martes, 22 de marzo de 2016
NO HOS ENGAÑEIS
NO HOS ENGAÑEIS
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Aunque no estoy investido de autoridad alguna, sí puedo opinar sobre ciertos casos que me han parecido de suma responsabilidad y de vital importancia: cada cual es dueño de su propia muerte, y lo único viable que deben hacer los facultativos que lo asisten, es que llegada la hora, ayuden al paciente a que tenga una muerte digna, mitigando sus padecimientos hasta el grado que les sea posible. Luego la muerte, ese trance aterrador cuya contraparte o lado positivo, es que mediante éste, todas las penas, dolores, angustias y tomentos llegan a ser sólo la pálida sombra de un hecho ineludible que se cumple por la programación biológica que nos puso en marcha y nos lleva hasta su culminación inevitable.
Cuando llegue mi muerte, espero que todo se lleve a efecto mediante las leyes naturales y no de manera artificial; no quiero que mi agonía se prolongue, quiero que estos huesos míos vayan al horno crematorio, o queden bajo la tierra solamente llevando las cicatrices que durante la vida recibieron.
Quiero que mi fallecimiento ocurra de manera silenciosa, que mi huída sea como la de la sombra que pasa, que sin que diga un adiós se aleja sin ninguna consecuencia.
A quienes me conocieron y vivieron más cerca, les debo mis disculpas. Sean éstas tan sinceras, tal como por fuerza y motivo de esas acciones, tienen que ser. No puedo quejarme de nada si no fuera porque en las entrañas, un rescoldo de fuegos nunca apagados del todo, agudizó mi sufrimiento llevándome a tener un comportamiento exagerado, fuera de lo normal. Pero esas son cosas que la vida nos adjudica y que debemos llevar sin reparos muy dentro del corazón.
Los próceres de la Independencia soportaron la fatiga al intuir que sus muchos anhelos irían a quedar frustrados, o por lo menos anclados entre lo que tenían programado y lo que llegó a resultar. Tomemos como ejemplo la historia ya conocida del hombre más eminente del panorama suramericano; Simón Bolívar. Llevar a término tantas peripecias y aventuras, luchando por una causa tan justa como objetiva… El resultado final, qué desencanto tan cruel.
Los poetas, quienes son también partes de los forjadores de sueños, y de esas realizaciones que el hombre pensador siente que emanan desde lo íntimo de su ser. ¿Qué ha sido de todo ello? Decidme qué resultados dieron los pensamientos de los grandes; de Federico García Lorca, Neruda, Aurelio Arturo, Álvaro Mutis, por citar tan sólo unos cuantos de los más cercanos. Los poemas de Borges, aunque un poco densos, son estupendos. Tantos y tan sustanciosos versos echados al viento, como quien arroja un ramillete de violetas al abismo y espera el eco acompañado de su exquisito aroma.
Mientras lo lejano atrae y embelesa, lo cercano nos conmueve hasta el grado de hacer que reflexionemos. Miremos las laceraciones de quienes en este momento avanzado de la historia están todavía a la espera de una verdadera justicia. ¿No es cierto que aquello sea motivo y origen de un malestar tan profundo que las arterias que cruzan nuestras carnes fatigadas se ponen como a la espera, no de un remedio provisional, sino de uno definitivo que cure el mal de raíz?
El mal peor, es no estar comprometidos con lo que de manera cierta está unido a la humanidad. No es que se persiga una cura milagrosa, aunque el milagro llega cuando todo se está cumpliendo. Lo que se precisa es que el hombre, y más que todo, los que tienen injerencias en la dirección del país, echen una mirada a su alrededor y miren con sus propios ojos en qué situación viven aquellos que están atrás.
A mí, eso por la razón que me orienta a perseguir un destino digno del ser humano, doy mi explicita opinión. No todo el que se levanta elevando una bandera es el líder que requiere la inaplazable transformación de un mundo que agoniza entre crisis bélicas, que por rigor natural emanan de los manejos de aquellos que en su ambición no miran a quienes padecen. Pero eso es cosa conocida desde tiempos muy remotos, mas no por ello deben de perpetuarse esas tendencias aberrantes, como si no hubiera otros medios más justos y más modernos.
Y al llegar al “modernismo”, la cosa toma otro cariz. Los pasados de moda, nosotros los más viejitos estamos mirando apenas cómo avanza la marea. Qué pensar, o qué decir de tanto objeto que llega creando necesidades que ni soñadas son buenas. Las contrapartes no cesan por mucho que se les quiera anular, pues si llega un nuevo invento, con él viene lo oculto. En el artículo viene la contaminación, ya sea del ruido, o de ondas electromagnéticas que alteran la personalidad de una manera sutil, pero letal.
Vamos a la gloria, esa diosa admirada desde tiempos inmemorables. De ella, está comprobado, que es tan fugaz como cualquiera de tantas otras cosas que nos agobian. Bástame unas preguntas bastante bien atrevidas. ¿En dónde fue a parar la gloria del antiguo Egipto? ¿La Persa, la de Roma y de otras tantas más?
“La gloria es una estatua que la cagan las palomas”. Dijo un poeta irreverente, y es verdad.
Volviendo a la literatura, cómo cambia; pregunto, si ha de estar en la cumbre o, en cambio en el fondo. Eso es relativo, porque cuando avanza parece que retrocede.
No es que el volver atrás sea malo, vemos a varios escritores que encausan sus escritos, acordes con los estilos que se dicen ya viejos. Algunos quieren volver a las modalidades en que fueron plasmadas, La Eneida, La Ilíada y otras novelas más.
Yo conservo y cultivo mi propio estilo y mi tono, originales como cualquiera.
UN POEMA
Un poema puede ser el rugido de una fiera lanzado desde la profundidad de una selva, un alarido de Satán; el clamor de una estrella al momento de su colapso.
El simple murmullo de una oración articulada por unos labios sedientos, ansiosos del rocío de la noche, o simplemente un suspiro entrecortado.
Una despedida, una ruptura, un adiós temblando entre tantos quebrantos que la vida nos va dando en cada estación a que llegan nuestros pasos en busca de furtivos encuentros, que al final resultaron espejismos desvaídos.
La vida a cada momento se acaba, y nos damos perfecta cuenta que lo perdido es irrescatable. Entonces nace el poema y esperamos que éste, al menos transmita siquiera en parte, algo de una vivencia singular.
Pedacitos de olvido, retazos de pasiones intensas y de negros reproches que al final nos brindaron tarjetas con soles de valor celestial. El delirio es el fruto elocuente que logramos obtener. Si hay más es poco, la justa porción para el envenenamiento.
Un poema puede ser el último hálito que exhalemos, la primera nota de un canto que nos lleva, y a cada minuto nos aleja, ¿de qué?, de nada, porque ya no seremos más que una recordación de duración temprana. Cundo se rompe la barrera del tiempo, atrás no queda nada, y lo que se pueda encontrar es inescrutable. Soberanas leyendas nos instruyen sobre posibles estados de consciencia, dicen que es posible que ésta sobreviva a la destrucción del cuerpo. En la práctica vemos cómo el aliento de vida abandona al yaciente y de ahí en adelante; ¡oh misterio! Hasta el cielo se nos queda en silencio; la tierra más solícita, asigna la oquedad en la cual por mucho que se gaste el cielo no hay salida posible ni actividad alguna.
Plantado sobre la roca hirsuta de la fatalidad, lanza un hombre su última queja. Tal vez el cielo la tome, tal vez la rechace, pero la voz de la verdad es imperiosa y no puede ser desoída, por mucho que se interponga el eco de voces fingidas, perdidas en su misma artificialidad.
Lo auténtico es lo primero, lo artificioso se queda con quienes lo inventan.
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