martes, 22 de marzo de 2016
OCASO DE UN SUEÑO
OCASO DE UN SUEÑO
Adán l. López
Por doquier el hombre vaya, las huellas que deja son parte de su ser.
DESESPERANZA
***
“Todo está tranquilo y estoy solo, no hay nadie en el espejo”. Como dijo Borges. En el fondo no es este mi problema, menos el de querer indagar aquello que la existencia oculta bajo el oscuro manto de la frivolidad, que el mismo ser humano siembra y trasplanta de un lugar a otro en busca de un mejor campo de cultivo. ¿Buscar la comodidad? Vaya, no hay tal comodidad, ni sitio alguno en el cual pueda estar la razón bien empotrada. Y, ¿Cuál razón?, dirán algunos. Cada uno tiene su propia porción de ésta; a veces exagerada. Unos dicen que el hombre es una bestia, otros que es lo máximo de la creación, el único entre todos los animales que posee conocimiento y por ende, ciencia y tecnología. Esto hasta cierto punto es verdadero, pero… ¿qué decir o comentar de su instinto belicoso? El mono trepador, el asesino que por conquistar su territorio despojaba a sus congéneres, es evidente que se hace sentir en el presente, por medio de sus descendientes. ¿Quiénes son éstos? Sin temor a equivocarme, son los que hoy hacen lo mismo; despojar, desarraigar, maltratar a sus congéneres.
Como la vida a veces se torna en un completo caos, el sentimiento humano se va convirtiendo en un espasmo, que si bien, no es un dolor agudo, sí es un tormento que se disuelve en llanto. Esta expresión tan primitiva, simboliza todo cuanto el alma puede manifestar de grande y noble. ¿Qué le queda al hombre después de haber pasado por las más duras pruebas, sino ese recurso primero y último, acaso el único para por medio de él calmar sus dolores más secretos? ¡Ah magnífica expresión, el llanto!
La soledad como la noche, también tiene sus encantos. El nacimiento del alba causa un favorable bienestar a quien lo admire. Hay que ver cómo el cielo en un momento, cual el ave que despierta, hace alarde de su luz; su trasparencia expansiva envuelve al universo, al mismo tiempo que suministra su energía creadora.
La belleza trastorna al ser humano, Pero, ¿qué es la belleza sino aquello que armoniza con la ansiedad del corazón? ¿Qué es lo que el corazón ansía? Ansía la posesión de lo que admira, el amor y la profunda calma que emanan de unos ojos en los cuales la envidia aún no ha hecho su desastrosa aparición. Eso es lo que busca el peregrino al transitar el camino del dolor. No hay que cifrar la esperanza en lo que hechiza; en donde hay destellos demasiado refulgentes es peligroso detener nuestra atención.
Una cosa aprendí después de varios años de trasegar por las sendas de la fatalidad: No culpo a Dios, como algunos lo han hecho. Tampoco a mis progenitores. El medio en el cual me albergué de niño, apenas influyó un tanto en las determinaciones arbitrarias que después hice a la ligera, como quien al sentirse perdido en una selva, toma la dirección que, dada las circunstancias, le parece correcta. Me equivoqué, es posible. ¿Quién no se ha extraviado jamás, ni ha trastocado en sentido contrario sus proyectos? Cuando hablo de estas cosas, me refiero a todos los giros que di, buscando el derrotero por el que habría de transitar, cuando llegara a ser un hombre mayor. ¿Qué encontré que me sirviera de norte y guía en la angustiosa búsqueda de una personalidad definida y estable? Si les contara con toda claridad, quienes se llegaran a enterar de esto, quedarían asombrados ante tantos descalabros. Como consecuencia de tantos exabruptos, fui bebedor empedernido; no estudié en ninguna institución educativa. Trashumante, vagué como perdido; no tuve amigos, acaso conocidos; estuve más de una ocasión cerca del suicidio. Busqué la muerte trenzado en aventuras temerarias. Frecuentaba sitios en que las peleas, riñas y disgustos eran sucesos habituales. De tanto sumergirme en el fango fui aprendiendo, que la muerte no viene cuando uno la busca o la desea, por el contrario, mientras más se busca, más se aleja, y al final hemos de vivir el tiempo que la suerte nos haya determinado desde que nacimos. Doy gracias de que al final encontré un punto de apoyo; la espiritualidad como primera medida, y la literatura que llegué a amar como a mi novia más querida.
No tuve muchos amigos, he sido y soy un hombre solitario. La soledad es pariente cercana del olvido, éste a la vez de la muerte es mensajero. La muerte es desprendimiento, no renuncia; si a la vida y todo lo que encierra, renunciáramos, no mereceríamos poseerla, y al perderla sería como si nunca la hubiéramos tenido. Empero, nacimos, crecimos y algunos, no todos, lograron reproducirse. El árbol que nunca dio fruto, es misterioso; esta situación puede ser ventajosa o no, pero el conjunto de hechos que involucran la existencia, es tan complejo, que nadie lo puede descifrar, así transité por la senda de la ciencia que interpreta la conducta de los seres racionales. Los seres racionales en su estructuración, son el producto de una, o varias causas bien difíciles de interpretar, analizar, o siquiera intuir. ¿Qué opinan los psicólogos?
Vemos a seres perdidos en laberintos azarosos; no imploran caridad ni misericordia, ni siquiera parecen dar indicios de una aflicción que les mortifica. ¿Saben quienes pasan por su lado, qué dolor, qué tristeza padece aquel que lleva un fardo invisible sobre sus hombros? La cruz que aquél carga es tan pesada, que prefiere ir solo entre el gentío, como quien va al suplicio después de haber sido sentenciado por un juez incorpóreo, pero inclemente, inexorable y efectivo.
¿Qué del famoso primer hombre que existiera con miras a vivir en un paraíso, en donde sólo la felicidad lo alcanzaría? ¿Quién desvió el cauce del río que sereno y puro fluía hacia la eternidad? Una pregunta nada más, yo plantearía, si hubiera quien la respondiera: ¿por qué no nos dejaron en la nada? Así no hubiera, ni quien se arrepintiera de sus actos, ni quien se asombrara por lo sucedido. ¿Quién me responde? Vano es todo intento, pretender sondear lo incomprensible resulta duro, demasiado duro, ¡ay!, y si alguien nos lo llegara a comunicar, y si pudiésemos entenderlo, qué amargo fuera. Mejor resulta ignorar muchos arcanos, que someramente conocer un poco de éstos. ¡Es tan grande la magnitud de los enigmas!
El corazón tiene razones ocultas y variadas, tanto como caminos y senderos tiene el mundo. Empero, se debate entre el fragor de una tormenta psicológica; óigase bien, la tempestad del alma, esa que experimentan los hombres que interrogan; los que inquieren, analizan, comparan y deducen. No obstante, para qué tanta algazara, tanto bullicio interior, tanta agitación innecesaria, si el pato con graznar nada se gana; el cazador no se sorprende con sus graznidos, sencillamente dispara el arma, y el animal cae, aquél lo atrapa. ¿Quién es el culpable en este caso?
Aquiétate corazón, la tarde avanza. Hay asomos de nieve sobre las cimas de la montaña próxima, pronto el cielo derramará su furia y la tormenta se arreciará y se agigantará rabiosa. ¿Todo por qué? Tendrá sus causas, apenas intuyo sus efectos; si son desastrosos no son de mi incumbencia. Además no puedo modificar un solo ápice de lo que la Naturaleza determina. Si la última palabra no es la correcta, no encontré otra, por eso la considero verdadera. La VERDAD, es el único objetivo de todos los que la buscan con anhelo. ¡Oh! Cruel realidad, ¿por qué cuando la creemos nuestra, ésta torna, se pierde, se aleja y se diluye? Quien la busca, sabe de manera cabal cómo es de huidiza, tiene la propiedad del mercurio; en la velocidad de su huída radica el atractivo de su búsqueda; que se atrape o no, ya es otra cosa. Se ha buscado y se seguirá indagando, no cabe la menor duda; que se llegue a encontrar está dentro de lo posible. Todo es dable y no se objeta.
Una cualidad especial tiene el hombre: la de amar. Por ley natural requiere ser amado, si no lo es, va por la vida, siempre mendigando una caricia. Si la busca y no la encuentra, entonces…, dicho hombre es desgraciado. Palabra dura, verdad, pero no hay otra que la substituya, a no ser la de infeliz, que da lo mismo.
Nunca fui amado, sí requerido. Me requirieron en muchas ocasiones y tuve enlaces comprados con dinero. ¡Claro!, con qué más, si el efecto esencial es el truco disfrazado de bondad que proporciona entregar dinero. A cambio de aquél te fingen un cariño, pero tú en tu ingenuidad lo confundes con amor “verdadero”. Vana ilusión, cuando despiertas del sopor de esa aventura, algo muy dentro de ti, reclama una explicación que no has de encontrar nunca. La voz del corazón es verdadera, lo grave del caso es que sólo se hace sentir cuando un suceso lo sacude; mientras esto no ocurra, el muy majadero se deja llevar por la falacia de creer que es correspondido. ¡Qué error tan hijo de madre! En él radican las grandes desventuras.
Oye muy bien amigo caminante; no está en la otra parte el engaño que con tanto ahínco recriminas, tu propia vanidad te ha traicionado. No vuelvas a creer, ni a decir que fuiste amado, di simplemente, amé y si no fui correspondido, obré con la mayor lealtad, y siéntete honrado.
Esto lo escribía un poeta errante, quien si no era uno de los buenos, tampoco era el peor. Nunca se sintió defraudado, acaso porque nunca se detuvo en desear un furtivo encuentro con quien fuera motivo de gran atracción. La tragedia comienza cuando el corazón, en vez de amar, desea. No desear es bueno, honesto y laudable, pero esto no es amor verdadero. Para que éste sea algo más que una quimera, hay que reconocer, que una cosa es admirar y otra el hecho de desear. He aquí la metafísica, del amor, como pasión. Es mejor ser sencillo y tener la certeza de que somos compañeros de la brisa que pasa sin causar congestión. En un mundo en donde el más fuerte, es el que se impone, resulta favorable que caminemos con absoluto recato; otros tienen la fuerza y nos pueden destruir. Nosotros los simples, nos iremos quedando rezagados en un golfo, sin poder avanzar, o al contrario, marcharemos a la sombra, sin las pretensiones de ser los deslumbrantes faros que iluminan la noche del porvenir.
Escribir un cuento, para quien tenga vocación de escritor, es relativamente fácil. Por eso el mundo está lleno de cuentos, todos dejan una enseñanza, o moraleja, si es una fábula. He escrito cuentos buenos, o malos, pero los escribí. No he escrito aún el último, y hasta creo que no lo haré. Eso también es cuento, porque estoy seguro que a cualquier momento me da por ponerme a escribir uno. Puede ser el siguiente:
Pedro, era un muchacho bueno e inteligente que se crió en el regazo de una familia de escasos recursos, pero respetable. Un buen día llegó a sus manos una carta enviada por uno de sus parientes cercanos; Rafael Arias, invitándolo a que viajara hasta Cambía, sitio fabuloso para encuentros familiares y amistosos. No tardó Pedro en alistar las pertinencias requeridas y ponerse en plan de viaje. El suceso imprevisto apareció de repente: algo doloroso aconteció. Su madre enfermó de apendicitis y hubo que ser intervenida de urgencia. Por la premura del caso, Pedro no tuvo tiempo de mandarle a su familiar una misiva explicándole cuál era el motivo por el que no podía asistir a su requerimiento. La madre de Pedro murió durante la intervención quirúrgica. Rafael convencido de que su hermana no le había permitido a Pedro hacer el viaje, se resintió con ella en demasía.
Tres años pasaron durante los cuales, Pedro y su tío Rafael no tuvieron ninguna comunicación; el muchacho, en los días siguientes a esa eventualidad dolorosa, fue reclutado para pagar el servicio militar. Pasó la mayor parte del tiempo en la región del Putumayo; allá fue secuestrado por las guerrillas colombianas. Como el amor es una planta que nace y crece en cualquier terreno, situación, clima y estado; Pedro se enamoró de una de las muchachas, que de manera obligada militaba también en ese frente. En medio de zozobras, disparos y peripecias escabrosas, vivieron aquel idilio tormentoso. Un hijo, a quien nombraron, Amadeo, fue el fruto de esta unión fugitiva, pero llena de pasión.
Un día de tantos, estaba Rafael escuchando y viendo las noticias del canal CARACOL, a media mañana, cuando escuchó que nombraban a su familiar, Pedro Rubiano, que estaba secuestrado, decía el noticiero. Casi se desmaya Rafael con tal noticia. Se comunicó luego con el resto de la familia, que aún estaban en la capital de la República. Cuando fue informado de todos los acontecimientos, emprendió su marcha hasta llegar a la casa de su ya fallecida hermana, Blanca Libia. Se detuvo en el antejardín, recordando a su hermana tan amable, tan gentil, tan buena gente. Mientras esto, su espíritu se agitaba y sentía dentro de sí como una daga que desgarraba sus entrañas angustiadas; era el remordimiento que clamaba la presencia de su hermana muy querida. Ella ya no estaba, se había ido, y para no volver, era lo grave. Su sobrino, Pedro quien había sido su preferido, por ser de genio amable, comedido y que siempre estaba pendiente de todos los otros miembros del grupo familiar, cómo lo extrañaba. La ausencia de su hermana y de su sobrino, era dolorosa, casi insoportable. Entró al interior del hogar y vio a Magola, hermana de Pedro; estaba cambiada, era el mismo retrato de la madre; tenía el cabello entrecano y despoblado; alrededor de sus ojos, las ojeras eran pronunciadas, moradas y sombrías. No todo era dolor ni pena, en la repisa de la sala estaba una fotografía en la que aparecía, su hermana Blanca Libia junto a su esposo que había fallecido cuando aún Pedro, el muchacho jovial, buena gente, no había nacido. El llanto no inundó ni las mejillas de Magola, ni las de Rafael, quien era un hombre que sabía dominar toda emoción, hasta las más hirientes y desgarradoras. Los milagros ocurren, o pueden ocurrir, si tomamos las coincidencias como tales. Unos golpes sonaron en la puerta; Magola se asomó para ver qué acontecía. Luego exclamó: ¡Ah vuelto, ah vuelto mi hermano y trae consigo a una mujer y un niño. Qué maravilla, qué alegría! Pedro prosiguió hasta encontrar el abrazo de los suyos. Contó su odisea, pormenorizando cómo había escapado del poder de esa organización despótica, pero se abstuvo de hacer comentarios de otra índole.
UNA ANÉCDOTA PARTICULAR
Contaba mi madre en los últimos años, varias historias vividas en su lejana juventud. He aquí una de aquéllas:
“En una finca en donde antaño vivía con mis padres, comentaba ella, había una vaca que resultó de índole excepcional; se le había dado el nombre de La gallarda, por su aspecto y actitud particular. Cuando le nació un ternero, ocurrió el parto al lado de una fuente que corría por un lecho de considerable profundidad; allá fue a parar el ternerito. La vaca, buena madre sintiéndose impotente para rescatar su cría, subió la loma que separaba la casa en que vivíamos. Bramaba desesperada junto a la puerta de golpe que daba paso al corral de encierro, sitio destinado a la función del ordeño. Nos quedamos mirando su desasosiego, por unos minutos, luego comprendimos que debíamos seguir tras de ella, y así lo hicimos. El animal con pasos lentos y seguros nos condujo hasta donde podíamos ver el ternerillo. Con nuestras fuerzas lo sacamos de aquel lugar y lo llevamos hasta la casa. La vaca nos seguía ahora a nosotras las tres hermanas, quienes cumplimos esa misión, Lucía, Rosalina y yo.
Cundo la vaca, La gallarda llegaba del potrero al ordeñadero, con un muuuuu, vibrante como el sonido de un bajo tenor, llamaba la atención de todos los presentes. Su ternero se despabilaba, enderezaba la cola y emitía un sonido similar, aunque más débil. Se cree que las vacas tienen alma, así sea mortal, es armoniosa. La gallarda tenía un alma sonora que la singularizaba, haciéndola superior a sus congéneres. Arrogante sin resultar ofensiva, con ojos de hembra mimosa miraba sin despertar sospechas de ninguna traición. Ávida con su lengua se deleitaba lamiendo cariñosamente a su cría. Para quienes en la vida hubieran carecido de atención y afecto, esas expresiones le hubieran resultado excesivas, pero los animales no conocen de prejuicios y por lo tanto llevan a cabo lo que el instinto les sugiere.
El recuerdo de La gallarda, trae a cuántos conozcan esta historia, la imagen de la más tierna evocación, ya diluida por el paso de los años y revivida en la voz de alguien que nos habla desde la distancia con un acento en el que se adivinan las más delicadas reminiscencias y una ternura enorme.
Si esa vaca hubiera sido como muchas madres humanas, que tienen los hijos y en el mismo instante los abandonan, no hubiera dejado ese dechado de amor y protección como ésta, que siendo un animal, supuestamente bruto, sí lo hizo, probando que no sólo era buena protectora, sino que era también inteligente; porque si no lo hubiera sido, ¿cómo nos buscó para que le salváramos la cría? Por supuesto que ella sabía cuál era nuestro alcance. Le salvamos la vida al ternerillo y a la madre le evitamos el duelo. Como recompensa pudimos después de unos días beber su leche, hacer unos quesillos deliciosos deleitando con ello el paladar. El beneficio es recíproco, cuando se brinda oportunamente sin ningún interés y sin medir los riesgos.
Fin
Las personas polifacéticas escriben cosas o textos muy variados. Algunos son meras ficciones, otros aunque no tanto, dicen cosas en apariencia contrarias, incoherentes y disímiles. Veamos:
Vengo por mí, me voy de viaje, no quiero dejar a mi mejor amigo abandonado. Qué hiciera yo sin mí, sin sus consejos.
La noche me habla desde la distancia, su lenguaje fresco como el aire fluye y da paso… ¿A quién? Lo ignoro; sólo sé que si me adelanto, me destruye.
Vengo por mí, por el que antaño tenía tantas y tan variadas ilusiones; hoy no las tiene. Te ruego, ven te espero, buena copia. Entre vos y yo haremos buenas migas.
Yo, quién pensaba y retenía, vos, el que con tanto sentir habéis cavando un hoyo en el corazón, y que no teníais otro remedio que el de seguir los dictados de su química. ¿Esta, es la programación establecida desde antes de encontrar nuestro camino, caro amigo? Somos el mismo ser, con funciones diferentes, empero, convergentes, hacia un mismo final nos dirigimos.
Quien no puede besar, entonces canta. Sin el canto, la vida sería tan desastrosa que hasta el más sagaz se suicidara. O, ¿acaso nos estamos destruyendo lentamente?, es factible. Vemos cómo todos los días aumentan los casos de intolerancia; el que creemos más amigo, nos traiciona, y aun nuestro organismo se resiente y no “quiere” recibir más medicinas, o cosas así. Somos un desastre, no culpables. La vida tiene sus misterios, eso fuimos y seremos hasta que el sol caliente y alumbre la luna.
Mi madre agoniza en su lecho, yo no tengo ya valor para mirarla. Nunca imaginé que una enfermedad de esa naturaleza le fuera a minar la salud, de la manera como le está sucediendo: La memoria se le ha borrado casi por completo, apenas trata de recordar algunas cosas con gran dificultad. Después de despertar de un largo sueño, inducido por los medicamentos que se le han tenido que suministrar, no atina a ubicarse en el presente; su mente está anclada en el pasado. Si alguna idea tiene, es disparatada e incoherente; la demencia senil ha hecho sus estragos en ese magnifico cerebro que operó con genial cordura durante tantos años.
Hoy es lunes 21 de enero del 2013; el cielo tiene nubes y el sol ilumina por partes la ciudad que parece dormir en un letargo.
Desde ese lejano pueblo de brumas y reticente trato, llamado Pensilvania, me ha llegado la noticia de que uno de mis tíos agoniza. No puedo viajar hasta allá por un motivo fundamental: estoy atado por los lazos filiales, y quiero cuidar de la autora de mis días, permanecer al lado de ella hasta el fin de su agonía. Hay que saber que cuando hablo de agonía, no sólo me refiero a la de la enferma; hablo también de la lucha interior que el ser humano tiene que librar al final de su vida. Con qué crudeza se acrecienta el sufrimiento; el espíritu flaquea, y ni qué comentar de la carne que se vuelve tan frágil que, con el menor roce se lesiona; la envoltura que protege nuestros músculos y miembros se deteriora con tanta facilidad, es una pena. Y saber que tenemos que soportar estos suplicios como quien padece sin merecer una tortura.
Cómo es la existencia; si nos pusiéramos a hacer cábalas llegaríamos a la conclusión de que nada vale la pena, que todo es sombra, que no es cierto sino el sufrimiento. Después de todo, cavilar es una cosa, y otra bien diferente, es rendirnos ante los hechos inexorables que no admiten modificación alguna. ¡Cómo es de dolorosa la postración de la impotencia!
La enfermedad de mi madre me ha afectado también a mí. Ya no soy el mismo de hace poco tiempo. A veces sueño cosas terribles, mi cerebro se agita, sus componentes se alteran. ¿Qué es eso de soñar, sino el martirio de tener que aceptar, quiérase o no, nuestro destino? Llamamos destino, hado, o sino a aquello que la existencia en su constante devenir nos proporciona. Forman parte de este entramado las vicisitudes que van llegando a su debido tiempo. El no querer aceptarlas, producen el sufrimiento. Acepto mi dolor, mi padecer, son parte esencial de la existencia.
***
Eso de tener con quién compartir, sí que es bien necesario e interesante. Por ello, toda persona, sea de la condición que fuere, tiene derecho a tener con quien pasar su vida, y a departir junto a quienes elija su manera de pensar. Los grandes líderes de la humanidad nos han dado ese ejemplo: Jesucristo, Mahoma, Confucio, Buda y hasta el mismo Lucifer lo quiere así. Nadie, grande o pequeño, bueno, o malo, mediocre, o ruin, desea estar solo. No obstante, óigase bien, existe una inmensa cantidad de personas sobre la Tierra, que por una razón o por otra, viven en completa soledad. ¡Ah, la soledad cómo duele!, a veces son intensos sus pesares y secuelas, que aun las almas más selectas y resistentes, se derrumban y decaen. Aunque conozco a muchas que no se van al suelo, no quiero enumerarlas una por una, porque esto sería asunto de nunca concluir.
Una marejada de sueños se hunde cada noche. No mires hacia atrás; la curiosidad malsana congela o petrifica, empero ejercitar la memoria es necesario; y si no, cómo fuera de favorable el olvido permanente de aquellos, y de los otros, de los de aquí y de los de allá… ¿Cuáles serán esos? No son ángeles, pero vuelan, no hacen milagros, pero buscan a quienes los hacen. ¿Quiénes son, en dónde están? Si usted no lo sabe, muy pronto lo va a saber.
***
En las tardes de invierno, entre azulosas por el humo que expelen las chimeneas y los hornos que consumen carbón. Yo no sé qué fruiciones, mociones, o desconsuelos se cruzan por el panorama que involuntariamente recorro, claro está, con la imaginación. ¡Ay!, si pudiera expresar con palabras precisas, lo que en esta tarde del 23 de enero del 2013, experimento. No es tristeza, no es tormento, es algo así como lo que pudiera llamarse una frustración incipiente; el “pequeño” problema que desde que nací, me ronda casi a todas horas.
Ya dije que nací desgraciado, sin riqueza, ni posibilidad alguna de alcanzar una mediana posición económica y social; con un agravante de considerable magnitud: una sensibilidad poco común entre las gentes simples, cual soy. Desde mi tierna infancia, tomaba cada día esta tendencia, un lugar prominente; esa cosa tremenda que los psicólogos y los moralistas, denominan, perversión. Hoy, planteo la pregunta: ¿qué es perversión? Por fortuna me doy perfecta cuenta de que, ello no es más que los asomos de futuras tragedias. No es poco, sin embargo hay algo más. Impulsado por una senda que a veces se aproximaba a la locura, me enamoraba de ideales imposibles, deseaba lo irrealizable; me deleitaba cuando apenas tenía ocho años, contemplando con mis ojos llenos de asombro, los rostros que tenían los delineamientos ideales de mis anhelos “torcidos”, diferentes, quizás. Qué magnificas eran esas apreciaciones, fueron el esparcimiento lleno de encantos, de lo que pudo haber sido y no fue. Si “eso” hubiera sido, ¿qué sería de mí? Nada, sería el mismo, sólo que con la agradable experiencia de haber tenido las aventuras con las que tanto soñé. No estuviera como lo estoy, viviendo en soledad, empero, dicha soledad sería diferente, mi alma, mi corazón y mi espíritu no tendrían el vacío que tienen; acaso un hambre de humanas realizaciones, es lo que más me atormenta en estas horas de profundas reflexiones y de vanas recriminaciones dirigidas, no sé contra quien.
Ahora sí me doy cuenta del porqué de la nostalgia que me envuelve en esta tarde fría, difícil de describir. Soy el esclavo que anhela la emancipación, y ¿qué? No hay tal emancipación, porque no hay libertad para aquel que padece la tremenda decepción de haber querido y amado y no haber alcanzado ni siquiera un punto de uno a diez. Este es el motivo de mi frustración definitiva, ya enumeré las causas.
Voy solo por mi camino. Recordemos que el camino es la vida de cada cual; de ahí que todas las soledades no son las mismas. Unas son angustiosas, otras no tanto; yo sólo sé de la mía, su forma y su dimensión. Puedo contar con la suerte de que me agrada escribir, así todas mis inquietudes tienen su vía de escape, y no sufro de compulsión patológica; aunque sí, de un poquito de ansiedad. Es mi fortuna saber que pertenezco a los que se han despojado de toda calentura que pone trabas y oprime, domina y subyuga. Así he sido y continuaré siéndolo. ¿Hasta cuándo?
Suenan las campanas del olvido; el latir del corazón se hace más lento. ¿Qué del ayer, de las pasiones muertas? Esas expectativas vanas, esos ensueños fútiles y los encuentros efímeros; ¿todo eso fue mentira? Indubitablemente. Si un día tuve amores, mejor realizaciones, todas se fueron diluyendo y desaparecieron, así como cuando un rayo de sol ilumina una playa y luego se desvanece, el frio se apodera del entorno con un rigor brutal. Entonces en la distancia, que a muchos nos es tan grata, la playa queda tan desolada que hasta las aves quieren emigrar a otro lugar. Existen tantos de éstos, cada cual con sus propiedades, que imaginar es difícil si es mejor éste, o aquel.
Ya llega lo más puro, lo que nunca se equipara con cosas nimias, ni menos con aquellas que no tienen solución. El silencio hermano del porvenir ignoto, llamado eternidad, fin sublime de esta vida y principio de algo mejor, como puede ser el desprendimiento de todas las ataduras que causan tanta aflicción.
Con cuánto anhelo deseo hallar una sonrisa casta y pura, tal vez una de alguien que aún no haya transitado la senda del placer, e ignore cómo es de terrible pisar la tierra en que el dolor se agiganta, los espinos se yerguen y el cielo se torna gris.
Y pisé la tierra del dolor muy pronto, acaso más pronto de lo que creía. Esta tierra es extensa y sombría; más amarga que la retama, terrible, porque la muerte de un ser querido, es entre todas las cosas, la que más nos acobarda, la que nos hiere y enluta. Si este ser es nuestra madre, cuánto más es la aflicción.
Mi madre, a quien yo nombraba como, Ella, ya no está, la muerte se la ha llevado. Me encuentro aquí solo, cual un farol en una desierta calle. ¡Oh! Triste ocho de febrero, fecha en que había de morir mi viejecita adorada. Que Dios la tenga en el reino de su gracia, de calma, de paz, de amor y de Luz.
No soy teólogo, menos psicólogo o algo parecido. Cómo me gustaría serlo. No obstante, tengo una hipótesis que me gustaría compartir: todas las personas que ya pasaron por esta vida, tienen su lugar asegurado en la dimensión desconocida, que no es otra sino la misma, de la cual hablan casi todas las religiones. En ese lugar, debe haber muchos estadios, asignados a las almas, según lo que hubieran sido acá en el mundo. Los hombres de ciencia, importantes, tales como los letrados, es muy factible que tengan su lugar correspondiente. En él permanecen, y allí son felices. Cómo no lo van a ser, si cada cual tiene libertad, conciencia y sabiduría, tanto como para dejar que otros determinen lo que les incumba. Los hombres sencillos y simples, también tienen su sitio, lo más probable es que cada uno se reúna con los miembros de su familia; sus padres y abuelos, así como con sus descendientes. ¡Qué delicia! Volver a ver a quienes en esta vida hemos querido y amado; eso sería lo más hermoso que nos pudiera llegar a suceder. Todo esto y mucho más, aunque la ciencia humana no discierna estos misterios, siempre queda abierta alguna puerta que nos da un indicio de aquello que para muchos es mera suposición. Si esto no es posible, si las cosas tienen otras características, no quiero imaginarlas siquiera. ¡Claro!, sé que estoy delirando; ay si no fuera así. Con qué dolor estuviera estampando estas frases en el papel. Ay, si no soñara, qué fuera de mis ansias de vivir y de esperar. Hay quienes no esperan nada, hay otros que esperan mucho; no sé si lo que yo espero sea tanto, como para pensar: hasta allá no alcanza la escalera; confórmate con saber que los que ya no están vivos, no sienten ningún dolor, porque ya no existen, porque su nombre fue borrado. Eso sería tan terrible, que admitirlo resultaría doloroso, injusto y cruel, tanto, que no quedarían esperanzas para seguir avanzando hasta el destino final. Aquí en este mismo instante debería acabar todo, nada de abrigar esperanzas. Mas, por el poder de la fe, doy por sentado: que no somos inmortales, pero sí tenemos opción de serlo algún día, un día que no sabré predecir.
Con cuánto gusto eligiera, si eso fuera posible, seleccionar el estadio en donde después de mi muerte, mi alma fuera a habitar. Seguro que eligiera un lugar, el más cercano, junto al alma de mi madre, único ser en quien busco la paz de mi conciencia; es decir, mi felicidad. Ya que Ella se encuentra cerca, muy cerca de Dios, fuente de toda forma de vida, incluso, la espiritual.
Algunos podrán objetarme; ¿eso quién te lo informó? Es de esperar que así ocurra, es razonable; pero no podrán en ningún momento negarme el derecho de expresar mis deseos más secretos; mi manera de creer, mi convicción que no es otra que mi fe. Lo demás es sueño vano, desesperanza, y un viaje sin sitio alguno al cual se pueda llegar.
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