración, implorando la ayuda del cielo con el propósito de que encontrase trabajo, uno cualquiera no importaba, con tal de no seguir vagando y convertirme en una carga más para mis familiares. Hice la oración con petición incluida. Cuando salí al atrio, vi que el gamonal me miraba muy cautelosamente. (No pensé que ese hombre era una amenaza para mí, ni que yo fuera un posible delincuente para él). Las cosas eran así; el tal judío, cuando vio que lo miré también, volteó la cara aún mirándome de soslayo, no sabía el porqué, puesto que en esa época no creía que había tanta vileza en su manera de actuar, en su alma traicionera cuyos designios bien pronto serían descubiertos. Cosa rara, al mismo tiempo soltó una ventosidad prolongada como si algo anormal le pasara. Pensé: los ricos no sólo lloran, también hacen cochinadas y con verraquera. Proseguí caminando con mis pasos tranquilos y sosegados en dirección al hogar, en donde una viejecita, mi abuela me esperaba. ¡Oh!, la vida cómo pasa de afán. Se van quienes nos quieren y quedan los que no nos quieren tanto. Amarga y tremenda es la realidad. En aceptarla radica lo que muchos han llamado; “Hacer la voluntad del Señor”.
Han pasado los años, como en la canción: mis sienes han blanqueado. Hundo la cabeza entre mis manos con descontento, veo que son muchos los engaños y las trampas mortales que nos tienden los enemigos.
“Los enemigos del alma son tres: el Demonio, el Mundo y la carne” Yo digo que son muchos, ni siquiera son contables; los menos dañinos se manifiestan; los más terribles presentan la apariencia del cordero, pero en el fondo son jaurías de lobos que están alerta mirando a qué liebre atacan. Y lo peor del asunto, es que no son ellos los que lo hacen, les pagan a otros, quienes hacen el trabajo por unos miles de pesos. ¿A eso cómo lo llaman? Limpieza preventiva. Lo asombroso es que les queda tranquila la consciencia, tanto a los unos como a los otros. Mientras tanto, también ellos cosechan lo que sembraron, porque en el mundo no se queda ni una deuda sin saldar.
Como decía, los años han pasado y me pregunto: ¿qué habrá sido de Abelardo, mi amigo más leal? De doña Rubiela y su hija Lucerito que ya no será Lucerito, sino una estrella de singular magnitud. Y qué del Doctor, el que en la universidad cursaba la carrera de Ingeniería Civil. De la tal Mariela y de su amigo, porque el otro enamorado hacía años descansaba en un triste cementerio con una cruz como signo de una vida meritoria; lo mismo que David Alejandro, el niño que tenía los ojos atravesados por una flecha, el alma blanca, cual magnolia cultivada en el huerto de la impoluta virtud; no tuvo una amiga íntima, y creo que de la maldad nada sabía; lo decía su cara fresca y su sonrisa angelical. El que muere siendo casto, si milagros no llega a hacer, por lo menos se le tiene un lugar prominente en el recuerdo como algo más que especial.
Los otros, los medios malos y medio buenos es decir los normalitos, los que le sacaban chispas al fuelle con el impulso tenaz del que cree que la vida es un lago trasparente en el cual a toda hora cualquiera puede nadar. ¿Qué habrá sido de todos ellos? ¿Por qué rutas empapadas de olvido, por qué caminos desiertos o concurridos se escaparon a su vez? La vida como la música también tiene sus bemoles, puede ser que estén tan lejos que ni siquiera el más avezado los pueda localizar. O tal vez quieran regresar, pero el cansancio causado por tantas leguas de caminos transitados los tenga fuera de órbita, como un cometa salido de su curso natural. Sea por lo que fuere, la vida a mí me ha cambiado, ya no soy ese muchacho, (alegre nunca lo fui), tal vez un poco alocado con ganas de hacer viajes que me llevaran lejos, más allá de Alaska; de La Patagonia argentina, o junto el mar amarillo en donde el Sol empieza a arder como una antorcha que el viento ni avivar ni apagar puede, porque la distancia es tan larga que no le basta el impulso natural para llegar hasta allá.
Siempre solo, siempre aparte como el autor del Discurso del Método, voy buscando en el silencio esos tesoros que encierra el filón que está escondido muy dentro de nuestro ser. Si me dicen que estoy loco, ¡qué me importa!, cada cual tiene un camino que tiene que transitar, ese camino nos lleva por los senderos del alma acompañados o solos, sin que nos podamos oponer; tenemos siempre que recorrer ese camino con total docilidad. La cosa es seria, ¿verdad? Ninguno puede decir, no hago ese recorrido, porque queriéndolo o no, nadie lo puede hacer por él.
Muchas aficiones quedan inconclusas, muchas telas sin cortar. Quisieran muchos como yo, volver por los campos o por las calles ya recorridas; encontrar las mismas almas, quizás las mismas acciones, pero el tiempo trascurrido ha creado una cortina tan tupida y tan extensa que no nos permite ver qué fue de quienes fueron amigos de almas y destinos, convergiendo hacia un mismo final. De aquellos que un día se alejaron, o nos alejamos de ellos sin una despedida, creyendo que volveríamos a encontrarlos. Mas, lo que uno piensa es apenas un deseo, un deseo que nadie sabe si se podrá llegar a efecto, o acaso por un descuido, por un despiste tal vez, lleguemos cuando la tarde con sus frío penetrante nos ponga la piel de arroz trasnochado, sin encontrar los rastros de aquellos que un día estuvieron unidos a nosotros por los lazos fraternos de la consanguinidad, o de la amistad. La amistad hermana a los corazones, las afinidades que se persiguen, cuando coinciden con las de otras personas nos hace sentir que somos unos para los otros metidos en una misma barca navegando en la misma dirección.
El corcel tira adelante, el alma mira lo que en el ayer ha quedado, cuando se lleva en la mente los amigos que se han ido sin que puedan regresar, es entonces cuando se da uno cuenta de lo avanzada que está en el presente la vida.
Hace ya muchos años, un día antes de amanecer partí del lugar en el cual había pasado mucho tiempo a la deriva de la civilización. Otros horizontes me requerían, llamadas lejanas, nuevas voces se dejaban oír más allá del punto que abarcaba mi mirada.
La mañana se presentaba fresca, un sol intermitente iluminaba dejativo a través de la nubosidad abundante. Las nieves del Ruiz tenían un color entre blanquecino y grisáceo. Cuando llegué a Manizales, me asombré de ver tanto movimiento de vehículos y tanta abundancia de gentes. Siempre me había llamado la atención la ciudad de Manizales, pero nunca me había imaginado que aquí iría a estabilizar mi vida y a colgar mi residencia en las laderas vecinas donde empezaba a aparecer nuevas urbanizaciones.
Dejé llorando y solita a una anciana que esperaba cada día mi llegada desde lejos o de cerca, con lluvia o brillante sol. La senectud torna dulce a quien arropan los años; aunque es triste contemplar a una anciana desvalida, es una gran bendición tenerla de compañía.
La tuve que abandonar, marcharme como a escondidas. Hoy que recuerdo aquel día me parece que las separaciones son un pañal que troncha los lazos afectivos, muchas veces sin razón, otras porque la necesidad así lo exige. Ir en busca de algo mejor, aunque a costa del sacrificio que representa el hecho de tener que abandonar a quien requiere que se le haga permanente compañía, es muchas veces la acción injusta que debemos llevar a efecto, aunque no con alegría.
Manizales fue en ese tiempo un oasis, un alcázar que hizo que me olvidara de ese pasado que me trató sin piedad como a un desconocido. Aquí empezó mi trayectoria por rumbos bien definidos: la búsqueda de una mejor posición, una buena y sana vida. Las aventuras que viví, apenas compensaban con los pasados sinsabores que hasta entonces soporté.
Como las quejas son vanas y el tiempo tan importante, habré de ponerle freno a mi labia y a mis ansias desbordantes.
Miro atrás y veo que ha caído mucha arena en el camino y la nieve en las colinas es de grande consideración, por eso los pasos dados ayer están perdidos, por no decir que quien los dio, fue una sombra y nada más.
El pasado irá conmigo por el resto de mis días como una canción monótona que murmura cosas dolorosas aunque ciertas, sin que se pueda cambiar su melodía, ni siquiera el ritmo con que suena. Una belleza desesperanzada se deja ver en el horizonte, el cual aparece ante mis ojos como una visión fantástica que augura el desplazamiento de todo episodio que viví.
Hubo un tiempo en que era tan pobre que ni siquiera tenía la protección de una cabaña, la luz de las alboradas me sorprendía con los ojos suspensos en el cielo y mi alma se sentía muy cercana al temblor de las estrellas.
En el presente pienso y actuó de menara diferente, a veces hago ciertas divagaciones llevado por el espíritu aventurero que permanece de manera constante en todos mis procederes. Continúo buscando, aunque no sepa a ciencia cierta qué. La noche se asoma tras las copas de los árboles y una prisa sin nombre me obliga a seguir. ¿Por qué esta prisa? No sabes acaso que aquello que tanto has buscado reposa encerrado entre tu pecho y tu espalda. En donde se dice que está la consciencia se hace presente todo humano bienestar, o toda flecha clavada que al penetrar en la carne hace reflejo en el alma.
He aquí el aparente misterio tras del cual he trasegado por tantos senderos, subido tantas montañas y luego descendido hasta dar con el fondo de una depresión. No existe paz ni reposo mientras el alma persiga una dicha que ni siquiera es viable, aunque la creamos realizable, todo no es más que una quimera que no tiene otra finalidad que la de distraer y engañar. Hasta la naturaleza patrocina en el engaño; La flor atrae a la abeja, pero aquélla sólo busca el néctar como su fin.
Más de una payasada, representación o pantomima habrá de llevarse a efecto a través de nuestra vida. El Dadaísmo se opone a las guerras fratricidas, a las convenciones sociales y culturales, pero al sacar todo en claro vemos que todos se engañan y que engañados se quedan. El errar ha sido humano y permanente la inquietud.
La guerra de las comarcas, trae hambre y trae frío. Todavía los ambiciosos persiguen sus cometidos, que no pasan de ser pretensiones disfrazadas de ideas preconcebidas.
Puede el país convertirse en un foco de partidos, todos en busca del lucro que los ponga en alto sitio. Mirar hacia abajo puede ser muy agradable, desde las altas montañas los valles se ven pequeños, y los ríos como hilitos que no cambian de lugar.
Para el denominador común, el que nunca halló buen sitio, ni lo tuvieron en cuenta para darle lo que a otros les sobraba en las alforjas, seguirá viviendo en las mismas circunstancias como ha vivido desde su principio, como puede haberle sucedido a sus antecesores inmediatos y quizás a los de más atrás. Hay familias que no cuentan con ninguna alcurnia, son las que nunca lograrán sobresalir. Ha de tenerse en cuenta que quienes no sobresalen, tienen que vivir a la deriva, o amparados a la sombra de un árbol que se destaca en medio de la región.
Cambia la situación para el que sabe trepar y alcanzar la cumbre. Así tenga que pasar sobre los cadáveres de quienes se opongan a sus designios.
En el arte de pensar hay caminos bien distintos; una sola palabra sirve de apertura: “elige”, o escoge. Para amar tal elección, primero ha de haberse discernido qué es lo mejor que se expone en el mercado, porque aunque parezca insólito, hay mercado para todas las cosas consideradas necesarias, o por lo menos plausibles.
Cualquiera que tenga la mente verdaderamente profunda, debe tener la fuerza suficiente de fijarse un objetivo. Yo elegí el de pensar, buscando nuevos senderos para poder avanzar por el desierto que cruzan las almas que se apartaron del rebaño y de su dueño.
Los cuadernos de apuntes de los abuelos contienen un método modesto, pero excelente para aprender a pensar. Por no poner tan excelentes principios en práctica, anda el mundo en las que está; la juventud se arroja de cabeza por donde se asoma. Los líderes piensan bien, pero obran en el sentido contrario. Primero su bienestar, luego el de su parientes más cercanos. A la hora de dar la cara, muchos esquivan a quienes los sacaron adelante y los llevaron en hombros secundándolos al amaño de los intereses impuestos.
Los autores antiguos tenían la costumbre de dedicar a un ser vivo las obras que escribían. Así Aristóteles compuso su Ética a Nicómaco y a Eudemo. Todavía hoy aparecen sus nombres bien unidos entre sí. Si siguiéramos estos lineamientos, yo escribiría con todo gusto para mi esposa y para mis hijos. Como no los tengo, escribo para mí mismo, tratando de ubicarme en un punto intermedio. Yo, mi uno, yo, el primero. Bueno, eso precisamente es lo que hacen los que conducen esta tribu de seres vivientes por las sendas de este mundo lleno de encrucijadas y desvíos.
En una de aquéllas tomé la decisión de alejarme de la manada, al no ser un hombre gregario, más bien un transeúnte solitario que recorre en silencio las rutas que otros desdeñan porque las consideran peligrosas. Es cierto, la soledad es mala consejera y si es ésta la única opción con la que contamos, entonces sí estamos más desorientados que un simple lechón en un desierto, o un pato en el corral de las ovejas.
Es bueno y gratificante vivir en soledad, pero no de manera continua y definitiva. Quiero hacer mención de un texto del connotado escritor, Rainer María Rilke, al que admiro.
“Escucha corazón mío, como sólo los santos han escuchado: hasta que un grandioso llamado los elevó de la Tierra; sin embargo siguieron de rodillas, esos seres inabordables, indistraibles, resueltos a escuchar. No es que puedas soportar la voz de Dios, lejos de ser así, pero oye lo que susurra el mensaje interminable que brota del silencio”.
No queda que agregar a tan elevados pensamientos, el hombre cuando se encumbra, crea alas y llega hasta las regiones azules en que se encuentran los espíritus de los que supieron trepar hasta allí. No me pregunten cómo, sí les explico el porqué: no quisieron estancarse, estuvieron al servicio de otros hombres que requerían de una mejor formación. No le negaron a nadie que eran frágiles como todos, expuestos a los suplicios que son comunes, y acataron las leyes que fijaron los dioses cuando partieron al lugar de su procedencia. Puede ser que muy cerquita, o acaso donde la mente no comprende ni alcanzará a discernir.
“Ser solitario es encontrarse bien estando solo: es estar solo exquisitamente inmerso en actividades de tu propia escogencia, consciente de la abundancia de tu propia presencia y no de la ausencia de los demás. Porque la soledad es todo un logro. Es tu propia manera de dar forma a los objetivos que has escogido para tu vida, optando por éstos y no por otros, después de observar y reflexionar sobre tus propios actos e inclinaciones, y después comprometiéndote con ellos por esas mismas razones”.
Alice Koller
(Escritora religiosa norteamericana)
Cómo piensan de bien los sabios. Se considera que es más gratificante saber pensar, que tener una fortuna encerrada entre las arcas de un banco acaparador, o cinco haciendas en La Costa, surtidas de ganado.
“Las grandes ideas llegan al mundo con la suavidad de las palomas. Quizás entonces, si escuchamos con atención, oiremos, en medio del estruendo de imperios y de naciones, un leve aleteo, el suave movimiento de la vida y la esperanza”.
Albert Camus, Filósofo y ensayista francés
Para tener esperanzas y cultivar las ilusiones, es necesario tener algo más que un buen trabajo. Indispensable, un sitio donde la calma extienda sus alas grandes y el silencio, gran amigo nos acompañe en el trance de crear y recrear. Cuando se baja hasta el valle que limita con la muerte, es necesario tener algo más que el valor común. Ha de haber en los campos de la mente suficiente espacio para ser independiente y no preocuparse por el famoso, qué dirán.
“Hay un cuadro admirable llamado” Contemplación”. Muestra un bosque invernal, y una carretera que atraviesa un bosque. En absoluta soledad, está de pie un campesino vestido con caftán raído y abarcas de corteza. Está, por así decirlo, absorto en sus pensamientos. Y, sin embargo, no está pensando: “está contemplando”. Si alguien se le acercara se sobresaltaría y parecería aturdido.
Con el tiempo volvería en sí; pero si se le preguntara qué había estado pensando, no se acordaría de nada. Probablemente ha ocultado en su interior las impresiones que lo dominaban durante su contemplación. Esas expresiones le son entrañables y probablemente las atesora imperceptiblemente, hasta inconscientemente. Cómo y por qué, por su puesto no lo sabe. Es posible que después de muchos años de atesorar impresiones, abandone todo y se vaya a Jerusalén en peregrinación. O tal vez le prenda fuego a su aldea natal. O ambas cosas”.
Fiodor Dostoievski
Si contemplas un paisaje, o recreas un suceso, no estás pensando siquiera; estás dándole cabida al mundo que te circunda y pretendes hacerlo tuyo, o que éste se adueñe de ti. En realidad tú, el paisaje y el suceso se interfunden, no hay diferencia entre todos, un conjunto indivisible han llegado a conformar. Desunidle desde luego, otras fuerzas desgarran y causan daños. No existe nada en la creación que no tenga su contraparte.
“Con el paso de los días en este sublime aislamiento (desierto), mi corazón se inquietó. Parecía llenarse de respuestas. Yo no hacía más que preguntas; estaba seguro de todo – de dónde venimos, a dónde vamos, cuál es nuestro fin en la Tierra—me parecía extremadamente claro y simple en este aislamiento hollado por Dios. Poco a poco mi sangre se acopló al piadoso ritmo: maitines, liturgia divina, vísperas, salmodias, el sol naciente en la mañana y el poniente en la tarde, cada noche las constelaciones suspendidas como candelabros sobre el monasterio: todo llegaba y se iba, venía, iba y volvía, obedeciendo las eternas leyes y arrastrando la sangre del hombre a ese mismo ritmo plácido. Veía el mundo como un árbol, un gigantesco álamo, y me veía a mí como una hoja verde colgando de una rama con mi tallo fino. Cuando soplaba el viento de Dios, yo saltaba y bailaba junto con todo el árbol”.
Nikos Kazanstzakis
La una de la madrugada. Qué veloz corre el tren, los cristales se empañan; la neblina es ligera, aunque sí suficiente para borrar el paisaje que se mira en las noches cuando el cielo aparece en su pleno esplendor.
No recuerdo de qué sitio partió mi viaje, pero tengo bien presente al que habré de arribar.
Me remuevo entre los cojines de mi asiento mullido y me doy a la tarea de recordar. Cuántas cosas pasaron en el pueblo lejano que no habré de olvidar. Cómo habría de olvidarlo si por todas las calles se quedó mi tristeza y también mi ambición.
Era joven entonces y las horas pasaban lentas, muy lentas que hoy me parece que han sido un ensueño y nada más. Cuando estaba afligido, salía de la casa y tomaba el camino que subía a la colina. Desde allí contemplaba la pequeña ciudad que yacía en un letargo asombroso, cual si fueran de mármol las paredes, los pisos y hasta el alma de aquellos que fingían dormitar.
Un extraño murmullo desde lejos llegaba y las nubes viajeras circunspectas pasaban bajo el cielo de abril. En la extensión distante, todo se presentaba en una paz serena, en una dulce calma, que me llenaba de una inmensa quietud.
Cómo pasan los años, las praderas ya no existen, un bosque artificial es lo más notorio que se ve por todas partes. Entre el cielo y la Tierra, entre el bosque y la población reina el silencio preludiando el olvido. Las personas que un día nos solían esperar, están muertas las unas y las otras se fueron. Por todos los predios ya no hay nada de aquello que vivió en el ayer. Cuántas voces apagadas, cuántos cirios extintos; cuánta fe derruida, cuánto honor que hoy no existe. Cuántas nieve en el alma, cuánto frío en el cuerpo, cuánta hiel intercambia lo que el tiempo robó.
Pasan las horas. Suena una bocina anunciando la próxima estación. Un pueblito aparece a la vista. No conozco su nombre, y su aspecto semeja una de esas aldeas que los pintores impresionistas estampaban en sus lienzos. La civilización según parece quedó estancada, si llegó no encontró terreno apropiado. En compensación, muestra por todas partes un ambiente en el que se respira y una paz cercana a la predicha en algunos pasajes de los libros utópicos.
Un muchacho de cabellos rubios lleva cogido de un cordel a su mascota, un perrito demasiado pequeño que parece un juguete y que camina haciendo giros alrededor de su dueño. Una muchacha provista de un delantal color azul, lleva sobre sus hombros unas trenzas hermosas; camina serena portando en sus manos una canasta llena de verduras y frescas frutas. Un pordiosero extiende su mano derecha implorando caridad. El sacerdote de la parroquia se encamina al parquecito que parece un pesebre; conversa con las personas que van a la iglesia: parece que les hace algunas recomendaciones.
Una señora sale de su vivienda y mira por todos los lados, llama al muchacho del perro y según me lo imagino, pregunta por la niña que iba con su canasta llena de frutas, sus trenzas hermosas y su cara de sol. No sé que resultado tiene la conversación, supongo que el muchacho le da la información que ella requiere.
Un buey, animal de regia estampa, grandísimo, de color entre castaño y amarillo con pintas grises, cornamenta inmensa del color del marfil; está enjalmado y carga sobre sus lomos unas canecas, que supongo están llenas de leche traída desde la hacienda que se divisa en la lejanía brumosa. No me explico cómo tuvieron la osadía de castrar este hermoso animal ejemplar, con razón las razas de estos animales llegan a desaparecer. Cuando se cortan los troncos, las ramificaciones se extinguen; para volver a encontrarlas tiene que pasar varias generaciones.
Todo en este sitio es estupendo, hasta llegar a encantar. ¿Pero, en qué pueblo me encuentro, qué distancias ha recorrido el tren en su travesía? Una visión de tiempos pasados, una simple añoranza, un ensueño y no más.
Avanza el tren. El sol se hunde entre las claridades opalinas; en la llanura aparece la gran ciudad. Al llegar a ella, algo así como un escalofrío hace que se estremezcan las fibras del corazón. Se teme lo desconocido, lo ingente nos hace tener consciencia de nuestra pequeñez.
La ciudad cosa tremenda, qué bullicio, qué algazara, los unos buscan trabajo, los otros caminan tras de los billetes del que se los gana con el sudor de su frente. Y todos aseguran que su trabajo es honrado, hasta el mismo delincuente es recatado también y presume que sus fechorías son profesión.
Estoy sentado en un parque sin amigos ni conocidos, si tuviera siquiera uno nunca sería así de profundo el valle donde se asienta de mi soledad la oscura sombra. A quién espero y no espero, por razones insondables no tengo a quien aguardar. El hijo que no llegó, se extravió en el recorrido, y al tomar otro camino otros puertos fue a buscar.
Ahora que estoy sentado en este banco, recuerdo con toda claridad una canción de Oscar Agudelo, cantante nacido en Padua Tolima.
“Sentado en el banco de la vieja plaza que adorna mi pueblo donde yo nací, comprobé sonriente que la vida pasa, que la vida pasa llevándome a mí”.
Yo no sonreía, no tenía el porqué; tampoco lloraba, en esas entonces no sabía llorar. Miré el reloj, eran la una de la tarde. El tren partía a las dos. ¿Hacia dónde? Yo quería que fuera a Tokio, Versalles, Alaska, Siberia, París o siquiera a la Tierra dónde está grabada la estampa suprema del Emperador. Pero no, yo estaba en Armenia Quindío, el viaje estaba programado con destino, Buenaventura, un puerto anclado en las playas en donde termina la Tierra y principia el mar. Bueno, todo vale. Un turista es un vago con dinero, en cambio el vago es un turista con los bolsillos vacíos, la garganta reseca y el alma llena de hiel. En las entrañas el fuego de una fragua o de un volcán, y como si eso no bastara, miles de ojos mirándole con recelo.
Parte el tren. Ferrocarril que me llevas por las rutas que conectan esta tierra con el océano, que en el viaje no se presenten contratiempos y menos se aparezca la guerrilla o los paramilitares tendiéndonos un reten.
Buenaventura está a la vista, siento decepción al verla, tan llena de cargamentos y tan vacía de amistad. No es que tenga mala fama, pero tantos gallinazos me sacan de mis cabales y me ponen a delirar.
Los viajes de esta naturaleza tienen cara de estreñimiento; un dicho de un viejo amigo me llega como encargado:
“Sólo miserias puede dar el que vive en medio de ellas”, Perdón mi Buenaventura, hasta aquí llegó mi afán, y aunque el viaje no termina, me toca volver atrás; esta vez con menos prisa, recordando aquella canción de Tito Cortez:
“Sueño con la angustiosa sensación emotiva de buscar en la vida algo que no se alcanza”. Bonita letra y música. Cómo encajaba de preciso esos versos con el estado en que me hallaba.
Buscando nuevos rumbos, me marcho para Sonsón. A esta población no llega el tren, haré escala en Pereira, de allí sale a las cinco de la mañana una chiva que recorre la soberana Cordillera Central, pasando por Salamina llega temprano hasta Aguadas. De allá a Sonsón se hace el viaje en dos horas a cuyo término se puede estar en la plaza del municipio esperando a que Gregorio Gutiérrez González, con su porte estrafalario, le dé por cantarle al maíz de nuevo, mientras le canto a los cerros azulados y más que todo, al Roblal; la tierra de mis abuelos, al río de tantas cuitas, el Aures que tuvo fama de ser el río más bello que recorre la región.
Todo es hermoso y fragante como un ramo de azucenas, las cosas que el tiempo toca se embellecen o se tornan en senderos de aflicción. Hablar de esa tierra tan y alegre y atrayente, es rendir un homenaje a aquellos que luego fueron un nombre sobre una cruz.
Río arriba, Chagualal; el páramo tan cercano, al volver la vista atrás cuántos recuerdos hacen señas, pero sólo encuentras hondas líneas entre sus fruncidos entrecejos.
De Sonsón a Medellín, de Medellín a Rionegro. Desde allí hasta Barranquilla, después mirando otros lares regresar no hay más remedio; el dinero se acabó y la astucia no me ayuda, ni a robar ni a zabletear me enseñaron en mi pueblo.
Hablando de señas y más que todo, de reseñas. Hay un pueblillo pequeñito que cuando paso por él, pienso en aquellos que nacieron allí y hoy son grades personajes. Se trata de Padua Tolima, antes llamado El Yarumo, o Yagrumo; no recuerdo muy bien. Los mencionados: Oscar Agudelo, como el Gardel colombiano y el internacional William Ospina, conocido y reconocido por su pluma que desnuda y saca ampollas. En ese pequeño pueblo, en un mañana distante, tuve la agradable experiencia de sentirme acariciado por los rayos de un sol tibio, tan suave como ninguno; de pensarlo me siento como esa vez, lleno de agradecimiento ante el cielo y al lugar en cual tuve esa regia experiencia.
No me avergüenzo de haber nacido en un pueblo, porque la extensión de la aldea o pueblo que nos vio nacer y crecer, no cuenta para que uno de sus nativos llegue a destacase en el Arte que eligió, sea cualquiera de tantos.
Todo en la vida es transitorio, pasajero; nadie vive los cien años, y si los vive termina con un acopio de penas tan alto que es preferible no trepar al cerro aquel. Adiós tren, adiós rutas recorridas; es la hora en que se quedan dormidas sus muchas ruedas, como queda suspendida la actividad que desplegaba, no mucho tiempo atrás. Lejos quedó, ya ni siquiera recuerdo del lugar preciso en el cual quedó, sólo tengo presente que el viaje fue fantasioso, las penas y las alegrías no se quedaron con él, siguieron acompañándome y no sé hasta cuándo.
Como se sella una carta con firma, fecha y todo. Así entrego este poema, si así llamársele puede.
No volví a encontrar a Abelardo, lo repito; fue como si un torbellino lo hubiese arrebatado. De la señora Rubiela tampoco volví a tener noticias. Espero que se haya encontrado con Abelardo, hubieran concertado un matrimonio y estén en una playa, o en una ciudad lejana haciendo vida de príncipes; que Lucerito haya encontrado el hombre de su vida. Qué importa que yo esté haciendo reminiscencias y trascribiéndolas, tratando de hacer con ellas una historia; historia que tiene un principio y nunca tienen final.
Hay historias que empiezan cuando ocurre el nacimiento. Otras, mucho antes de que suceda. Hay historias conmovedoras y las hay tan azarosas que al contarlas, el vértigo se hace presente causando escozor y hastío. Hay historias que llevan al llanto porque son desgarradoras. Los soldados que van a luchar en tierra extraña, son un ejemplo clarísimo. Ir sin saber porqué, a perder la vida por unos intereses que están muy lejos de ser sus verdaderos ideales. Sin embargo, el deber llama a sus puertas y el reclamo es desde arriba. Este no fue mi destino, fue otro aún más complejo: la llamada del destino que jalona desde las lejanías en que habitan las sirenas.
Dando y dando vueltas por las sendas azarosas de la vida, un día llegué a tener un buen empleo y con constancia y aplomo alcancé la jubilación. Las circunstancias cambiaron: ya no soy el ambulante de antes, con sueldo fijo ya podía darme algunos lujos que anteriormente, si los había soñado, no había pensado que llegaran a cristalizarse.
Tuve una amiga que me sacó, por unos días del marasmo en que había vivido. Llamaba Julia, de la cual escribiré un pasaje que plasmaré con alegría y con nostalgia, como una de esas historias que dejan huellas permanentes y que se llevan bien guardadas sin que se puedan arrojar por los despeñaderos por los que se botan los artículos comunes, después de habernos servido.
Juliana mi amiga, fue como una hoja que el vendaval arrebata. Puede estar muy lejos, o quizás esté ya muerta. No he debido nombrarla en estas páginas; es tanta la soledad que sufro, que mis manos se agarran hasta de una vivencia pasajera que se perdió muy pronto. No es nada raro: cuando el amor, la esperanza y las ilusiones parten por las rutas desoladas del silencio; allá en el fondo del alma, empieza a iluminar una luz el camino recorrido, es entonces cuando irrumpe el mito y empieza a surgir del olvido, desmantelando montañas de duda, dándole forma a aquello que de tanto recordarlo, principia a ser leyenda. Es leyenda el amor que un día fue. Lo que pudo haber sido y no llegó a feliz término, también cuenta, tuvo cabida en el corazón aunque la suerte no hubiera propiciado su presencia. El reloj cuenta las horas tanto del día como de la noche. El tren pasa y se pierde en la distancia, sin dejar huella alguna; su pasajera visión me deja anonadado.
No sólo ocurre lo lógico, también lo insólito. La tragedia de la vida es bárbara y ruda. Para que la gente esté contenta, hay que decir que es alegre, serena y pura. Entonces vemos con qué ingenuidad sonríen.
La conocí entre la alborada y el día. Sonreía enigmáticamente, no de alegría, más bien era una forma de disfrazar la tristeza que azotaba a su alma. Lo intuí por el dejo de su voz y la languidez de su mirada. No dudé por un momento que me encontraba ante alguien que en medio del dolor, finge felicidad; expresión bastante atractiva con la cual se disfrazan los más graves periodos por los que pasa una vida que trasciende la adolescencia y entra en los ásperos senderos de la edad adulta. No había visto jamás a una persona como aquella. Su mirada mostraba el fulgor del sol al despedirse; su cabello en bucles color castaño se volcaba sobre su frente, su cara atraía a primera vista, pues parecía guardar una incógnita que invitaba a buscar el motivo de algún posible dolor. Ante una muchacha como aquella, ¿qué hombre es capaz de resistir el impulso de acercársele y hablarle con el más fino respeto, a la vez con galantería y admiración? Yo lo hice, me porté como todo un caballero; me quité la bufanda que llevaba atada al cuello y le ofrecí la chaqueta para que cubriera su cuerpo que temblaba como un lirio cuando sopla el viento acompañado por la brisa y empieza a alumbrar el sol. Mi Paraguas con mango de marfil, me servía de soporte, en él apoyaba parte del peso de mi cuerpo, así podía deslizarme presuroso acercándome aún más para poder escuchar su voz que me comunicaba el arrullo de un fresco manantial en una selva. La mayoría de aquéllos reflejan calma, aunque en el fondo guarden vestigios de sucesos siniestros.
La quise desde el primer instante en que mis ojos la vieron. Ella apareció en mi vida trayéndome el último destello de la más pura de las pasiones. No sé si este amor sería perfecto o no, lo cierto fue que llenó con su presencia, aunque efímera, todas las expectativas con las cuales había soñado desde hacía mucho tiempo. Al avanzar desafiamos la lejanía, soñando de continuo se llega a conquistar lo deseado. Un sueño realizado es una cumbre trepada; un libro que se escribe aunque nadie quiera leerlo y quede para siempre oculto en la gaveta del escritorio, es un motivo significativo, así su valor no sea grande.
El mismo día que la conocí, la invité a un restaurante; comimos de los manjares que aparecían en el menú. Después nos fuimos caminando despacio por una calle desierta, con negocios decadentes; balcones vistosos por todos los derredores, en cuyas barandas lucían sus flores las matas de efusivos claveles y las recatadas begonias. Las miradas inquisidoras estaban ausentes, los portones cerrados y una quietud sospechosa reinaba por todas partes como si se advirtiera el inicio de los sucesos que habrían de venir. Hoy que escribo esta historia, me doy perfecta cuenta de lo que este romance significó para mí. En ella, no lo sé, lo supongo, puede ser que a esta hora en que el frío de la noche hace sentir con demoledora intensidad sus efectos, esté en la ventana de su residencia distante o cercana esperando, a ¿quién carajo, a quién? A cualquiera menos a mí, que le di todo mi amor y la rescaté de las tenazas del cangrejo del olvido y del vendaval absorbente que azotaba su faz. ¿Qué gané con aquello? Guardar un recuerdo para trasmitir con palabras y hacerle saber a quien lo lea, que la vida trae y lleva, y a veces puede robarse lo que el tiempo atesoró con esmero y tesón; después la separación trae el tan temido olvido.
Parte de nuestras riquezas son las vivencias; una persona que a lo largo de su vida no haya impregnado su intimidad con el contacto de otros cuerpos, es como uno de esos muebles que sin prestar algún oficio se deterioran.
Conviví con esta maravillosa mujer durante tres meses; tiempo suficiente para darme cuenta de la imposibilidad de seguir a su lado por más que lo deseara. Era enigmática hasta la exageración. Cuando el día se mostraba encapotado de nubosidad y lluvia, ella se mostraba tan feliz, que uno podía pensar: con una mujer así, la vida parece un leve soplo; qué ánimos, qué dinamismo; cantaba mientras barría la habitación; limpiaba cuanto lugar lo requería. En las horas de la tarde cuando caía la lluvia a torrenciales se asomaba a la ventana y desparramaba su mirada por todas partes como si quisiera envolver el entorno con sus ojos azulados, beber toda el agua que las nubes destilaban; abarcar al universo entero. Después se sentaba en el sofá cama, único mueble que nos prestó su buen servicio y compañía. A decir verdad, nadie nos hizo siquiera una visita durante el tiempo que estuvimos juntos. En realidad no necesitábamos de nadie, nos bastábamos. De ella aprendí a amar las tardes frías, a caminar entre la niebla desplazándome de un lugar a otro con serenidad pasmosa, poetizando la vida con todos sus movimientos; las luchas interiores del alma solitaria y el paso de las horas precipitándose veloces huyendo hacia al pasado.
Todo sueño de amor tiene su término, uno de los dos toma otro rumbo, o se enfría el entusiasmo y al suprimir por unos días las actividades amorosas, uno de la pareja se siente defraudado. Esto ocurrió cuando se presentó algo inesperado; ya no caía aguan de continuo y a veces ni llovía, hasta que el verano tomó posesión de todo el hemisferio. El calor era casi insoportable; en las horas posteriores al medio día, una enorme somnolencia subía desde los pies, e instalándose en la frente nos rendía; un sopor nos acercaba a la inconsciencia, desatinados continuábamos así hasta las horas de la tarde. Entonces ella, Juliana, hacía largos y recurrentes reproches, se quejaba del calor, de las hormigas y más que todo, de mi tediosa compañía, así se expresaba:
“Con un tiempo como este, quién puede vivir aguantando el aleteo de tantos bichos que empalagan. Con un hombre como el que me acompaña, que no sabe producir una tormenta, menos marchar al campo y regresan en medio de un aguacero, ¿quién puede vivir? Qué desespero.”
Al principio guardaba silencio, tapaba los oídos y permanecía cayado; otras veces salía a la calle, me iba a tomar un refresco solo, o en compañía de un algún amigo que ocasionalmente me encontrara. Un día memorable no soporté más esa cantinela embarazosa; estallé en una tormenta de palabras hirientes y aquella mujer al ver mi enojo, salió de prisa sin cerrar la puerta ni despedirse. Alejándose con premura se perdió de vista caminando por un prado tapizado de tréboles tan blancos como la misma nieve. Le dije palabras insultantes, no obscenas, esas las profieren quienes guardan en el corazón oscuros sentimientos. Por mi parte, la recriminé por su falta de madurez, por sus melindres exagerados. Lo más hiriente fue que le recordé la situación en que se hallaba cuando por vez primera apareció en mi senda, olvidándome de su sonrisa enigmática y su mirada triste. Desde entonces, no la he vuelto a ver; como la visión de un sueño que se desvanece al despuntar la aurora, es el último recuerdo que de ella guardo.
Qué historia tan desastrosa, no ha de faltar quien comente. No para mí que después de muchos años trascurridos llegué por boca extraña a saber qué fue de ella. Lo diré más adelante, por ahora me dedicaré a la tarea de evocar cada uno de los estados de ánimo que durante algún tiempo experimenté.
De Juliana aprendí a amar los días lluviosos, con nubosidad ligera o densa. No tuve la menor idea de porqué Juliana era feliz cundo la lluvia arreciaba y se volvía tan melancólica cuando el sol alumbraba con todo su esplendor. Debía de tener un secreto guardado. Un comportamiento así no es normal. Cuando la que fue mi amada, tomó la senda que emprendió aquel día, quedé pensando que regresaría cuando el enfado le pasara. Eso no ocurrió, pasaron las semanas, los meses y los años, y un complejo de culpa vapuleaba mis sentimientos, afectándome de manera permanente. Me inculpaba con severidad por el maltrato verbal que le había infringido; hasta llegué a creer que era un sádico que le había causado tanto sufrimiento, que había tenido que elegir la decisión que en esa ocasión tomó. Qué equivocado estaba, no fue esa la causa de su alejamiento; otros motivos de gran peso operaron en su determinación acelerada y arbitraria. ¿Cómo lo supe? Un muchacho de 20 años me la soltó una tarde. Tenía la costumbre de ir a jugar billar a un establecimiento en donde practican este deporte, nunca aprendí a jugar, pero me entretenía. El muchacho me miraba, primero con disimulo, luego con más atrevimiento. Me sentía bastante incómodo y por eso me mostraba con él indiferente; él ni siquiera se inmutaba. Una tarde cuando observaba cómo una muchacha parecida a Juliana, jugaba al billar, El hombre se sentó junto a mí saludándome con fingida cortesía y se dio a la tarea de entablar conversación conmigo. Dando unos rodeos sin mostrar un mínimo de educación, impulsado por una ambición que luego puso al descubierto, me manifestó lo siguiente:
_ Soy el novio de su hija, la muchacha con que se paseaba el otro día, mostrando tanta satisfacción, que se diría que era su amante. Ella me contó todo; es usted un mal padre, cómo fue capaz de hacer ir a esa niña de la casa cuando escasamente tenía 19 años.
Aquella actitud insólita resultaba sospechosa, aun así no tuve la lucidez suficiente para oponerme a que esa persona tan menor pudiera abordarme en la forma como lo hizo. Todos tenemos momentos en los cuales nuestra facultad de razonamiento nos abandona; entonces, es cuando el timador aprovecha para realizar su cometido. Todo ambiente influenciado por determinado grupo de personas, es hasta cierto punto determinante para que éstos ejerzan su poderío.
_ No sé de qué me está hablando, le reproché con serenidad pasmosa. Definitivamente yo no tenía ningún pecado grave: no había infringido, hasta donde yo lo supiera, ley conocida.
_ No ponga cara de yo no fui, sé que usted tiene dinero y está en la obligación de ayudar a su hija. No tengo trabajo y la quiero, le estoy dando el amor que usted le negó. Por tal motivo está en deuda conmigo, no se la vaya a dar de sano, pues conozco quien es, qué hace y en donde vive. Eso tuvo la osadía de decirme este insolente.
Ese mismo día comprendí una verdad tremenda, que uno puede tener enemigos en donde menos lo espera. Enemigos gratuitos por el hecho de no caerles bien; otros con pretensiones, y hasta por el hecho de querer demostrar su superioridad debido a su vitalidad. El que aparecía en mi camino, me resultaba insoportable, no entendía en absoluto porqué sabía tanto de mi vida. O bien, me había hecho un seguimiento, o sufría una tremenda equivocación al creer que me conocía. Lo cierto era que a todas luces tenía sobre mí un designio funesto y estaba destapando sus intenciones al mostrar sus garras. Sí, indudablemente sus intenciones se cifraban en extorsionarme, sacando provecho de informaciones callejeras, amañadas y perversas.
En un principio me sentí desorientado, tuve deseos de tomar las de Villadiego, echarme a perder yéndome lejos. El encanto de las tardes invernales que me había trasmitido Juliana con sus manías, y que fui asimilando hasta convertirlas en una forma de pensar depurada y elegante, me estaba haciendo daño. Aquello de mirar su rostro cuando la lluvia se cernía y escuchar su voz en cada trino que percibía, era la fantasía que me estaba intoxicando; no tenía más ocupación que dar cauce a esa cantidad de pensamientos, resultado de mis muchas frustraciones que tomaban la forma de la más exquisita ternura, llevándome a añorar tiempos mejores, cuando en realidad no fueron tan buenos como para que hubieran quedado grabados como una impronta, de continuo. Fue cierto aquel pasado y no tengo razón para negarlo. ¿A mis años con esos extravíos? Hoy se me hace difícil creer semejante estupidez. Me equivoqué de calle, de puerta y de mujer, como otros tantos se han equivocado; un errar, un ir perdido como siempre por rutas en las cuales impera la tragedia. Hay amores apaciguados, otros tormentosos; amores vacilantes, amores interesados; amores celosos, y un sinnúmero de formas más que el corazón humano alberga en su cavidad enigmática e incomprensible. El amor que sentía hacia Juliana, era especial; quien narra, venía desde lejanas tierras, de grises lejanías. Juliana desde una colina dorada, iluminada por los destellos del sol mañanero, tibio y arrobador, aunque la hubiera encontrado en medio de un frío atroz, desprotegida, temblando y exhalando suspiros, suspiros que se fueron haciendo cada vez más leves, hasta que una sonrisa de niña que encuentra un punto de apoyo iluminó su rostro. En ese preciso momento fui quien hizo el milagro, bridándole mi atención amable. Estas añoranzas aunque puedan parecer cursis, ocupaban mi pensamiento de continuo; eran como esas nubes que nublan la senda que recorremos, obstaculizando la visión y que a la vez refrescan. Cuando llevamos sobre los hombros un peso constante, la sed empieza a hacerse sentir, primero soportable; luego nos desespera obligándonos a hacer uso de alguna recurrencia, así sea bebiendo el llanto que vertimos. Si aquello se hace en silencio parece que no apenara, mas cuando hay ojos que nos miran, los pesares se duplican porque entonces, ¡ay! Los comentarios se extienden y ese rumor desagradable nos abruma tanto que, hasta quisiéramos volvernos invisibles.
Una noche en que el sueño me negaba el descanso que trae, concebí una idea, o mejor, pensé en ponerla en práctica; unirme al enemigo costara lo que costara. Así que al día siguiente, cuando me encontraba frente al verdugo, no me mostré huraño con este mal nacido; me adelanté y fui quien tomó la iniciativa.
_ Qué tal amigo, gusto de verlo con tan buen color y con el entusiasmo que demuestra. El hombre quedó como petrificado por unos momentos, y como no era una pera almibarada, me contestó casi irónico:
_ No me vaya a tomar el pelo, porque yo con usted no me estoy metiendo para nada.
¬_No le estoy tomando el pelo, le propongo que hagamos un trato; deme una explicación, así sea mínima, ¿Por qué cree que soy el padre de su novia?
¬_ Porque un cucho como usted no puede ser otra cosa respecto a una niña como ella. Así replicó el malevo, con cara sudorosa y voz timbrada.
_ Ya ve mi estimado joven, no soy el padre ni el tío de su novia. Fui uno de los muchos enamorados que posiblemente haya tenido, y como bien sé que con esta declaración puede ofenderse, le comunico: no conozco, hasta el presente ninguna ley tácita o escrita que le prohíba a un hombre mayor entablar una relación con una mujer joven, siempre y cuando ésta la consienta y sea mayor de 18 años. Por tal motivo le aconsejo que deje las cosas como están; el pasado no tiene modificación alguna. Tranquilícese que las aguas agitadas, producen tempestades.
Esa tarde no pasó a mayores. Todo quedó entre bastidores como quedan los libros que ha escrito un principiante, que por lo regular nadie los lee. Yo estaba escribiendo uno que empezaba así:
Salí a caminar una mañana, cuando la lumbre sonreía en el oriente; las claridades de la aurora me permitieron ver de cerca a aquella que vino a ser mi amor.
La narración seguía contando cosas bellas; remembranzas y ternuras de la más extraordinaria candidez. Hoy encuentro entre esas hojas dispersas y tiradas por ahí, un párrafo cargado de dolorosa evocación, no pensaba por un momento que en las imágenes que llevo grabadas en los folios de mi historia displicente, reposara entre el olvido y el recuerdo algo nostálgico y apabullante como las cosas que entonces aparecían plasmadas en mi cuaderno de notas.
(…) De pronto sopla el viento, un árbol se estremece, una flor cae. Una sonora lluvia que moja a ancianos, niños, damiselas y camajanes cae, hasta hacer un charco que llega a ser grande, convirtiéndose en un amplio mar. Eso que no llovió durante todo el día, qué tal que así hubiera sucedido. Por todas partes hay borregos, cerdos, cocodrilos y jirafas; otros animales más domésticos. Entre todos aparece un antílope hembra, acompañada por otro ejemplar mayor. Se cierne una tormenta: truenos y rayos; un chapuzón azota cuanto arrasa. Todo desaparece, ¿a dónde ha ido a parar esta visión aterradora? ¡Oh! La vida, si en cada lugar en el cual ocurrió una acción hermosa, o detestable, hubiera quien erigiera un monumento, el mundo sería un museo en el que se exhibiera más de una estatua melancólica, con la boca entreabierta lanzando un grito plañidero. Nadie explicaría el porqué, pero la lluvia al hidratar todas las caras, les daría a cada una la expresión correspondiente: el rencor, la intriga, la avaricia, la lujuria, el desdén, el rechazo; los amores inconfesables, la indiferencia y la indolencia serían las expresiones más notables como la manifestación patética de todo lo que el hombre alberga en su inconsciente.
Habían pasado varios días desde que tuvo lugar la conversación con el hombre de marras. Una tarde se me presentó de nuevo con cara diferente y conciliadora. Acercándose con cautela empezó su perorata:
_ Señor, tengo mucha pena con usted por la manera como lo traté la última vez que dialogamos; sabrá disculparme, esa tarde estaba muy ofuscado, pues, el mismo día había tenido un altercado con mi novia. Fue ella la que me insinuó que le dijera lo que le recriminé. Hice mal, lo comprendo.
_ No se preocupe, le respondí. Todos tenemos momentos en que nos equivocamos. El hombre se animó con mi actitud de empatía, incluso me dio a conocer su nombre:
_ Me llamo Manuel José y me llaman Jose.
¬_ Hombre, yo sé que todo va modernizándose, hasta los nombres; yo me llamo Aldemar, como se oye, y muchos me llaman Demar, así se escucha más moderno, es cuestión de sonido, el sonido cautiva al universo. Le ofrecí lo que deseara, café tinto, gaseosa, un refresco, es decir me mostré con él amable, sosegado y pasivo. Al principio se mostró un poco remilgado, esas son cosas comunes y corrientes en las gentes amigas de la buenas atenciones; al fin me aceptó una cerveza helada, la cual bebió con estilo refinado. Después, despacio, con tacto y diplomacia le fui sacando la verdad que traía enmascarada. ¿Cómo? Suavecito, suavecito; empecé con voz calmada.
_ ¿Qué tal está su novia, la que usted dice que es mi hija, cómo se encuentra? Un poco turbado me contestó:
_ Está bien, muchas gracias. Qué decencia murmuraron mis voces interiores, si así se siguiera comportando este vividor, no tendría ningún reparo en ayudarlo, con tal de no tener conflictos posteriores. Cómo se me ocurría semejante cosa. ¿No había sido Juliana, mi ex, según me lo había manifestado antes, Manuel José, llamado Jose, quien lo indujo a buscar en mí, sus pretensiones? Lo conseguiría, la astucia siempre triunfa cuando existe perseverancia y tesón en quien se lo ha propuesto. No es que la persona que determina acceder a las exigencias de otra, sea necesariamente débil, puede que piense que este sea el camino más directo para poner fin a una situación incómoda, extenuante y comprometedora. Eso fue lo que hice, de la manera más sutil que me fue posible quise llegar a un acuerdo con el antagonista que se cruzaba en mi camino, no dejando de reconocer que cuando alguien posee suficiente información sobre la vida de otro, tiene ya más de la mitad del camino recorrido para llegar al objetivo. Las cosas se dieron otra tarde, cuando el hombre aquel, se me acercó haciendo cara de niño que busca un punto de apoyo, protección e entendimiento. Me saludó.
_ Qué bueno para usted que no tiene porqué preocuparse por nada, sino esperar el fin de mes, y la platica en el bolsillo.
_Cierto, contesté con rudeza, sacando fuerza de voluntad para no demostrar mi enfado. Y eso, ¿a qué viene?
_ Señor, respondió presuroso. No hace días le comenté mi situación; Juliana es mi novia, yo la quiero y no tengo en este momento forma de sostenerla, por eso requerimos de su colaboración. Quedé desconcertado al escuchar sus expresiones, pues parecía que fuera yo el padre de los dos, por lo menos el suegro, ¿Y qué padre, o suegro es capaz de no conceder una ayuda a su “familia”? hasta dónde llega el amor, puede extenderse y arropar a quien se supone unido por lazos afectivos al ser que amamos, no es nada común, pero sucede. La mente tiene laberintos que no se pueden descifrar, por insoldables. Hasta donde conozco, todos, en alguna forma somos padres de aquellos a quienes los doblamos en años. Existen otras causas más, una entre tantas, los vacíos que puedan haber en el inconsciente, lugar por excelencia permeable a todas las falencias, traumas y tendencias. Por eso somos a veces vulnerables y no podemos evitar que alguien consiga de nosotros lo que él quiere. Movido por un impulso benevolente y cándido, le prometí que los ayudaría, mas no le dije cuándo.
Entre maniobras estrambóticas saqué mi libreta de apuntes encontrando allí la siguiente nota:
No pudo el silencio con su templanza, menos la noche con su esplendor. Todo está azul, cielo y colinas; en la distancia, un paisaje bañado por la luz de la luna hace que soñemos en días mejores, días que quizás no pasaron nunca, o se quedaron pegados a nuestra intimidad.
Un ruido en la noche rompió el silencio, dormía y desperté. Ella ya no estaba, entonces, lento, muy lento llegó entre la niebla y el frío un dolor cuyo nombre todos conocen, algunos con más claridad: nostalgia, mezcla de recuerdos, quietud y olvido amparados en la sombra de blanca soledad. ¡Ah la soledad! Estado al que llegan los viajeros cansados con sus maletas llenas de frustraciones y amargas experiencias; en el camino quedaron las ilusiones. El dolor sí es tozudo y no abandona al caminante hasta el último instante, es la sombra y la cruz que acompaña al humano en la lucha angustiosa entre el ser y la nada. De aquí en adelante, todo es supuesto: que por allí, que por allá y al fin de cuentas, con exactitud, nadie ha tocado el último punto que es el que cuenta, si es que acaso algún día lo podemos apreciar.
Todo está bien, pero la noche nos sorprendió en descampado, con los bolsillos y el estómago vacíos y con el alma llena de imposibles. La luna alumbraba las aguas del lago en cuya superficie flotaba una ligera niebla haciendo el entorno dulce y plácido, como un sueño producido por el efecto del opio, o el hachís.
Busca el alma de manera constante, la belleza, de manera irremediable la tiene que encontrar. ¡Oh sorpresa! Las penas se hacen presentes y surge el diálogo más doloroso que el hombre haya podio escuchar, muy en el fondo de su propio corazón. El eco de un río remoto, el tañido de una campana que llega desde la lejanía; el furor del viento norteño, son apenas someros asomos de lo que se ha de soportar en las tardes siguientes, y durante muchas otras más. El porqué resulta dudoso, acaso porque la belleza es el más sugestivo infierno creado por la imaginación. Tan ardiente es que las más duras gemas se derriten con su furor sin igual.
Yo continuaba leyendo el manuscrito, mientras me interrogaba: ¡ah!, ¿entonces era verdad que había amado a aquella con quien conviví unos meses y que ahora un hombre joven pedía ayuda por ella? Esa era la dolorosa y cruel verdad. Manchada la prenda de vestir, desafinada la lira, era yo el hazme reír, o estaba obsesionado por un ser a quien creí que me correspondía; ambas cosas a la vez. Qué lucha aquella. Seguí leyendo:
La soledad tiene sus encantos, remansos de paz y sosiego; lugares que habitan los seres más puros, aquellos que un día en formas humanas departieron con nosotros y alegraron la vida al traernos con su presencia, amor cariño y bondad. En la soledad les volvemos a encontrar con caras cambiadas, aunque su personalidad sea la misma. ¿Somos los mismos también nosotros? Tal vez no, porque la vida en su trascurrir permanente va cambiando a su paso cuanto arrasa. La vida es un poema en movimiento, cada verso hace eco del fluir de ese extraño cantar. No obstante, en el fondo somos aquellos que hemos sido desde antes de tener que soportar el martirio de abandonar y ser abandonados. Todo, como el agua que miramos en un vaso cuando tenemos sed, nos conmociona hasta alcanzar el embeleso propio del místico frente a su deidad. Si la vida no cambiara como lo hace, la locura sería nuestro final.
Ocasionalmente pocos días antes había tenido un sueño que me tenía perplejo. En dicho sueño tuve la siguiente experiencia: en una ciudad lejana y desde la distancia, mi amiga me agitaba sus manos en gesto de despedida. Luego aquella visión salió del alcance de mis ojos. Ya no la volvía a ver, y en ese momento tuve la certeza de que la había amado y perdido para siempre. Pérdida dolorosa que se tornó en un ensueño; a veces éstos resultan más angustiosos que los sucesos que ocurren en la realidad, porque es el alma la que se siente herida, afectado el sentimiento con indecible peso. Despegarse de ese lastre sería lo esencial, ¿cómo? Un animal herido de muerte busca su guarida. También el hombre va en busca de un lugar y lo encuentra en su interior, primer refugio y primer edén, calma serena. ¿Es éste el paraíso perdido, o hubo otro? ¿En qué lugar geográfico estuvo ubicado? ¿Es aquello una simple leyenda, una metáfora; una buena forma de enseñar, o qué?
Leyendo y releyendo mis escritos, encuentro versos que debí haber plasmado en estado de profunda agitación. He aquí algunos.
El tiempo pasado, pobre árbol muerto
Ya ni siquiera a retoñar se atreve.
¿A donde ha ido la que un día
Llenó de rosas la estancia
En que pasamos momentos de paz y de ventura?
El viento murmurando una canción extraña
Transita por la alcoba,
Va diciendo que el paso de las horas
En su constante fluir, trae de lejos
El filo del dolor que hiere y mata,
Aunque el recuerdo permanezca incólume.
Sus secuelas latentes ya no reclaman nada
Acaso porque intuyen que ya no hay que esperar.
El punto intermedio no existe. Estamos en la cima o estamos en el fondo. En el espacio nunca, ni por equivocación.
Precisamente, eso era lo que experimentaba en ese instante: tenía frente a mí a un desgraciado que me cobraba lo que no le adeudaba. Esa era mi situación y tenía que definirla cuanto antes. Seguí leyendo las páginas escritas tiempo atrás.
Todos creían que la fiesta continuaba, porque había en la mesa buen vino, queso y pan. Ignoraban qué contenía una jarra de cristal, Agua con el más común de los sabores, naranja mezclada con limón; su verdadero contenido era otra cosa más fuerte aún, algo que hace que deje de latir el corazón. En toda fiesta está presente el regocijo; la contraparte es la traición, junto al engaño. Todo en dosis correspondientes y precisas.
Dosis correspondientes y precisas, decía el texto. Eso era lo que tenía que suministrar a este vampiro que rondaba en el entorno. Por supuesto no iba a ser cruel ni menos loco como para cometer un desatino. Por eso lo invité a un restaurante, y pedí para cada cual una comida. Cuando hubimos terminado, mi avispa interna le clavó su aguijón emponzoñado, le dije:
_ Oiga imbécil; si lo estoy atendiendo así, no es porque le tenga miedo. Tome esto, y saqué un fajo de billetes y se los entregué. Lárguese lejos a donde mis ojos no lo vuelvan a ver, usted junto a su amiga; esa que pregona que es su amante. El hombre se sorprendió y sin demudar su semblante, tomó lo que le ofrecí; se levantó de su silla y caminando con pasos seguros traspasó el umbral de la puerta y se perdió en la noche.
Tres años pasaron sin que yo supiera de aquella pareja, absolutamente nada. No estaba seguro de que lo fueran en realidad. Cándido entre los cándidos suponía que sí, qué equivocado estaba. Una noche como a eso de las ocho, sonó el teléfono y al levantar el auricular, escuché una voz entre gangosa y chillona:
“Oiga cucho, la muchacha que le quité, no es mi novia. Qué voy a vivir con esa perra”. Colgó el malevo, y quedé escuchando el tu, tu, tu, de la bocina que indica que la línea está ocupada.
Hasta aquí todo parece comprensible; algo así como los eslabones de un cuento ordinario, pero hay qué ver los cambios que se operaron en todos los aspectos. Hasta la calle que había servido de escenario a aquellos encuentros amorosos, le dieron los vecinos nueva cara; los locales en donde funcionaban los negocios, fueron remodelados. Pintaron las casas de colores agresivos; vino tinto, rojo subido, amarillo limón, azul profundo, violeta, verde manzana, y otros más que mis retinas no distinguen, acaso porque son el resultado de la combinación de los colores primarios.
Las tardes cada día eran más lánguidas; me entregaba en medio de esas evocaciones melancólicas, a las lecturas de renombrados autores. Eso fue lo mejor que me pudo pasar, y me sigue pasando todavía; pero la nostalgia que llevaba en mis entrañas no desaparecía. Como me gustaba caminar con regular frecuencia y visitar sitios conocidos; una vez de tantas, me dio por entrar a la casa de pensiones en que en otros tiempos viví con la muchacha de mi historia, mis dulces fantasías. En un rincón de la desierta alcoba hallé grabados en la puerta de un clóset, dos nombres, el uno, el de la que había sido mi amada, el otro exactamente, M. J. No dudé ni por un momento de quienes se trataba. Así era que había sido engañado durante el tiempo que conviví con ella, y explotado además por el rufián, su amante. Ahora que todo había concluido, me encaminé a mi residencia y empecé a garrapatear en la máquina de escribir, esta somera historia. Este hecho en apariencia inocuo no cambia ni agrega nada a mi vida que continúa solitaria. Formo parte del batallón de los solteros. Algunos y algunas me preguntan con un poco de suspicacia:
¿Cómo es que un hombre con el espíritu que tiene usted se quedó sin casarse? Sonrío y digo medio en broma y medio en serio: paciencia amigos y amigas, no me vengan a salir con cuentos chinos; conozco a muchos que desean estar libres al hallar que el matrimonio les ahorca. Un viejo refrán reza: La suerte del gavilán no es la de la alondra, ni la suerte de Jesús es la de Judas. Primero fue el carbón, luego el diamante, el secreto de su luz no está en su peso, es en la talla.
Hay quienes practican la poética del desapego, la no aceptación de las secuelas que dejan los amores. Ni lo uno ni lo otro en mi caso. Sin embargo, Vladimir Nabokov, cuando perdió a su Lolita, la clamaba:
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li –ta”. Y la buscaba en su carro por parajes solitarios, valles inmensos, montañas desoladas; pueblos y ciudades, y en todo lugar en el cual había paso junto a ella, algunos días. La creía sola y estaba equivocado, al final la halló casada con un sucio mecánico; lo mejor para ella era que el hombre estaba joven y por eso ella lo amaba. La juventud ama a quienes les corresponden en edad, es obvio; he aquí el secreto de la felicidad; lo demás es capricho. De qué vale tener una muchacha a nuestro alcance si estamos viejos, ¿de qué nos sirve dicho extravío?
Siga el arrollo corriendo por su cauce y que arriba el ventarrón se estrelle en la colina. Partiré por la senda del ocaso, a la luz agonizante le contaré mis predilecciones e inquietudes. Nada de pegarme un tiro, nada de maldecir, ni siquiera la más leve queja ha de oírse en los límites de la noche en donde el temor se asoma vestido de duende burlador, travieso y pícaro.
Mi canto no tiene melodía, es sólo ritmo, pero me hace feliz, es lo que importa. Lo que gire al rededor está muy lejos, apenas me tocan sus efectos. Como en las noches frías el calor se obtiene de las mantas que nos envuelven, no sin antes haberles suministrado el nuestro, dentro del alma, un solo pensamiento puede tornarnos tristes, o por lo contrario, hacer que un ángel nos consuele con el suave batir de sus alas. ¿Es que los ángeles también existen? Si no existen se pueden nombrar para que existan.
Me queda todavía un poema guardado; le doy salida como quien libera a un ave prisionera. Éste resume casi todo lo que fue un idilio furtivo, hijo de la casualidad y todas sus falencias.
Con mis ojos recorro el camino
Que conduce al lugar en donde tuve mis afectos.
Cansado, vencido reticente, e infiel
Soy el que soy; un Ulises que el cielo
No rechazó, ni tuvo en cuenta.
A dónde irá Juliana con su alegre tristeza
Su mirada de ensueño, su carita de geisha
Su nariz respingada y su boina
Azul desvaído como su alma enferma
A la mar, al mar, o a la bruma.
El amor es como un vaso con muchas aristas, cada una afilada y brutal. Cuando se rozan con las aristas de otros vasos, se produce un sonido que bien puede ser musical o estridente.
Cuando todavía se está atolondrado por causa de una pérdida de carácter sentimental, es muy difícil clarificar aquello que obnubiló la mente y el corazón, y que llegó a anular de la voluntad su fuerza, que aparte de dicho influjo, es poderosa. ¿Cómo pude haber sido tan torpe para no darme cuenta de las tramas que pudieron urdirse en torno a los sucesos que ocurrieron en esos días? Trataré de dilucidar parte de aquéllas.
No he de limitarme tan sólo a hacer un recuento de escasos recursos analíticos; eso de que un joven de 20 años chantajee a un hombre maduro, puede y debe de tener varias explicaciones. Es bien sabido que las gentes jóvenes despliegan su influencia, y cuando una persona mayor entra en su entorno, queda sometida a que cualquiera de los presentes agreda, manipule, o apabulle a un visitante ocasional, nada más porque se hizo presente. En mi caso, en el salón de billares buscaba a mi viejo querer, que estuviera allí era factible. Las mujeres cuando escapan de la mirada de sus padres van a donde les plazca, desde las salas de las casas de sus amigas, hasta los baños turcos del capo traficante y malevo, portador de documentos teñido de verde y bermellón, signo siniestro que atrae y hace que muchas vayan tras de él, como va la res al sacrificio.
Una noche mi imaginación tomó la senda que nunca falla, la percepción intuitiva. Por medio de ésta nos adentremos en lo desconocido; se cavila y se descubren cosas ocultas a los ojos, y sin sacar una conclusión errónea, armando cabos se obtiene la verdad como se saca la esencia de una planta macerándola. El tal joven, en realidad no fue en modo alguno el amante de Juliana; es probable que ni siquiera se le hubiera acercado. Eso de las iníciales grabadas en las puertas de un closet, pudo haber sido mera coincidencia; hay muchos nombres que empiezan con las mismas letras. Por algún conducto tuve conocimiento de que el tramposo aquel había viajado al Charco, lugar que queda en una bahía de las costas colombianas en el océano Pacífico. Fue hasta allá con el propósito de trabajar en la “raspa”, recogiendo hojas de coca, oficio que desempeñan varias personas que no han tenido éxito en la ciudad en donde la vida es complicada y la juventud exigente. Según me contaron por ahí, ese trabajo es arriesgado, pues abundan los bichos ponzoñosos, las serpientes y las rallas. Además el viaje resulta lleno de peligros, y como generalmente a los viajeros les toca hacer el recorrido desde el próximo puerto hasta el lugar en lanchas o en barcos de mala calaña; a veces las tempestades los vapulean enfriándoles las tripas al pasar un rato de zozobra y agitación. Una cosa es una tempestad en terreno seco, y otra cosa bien diferente, en la superficie del mar. Una tormenta eléctrica, un huracán furioso; un hombre o varios asidos a un mástil para no ser barridos por las enfurecidas olas, resulta un espectáculo bastante desolador; hasta en cine resulta conmovedor y escalofriante.
Una destartala embarcación entra en la bahía; en ella llegan varios viajeros; entre éstos uno que otea el horizonte, parece que en la distancia hubiera dejado no sé qué olvidado en un indefinido lugar. Veremos de quien se trata.
Sorteando obstáculos como lo hacen los buzos, se llega hasta donde termina la plataforma continental y empieza el abismo. El bribón de marras me “eligió” como víctima propiciatoria, debido a mi edad. Hay otras cosas implicadas en esta historia. Yo, perdónenme por usar tan a menudo este pronombre, tenía la costumbre de charlar con un señor de buena posición social, que disfrutaba de amistades selectas. Ignoraba que dicho caballero servía de enlace para contactar y enviar a algunos hijos de vecinos a recolectar hojas de coca al famoso Charco, posiblemente un pequeño caserío rodeado por el azul salpicado de crestas blanquecinas en la infinita extensión del mar. Como dicen en el argot popular, fui trabajado con astucia y de mi bolsillo salió el dinero para el viaje. ¡Caray! Si no fuera porque la historia se alarga les contaría que, el hijo de uno de mis amigos fue a recoger hojas de coca a aquel lugar. Duró muy poco en el oficio; cuando se encontró frente a una culebra de tamaño desmesurado, se orinó del miedo y emprendió el viaje de regreso, olvidando su desayuno y sus pertenencias compradas con el producto de su trabajo. Después de varios días llegó de nuevo a la ciudad de Manizales, más pálido que antes, defraudado como nunca y sin querer volver a la Tierra en que le habían asegurado que estaba el dinero apelmazado a montones. De este personaje obtuve la mayor parte de la información, referente al caso del barco que por poco naufraga antes de llegar a su destino llevando a varias yuntas de jornaleros, entre ellos a él y al famoso Manuel José.
Estas acotaciones no aclaran en absoluto, el destino de Juliana, ni el final que tuvo el tal Manuel José; ni la conexión que existía entre ellos y el señor elegante que reclutaba muchachos para enviarlos al Charco. ¿Saben qué? Si no ha muerto ninguno, deben de estar por ahí, cada cual haciendo lo suyo; la una embaucando viejos, el otro recogiendo hojas de coca, o estudiándole la vida a uno de tantos adultos, e inventando historias y dándosela de mucho galán y trastornando el orden. El elegante sesentón, hombre de buenos recursos económicos y excelente trato social a cuyo derredor aleteaban jóvenes de ambos sexos, como lo hacen las moscas en torno a un vaso lleno de una sustancia dulce y pegajosa, posiblemente esté en otras actividades ilícitas. La edad madura también tiene sus tentaciones, con frecuencia más diabólicas que las que afrontan la juventud. No porque el Diablo se vuelva viejo, cambia su condición, se reafirma en ella cada día. Es la ley del que nació torcido, enderezarlo no es posible, ni porque lo apuntalen con un soporte especial.
Juliana, Manuel José y el señor elegante, son personas cuyas vidas no parece que hubieran estado entrelazadas. ¿Lo sabemos de manera cierta? A pesar de las dudas, no hay razón para que haya hacia ellos actitudes de rechazo, o mala disposición. Cada cual con su astucia al grano que, después de sembrado puede germinar y dar la correspondiente cosecha. El ave cuando vuela siempre deja en el nido la última rila; La mosca, la queresa en donde se asentó; el perro, el mal olor en torno a su refugio. No es nada extraño que el delincuente deje parte de sus energías negativas por doquier sus rastros pasaron.
Sépanlo todos; los aconteceres pasan, encanecen las cabelleras. Sólo el amor nunca falla, su naturaleza es eterna; no obstante, resulta arriesgado adentrarse por las veredas falaces en donde puede aparecer en determinado momento el fantasma del hastío inclemente, decapitando al caballo de cuello alargado, símbolo del amor que se sacrifica en aras de una ilusión.
Ah, Juliana de aquellos años, cuántas esperanzas quedaron durmiendo sus dulce sueños en medio del corazón. Después de todo lo pasado me resta un consuelo, el de saber que he vivido, que he amado y que aún puedo olvidar. En el amor hay dos estados, el previo y el posterior. El primero como una tempestad en un campo desierto arrasa, consume y deja secuelas como las enfermedades virales. El otro, ¡ay!, es una cadena que se lleva a donde uno vaya, se cree estar libre y de un momento a otro se sienten los jalones, que no son muy suaves que digamos. Esto ocurre cuando una persona amada fallece o se aleja, algo muy dentro del ser se rebela a olvidar, pero el tiempo que todo lo cambia y transforma se encarga de completar lo que se inició con la ausencia.
Antes de conocer a la chica que apareció en mi vida como una ensoñación al despuntar el alba, llevaba en el fondo de mi existencia, algo que se guarda con devoción extrema, perteneciente a lo divino: el amor en forma de un niño solitario, e incólume. El amor puro y trasparente, que aún en medio de mis muchas faltas y descarríos, estaba en espera del amor soñado, ese que en vez de desear lo meramente físico, trasciende lo material y se eleva al infinito. En un momento inesperado aparece en mi camino, aquella que habría de estropear aquel retoño, convirtiéndolo en un ser agonizante que se esfuma. Al niño de mi historia, le di el nombre de Matías, que quiere decir “amor que llega y se va”. Después de darle dicho nombre lo llamé como quien nombra, no sólo por nombrar, sino porque sabe que hay alguien que le escucha. Como un gorrión cercano a una vivienda, es el recuerdo de quien pude llamar, mío con certeza. Es cierto que veces llorábamos las grandes penas que el destino nos traía. También nos regocijábamos al contemplar la bóveda celeste; la constelación de Sagitario con su multitud de estrellas refulgentes y el sin número de astros esparcidos por la extensión del espacio sin fronteras. Todo lo hacíamos en silencio, porque el silencio es vida y ésta vale por lo que con ella se haga o se trasmita.
Ya no tengo en mi interior la candidez suprema de la espera, ni ese agitado aleteo del pájaro enjaulado que a pesar de sentirse prisionero, lanza al aire los dulces arpegios de su canto. Soy quien soy sin detenerme a cavilar qué se avecina; si afuera está la noche, o el sol brilla. Todo es igual, hasta la fantasía que, tanto a adultos como a núbiles les atrae y sugestiona.
La que se fue, tenía el atractivo de las amadas que huyen al olvido. Pero, ¿el olvido existe o esto también es ilusión?
***
Hoy que me pongo a meditar frente a la tumba donde reposan los recuerdos de quienes pasaron por mi vida, o al menos estuvieron en mi mente. Todos, absolutamente todos, se fueron para siempre. Este es el fin que espera a todos los hombres. Seremos pavesas que esparce el viento; gotas del mismo mar, átomos de la misma materia. Algunos cuando todavía están vivos sufren desgarramientos muy cercanos a un derrumbamiento moral. Los más prominentes, al caer a la nada son barridos por la vorágine del tiempo, que todo lo cambia y destruye. Si en un cofre de oro se depositan sus cenizas, son iguales a las que yacen en la tierra, o diluidas en el agua. ¿Qué ha sido del orgullo, de la fama y las ambiciones? ¿Qué ojos pueden verlas, qué manos pueden palparlas? En qué lugar residen aquellas ansias de conquista. Decidme por favor, si no es la nada absoluta o el caos total.
Me tildan de pesimista, de trágico de delator. Yo les propongo que vayan y comprueben en qué quedan tantas expectativas. El fuego calcina y purifica, también la pasión; fuego y pasión son instrumentos cuyos fines son la destrucción, ¿cuál esperanza queda? ¿Cuál es la realidad última?
Miren cómo pasa la lancha al trepar el río, y cómo la canción del barquero nos llega desde la otra orilla. No hay otra realidad conocida que aquella que está presente y por eso nos incumbe, es nuestra y nadie la trae ni tampoco se la lleva. Se va a su debido tiempo. Todo llega y todo pasa. También nosotros nos vamos. Adiós amor, adiós penas. Acá se queda lo inservible y se lleva lo mejor, sí es que existe.
Los personajes con los cuales principié el presente relato se volvieron humo. De mi amigo Abelardo, no hay ni huellas. De los demás, de doña Rubiela, de Lucerito la niña de los ojos más bonitos y tan verdes, cabello dorado como las espigas del codiciado trigo, es un enigma su paradero. De Mariela, me dicen que ya ha muerto.
Los dos bandidos que asesinaron al señor Ramón Garcés, fueron puestos prisioneros cuando perpetraban el atraco a un banco en un Municipio del Departamento del Valle. Cuando les llegó la hora después, en una cárcel, fueron a dar al hoyo como cualquier basura, tal como les correspondía.
Los que conforman la parte posterior de este relato quedaron expuestos a la vergüenza pública. Nadie podrá decir que fueron buenos. Es ley de la vida, la tragedia para quienes se portan como lo hicieron ellos. El poder escapar de todo aquello es un privilegio que lo tienen unos pocos. Otros tienen complicaciones como el personaje de otra historia que pasaré a contar. Esto para establecer comparaciones y deducir, que no hay vida en la cual lo trágico no haga su presencia fantasmal y escuálida. Por aquello de las contrapartes, existen las paradojas. Lo que ha de suceder sucede, así queramos oponernos. Cuando dejamos de luchar contra la corriente nos percatamos de que es improducente desear lo imposible, asirnos a lo que ya fue.
Un hombre era fanático de la justicia, tanto que él mismo se castigaba infringiéndose severos tormentos. Uno de tantos, se privaba de las relaciones sexuales, dizque porque una vez, allá en su lejana juventud había abusado de una mujer de más de sesenta años de vida. Lo que no sabía era que, esa misma dama se había valido de uno de sus amigos para que le hiciera creer que ella estaba embarazada de él y por eso tenía que casarse con ella, porque según aseguraba la misma dama, no había tenido nunca contacto con ningún otro hombre. El joven se comió el cuento, huyó del suelo patrio y anduvo errante por varios lugares, hasta que ya reposado, llegó a un pueblo lejano en donde se estableció de manera permanente. Después de un tiempo de habitar allí, se comentaba de él, que era una persona casta, entregada a la santidad; un posible monje retirado de un convento, entregado a la oración y a la penitencia. Otros en cambio afirmaban que era un ser anormal, que hasta peligroso resultaba el trato con tal hombre, pues no se sabía qué orientación sexual pudiera tener. Cuando le interrogaban del porqué del alejamiento en el trato con el sexo opuesto, se limitaba a responder. “No es que no me gusten las féminas, lo que pasa es que fui en la juventud un muchacho que cometió más de un error. Embaracé a varias chicas, entre estas a una de sesenta años que creyó que me iba a coger cansado, obligándome a que me casara con ella”. La gente que lo escuchaba quedaba atónita, alguno comentaban:
Si éste embarazó a una sesentona, hay que ponerle cuidado, no sea que le dé por embarazar a nuestras abuelas. Por eso lo evitaban, o se burlaban de él.
Como todo en este pícaro mundo tiene sus límites, llegó el día en que se enamoró de una mujer ya entrada en los 40 años. Se casó con ella, y en el término de diez, le empacó 9 hijos. Entonces comprendió en qué consistía la injusticia: trabajar de sol a sol, con lluvia o fuerte calor. Cuando llegaba el domingo no tenía ningún descanso; tenía que coger el costal, llenarlo de bastimento, echárselo al hombro, trepar una pendiente empinada hasta llega a la choza en donde su mujer lo esperaba como una santa, junto a los hijitos. Eso es normal y bonito, así él hubiera tenido que sufrir esas experiencias. Al fin supo qué es injusticia, cuando los hijos le pedían lo que no les podía comprar. La salud era precaria, y más que todo, la educación porque nadie lo ayudaba; el Gobierno estaba presto a cobrarle los impuestos sin ningún reparo ni consideración. Claro que eso es legal; la injusticia consistía en que por pagarlos, casi a la orden del día, no recibía retribución alguna. El abandono era total, no lo tenían en cuenta para nada, excepto invitarlo el día de elecciones y comprometerlo a que diera su voto y elegir al gobernante de turno. ¿Para qué? Para ejecutar las leyes, que no son otras que subyugar a quienes no pueden defenderse; porque los que sí pueden por su situación económica y posición social, se defienden y se amparan a la sombra del árbol plantado por toda la comunidad. Son la flor, la crema innata, y por lo tanto intocables: los de abajo que se frieguen que para eso fueron pobres.
Así resulta que todos sufrimos amargos ratos, pero al final cada uno se pierde en el tiempo; somos mucho y nada. Cada etapa de la vida es un misterio indescifrable. Los unos cargan cruces de madera, los otros de hierro o cobre; los demás con su armamento se imponen haciendo leña de todo el que disienta, así sea con la mirada.
Un relato en que los personajes desaparecen de un momento a otro sin dejar ninguna huella, resulta insólito. Sin embargo, eso ocurre con mucha frecuencia en la vida real; vamos de prisa viajando en el tren del tiempo, vemos pueblos y ciudades; conocemos a muchas personas en este recorrido. En cada estación se bajan unos, otros suben. Diferentes caras y personalidades se miran por todos los lugares; a veces un saludo y hasta un guiño; cuando menos lo pensamos desaparecen algunos personajes, o sencillamente ya no están. Un nuevo tranvía avanza, recorre llanuras, pasa túneles, deja montañas atrás; da belleza al paisaje. Pasa frente a torres indiferentes; las personas y lo animales lo observan con admiración. Un espectáculo hermoso aparece en la distancia, regocijase el corazón y el alma; el sentimiento busca a quién, o a qué adherir sus anhelos. Todo el entorno se convierte en espejismos truculentos. Cuando llegamos, nos encontramos irremediablemente solos. ¿Se habrá visto un desenlace más trágico que este? No obstante, es así la vida, no podemos más ni menos. Si somos humo hacia al especio vamos y cuando, cuanto tenemos quede esparcido por la llanura inmensa, otros horizontes habremos de otear. Lejos los atractivos de un mundo cambiante, sin contar con nada ajeno, sin que nadie critique nuestra manera de ser. La armonía como prenda garante; un país en el cual no haya vientos de guerra. El espacio por residencia, como amigos la lluvia y del sol su bondad.
Hay momentos felices, existen cosas de valor imponderable, ¿quién habrá de negarlo? Aunque parezca un sueño, la vida se nos va. El bien más apreciado es aquel que nos entregan desde mucho antes de nacer.
¡Hermosa Fuga! Ser vencido por algo superior, es lo que importa.
***
La anterior narración está plasmada sin mucha claridad, hasta resulta incoherente. Dígame alguno, ¿Se presenta la vida con tanta claridad como para contarla en línea recta?
Si así no fuere, sea por todos conocidos lo que he escrito como una manifestación de este dilema. No soy nadie para descifrar los misterios más recónditos, pero puedo asegurar que lo plasmado en esta obra no es falso y mucho menos gratuito.
LISTA DE LAS OBRAS DEL AUTOR
LA BARANDA DEL SILENCIO (1998)
POEMAS EN BERMÚDAS (2OOO)
SUEÑOS PULVERIZADOS 82003)
MURAL (Novela) (2004)
EL SENDERO DE LAS LILAS (2OO6)
PIEL ADENTRO Y HALCON (2007)
ECOS DE RÍO LEJANO (2OO9)
ANTES DE OCTUBRE (2011)
RUMBO AL SUR (2015)
UN TREN LLAMADO OLVIDO (2015)
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario