martes, 22 de marzo de 2016

TENGO UN POEMA ESCONDIDO

TENGO UN POEMA ESCONDIDO El alma de mi poema se ha cansado y sin embargo quiere continuar su camino hasta el ocaso. Tengo un poema escondido entre mi yo, mi mente, alma, vida y su razón. Poema que no he podido echar a andar por la vía florida de la ilusión hasta llegar a la culminación anhelada. Y como pasaron los años y el verso quedó estancado; otros versos diferentes aparecen, que ni siquiera se acercan a los que debiera mostrar, que fueron los preferidos. Me iré con los versos sabios con sabor a nieve y humo, y en medio de valles rudos haré de ellos un jardín. Quienes a aquéllos se acerquen, mirarán cuando me muera, las flores del olvido, pues de olvido siempre fueron, son y habrán de ser. Saldré de paseo y llevaré mi Poema encerrado en el alma, sin que se merme su mérito. Así no pueda caminar por sí mismo, lo llevaré de la mano como a un niño al que se quiere, porque niño y corazón son afines hasta el fin. Salí a la calle; la tarde estaba lluviosa y horrorosamente fría. Nada qué decir del color de las nubes, menos de la expresión que mostraban los rostros que vi a mi paso. Algunos mostraban la conturbación que aprieta como un nudo. Otros dejan ver el amargo de lo que espanta. Muy pocos mostraban la satisfacción que agrada al traer la calma. Llegué hasta el parque de “los pájaros caídos”. (Desconozco por qué lo llaman así). Sí sé que aquí vegetan unas aves que importunan a la mayoría de los transeúntes con algazaras mordaces. Emplean una forma rayada en la villanía contra quienes a ellas no se acerquen. Esas aves horrendas, despotrican, acusan, aseguran; hacen juicios. Son lo más inocentes, cuando recae sobre éstas una humana acusación, exclaman bien enojadas: ¿Usted no sabe quién soy? Cómo no se va a saber, si hasta los grillos conocen a quienes están allí, sin que les resten sus méritos. En este sitio no halló espacio mi Poema. Cómo podía ser así, cuando éste busca la claridad del Ser, la manifestación de la gracia salvadora, y ello está a mil kilómetros de distancia. No me quedó otra opción que la de encaminar mis pasos a un bar próximo en el cual colocan música de los años setentas, y como todavía no estaba presente la clientela habitual, pedí que colocaran tangos. Tango amigo del cambalache, del malevo y de la harpía, del hampa y sus comisiones. También de los corazones solitarios. Por obra de la casualidad o del destino el tango es dirimidor de traiciones y de intrigas, de venganzas y de pasiones tormentosas. ¿Quién entre los que escuchan tangos tiene una cara en la cual la alegría esté presente? Por eso el tango es de todos los ritmos que se conozcan el más frío, el más tristón, tan amargo que es mejor escucharlo cuando todo se derrumba y al corazón no le queda ni una mínima esperanza. Cuando se borra un camino, cuando una puerta se cierra; cuando la luz es tan tenue que ni siquiera se ve una moneda en el suelo, el tango recorre con su armonía los lugares que quedaron atrás, dormidos entre un alud de quebrantos. Aquí mi Poema se detuvo, no por mucho tiempo, acaso porque los temas que exponían eran cosas comunes y corrientes. Los lugares más comunes todavía. Seguí andando como en un sueño. (Tal vez soñaba). Por una calleja estrecha, un callejón de aspecto deprimente recorrí un tramo en bajada hasta una galería de presentación lúgubre como el resto del entorno. Las personas que por allí transitaban andaban como perdidas entre una selva distante. Vi que en ese lugar pululaban muchos perros flacos y sarnosos, hambrientos, desmechados como esos seres que van sin rumbo, sin aliciente por las calles fangosas de la indigencia, fruto de la desigualdad. ¡Ah mi tristeza! ¿Qué es esto que huele a desperdicios de una fábrica de abono? Qué fue de la alegría, qué fue de tanto esplendor. Qué cambios tiene la vida, del paraíso al infierno solo hay un paso y no muy largo. Aquí no podía estacionar mi Poema, tenía que salir cuanto antes. Cuando di los primeros pasos, me di cuenta que había olvidado la entrada e ignoraba totalmente la salida. Recorrí el lugar en todas las direcciones: oriente, occidente, norte y sur. Por lo menos así lo creo. No encontré salida alguna: por doquier casetas, negocios en los que vendían cosas usadas y viejas; trebejos, cachivaches y otras cosas que no las nombro por insólitas. Cuando me sentí agotado me senté sobre una plataforma de cemento, casi a ras del suelo. Pensé: es de noche, sé que alumbran las estrellas y no las puedo mirar. Me doy cuenta que me encuentro en un lugar cerrado, no se contemplaba el cielo nocturno, por lo tanto, también debía de estar techado. Pasa un tiempo que se me hace interminable. Me acosa el sueño; duerno, no sé cuánto tiempo. De repente escucho el latido de un perro y veo cerca de mi cara sus dientes prestos a desfigurarla. Es un can enorme y además muy fuerte; es tanto el susto que me asalta, que lanzo un puñetazo acompañado de un grito enorme como hasta entonces no lo había emitido. Despierto, tomo consciencia con parsimonia engorrosa. Salto y veo con beneplácito, que me encuentro en mi habitación rodeado de todo lo que en el lenguaje coloquial llamamos, mío. La vida con su esplendor, el cielo abierto, la mente fresca y el corazón dispuesto a todo cuanto la oportunidad presenta. Fue un sueño nada más y qué sueño. Tengo tantos años, como hijos un maguey u hojas el libro El quijote. No obstante, mi Poema no envejece, ni sobre cosas impúdicas se adentra. No entiendo cómo pudo alguien envilecer mi Poema, denigrándolo con mordaz rencor, su estructura y su engranaje. Puede ser que quien lo hizo sea un pobre escribidor de versos cursis, o un don Zoilo pretencioso de los que no han de faltar. Prosigo protegiendo mi Poema de la osadía de tanto bribón, de tantos Juanes, y de aquellos que se creen más completos que una invasión llevada a efecto por los gringos. ¿Qué le importa a mi Poema lo que puedan hacer esos fantoches? Puede ser, puede no ser, entre una cosa y la otra hay un abismo. Claro está que en estos casos, el hecho de cavilar, es echarle más fuego al horno que arde como el infierno, (en caso de que lo haya). El hecho de denigrar sí es realidad. Mi poema es vagabundo compulsivo, y más que todo, puerta por la que entran casos y cosas artificialmente construidas y modificadas. En una palabra, la vida misma con sus muchas ambiciones y añoranzas; algo así como un tornado que todo lo absorbe y lo trastoca. Aquello de trastocar, es cosa de quienes buscan que el mundo marche al revés. A mí me fascina. Hay amigos sinceros, como también existen otros, que mostrándonos los dientes fingen sernos fieles hasta el fin. Uno siente sus influencias y se adhiere a sus pretensiones. Cuando ha pasado algún tiempo nos quedamos sorprendidos; cómo fue que le creímos a un patán estafador. La gloria tiene su cara y no del todo risueña; crepuscular su mirada y su sonrisa abismada, cual si tuviese presente algún engaño fatal. Gavilanes del espacio, palomas de los olivares; ¿qué relaciones existen entre especies tan distintas, la una tan prepotente, la otra sin ambición? No quiero comprometerme, aquello todos lo saben, el que manda y es más fuerte come el fruto que el otro plantó y regó. Qué se hizo mi poema, supuestamente guardado, fue una sátira que el viento desplegó en la inmensidad. Fue un resuello de angustiado, un resentido clamor de una persona que quiso que el sol alumbrara a todos, como estaba concebido desde antes de que las fieras empezaran a cazar, desollar y desmembrar. No duerme mucho el interés ni la ambición se descuida; el saber que el otro tiene un caudal en su poder, da motivo a que se ponga a trabajar la codicia y se busque con ahínco la manera de sacarlo de las manos del portador. Gran negocio es el de aquel que se pasa noche y día en pos de aquéllas ganancias, sean éstas justas o no. Lo mejor que tiene el mundo, es que el vivo va adelante, mientras el apocado camina sin saber a dónde va. La contraparte radica en cosa de mucho peso: cuando despierta el oprimido se tornará en opresor. Mi poema no fue en vano; al conocer el mal peor, puedo buscar que otros sigan preparando los caminos de una patria en donde brille esa perla que se llama, Tolerancia, cuyo sello trae a quienes la practican, el perdón, la Libertad. ¿Ambicionas más? No te engañes. Si quieres unirte al carro de los que sobrevivan al próximo desastre, no busques el poder. Busca la justicia rescatando una palabra ya olvidada: equidad. ¿Estás de acuerdo? Los pesos excesivos achatan las superficies planas, mientras las verticales se encorvan y colapsan. La palabra hablada a su debido tiempo es como la lluvia al árbol, como el calor al viento. Estuve cerca de un templo en donde el fervor ardía, en cada plegaria resonaba la voz dolorida de algún dolor secreto. El peso de todas las congojas, angustias y tormentos, conforman el fardo que tenemos que cargar. Decidme, ¿acaso el hombre se siente liberado de todos los errores posibles, que en el transcurso de su existencia pesan? Los humanos entregados a diversas ocupaciones, se bañan en la santidad de la fatiga. No sólo los hombres, también los árboles, los ríos, la luna y los planetas están entretenidos en su destino afecto. Ninguno reniega de la ocupación que a su incumbencia le fue notificada. ¿Por quién? Partir de algo existente, por lógico se tiene. ¿Quién ha existido antes de que brillara el día? El Sol, pero ya el Sol estaba programado formando la parte que le correspondía. Ni día ni noche, ni astros, ni Cielo ni Tierra, pueden sentirse libres de ser un día reformados. ¿Por qué pretende el hombre que eterno sea su día? ¿No ven cómo la lluvia que luego será un río, poco antes era nube? Y el diamante que ahora brilla con grandiosa refulgencia, ¿cuánto hace fue carbón? El agua trae la vida aunque es murmuradora. La lengua de los hombres¸ aunque bendice, también avienta el fuego que todo lo devora. Así de sencillo, como el que vende y compra, la humanidad se juega lo que le corresponde, a veces juega más, y entonces llega el peso que la aplasta y la sepulta. Creo en mi noche, creo en mi día y creo que llega la hora presentida de dejar el paso libre y despejar la vía. El Supremo Trasformador, este es el nombre que a mi Señor yo le he dado; si todo se transforma, yo lo seré también. El tiempo con su paso será la clave de ese proceso, lo demás, como cuando amanece y se echan a rodar todas las actividades del campo y la ciudad. Espacio verde azulino que circunda a las catedrales. Solaz de los albañiles que descansan sobre el prado, después de la dura lucha de su labor realizada. Soledad de campo abierto y senderos alejados, perdiéndose en los lugares donde los ojos no alcanzan ni siquiera a discernir si es bestia o humano el bulto que se pierde en la distancia. Nostalgia del peregrino cuyos pies ya están cansados, lo mismo que su alma buscan, un lugar una morada. Silencio de las estrellas, del río en el remanso hay calma; del arpa sus dulces notas, del bosque el perfume ignoto. De quien se fue, el recuerdo disolviéndose en el tiempo. Es larga la caravana de tanta estampa viajera. Los primeros que se fueron y son parte de la tierra, no se sabe si están en polvo o si el lodo los anega. A donde quiera que el hombre se dirija, tiene enfrente una sombra que lo aflige; la duda que aguijonee y la certeza de que está nadando en aguas turbias y malolientes. Una tendencia a buscar lo que cree que le corresponde lo impulsa con vehemencia. Al traspasar la barrera que divide y reúne, se da cuenta que es igual lo que tuvo y lo que ansiaba. Desesperadamente el hombre esclavo del infinito, va buscando en otra vida, que no es otra cosa que lo que tiene en ésta, y desprecia como si no le importase. Si la esperanza se acaba y el amor no ha funcionado, una falla traza el hito. El camino lo haces tú. Vuelve el lobo a su lugar, pero la oveja que ha sido de sus mandíbulas presa, se quedará en el olvido. ¡Es esa su suerte negra! Por mucho que se diga que está colmado el balcón alguna butaca queda.

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