martes, 22 de marzo de 2016
DAR UN VISTAZO
DAR UN VISTAZO
El hombre ante el infinito
***
Pasarás junto a mi humanidad sin hacer ruido, como pasa la luz de la mañana silenciosa, revistiendo con su lumbre un campo ya desierto pero en espera de todo cuanto en él caiga.
No me asombran tus ojos, ni el aire de frialdad que impones a tu rostro, que llenó mi corazón de dulces fantasías. Más allá de las meras apariencias, hay un vacío, y en éste, no se puede apreciar ninguna forma.
No sabrás cuanto te amé, y mucho menos cuando empecé a arrojar tu recuerdo hacia el olvido. ¡Oh olvido!, qué remedio más eficaz contra todo pesar el que nos dio la vida.
Mientras más piensa el hombre, más desafortunado se hace. ¿Qué límites demarcan sus expectantes pensamientos? La luz del entendimiento no supera a la porfía de indagar por todas partes lo que ya fue, lo que es y lo que será después, cuando los ojos ya cansados no puedan mirar con nitidez la luz del día.
Después de todo, para qué se quiere ver lo que después de pasado un momento no es otra cosa que un recuerdo cuyas vibraciones a veces perduran por un tiempo y luego en silencio se tornan en el peor de los olvidos.
¿En dónde está la felicidad por todos añorada? ¡Ah!, si el botón de la rosa que se abre, permaneciera para siempre con toda su hermosura. El tiempo en su transcurso lo convierte, primero, en flor hecha, después en mísero despojo.
Cambio y transformación constante es lo único cierto que se tienen. Ver caer un astro hacia el abismo es igual que ver pasar la vida y todos sus asuntos, alegrías, tristezas y delirios.
Sobre la tierra está la gloria de los vivos, que es la vida misma con sus pasos. Sobre la muerte está la gloria de los muertos, hasta el momento presente ignorada y rehuida. Un pálpito indecible percibe lo distante, unas pupilas generosas observan lo factible, entre tanto una pequeña grieta intuye y propaga lo que ha sido percibido.
Flordeliso, amigo o enemigo, no me importa. Lo que me incumbe es saber que has estado a mi lado desde el día en que la noche, trayendo sus rumores de selva vesperal, llegué al mundo cual un bajel que arriba cargado de posibilidades, pero abatido; pone en manos de quien lo recibe todo el temor que dejan los espasmos del dolor en medio del piélago iracundo.
Hay alguien que se agita entre las fauces de dos abismos, el de arriba y el de abajo, Él mismo es un abismo que se une a los primeros. Entre abismo y abismo no hay fisuras, una fuerza mayor los hace permanecer siempre unidos. El ser humano es una parte del todo, igual en valor a la primera parte. Antes del Odio estuvo presente el Amor, que fue el pionero de todo lo que el ojo humano contempló casi perplejo, cuando al pasar la noche llegó el día, con él el destello de un sol refulgente, pero esquivo.
El amor tantas veces prometido, el amor tantas veces insultado, une y reúne el Cielo y la Tierra… Luego llega el odio y los separa. No hay que temerle a lo uno ni a lo otro, ambos son parte de un binomio y si se alejan, sólo el vacío como si nada existiera no respeta ley alguna, imperará sin control como una llaga.
Quisiera hacer una reflexión y corregir, si fuese posible todas mis malas andadas. Comprendo que no puedo cambiar mi destino, porque sé que la eternidad se traga todo hueso que allí va a parar, y no son pocos, tan crecida es la suma y sin embargo, no está colmada la avaricia de ese monstruo que todo lo tritura, ignoro si por placer, y doy por sentado que éste se alimenta de sus propios desechos y se renueva de manera continua.
Cada caso sucede en el momento correspondiente. El universo tiene un ritmo que ni se acelera ni se aminora.
Al traspasar el umbral de lo enigmático está la noche con su apariencia recia y su caricia helada.
No trates de retener tu vida, el morir es más natural que recibirla.
Mientras en la calle con frenesí trepida la bulla, en la penumbra se escucha una triste canción. Si todos comprendieran qué pensamientos pasan por la mente, o qué actitud asume el que al dejar la plebe se oculta tras de las apariencias del desdén.
Tanto renegué del amor, sus atractivos y marrullerías, que al final tuve que admitirlo, no como una vivencia, sino como algo soñado, aunque sentido. Unos ojos verdes, por cierto, una sonrisa fresca, unas palabras aunque pocas, me hicieron comprender que el amor existe, que es hermoso, así traiga el dolor y conturbe nuestro espíritu.
Premonición de olvido trae la tarde, todo olvido tiene el sello de quien fue amado, o al menos deseado por algo en particular. Hoy su sombra no cruza por la calle que recorro diariamente, si volviera a encontrar aquella persona que admiré, no tendríamos nada qué decirnos, ni siquiera una mirada, menos una sonrisa, ni siquiera un gesto de admiración.
¡Cómo es la ilusión de efímera y qué deleznable el destino!
No vivo en un palacio rodeado de espejos refulgentes y bruñidos. Mi pasado no es glorioso, ni el presente tiene valor definitivo. En la estancia una palma se confunde con un río y mi experiencia sabe que palma y río no permanecen.
Los pasos que ineluctablemente hacia el olvido avanzan, son lentos y tienen la constancia del bicho que taladra. No hay desvío ni atajo por el cual se evada el paso. La lucha de la razón aquí resulta vacua.
¿Qué hacer entonces, si la fuerza que por el espacio arrastre, es tanta que nos obliga a cada instante avanzar sin detenernos? No luches, sigue el paso de lo envolvente y olvídate que puedes liberarte. A flote sale del agua el tronco, y no porque su lucha así lo determine, es porque se ha entregado, y quien se entrega vence o sobrevive.
Cambios continuos completan lo ya iniciado. A lo completo sigue lo decadente cuando avanza el deterioro. Ver caer un astro hacia el abismo es igual que ver pasar la vida y todos sus atractivos, alegrías, tristezas y delirios; panes que tienen que comer todas las almas, pues sin ellos, ni es vida la vida ni llega a ser realidad lo que se espera.
El tiempo es la mejor medicina para sanar los corazones heridos. Después del tiempo, el tiempo; ya lo han dicho y aclarado. Sin embargo, ahí está la herida abierta como el pico de un pichón que reclama el alimento. Un misterio encierra otro misterio. Es posible que no haya ni uno de los llamados misterios, quizás sea simple y llanamente que nuestra mente y su conocimiento no alcanza a abarcar el asunto que se le pone en frente.
Por medio de la locura la humanidad ha llegado a conocer muchas cosas de gran trascendencia. Por medio de la razón se hunden muchas. Sócrates y Jesucristo murieron de razón. La divina Comedia de Dante dice: “Arroja la esperanza”. Es decir, que en la lobreguez del infierno ésta resulta innecesaria. Aquí en el lugar donde se expande el día, aquélla resulta indispensable. ¿Por qué? Tal vez una noche envuelva al alma sofocándola y por eso tenga la necesidad de algún consuelo.
La vida es una gran verdad envuelta en una gran mentira. Lo que parece verdad, es ilusión hecha forma.
Forma de tigre o de paloma; formas de ojillos que tejen otras formas más sutiles.
No me digan que el jaguar es un bicho despreciable, no he visto mayor encanto que sus ojos y sus pintas.
Sol de las selvas tupidas, casi un dios que causa espanto; espanto porque el espanto es conocido por todos.
¿Quién ignora lo que se siente cuando el rayo viene a tierra, y hendiéndose el escorpión amedrenta con su cola?
De todas las travesuras la de Cupido es la más hermosa. Sin embargo, cuando apunta su flecha en lugar vedado, como un Sultán que ha perdido su comarca y sus vasallos, cual una estrella caída se amilana y desespera.
La verdad sólo la trae la tragedia y el olvido. La paloma, si supiéramos, en ella encontraríamos ese algo que se pierde, que se aleja sin que vuelva hasta nosotros, nos deja llenos de aquello que no es dolor y no es tormento, justamente lo contrario, bienestar y regocijo.
Galopan los caballos a lo largo de la llanura; las miradas de los hombres les infunden grande intriga. El reino de la desventura es el lugar más cercano al temible más temido. No se trata de desconsuelo, se trata de desamor, la ofensa que el cielo sufrió sin cura definitiva. La espera ha sido larga y no se escucha el más leve rumor de reconciliación entre las sombras.
***
Cada cual tiene su historia, y ésta lo exalta y engrandece hasta llegar a tocar la punta de alguna estrella, confundiéndose con su brillo y esplendor figurativo. Otras veces nos lleva a un simple sumidero en donde todo lo que creíamos precioso no es más que residuos de minas ya trabajadas, que ya no son, aunque hayan sido.
La existencia es igual a un desagüe por el cual desaparece nuestro ser ya fatigado. Si riendo, si llorando, si ligero, si despacio da igual, al mismo lugar llegamos. El corazón solitario va sin tregua y busca el fin, en el transcurso se obstina, pero la fuerza que atrae es más fuerte que el deseo de seguir perteneciendo a un mundo que nos rechaza y no nos reconoce.
Aunque la noche cierre sus pupilas de hierro, una ventana quedará abierta en el alma hacia una vertiginosa inmensidad.
Solitario, solitario, solitario como quien canta una canción frente a la mar, no me asombro ni me inmuto. Desde hace mucho tiempo tuve la dicha o la desdicha de ser un navegante de descampado que sin ver el mar, soy el más seguro admirador con que éste cuenta.
Admiré lo que los verdaderos marineros no disciernen: la mar en su extensión es el hogar; la madre que tierna nos arrulla. El destino final que he ambicionado, lejos de las costas cambiantes y engañosas, de movedizas arenas sobre las cuales el hombre es un simple soñador. Allá en donde el sol al morir tiene la majestuosidad de un rey al despedirse y las olas, el encanto de una muchedumbre desintegrándose.
No existe lo perdurable, lo mutable es la ley de la expansión.
Si no puedes perdonar las ofensas, no te dejes paralizar por ellas. Cuando te insulten, escupe y sigue tu camino, como quien dice: ni la suela de un zapato me ensuciaron, no fue tanto como para perder mi compostura y posición.
A la sonrisa que te muestren corresponde, y no vayas a creer que fue sincera. Si te elogian, agradece y no obstante, ten presente: la efusión de los aplausos es sesgada. La única demostración de sinceridad se recibe cuando caes y te dan la mano para que te levantes y te restablezcas.
No te vayas a perder entre las tumbas de este cementerio inmenso por cual caminamos a diario. Sábelo bien; desconfía si no quieres caer antes de tiempo. La hipocresía es sutil pero efectiva y la cara más risueña puede llevar en el fondo la hiel de un escorpión; aunque tú no veas su veneno es letal y cumple su función. Las apariencias ocultan lo que encubren. Cuánto barro esconde el pozo azul y cuánta inmundicia las calles asfaltadas.
Gotas de vino vierte la luna; la estrella de la tarde tiene fulgor azul. Todo parece como salido de un cuento amable, una leyenda antigua que por mucho tiempo dejó de circular y se renueva.
Como diamantes se ven los ventanales de la ciudad, mirados desde lejos. Árboles mustios medio quemados por quienes hacen paseos de olla. El cielo muestra su mejor apariencia; una estrella lejana brilla como la llama de un cirio que tirita sin cesar, parece un alma que pide ayuda.
Noche de despedidas, adioses silenciosos; al despuntar la aurora se me presentó un lindo sueño, aunque fugaz. Un niño de unos once años llegó hasta mí, se acunó entre mis brazos, reposando tranquilo y sereno sin ansiedad ni temor.
Tenía el cabello rizado color castaño claro tirando a rubio; su piel clara y tersa como el nácar o el marfil. Vestía una camiseta blanca y pantalones color marrón; parecía cansado como esos peregrinos que regresan de un largo viaje.
Durante el transcurso del sueño, ni un mínimo gesto impúdico, ni un pensamiento procaz; la trasparencia era absoluta, el beneplácito total. ¿Quién era? Sábelo Dios, tal vez la encarnación de una idea. De una vida privada de cariño, la ensoñación. Un deseo frustrado; algo que el filo del tiempo tronchó. Los sueños son esas chispas que sin que pierdan su esencia, parten desde muy remotos recuerdos, vienen y nos visitan como el amigo que vuelve después de una larga ausencia; no tienen nada de extraño y sí mucho que creíamos que se había extinguido para siempre.
Leyendo y releyendo el libro de la Vida, al pasar cada una de sus páginas me asombro. Cómo puede un libro ser leído desde antes de ser escrito, eso parece fantasioso, pero cierto.
Así los libros traten muchos temas, hay tres que sobrepasan en extensión sobre los otros. La Vida, el Amor y la Muerte. Nacimos para amar, han dicho varios escritores y poetas; para morir dicen algunos. Si nacimos para amar, por qué se odia a veces sin motivo a algunos seres, y si nacimos para morir, valiente gracia; abrir los ojos, mirar lo que pasa, sin dar tregua para nada que no sea su transcurso ineluctable. Mover los labios y decir unas palabras y después caer al silencio. Eso me atedia y me causa un quebranto sobrehumano. Negar esa realidad, es ser un necio.
Necio, farsante, tartufo, o malandrín; ¿qué ventaja sobre éstos tiene el sabio?
Una misma puerta se abre para todos, lo que esté al traspasar el umbral es un enigma.
El por qué, el cuándo y el cómo, cada cual se lo encuentra en su camino.
Quisiera brindar por aquellos que han sabido amar y que murieron por una causa que los llevó muy lejos, no miraron atrás, siempre estuvieron con los ojos puestos en la meta, sin hacer rodeos y sin cambiar de rumbo.
La luz brillante de la mañana se derrama a bocanadas desde la cima al valle. Todo es precioso desde su inicio, como es asombrosa la orientación que sigue en su transcurso la creación entera.
Dicen unos: Es obra del espíritu que todo lo puede. En tanto otros opinan lo contrario: El espíritu va tras de la materia, que es primera.
No hay tal, el espíritu y la materia van juntos, no pueden separarse porque entonces, ni el uno tiene en donde proyectarse, ni la otra puede tener un soplo que la anime.
Un día, el menos esperado, un torbellino se contrae; el rayo salta, la Tierra se estremece, en ese instante queda embarazada, lista para dar el fruto que lleva en sus entrañas. La operación parece bien sencilla, ha de saberse que han pasado muchos años ensayándola. En el ensayo y en el resultado está la inteligencia. Después de todo, la iluminación anhelada nace de una decisión bien tomada y cultivada con constancia firme.
El que no piensa ni proyecta un vuelo, es como un tronco que no retoña, va hacia la tierra en donde todo acaba, ya no le queda razón a la cual pueda afianzar sus raíces desprendidas.
Ha soplado el sentimiento del mundo sobre las más sonoras liras, haciéndolas cantar. También los tambores, sin que puedan hacerlo como aquéllas, expanden su sonido atronador, éstos con su ritmo que atrae, manifiestan un dolor profundo e inmenso que más que todo es un ruego trepidante.
De las cosas que afligen al hombre, la más amarga de todas, es saber que amamos y que el destino nos deja suspirando, mirando cómo se aleja en silencio la ilusión hacia el puerto en el cual nada es posible, excepto el consuelo angustioso del olvido.
Cuando la vida termina llega el descanso total, las ansiedades del corazón se borran. Ahí sí, que pase el tiempo y la razón naufrague, que siga el viento barriendo con su paso lo que aún reste del naufragio.
¡Oh el vacio que todo lo encierra sin que falte ninguna de las partes!
***
Vosotros los que tenéis la gracia procedente de los dioses de saborear el rojo jugo de las vides, tened presente su valor real y no el ficticio.
No puedo trasmitiros la idea que tuvieron los primeros fabricantes. Tal vez no previeron los alcances de este néctar, que luego fue escanciado por doncellas hermosas y donceles selectos por su presencia brillante y armoniosa. Las bocas que perseguían la senda de la inmortalidad lo degustaron y se sintieron cerquita de la gloria.
No hay inmortalidad, si el alma no puede penetrar lo inconquistable, por eso hicieron el vino; con su ayuda se llega a hallar la puerta de la felicidad. Mas tenlo presente; la felicidad no existe, parte de ésta está en lo que se desea y no en lo que se obtiene. Cuando lo deseado llega a ser nuestro, pierde el encanto y se transforma.
Después de escalar una cumbre vemos otra, en el deseo de llegar hasta ella está la emoción que nos arrastra. Todo es continua expectación, vano delirio y un ir cayendo al vacio sin que nos demos cuenta.
El pasado y el porvenir ilusiones son. Realidad, el presente con sus circunstancias, sinsabores y penas que la vida trae. Una mirada al oriente, otra al poniente dan la dimensión correcta, ni una pulgada más ni una menos; estamos en el sitio debido, como corresponde. Mañana, lo que hoy llamamos amores, resultarán ser meras añoranzas, encogimientos del corazón y acaso la nieve de los años nos envuelva en su caricia yerta como a una madreselva. Pueden surgir gratas y magníficas historias que se han de recordar entre los nuestros, haciendo mención de ellas como si fueran leyendas de tierras lejanas; experiencias que rozaron nuestros dedos, o lo más corriente, nuestra mirada atenta que vio una luna nueva y la mágica belleza de una puesta de sol, cuadro impactante. ¡Ay!, pero el cansancio es tanto que un lampo de tristeza puede teñir de vaga sombra el punto más interesante de aquellas narraciones. Unas fabulosas, otras no tanto, en cada una de ellas, el alma estacionada como si fuese un barco varado en altamar. Aquí si no hay remedio, todos han sido agotados; no quedan esperanzas y la ventura vuela como la paloma de la leyenda antigua, en busca de un ramito de olivo, que demuestre que hay vida aunque muy lejos, y que de todos modos no está perdido el intento de hallar algo mejor.
¿Algo mejor, han dicho? Me río de la dicha, si ésta fuera permanente apostaría a quedarme es esa mi posición. De eso tan bueno no dan en cantidad. Lo cambiante y lo mutante es la constante segura, lo demás es mera ilusión.
Aquí donde me encuentro y en esta misma hora, veo con gran certeza que, cuanto he soñado es polvo ya barrido, basura en un cajón. De lo demás no hay quien me dé razón, tal vez porque eran cosas que no podían existir. El desear es humano, el cumplimiento de aquél, tiene sus leyes y sus requisitos, un mínimo desajuste echa a perder el tramo andado. Una tabla en el vacío, causal de desunión rompe el hechizo.
Un pescador rudo y sin brillo, saca del lago algunos peces y los arroja a un recipiente pintoresco, en donde aquéllos quedan hechizados como los ojos de una monja en el transcurso de un milagro.
En un taller, un forjador de imágenes talladas, con su cincel y su martillo, dando unos golpes pausados y medidos, saca de su imaginación una figura como ninguna igual, del mármol frio.
Con cuánta paciencia realiza esa función, que también es su oficio; la más eterna, porque con ella se pude perpetuar la más leve y gentil de las sonrisas, más otra, y no de menos atención y compromiso: una lágrima que brota de unos ojos en que el dolor dejó sus huellas permanentes. Qué lágrima más pura y trasparentada, cual una perla diamantina suspendida en vilo sin que quiera caer y hacerse daño. Si se rompe el cristal y todo objeto quebradizo, no se fuera a quebrar un alma sola cuando presiente de cerca que un escoplo, y no de hierro, pretende perforar su simetría.
El pescador, el escultor, el pastor, el obrero y el hombre culto; todos a la vez son creadores. Unos crean el bienestar para sus hijos, el otro crea y recrea, transformando el panorama universal constantemente. Son oficios sencillos, pero llevan un mensaje singular, dar forma al alma. Ésta no es más que nuestra vida, cuyo valor radica en su presencia; en estar en la lucha y no en espera que le llueva del cielo lo que quiere.
LA SENTENCIA
Mi canto vive de canto, sueña con la muerte y no se engaña, admite que la vida es breve y pasa sin tregua como el agua escapándose entre las breñas del tiempo, sin que de ella se pueda asir siquiera una esperanza.
Sin excepción, como el faisán la mariposa; como la hormiga la tremenda harpía; todas pasan, se van y no regresan. Aunque dejen sembradas sus simientes son meras cosas que tuvieron vida, estuvieron presentes y se fueron. Todo en el mundo es un renuevo del árbol que ya fue, y que hoy es polvo.
Me asombra y sorprende la mirada pausada y fija de quien muere, dirigida al ser que más amó en la vida, que deja plantado a la vera de la vía, sin saber porqué senderos se va el alma del que viaja. Nadie habrá de saberlo ni comprenderlo nunca. El Destino final, tremendo Arcano.
Si uno mientras vive, de algo sirve, algo lo recordarán después de muerto. Si de nada ha servido, en el acto de morir ya está olvidado.
Por la sabia que mana de la tierra, por la lluvia que cae de lo alto: Por el Sol que alumbra y suministra al vientre de la Tierra su sustento. Por la Luna que regula las cosechas y que siempre nos trae algún renuevo.
Por el pan, por el vino y la comida, la bebida, la leche, la cerveza; por la miel, síntesis de todo lo expresado y por esas aventuras que se cuentan como si fueran escenas de una comedia que ha empezado cuando aún era inútil nuestra vida.
Por toda la luz que el orbe tiene, quiero que vuelva mi espíritu a su sitio. Por el viento que acaricia mis mejillas y por la quietud aparente del cielo que me envuelve. Porque todo, aunque cambiado está presente y su transcurso es permanente. Con amor o sin él la vida sigue.
El amor, bien puede ser una flor que se destroza sin consecuencia alguna, o lo contrario, algo muy feo y triste, pero humano. En el bote de basura, las flores más lindas son despojos, y una estrella al caer pierde el brillo, quedando desprovista de la gracia que la precedía.
Al vacío cayó todo el embrujo de una ilusión, cuyos síntomas auguraban, no lo mejor, sino lo que ya descubierto resulta ser, el alarido de un perro que ladra ante su noche. Qué triste es la noche de los perros.
CANCIÓN DE LOS BORDADORES
En el seno de un hogar todo florece, hasta la estufa a gas tienen sus flores. El mantel, el cobertor, las sábanas; hasta las fundas que visten las almohadas.
Los pañales, los petos, los baberos; las pañaleras reforzadas, los bolsos, el ombliguero, y hasta ese paño que cubre lo que un día ha de ocultarse con superlativo pudor y modestia inquisitiva.
El oficio de bordar tiene de bueno que al realizar las funciones más sencillas, trae al alma la esencia de las flores y las delicias de un día sosegado. Todo, porque unas manos industriosas lo realizan, y porque una mente creativa lo programa.
Unos bordan con hilo y son felices, porque ven su obra terminada. Hay quienes lo hacen con palabras, éstas como el aire son ariscas; muchas veces se quedan en espera de otra voz que las empuje y las lleve hasta la idea.
El arte de bordar es muy antiguo y no por eso el encanto lo abandona. En él hay pasión, entusiasmo y beneplácito.
Una prenda de vestir bordada con esmero, lleva mucho de quien hizo el oficio, al convertirla en algo más que un simple trapo ordinario y falto de atractivo. Un toque creativo singulariza y hace que una prenda de vestir sea interesante y codiciada. El entramado del hilo entre la tela, lo propicia.
Si el hecho de bordar alegra, bordemos y esperemos que otras manos reciban el trabajo agradecidas.
***
Hay veces en que sólo nos quedan las palabras, y si a fallar llegaran, los ojos abismados comprobarían lo que en la tupida selva de las neuronas dejó de funcionar; un parpadeo agitado como pidiendo ayuda trasluce el “no mensaje”, cual si dijese: qué pasó.
Son cosas muy sentidas igual que tantas otras, en el presente caso triunfó la ofuscación. Tal vez porque no hubo siquiera una salida, o porque de tantas puertas ninguna se entreabrió.
No todo está perdido, siéntase seguro, los males por oscuros que sean, siempre tienen su cura y solución; minutos antes del viaje hacia el olvido, no antes ni después.
TAL VEZ UN POCO CRUEL
No sólo de pan y vino vive el hombre, ni de estrellas y Mitos. Mirando al derredor, vemos un mundo que sin tregua nos reclama y nos sorprende. Nada requiere en realidad, sino que él pueda seguir sus funciones y marchar en el espacio como ha sido desde el día en que la ley natural trazó su destino ineluctable. ¿Hasta cuándo? Hasta que el hombre, antiguo trepador de robles y de acacias, con su ambición de infinito y de poder, lo permita al cambiar la atmósfera por humo tóxico y el oxígeno por gases letales, producto de materia en combustión.
Una cosa muy pequeña que parece un mango del tamaño de un puño, es el causante. La medida de la ambición parte de aquél: no se llena aunque pequeño, con todo lo que le ponga la vida enfrente. Sin saber de matemáticas hace cómputos de gigantesca dimensión. Si se equivoca lo hace para el lado que le incumbe y no admite reclamos ni cede ante ruegos ni clamores.
No obstante, cuando falla, sintiéndose indefenso clama e impreca como si fuese el único que tuviera la absoluta razón de ser y de existir.
Al hombre lo persiguen muchos males; la soledad, la inquietud, la duda desgarradora; el cansancio que lo vence y lo hace inerme. Ese sin fin de insultos que le avientan cada vez que se aparta del camino. Cuando hace algo de valor, lo demeritan y si trata de resurgir, le ponen trabas.
En contraparte, lo persigue a donde vaya la ansiedad constante de infinito; un deseo secreto de eternidad y de sobrepasar las leyes naturales, tocar así las fronteras donde empiezan otros cielos, otros soles y otros mundos.
Para el humano que nace de la misma manera que los otros de su especie, su mundo es éste, el conocido, el maltratado, que le entrega cuanto requiere, sobrepasando el ardor que lo acompaña. Los otros mundos son lejanos e imposibles, por la misma naturaleza de éstos, inalcanzables, haciendo así que sean añorados e induciendo a creer que son eternos.
Nada es eterno, excepto el ir de paso sin volver atrás, sin detenerse.
CORTO VIAJE
En el camino de la noche nos detuvimos a contemplar la luna que bajaba, casi estrellándose en la cima coronada por un fulgor lácteo opalino.
La estrella más cercana no tenía más que dos centímetros de diámetro, tan pequeña parecía. Y saber que estaba a mil quinientos millones de kilómetros de la Tierra. Nuestros ojos la miraban asombrados como el niño que mira una luciérnaga. ¿Cómo puede en unas pupilas diminutas caber el espacio inconmensurable, y además una estrella y tantas otras?
Al bajar los ojos hasta el suelo, pensé otra cosa más profunda: tan pequeña la Tierra, tan inmenso el universo. ¿Acaso no es por eso que el hombre sufre tanto? Sufre por su pequeñez, porque ambiciona cosas grandes, y al pensar en su fin se desespera.
Por eso al hombre le infundieron la esperanza.
Por las ventanas de tus ojos no entrará la noche, y si a entrar llagase, luces de claridades eternas en su lugar alumbrarían, entonces.
No es que la noche de por sí, sea mala ni que llegue a oscurecer el sitio en donde la bondad se anida.
La noche encierra algo indefinido, pero cierto: ¿por qué, cuando transcurre se aumentan los dolores, y por qué el pesar encuentra como a la cuna el niño?
Quien interroga, sabe que hay muchas cosas simples que no tienen respuesta, aunque también admite, que si la luz titila, en ello hay un motivo implícito.
No todos los espejos son fieles a la imagen que se les pone enfrente, ni todos los sonidos conservan su original cadencia.
No todas las miradas trascienden lo eterno indescifrable, ni el corazón presiente todo lo que el mañana augura.
“Hay un momento en el crepúsculo en que las cosas brillan más”. Hay un instante en la mañana y en que el cielo es más azul. Hay minutos en nuestra vida que para siempre debieran perdurar. Veamos uno de éstos en la voz de José Saramago.
(…)“éste es el instante en que recogiéramos para nosotros, la ciudad dormida, el sol parado, la luz intangible; un muchachito mirando las cosas, enrollado en una manta, con una alforja a sus pies y el mundo todo, el de cerca y el de lejos, suspenso a la espera. No es posible, se ha movido ya, el instante vino y pasó, el tiempo nos lleva hasta donde una memoria inventa, fue así, todo es lo que digamos que fue. El peregrino sigue su trasegar por la ciudad escueta, mientras el tiempo avanza.”
Cada cual tiene su historia, y ésta lo exalta y lo engrandece. Otras veces nos lleva a un simple sumidero, en donde lo que creíamos precioso, no es más que residuos sin valor. Ahí las penas, pesares, tristezas y amarguras se turnan de una en dos; encima la certeza de ser un simple reducto de un batallón que fue desintegrado en la lucha tenaz de la existencia. Reducir el impulso y deponer las armas nos ha exigido la voz de algún Mayor.
Continuamos avanzando, la marcha no termina, riendo o llorando, ligero o despacio; en compañía de otros o solos, tenemos que llegar hasta donde las líneas paralelas desaparecen al tocar las fronteras que lo definen todo: lo mismo el Bien que el Mal.
El cuerpo es la antorcha, el alma, su luz. El día pregona, la noche recoge. Las voces del mundo son meros clamores. Las voces del cielo son esas promesas que aparecen en los sueños, y cuando amanece miramos en torno que todo está igual. ¿Igual? No todo, el cielo es el mismo, el agua y el viento; no obstante, al traspasar las puertas de nuestro santuario, miramos que han muerto de las ilusiones la suma mayor. Marchamos en pos de otro sueño, queremos unirnos a quienes creímos nuestros, ¡Oh triste momento! Quedó al descubierto que sólo contamos con nuestro pesar. Aquellos ya fueron, ahora otros intereses cautivan sus vidas. Sigamos entonces, la ruta que nos pertenece sin ambicionar, y sin el menor reproche echemos al abismo misericordioso de la sin razón, todas las inquietudes, todas las ansiedades y como una mariposa que cierra sus dos alas, dejemos que el tiempo traiga lo que bien ha de traer.
El mar que ha sido río conserva un poco de su dulzura original. En el río del tiempo fluye y confluye el hoy igual que el ayer…El mañana, cuando, despunte el alba, se le verá su cara.
La esperanza es hija legítima de la acción, si así no lo fuere sería bastarda.
Al hombre le han prometido de todo en abundancia: una tierra, una patria, un lugar en el cielo, la gloria. Además un sin número de artificialidades tontarronas.
Lo que tenemos en realidad no es mucho, eso sí, de grande valor y trascendencia; un par de ojos, un par de oídos y el mayor de todos los bienes, el cerebro. De allí parte la locomoción, el pensamiento y todo cuanto abarque, que bien puede resultar ilimitado. Todo acontecer, todo giro, todo movimiento y hasta lo que no perciben los sentidos, es producto de ese centro dinámico a cuya función le debemos todo lo ha sido realizado a través de los siglos, que no es poco. Las formas de buscar lo necesario, para vivir, amar, pensar, ser una persona cuerda y responsable. Dejemos que este portento ingenioso, obre y actúe. Más allá de sus facultades está la oscuridad permanente, si alguna claridad se ve, son los reflejos de su misma actividad proyectada al infinito. En este órgano pequeño, del tamaño de una guanábana mediana se encuentra, para el que lo posee, la Tierra prometida, su patria, su hogar, su cielo, su ventura.
Los recuerdos de la lejana juventud golpean el alma, traídos por los aromas de los pinares y las matas de eneldo y mejorana.
Primavera de mi vida, ¿en dónde están ahora los botones encendidos de sus sueños dorados? Hay calma en los lagos, serenidad en los entornos, sólo en el alma se agita la flor que un día me trajo el padecer al sentir que era un extraño entre tantas cabezas privilegiadas.
Los lugares recorridos, las leguas andadas han alejado y borrado los senderos por los cuales anduve cantando la canción sonora, que el hecho de existir ponía en mis labios. Eso fue hace tantos años, que esto ya es un sueño, y muy liviano.
Otras notas y otros cantos surgieron como sacadas de un lugar olvidado en el que estuvo presente una ilusión. ¿Qué fue de ella? Se ha transformado en la continua agitación que me llevó a pisar la tierra en que principia la zona gris y sus heladas cimas. Hasta cierto punto un corazón que deja de amar se le apaga la vida. Y si este corazón no ha amado nunca, ¿en qué condición ha permanecido? Son pocas las satisfacciones que el vencido tiene, una entre esas pocas; saberse como el romero del huerto, que fue sembrado y permanece perenne sin que lo reseque el calor ni se amilane cuando le llega el filo de la navaja con su caricia yerta. La acción más grande es la de morir sin remilgos, sin oponerse a nada.
Lo que fue de mi juventud, lo sabe el viento… A veces creo que nunca fui joven y que la esperanza no se hizo presente en el panorama de mi vida, que fui un ser sin rumbo y sin amor, así el canto y los guiños de las sirenas hubieran acometido, yo continué mi camino, y en sus bifurcaciones y recodos me perdí sintiéndome excluido. Por eso no puedo decir, no soy de aquí ni de allá; fui de todas partes y de ninguna en particular, porque el lugar para las almas solas está en la etérea región del infinito, en él habitan los que en el mundo no encontraron un punto al cual asirse. Y dicen que el mundo es para todos. Sí, pero hay casos en que las ansias de volar sobrepasan a la ley de la atracción y otros minucias. Así vamos escalando hasta llegar al límite que a cada cual le corresponde.
Todo el atractivo que la vida tiene, junto al valor que se desprende de ella, está en saber que si tenemos algo valioso que nos singularice, ello es prestado y no nos pertenece. Quien lo puede aclarar no está presente y cuando esté, el reloj de arena estará colmado y la garrafa de cristal vuelta ya añicos.
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